jueves, 13 de diciembre de 2018

ENRIQUE VILLAR YEBRA, SIEMPRE


Retrato de Villar Yebra







Hace un año que murió Enrique Villar Yebra y recuerdo que, al día siguiente, cuando lo llevaron a enterrar, estaba lloviendo a cántaros. En Granada caía el agua a cántaros. Pero de su muerte callada, apenas si se enteró la ciudad a la que tanto quiso. La pianista Esperanza Gálvez me enseña, con orgullo, un dibujo a lápiz que le hizo el pintor en la terraza de su casa, con la iglesia de San Matías al fondo. Esperanza vio a Villar Yebra unos días antes de morir: “Estaba de mal humor y algo rabioso, porque tenían que llevarlo en una silla de ruedas. Me lo encontré sentado en la cama, muy derecho, y le dije: ‘¿Qué haces, Enrique?’. Le di muchos besos y a él también le dio mucha alegría. ‘Estoy perdiendo mucho con esto de estar sin el saxofón’. Y no hablaba de otra cosa que no fuera que le habían quitado el saxofón”. Pasó los últimos días de su vida en la residencia de ancianos de la Casa de los Pisa: “Allí tenía su cama y su silla”, cuenta con pesadumbre Esperanza.


El carácter generoso y altruista de Villar Yebra se resume en esta frase de su revista “Granada siempre”: “Demasiado hago con sacar estos papeles a mi costa; lo que conlleva con el trabajo, sacrificios y privaciones de placeres mundanos y naturales”. A Eloísa Planells, directora de la Biblioteca Municipal del Salón, le brillan los ojos cuando habla de Villar Yebra, con quien tenía una gran amistad. Señala que “era austero y algo desaliñado en el vestir”. Y cuando rememora aquellos momentos, confiesa: “Aunque ya empezaba a fallarle la memoria, Enrique murió lúcido... ¡Aquella noche lo velamos el conserje y yo!”. Pero al día siguiente, al sepelio del pintor romántico de Granada, solamente fueron unas pocas personas. “No hubo personalidades, es cierto; pero Enrique tampoco los hubiera echado de menos. Allí fueron sus amigos de verdad, los que él apreciaba”. Y como si meditara en voz alta, concluye Eloisa: “¡A Enrique le hubiera gustado ese entierro!”. Pero antes de morir, donó sus libros a la Biblioteca Municipal del Salón. El pintor, que solía decir que iba a la ‘búsqueda de temas’, tuvo un sepelio barojiano como Fernández Almagro y Pedro Antonio de Alarcón; y como Mozart en una fría y lluviosa mañana de diciembre.








De entre los libros que escribió, quizá “El casco antiguo de Granada” sea el más leído. Nadie como él dibujó tanto sus calles y defendió con uñas y dientes hasta sus últimos rincones: muchos de ellos desaparecidos por la especulación, la connivencia y el desarrollismo. Enrique gusta por su sencillez y porque sus dibujos destilan ternura. Están llenos de naturaleza y de figuras humanas imprecisas que pasan de largo; o bien, son mujeres que se entretienen encendiendo un braserillo de picón en la calle o tendiendo la ropa. Son verdaderos “paisajes humanos”. El concejal Jesús Valenzuela y el director de Cultura, José Antonio Martín Villena, han ofrecido una sala del Centro Cultural Gran Capitán para montar una exposición de pinturas de Villar Yebra. Eso es lo que me han dicho. Todo dependerá de que los particulares se animen y cedan sus cuadros. “¡Es lo que tiene que hacer el Ayuntamiento!”, comenta José Antonio Mesa, editor y albacea del artista. Son muchos los granadinos que esperan ver una exposición de Enrique con motivo del aniversario de su muerte. Granada se lo merece.

