sábado, 3 de noviembre de 2012

PASEO BAJO LOS CIPRESES


Cementerio de San José, Granada
  
 “Conforme se entra en el primer patio, a mano izquierda, y junto a la orilla del camino que va a la Ermita, ya verá usted allí al pintor de Jaén. El quiso que lo enterraran en Granada, ¿sabe usted?”. Si no es por Miguel, el guarda del Señor del cementerio, todavía estaría buscando aquella sencilla y agrietada losa de color ceniciento, junto al olivo silvestre que le sirve de cabecera: “Manuel Ángeles Ortiz 1895-1984”. García Lorca le dedicó esta frase: “A Manuel Ángeles, que está enamorado y olerá la rosa inmortal”. Por un momento pensé que el día que me entierren me gustaría descansar junto a la sombra de un noble y fiel olivo. A su lado, y separado por unos metros, reposa en paz consigo mismo, en su blanca sepultura, el escritor del 98 granadino,  Ángel  Ganivet. Yo prefería aquel viejo sepulcro gris de antes, casi anónimo y recubierto por el manto de polvo de todo un siglo. Siguiendo el camino, un poco más arriba, llama la atención una tumba con el escudo de Granada y esta inscripción: “Francisco Seco de Lucena, abogado y escritor. La ciudad de Granada costeó este sepulcro, que acordó erigir en 1904”.

En una esquina de este patio destaca por su belleza y originalidad una esbelta y recia columna de alabastro y, en la parte superior, se aprecia en relieve el rostro de Melchor Almagro Díaz, 1850-1898. En la descolorida lápida de un nicho de 1915, encuentro de casualidad esta curioso título: “Ilmo. Sr. D..., Capellán de los Sres. Reyes Católicos...”. Pues conforme se va leyendo, el título del capellán es mayor que el de los reyes a los que sirve. Un poco más allá se alza una cruz grande y a la vez sencilla, de mármol gris, donde se notan las elegantes huellas del cincel. En la losa figura el nombre de Manuel Rodríguez-Acosta. Otro monumento funerario decimonónico recuerda la alta cuna del finado: “Aquí yace D..., maestrante de Granada. Era de esclarecida y noble estirpe, se distinguía también por la nobleza de su alma”. En un panteón a ras del suelo se ha querido dejar constancia de un suceso trágico: “El Ayuntamiento acordó conceder a perpetuidad la bóveda a las víctimas (cinco niños) del incendio, ocurrido en 1933”.


En el siguiente patio, un tanto abandonado y con la hierba alta, me detengo ante la tumba de un marqués (al que ya le tengo cierto afecto por las veces que lo he visitado), que también fue teniente general de los ejércitos, y que falleció en el primer tercio del siglo diecinueve. En un obelisco se recuerdan las 16 batallas en las que participó y posiblemente estuvo junto al general Castaños y Simón Bolívar en la batalla de Bailén. Pero había querido despedirse de su azarosa vida con cierto aire cuartelero: “La fortuna lo halló modesto, la adversidad tranquilo, la Patria siempre pronto a sacrificarse por ella...” Y sin embargo, el laureado general parecía como quejarse: ¿Y de qué me sirve a mí tanta gloria si no tengo a nadie que le saque lustre a mi sepultura o que me rece una oración?

El mismo mal del reloj del tiempo –la fugacidad de la vida que se esfuma y la vanidad de todas las cosas–, iba carcomiendo a muchos panteones decimonónicos de apellidos ilustres: ¿Qué fue de los honores y del linaje? ¿Dónde se quedaron las riquezas y los criados? Pero, con todo, la estatua más visitada y venerada es el Señor del cementerio: una simple y tosca escultura de mármol blanco, con la mirada perdida, ha hecho posible el milagro. Las mujeres, sobre todo, no saben qué hacer con el Señor: le rezan, le acarician el brazo desnudo –ennegrecido ya por el continuo roce– o las ves que le aprietan la mano derecha mientras le susurran un favor. Miguel, el guarda del Señor, tiene el mirar ladeado pero te habla con el corazón. Vive de las limosnas que le dan y me enseña, enganchados de un alambre, los miles de exvotos que, según la creencia popular, corresponden a curaciones: numerosas chapas de latón tienen forma de cabeza, piernas o brazos; rosarios de color hueso, un par de estetoscopios de médicos sanados, unos zuecos; hasta una impresionante trenza pelirroja se exhibe en el alambre y, como diría aquél, ¡de mujer fermosa y favorecida ha de ser! A los pocos días la trenza desapareció como por encanto, y es que las pagan bastante bien.