En la calle Honda del Realejo –vivía en un piso– “sólo quedaba un camastro, un armario y una mesita de noche”, confiesa Eloísa con cierta resignación. Toda su ambición y gloria se reducía a estos trastos, mientras uno piensa que Villar Yebra tenía el alma de un cartujo. Cuando una mañana me pasé por allí, las persianas del balcón estaban echadas y en la puerta nada indicaba que allí hubiera vivido un dibujante enamorado como pocos de su tierra. En este artículo suyo de 1990, comienza preguntándose: “¿Qué ha sido de aquel espléndido paisaje del Albaicín, desde la Cruz de la Rauda? Se secaron las pitas y las chumberas, cortaron los cipreses de la calle de San Martín y desaparecieron los huertecillos encantadores (...). Al parecer no hay remedio: el destrozo del paisaje urbano más castizo de Granada sigue adelante...”. Sin embargo, él se consolaba diciendo: “Yo tenía que haber nacido un siglo antes”.







Su libro “Impresiones de Granada” –donde reúne las mejores ‘plumillas’, incluidas las que publicó en IDEAL– se ha convertido en la memoria gráfica de la ciudad: “Casa morisca del siglo XVIII. Todo desaparecido hace tiempo, destrozado por la barbarie, la desidia y la inoperancia de los organismos oficiales”. Es la Granada que se fue para siempre, pero que Villar Yebra supo plasmarla con su pincel. Y acurrucado como un gato –como esos gatos negros que solía pintar–, la contemplaba en silencio desde el lavadero de la Puerta del Sol. Es el paisajista que va descubriendo con la mirada esos apartados rincones callejeros; el que perfila los detalles con unos cuantos trazos –impresionismo–, mientras capta el ambiente. Él fue quien inmortalizó las estrechas calles del Realejo –esas ‘encrucijadas’ que veo a diario- y del Albayzín. Era el pintor de las iglesias y espadañas, de las viejas locomotoras de vapor, de los añorados tranvías y de las chavicas guapas. Mozart, Alarcón –descansan en unas tumbas anónimas– y Villar Yebra –le quitaron el  saxofón en vida– hicieron su último viaje en medio de un silencio clamoroso.


Posdata: la exposición de sus cuadros y artículos se llevó a cabo unos meses después. Fue antológica, la mejor que realizó el concejal Jesús Valenzuela, y la comisaria no podía ser otra que Eloísa Planells. Hace poco más de un mes me encontré con Valenzuela y me dijo que organizó la exposición porque yo se lo indiqué. Debo señalar con tristeza que, en Granada, se han olvidado completamente del pintor Enrique Villar Yebra, la Asociación de Vecinos del Realejo iba a poner un monolito en la Plaza del Realejo, en recuerdo del pintor (por suscripción popular), pero se olvidaron pronto del proyecto. Este artículo fue publicado en IDEAL de Granada, el 13 de diciembre de 2002.

lunes, 26 de noviembre de 2018

EL LABERINTO DE LA CÁRCEL









¿Qué es esto? ¡La cárcel! Aquí reposa la libertad del pensamiento. Mariano J. de Larra




A las 10:30 de la mañana del “Día del Apocalipsis”, llego al Centro Penitenciario de Albolote. Atrás he dejado el pantano de Cubillas y un anodino paisaje de olivos, pero ahora llaman mi atención las nubes de color plomizo que coronan la cima del monte cercano. En el bar un abuelo se entretiene jugando con la nieta, mientras que un matrimonio de jubilados apura los cafés con cierta indolencia. ¿Quién lo diría? Esto más bien parece la “Venta de la Tía Quiteria”, aunque los días de visita aquí hay un trajín de gente la mar de grande. ‘Acabaico’ de llegar aparece mi amigo, el maestro Juan Chirveches, que me ha invitado para que hable a los internos sobre mi libro “Diálogos en la Tierra de los Ríos”. Eso es. “Las cárceles han cambiado mucho, ¿sabes?”, me dice a modo de bienvenida. Luego paso por un detector de metales y por  R-3 y R-4, unos robots primitivos en forma de rastrillos que se cierran a mis espaldas.

Juan me van enseñando las dependencias y entramos en el Módulo Sociocultural: “¡Te vamos a pisar!”, le dice a un chaval que está dando bandazos con el mocho de la fregona. “¡No importa!”. A través de los cristales contemplamos el Polideportivo, que está completamente cubierto. “¿Cuántos pueblos quisieran tener este pabellón?”, exclama Juan. Subimos al gimnasio y aquí tenemos de todo: desde bicicletas estáticas a espalderas y, si a uno le gusta dar cates, tenemos unos sacos de boxeo. Al otro lado se encuentran el salón de actos y la piscina. “En el verano se bañan dos veces a la semana”. ¡Evidentemente –pienso–, aquí hay más personal que en los Baños de Graena! En el estudio de pintura la monitora nos dice que van a montar una exposición de cuadros, a finales de este mes, en el palacio de Alcázar Genil.

En la planta baja se encuentran el taller donde escriben la revista de la prisión, la biblioteca que está cerrada “y esto es la sala de máquinas”, me explica el maestro. Son máquinas de escribir y algunos ordenadores. Seguidamente visitamos la guardería, que aquí la llaman “Escuela infantil”. Hay 28 niños, de seis meses a tres años, repartidos en varias clases y dormitorios, según la edad. Pero lo curioso que tiene es que los sofás, las mesas, sillas, retretes, lavabos, etc., son del tamaño de los ‘peques’; y algunos de estos muebles han sido hechos en el Centro por los mismos presos. En cambio, los 22 niños lactantes están con las madres en el módulo de enfrente. De nuevo recorremos la ciudad, la “Gran Garita”: “En esa torreta están los funcionarios, con circuito cerrado de televisión y toda la pesca”, me dice Juan Chirveches y luego me señala el campo de fútbol y, un poco más allá, los Módulos de los Hombres y la Enfermería. Hace unos pocos años las cárceles eran oscuras y malolientes galerías; hoy son laberintos de interminables pasillos donde al menos entra la luz del día.

Finalmente entramos en la clase, donde saludo a los maestros de Prisiones y de paso me cuentan su problema: resulta que dependen del Ministerio de Educación y Ciencia –‘territorio MEC–, pero ellos quieren pasar a la Junta, porque se ve que son ‘junteros’. La clase es acogedora, con pupitres fabricados en el Centro: “Ya quisieran muchas Escuelas de Adultos tener este mobiliario”, apunta un maestro. Comienzan a entrar las internas y, está visto y comprobado, que en cuestión de cultura las mujeres nos ganan por goleada. El aula se llena y observo cierto nerviosismo en algunos. "¿Cómo ha dicho que se llama el libro?”. Un joven gitano que está sentado a la derecha parece algo tímido, sin embargo exhibe un mostacho mejor que el de Iñigo en sus buenos tiempos, cuando presentaba en televisión “Hora 14:15”.









Se leen y comentan algunos artículos del libro, entre ellos el de “Juan López”: este albañil se cayó de un andamio en Alicante, quedándose parapléjico. Se casó pero enviudó a los dos años, en 1977. A pesar del tiempo transcurrido, todavía sigue enamorado de su mujer y aferrado a sus recuerdos y a la silla... “¿Qué hay que hacer para escribir un artículo en IDEAL? ¿Puedo entregárselo a usted para que se lo dé al director...?”, me suelta uno a bocajarro. Cuando termina el coloquio, la interna Isabel Román me entrega un folio con esta poesía, escrita a mano y en letras mayúsculas. Yo la he copiado tal cual, con sus faltas de ortografía, y que juzgue cada cual: “A ustedes señores jueces / quisiera verlos en mi lugar / para cuando me condenen / no lo hagan con maldad. / Pues mirando el libro de las leyes y el artículo criminal / les ‘vastan’ señores jueces / para poderme condenar. / Tiempo de mi vida pide el señor fiscal / como si no ‘tubiese’ unos hijos, una casa, un hogar. / Sólo quiero pedirle mi libertad / para poder abrazar a mis hijos y con ellos jugar. / Qué sentimiento más bonito cuando te dicen, te quiero mamá”. Otro interno también me confesó que le daba por escribir poemas.