En mi tercer paseo por el patio de la Ermita encontré, en un túmulo casi en ruinas, al guitarrista Ángel Barrios. En la losa hay una sencilla cruz de mármol con un ramo de flores marchitas y en una pequeña lápida, ya desgastada por el tiempo, apenas puede leerse: “El Ayuntamiento de Granada a su hijo predilecto...”. En la misma línea del camino hay un obelisco con el rostro esculpido del difunto y este escueto título: “Granada, a D. José Aguilera López. E.P.D. 1903”. Como está orientada hacia el norte, la tumba está cubierta por el musgo. Unos metros detrás destaca un monolito, rematado en una cruz de hierro: “El Exmo. Ayuntamiento de Granada acordó perpetuar con esta inscripción la memoria de la insigne poetisa Señora D.ª Enriqueta Lozano de Vilchez, cronista de Granada y la provincia. 2-11-1898”. En otra decrépita tumba, dice lo siguiente: “Bajo esta losa yacen los restos del pintor Eduardo García Guerra, que falleció el 16-2-1893. Para honrar la memoria a este modesto hijo de Granada...”.
En un claro aparte –como un símbolo en recuerdo de la desgracia–, se erige una pirámide de color ceniza, coronada por una pequeña cruz de mármol: “En esta tumba que el amor labrara, yacen M., su esposa (de 57 y 47 años) y tiernos hijos”. Entre 1831 y 1834 murieron los cuatro miembros de esta familia. En este patio de la Ermita se respira un cierto aire entre mágico y nostálgico y es tanta la quietud que uno puede deleitarse viendo, a escasos metros, a una atrevida ardilla correteando por el tronco de un ciprés, al poco royendo una flor o saltando como si tal cosa entre las tumbas. 

Patio de Santiago, a primeros de noviembre

En el patio de Santiago me detengo ante un ilustre huésped: “El Ayuntamiento de Granada al Excmo. Sr. D. Emilio Herrera Linares, 1879-1967. No lo lloréis. Imitadlo”. En una placa de bronce se enumera una interminable lista de títulos: académico, caballero, comendador..., Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente de Gobierno de la II República en el exilio. De una esfera de metal salen en distintas direcciones cuatro pequeñas vigas y a un lado del sepulcro hay una lámina dorada: “Los aviadores españoles, en su memoria”. En otro lado, elevándose hacia el cielo como las plegarias, un gran monumento funerario preside el centro de un patio: “En esta tierra, donativo de la ciudad de Granada, reposan las víctimas del trágico accidente aéreo, ocurrido el 2-10-64 en el Monte Mulhacén...”. También hay una excelente dedicatoria de la República de Mauritania al piloto del avión: “Hasta en su muerte, el ruido de las hélices había sido su réquiem y el cielo su mortaja. Quiera la tierra de España, de donde era originario, serle leve y clemente en su último sueño sin despertar”.
Unos cuantos metros más allá hay un viejo que está  orinando furtivamente y, como quiera que me ve escribiendo, en cuanto se arregla la bragueta me dice estas palabras: “Usted perdone, pero es que no podía aguantar más. Buenas tardes”. Y dicho esto, el caballero de la vejiga continuó limpiando el nicho. De este otro difunto, que murió en  1970, hay que decir que defendió la libertad hasta en la barricada de su humilde morada del cementerio de San José, porque él luchaba por un mundo mejor: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión. Este derecho incluye el derecho a no ser molestado a causa de sus opiniones. (Art. 19 de la Declaración universal de los derechos humanos)”. El susodicho artículo 19 debió coger a contrapelo a los todopoderosos censores, y exclamarían: ¿Cómo le vamos a quitar la lápida a un muerto?
En un antiguo patio, en la parte alta de la pared, hay escrito con letras grandes: “Aquí yacen los caídos por Dios y por la Patria”. Abajo, en una de las numerosas lápidas, hay un elocuente epitafio de aquella época que más parece un certificado de defunción: “D..., cayó a la cuarta vez de ser herido por Dios y España, a consecuencia de un balazo en el vientre...” El suceso ocurrió en Cataluña, en 1937, y el soldado sólo contaba veinte años. En un rincón, junto a un nicho, solloza una mujer joven acompañada de su hija. La mujer cree que está sola y rompe a llorar desconsoladamente: “¿Por qué? ¿Por qué te has ido? ¿Qué te hemos hecho nosotros? ¿Qué va a ser de nosotros ahora...?”. Tras los reproches al difunto y las preguntas sin respuestas, la mujer va desahogando su pena en un escandaloso llanto que estremecería a cualquiera. Pero desde lo alto de un ciprés cercano, un cuervo lanza de vez en cuando espantosos graznidos. Fue entonces cuando me asaltó la duda: ¿Por qué grazna precisamente aquí este cuervo de mal agüero, al olor de la muerte y ante una desesperada mujer?
Pero la vida no tiene respuestas, sólo sabe pegar mazazos. En Méjico existe la creencia de que el 31 de octubre regresan del más allá las almas de los niños, y los espíritus de los adultos retornan el uno de noviembre. Por eso, el Día de los Muertos, los mejicanos comen, beben y cantan junto a las tumbas de los seres queridos. De esta forma se ríen de la ‘pendeja’ o de la ‘chingada’. Y al día siguiente, las ánimas errantes se despiden de los vivos hasta otro año. “Requiem aeternam dona eis, Domine” (Señor, dales el descanso eterno), como diría el desventurado Mozart.
 