Quiero tener un recuerdo para Concepción Arenal (1820-1893), la Visitadora General de Prisiones de Mujeres que escribía: “Hay que combatir esa idea de lo definitivo en la criminalidad, ya que el delito no es un estado permanente”. Y Victoria Kent, la directora general de Prisiones durante la II República, decía que "el presidio no era la solución para quienes su principal delito es la inadaptación social, sino que las causas hay que buscarlas en la familia y en la sociedad". En cambio, el criminólogo y médico italiano, Césare Lombroso, sostenía que estábamos predeterminados.



Posdata: este artículo lo escribí en marzo de 2004. Durante la visita, me llamó la atención una placa en la pared de un edificio, donde indicaba que en 1997 fue inaugurada la cárcel de Albolote, pero no decía nada de quién la inauguró. Fue el ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, pero no quiso que figurara su nombre, lo que da idea de la sencillez y humildad de este hombre. Y sin embargo, hay tanto personajillo por ahí que ha ido colocando placas con el fin de pasar a la historia: “En tal fecha, reformó el mercado de abastos el Excelentísimo Sr. Alcalde de…, o el Excmo. Sr. Ministro…”. Los maestros de Prisiones pasaron a depender de la Junta de Andalucía y Juan López falleció hace dos años, de una grave enfermedad.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EL PASO DE LOS AÑOS









Me paso por la Feria del Libro y saludo al presidente de CajaGranada, Antonio María Claret y, sin más preámbulo, le digo que el Teatro Isidoro Maíquez –un poeta de Cartagena y paisano suyo–, no es el nombre más apropiado para el Centro Cultural Memoria de Andalucía. Antonio María me explica los motivos que ya expuso en su artículo de opinión y me dice convencido que el poeta vivió en Granada los últimos días. “Un nombre ideal –le replico– hubiera sido Max Estrella”, el personaje de ‘Luces de bohemia’ de Valle-Inclán, donde cuenta la última noche del desdichado poeta Alejandro Sawa. Antonio María Claret tendrá sus razones, pero, ya me dirán ¿qué hace un poeta de Cartagena en el Centro que representa la memoria de todos los andaluces? Como lo tengo a mano saludo a Rafael Escuredo, que está sentado en la Caseta de Firmas con su libro ‘Te estaré esperando’. Le digo a modo de entradilla: “No todos los días puede uno saludar al que fue el primer presidente de Andalucía”. Entonces me cuenta que ya no escribe la columna en ‘El Mundo’, “que eso de escribir todas las semanas un artículo ata mucho”. Le informo que en la Delegación de Gobernación, de la Junta, hay una exposición de las elecciones autonómicas andaluzas, con fotos de los políticos y con las listas electorales de los partidos. ¡Cómo ha cambiado el rostro de Escuredo desde los años ochenta, cuando lo veías tan joven y con los pelos rizados! Saludo también al pintor David Zaafra, que firma su libro ilustrado ‘Leyendas de Nueva York‘, al Defensor del Ciudadano, Melchor Sáiz-Pardo, y al periodista Enrique Seijas.