Aquí se encontraba el cementerio civil
PosdataEste artículo lo escribí en noviembre de 2005 y algunas cosas han cambiado en el cementerio, como la tumba del guitarrista Ángel Barrios, que está remozada. Hace años había un cementerio civil, donde unas varas de hierro numeradas indicaban la fosa donde se encontraban los restos de quienes se habían suicidado. También, hace unos años, un extranjero se encontró restos óseos y lápidas, de principios del siglo XX, cerca del camino que lleva al Llano de la Perdiz. Se ve que, de vez en cuando, hacen una buena limpieza. Nunca más se supo del asunto, aunque es de suponer que el caso se encuentre en el juzgado. Ian Gibson contaba que, cuando visitó el cementerio por primera vez, había una fosa común donde se veían los restos de los fusilados, durante la Guerra Civil, con su ropa. Un tiempo después, la fosa común desapareció. Y en las tapias del cementerio, todavía se pueden ver los agujeros de los disparos a las víctimas. El cementerio de San José es el más antiguo de España y tiene mucha historia. La empresa que lleva el cementerio sacó, hace unos años, una guía con las tumbas de ilustres difuntos. Se dejó llevar de los panteones suntuosos y olvidó a ilustres granadinos, del mundo de la cultura.

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/03/11/andalucia/1363022226.html

EL MUNDO DE ANDALUCIA

Red 'Wifi' para el cementerio de Granada, el segundo más antiguo de España
  • El cementerio de San José está en la Ruta de Cementerios Históricos
José A. Cano | Granada
Actualizado lunes 11/03/2013 18:17 horas
 
El cementerio municipal de Granada, el segundo más antiguo de España, cuenta desde este lunes con una zona Wifi a la que se puede acceder de manera gratuita desde todas las salas del tanatorio, una herramienta con la que se pretende hacer más llevadera la estancia de las personas que acuden al camposanto en "esos complicados momentos", según la concejal responsable de la empresa municipal que lo gestiona, María Francés.
La iniciativa surge para dar una solución alternativa a la "mala comunicación" telefónica que existe en el recinto y que tiene "difícil solución" ante "su cercanía con la Alhambra".
Además, la falta de cobertura en la zona ha propiciado que se produzcan numerosas peticiones de usuarios expresando su deseo de comunicarse a través de Internet, ya sea para hablar con familiares, reservar una estancia de hotel ante un inesperado suceso o comprar el billete de viaje para volver a casa.
Francés ha acudido a presentar el servicio junto al alcalde de Granada, José Torres Hurtado, y ambos han explicado que la zona Wifi englobará toda la zona administrativa del cementerio, incluidas las salas y el tanatorio, que es donde "más tiempo pasan los ciudadanos".
El servicio es gratuito para todos los usuarios y no requiere ningún tipo de contraseña. La intención es que esté disponible “a partir de ya” y, de hecho, el Ayuntamiento de Granada ya ha colocado a la entrada del cementerio los carteles que avisan al ciudadano de que ha entrado en una ‘zona wifi’.

El precedente del 'bluetooth'

Aunque el servicio puede parecer exótico, no es la primera de las nuevas tecnologías que se incorpora al cementerio de San José, considerado el segundo más antiguo de España e incluido en la Ruta Europea de Cementerios Históricos desde hace más de tres años.
Desde octubre de 2010, las guías turísticas del cementerio –que tiene hasta cuatro opciones de visita según el tipo de recorrido, ya que está considerado cementerio monumental– son descargables por 'bluetooth', con un cartel que recibe a los usuarios en la entrada que indica los pasos y las opciones para obtenerlas.
El cementerio de San José está declarado como Bien de Interés Cultural (BIC) y combina restos de arquitectura funeraria del romántico y épocas posteriores, así como las tumbas de ilustres granadinos como Ángel Ganivet o el pintor Rodríguez Acosta. En su recinto se encuentra también el Palacio de los Alixares, el tercero que componía el recinto de la Alhambra y construido entre los siglos XIII y XIV.
Las rutas turísticas del cementerio funcionan desde junio de 2008 y ya han sido visitadas por algo más de 25.000 personas. El 'Recorrido por la memoria' hace un repaso de los más de 200 años de funcionamiento del camposanto, desde 1805. Además, la tapia exterior está protegida como Lugar de la Memoria por la Junta de Andalucía, por casi 4000 fusilados junto a ella durante la Guerra Civil y el Franquismo, y en su interior alberga la escultura 'Piedad', de Eduardo Carretero, por los caídos de ambos bandos.
Forma parte, finalmente, de la 'Ruta europa de cementerios históricos', un recorrido monumental reconocido como Itinerario Cultural por el Consejo de Europa, lo que lo coloca al nivel de rutas como el Camino de Santiago o el Legado Andalusí.
 



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