Por la tarde llamé por teléfono a Jesús Valenzuela y me respondió como siempre: “¡Hombre, compañero!”. Y es que ambos estudiamos el bachiller en el Seminario de Guadix. Luego me pasé por el ‘Bar Las Tapas de Valenzuela’ y ya me contó que está intentando localizar a los que pasamos por el Seminario en los años sesenta, para reunirnos y celebrarlo. Me recuerda a muchos compañeros, varias veces descuelga de la cornisa del bar una foto, donde aparecemos los seis cursos del bachiller con los curas, y se la enseña a varios conocidos que están tomando copas en el bar, y hasta llama por teléfono a un cullarense que está en Melilla. Cuando hablo con éste, me recuerda que hace cuarenta y tantos años que no nos vemos. ¡Qué barbaridad! Valenzuela está nostálgico, pero yo no me doy cuenta en esos momentos. Hablamos de los jesuitas de Guadix, algunos han muerto ya y otros tienen ochenta y tantos años. El internado en el Seminario era bastante duro pero a casi todos nos sirvió para sacar una carrera, pues entonces era el más barato al estar subvencionado por el Estado. Valenzuela siente también nostalgia de la política y le aconsejo que no vuelva, pues no merece la pena, pero tiene el gusanillo royéndole las tripas. La política le ha dado más de una ‘corná’ y ya vemos cómo los va dejando tirados en las cunetas. Le conté esta anécdota: “Un día le dije al alcalde de Granada, José Moratalla, ‘a ver si tratas bien a Valenzuela, pues estuvimos estudiando juntos…’. No recuerdo cuál fue su respuesta, pero sí que me puso la mano en el hombro”, pues es un hombre afectivo y cercano. Noto que nos vamos haciendo viejos a pasos largos mientras que en la cornisa del bar tiene prendidos sus recuerdos de la política. Me despido de este guerrillero de pelo arisco y sonrisa afable, y quedamos en ir localizando al personal para reunirnos.

 
Posdata: este artículo lo envié a ‘La Opinión de Granada’, en abril de 2009, y por lo que fuera no salió publicado. CajaGranada, la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, ha sido absorbida hace unos meses por Bankia, que es la antigua Caja de Madrid. Como sabemos, los políticos tienen mucho que ver en estos menesteres. Rafael Escuredo fue obligado a dimitir por su partido. El pintor David Zaafra falleció el pasado año, mientras que el periodista de Ideal, Enrique Seijas, murió hace dos años y con posterioridad le dedicaron una calle. A Melchor Sáiz-Pardo, el anterior director de Ideal (desde el año 1971 al 2002), lo saludé hace unos meses en el Ayuntamiento, con motivo de la presentación de un libro. Está tan delgado, como el viejo Azorín –que escribía un folio diario a pluma–, en todo esto se parecen ambos. Melchor es la memoria viva de Granada y el día que falte serán muchos quienes lancen lamentos y elogios, pero el reconocimiento hay que hacerlo en vida. Está visto que los españoles siempre llegamos tarde. Jesús Valenzuela dejó el bar y se jubila pronto, colaboró con Antonio Montes y yo para conseguir reunir, el 15 de octubre de 2016, a unos sesenta compañeros que estudiamos en el Seminario de Guadix.


Publicado en Wadi-as, periódico de la comarca de Guadix, octubre-noviembre de 2018

domingo, 28 de octubre de 2018

EPISODIOS HOSPITALARIOS II






Madrugada en Hospital Virgen de las Nieves
 
 
 
 
 
Unos años antes, me hicieron una endoscopia en el Hospital Virgen de las Nieves. Unos 15 pacientes hacíamos cola en la puerta del especialista, cuando me tocó el turno, me introdujo la sonda por la boca sin contemplaciones y sin pausas. Aquello fue arcada va y arcada viene, sin darme tiempo a que me repusiera. Yo pensé que me iba a morir tumbado en la camilla y abundantes lágrimas brotaban de mis ojos, a causa del esfuerzo tan grande que hacía, pues aquello más que una endoscopia era una verdadera tortura para los pacientes. Al poco, salí de allí con los ojos muy enrojecidos y en casa comprobé que las lágrimas me habían quemado la piel alrededor de los ojos, pues la tenía morada. El médico de digestivo trataba a los pacientes como si fueran borregos. Años antes, un especialista me había hecho una endoscopia en otro hospital y apenas sentí daño, porque me introdujo la sonda despacio. ¿Tanto trabajo costaba introducirla lentamente, en vez de provocar aquel sufrimiento tan grande en los pacientes?

De casualidad, he encontrado esta reclamación de hace treinta y cuatro años. El diagnóstico era bastante preocupante. Habla de un bebé de dos meses, con taquiarritmia respiratoria, abdomen meteorizado, faringe enrojecida, deposiciones verdosas, vómitos, fiebre... Entre otras cosas, me quejo de que el 10 de septiembre de 1984, un ATS trata de administrarle un medicamento equivocado. Al día siguiente le ofrecen un biberón, con leche que contiene lactosa, la sustancia que precisamente le provoca diarreas, vómitos y fiebre. Y para qué hablar de la comida deficiente, que no hay jabón en los lavabos, etcétera. El 13 de septiembre, mi mujer y yo nos quejamos verbalmente al director del hospital, de todas estas anomalías y deficiencias, y lo mejor que se le ocurrió fue darnos el alta al día siguiente, “sin medicamentos, sin leche vegetal y recorriendo farmacias por Jaén". Tres días después, el 17 de septiembre, presenté una reclamación al director del antiguo “Hospital Princesa de España”, de Jaén, por el trato recibido en el Pabellón de Pediatría, donde mi hijo ingresó con urgencia. El director del hospital ni siquiera se molestó en contestar a la reclamación.

 

Entonces no había libros de reclamaciones pero había gente sin alma, que ponía en peligro la salud de los pacientes. Por aquellos años había un pediatra en Jaén, don Eufrasio Martínez Galiana, que era un ejemplo para la profesión médica, lo mismo que otros médicos. Tengo guardada esta reclamación como un  recuerdo de mi hijo, para enseñársela algún día, pero había olvidado por completo los malos ratos que pasamos en el hospital. Hace varios años, me hicieron una radiografía de cadera pues me dolía cuando estaba acostado. El médico observó la radiografía al trasluz y me dijo que no encontraba nada anormal, que estaba bien. Al cabo del tiempo, se me ocurrió mirar la radiografía en casa y resulta que la cadera afectada por el dolor no salía en la placa, pues el radiólogo había enfocado mal. Digo yo que, por eso mismo, el doctor no observó nada anormal. Copio este titular del diario ‘Público’, del 3 de agosto de 2009: “Tribunales. Las denuncias de pacientes a doctores y hospitales por supuestas malas praxis suponen cada año 100.000 nuevas contiendas a dirimir en los juzgados. 274 demandas al día por errores médicos…”.

Posdata: Hoy ponen anestesia en la colonoscopia y el paciente no se entera, pero las listas de espera han aumentado. Hace unos días, me escribió esto una amiga: "A mí me han hecho dos colonoscopias, una sin anestesia, horrible, y otra con anestesía en que no me enteré de nada. Ahora estoy pendiente de que me hagan otra, pero desde marzo que la pedí todavía no me han dado fecha". El Servicio Andaluz de Salud ha mejorado pero es de los que menos invierte por paciente en España, pues Susana casi lo ha desmantelado desde que gobierna, tanto en medios como en personal, como han venido denunciando los sindicatos y los medios de comunicación. En los últimos días, los médicos de Atención Primaria de algunas provincias de Andalucía han llevado a cabo protestas y huelgas por la falta de medios y de personal, pero el problema se ha agravado por el decreto del Gobierno de Pedro Sánchez que establece la Sanidad Universal.



domingo, 21 de octubre de 2018

EPISODIOS HOSPITALARIOS I





Madrugada en Hospital Virgen de las Nieves




El 8 de junio de 2009, a las 17:40 horas, estoy citado en el Hospital Clínico de Granada, para que me hagan una colonoscopia. Un joven, de unos veintitantos años, también está esperando, acompañado de su mujer, para que le hagan una endoscopia. Lo llaman pero sale en un par de minutos. “Cuando me meten el tubo por la boca, me entran ganas de devolver y les he dicho que no quiero hacerme la endoscopia”. Entre unos y otros intentamos convencerlo, pero el joven no cede y al final se marcha. Seguidamente, entro en una habitación pequeña –como una sala de curas– para que me hagan la colonoscopia. Siguiendo las instrucciones de la enfermera, me desnudo, me pongo una bata abierta por atrás y me tumbo de lado en una camilla. La enfermera me pincha varias veces en el dedo pulgar para ponerme el suero y, acto seguido, el facultativo me introduce el endoscopio por el ano. El aparato consta de una pequeña cámara y al mismo tiempo va soltando aire en la tripa para que se vaya abriendo, aunque de todo esto me enteré después. Conforme avanza el endoscopio en el intestino, los dolores son atroces y en mi vida he gritado tanto como esa tarde. Me armé de valor y le dije al médico de digestivo que aquello parecía un matadero, pues ni siquiera me habían anestesiado, y que prefería dejar la exploración para más adelante. El facultativo me explicó que el Servicio Andaluz de Salud no tenía dinero para pagar a un anestesista y ni siquiera para la anestesia. “Pero, sí tienen dinero para costear operaciones de cambio de sexo”, le respondí secamente. Entonces, intervino la enfermera diciendo que ya no se hacen estas operaciones (siguen haciéndolas). “No te preocupes, que te ponernos la sedación”, me dijo el médico tratando de tranquilizarme. La enfermera me puso en la muñeca una inyección, pero al poco sentí un dolor fuerte. “La sedación duele un poco al principio, pues la vena de la muñeca es estrecha…”, me advirtió. Sin embargo, el dolor era cada vez más insoportable, peor aún que el de la colonoscopia, hasta que le dije: “Pero, no se da cuenta que tengo la muñeca hinchada”. Y es que me había inyectado él sedante fuera de la vena.

Pero mis penalidades no acabaron aquí. Al poco, tuve que avisarle de nuevo a la enfermera de que la goma del suero estaba llena de sangre, pues, al agarrarme con fuerza a la cama, a causa de los dolores que me provocaba la sonda en el intestino, la sangre había inundado la goma. Al final soporté la colonoscopia, sin sedación y sin suero, pero mayor torpeza y brutalidad no se puede pedir. El médico de digestivo se excusaba diciendo que mi intestino tenía muchas curvas y que por eso me hacía daño. ¿Y qué intestino no tiene curvas? Creo que la exploración duró unos 15 minutos –aquello era peor que los dolores del parto–, hasta que el médico me dijo que todo había salido bien, que no tenía nada y hasta dentro de cinco años… Vamos, que salí de aquel matadero pensando que había vuelto a nacer.

Unos días después, llamé por teléfono al paciente de 65 años que entró después que yo, pero su hija me informó que le perforaron el intestino y tenía que estar hospitalizado una semana. La semana anterior, el hombre había adelgazado ocho kilos, pues cuando uno lee la información que te dan sobre la colonoscopia (con o sin polipectomía o sedación), te entra pánico: “La administración de la misma es realizada por médicos no anestesistas”. El día anterior tienes que beberte, en siete horas, 16 sobres en cuatro litros de agua; y el día de la exploración hay que meterse un enema de un cuarto de litro, por detrás. En las instrucciones, te informan de una serie de complicaciones y riesgos (perforación, hemorragia interna, trastornos y complicaciones cardio-pulmonares…), y piden el consentimiento firmado del paciente. Al final, te entra el miedo en el cuerpo y se te quitan hasta las ganas de comer. Yo lo pasé fatal, pues sólo dispones de la información escrita, mientras que los médicos no te dan información.

De casualidad me enteré que, en la 5ª planta del Hospital Clínico, tienen un quirófano para realizar la colonoscopia, con anestesistas y facultativos, que trabajan por las tardes y se las pagan como horas extras. “Eso de que el SAS no tiene dinero para pagar a un anestesista por las tardes, ni siquiera para anestesiar a los pacientes en una colonoscopia, es un cuento”, me dijo un profesional que conoce el tema. Llama la atención que, en el Hospital Virgen de las Nieves, hay una lista de espera de unos tres meses para que les hagan una colonoscopia a los pacientes, mientras que en el Clínico no tardaron ni veinte días en atenderme. Aquí se apunta cualquiera a hacer horas extras por la tarde, aunque no tengan los medios más elementales para ello (sin anestesia), a la vez que ponen en riesgo la salud o la vida del paciente. Una sala pequeña, con una camilla, una enfermera que no sabe ni poner una inyección y un médico de digestivo, que te mete el endoscopio por el ano como si fuera una manguera (si lo hace lentamente, apenas te causa dolor), y no se conmueve ante los alaridos del paciente, mientras se excusa diciendo que no tienen anestesia. Nada de extraño tiene que más de uno termine con el intestino perforado y los demás estemos dando gracias a Dios.








domingo, 7 de octubre de 2018

LA VIEJA ENCINA DE MONTEVIVE









Recuerdo que una fría mañana de enero de 1996 llegué con mi familia a Las Gabias. Pero, antes de tomar posesión de la nueva casa, entre tanto follín del traslado y antes de que llegara el tío del camión con los muebles, nos dio por  comernos unos churros en el quiosco que había en la plaza de Armilla. En medio de tanta bulla, siempre es bueno hacer un alto en el camino para echar un bocado. El caso es que los churros, a las siete de la mañana, nos sentaron bastante bien y hay gente que tiene arte con los palillos en la sartén de aceite. Hace unos meses repetímos la misma operación pero el lugar y el precio ya no eran los mismos, pues el quiosco ha cambiado de lugar: “¿A cómo son?”, pregunté. El del mandil no supo decirme a ciencia cierta a cuánto salía el kilo de churros, aunque los churreros tienen salida para todo: “¡Hombre, nosotros siempre aconsejamos una rosca para cuatro personas!”. “Bueno”, le dije, con resignación. El caso es que me vine para Las Gabias con mi rosca de churros y con dos euros y medio menos en el bolsillo. En algunos sitios –como en una churrería que había por el Gran Eje de Jaén- te servían las roscas de churros atadas con un junco, si eran para llevar. Y la verdad es que quedaban la mar de bien.

El caso es que, al poco de llegar nosotros al pueblo, llegó el camioncillo con los muebles y los trastos. Era la película de siempre –maletas para arriba y maletas para abajo– y el viaje a ninguna parte, aunque ya llevaba unos pocos en el cuerpo. Quizá quedaba flotando en el aire la pregunta de cuánto tiempo íbamos a durar aquí. Luego nos pasamos un mes ordenando la casa, con el estrés que conlleva un traslado, pues todo te resulta nuevo y tienes que empezar prácticamente desde cero. Pero yo no tenía tiempo ni ganas de hacerme demasiadas preguntas: sólo sabía que llegaba a mi tierra y eso ya era suficiente. Había salido de Granada veinte años antes, aunque Carlos Gardel aseguraba que “veinte años no es nada”, y yo estoy por darle la razón pues la vida se pasa volando. El mísero mundo se volvió un poco más triste sin sus trinos de pájaro cantor. El caso es que, durante los años de ausencia, mis padres y algunos de mis mejores amigos se fueron quedando en el camino, calladamente, pero dejando un vacío en mi alma que nunca he podido rellenar. Ahora tenía que empezar de nuevo con la brega, pero esta vez sin los seres queridos y recordados.



Al principio, recuerdo que un pastor tenía la costumbre de pasar con su rebaño de ovejas y cabras por delante de mi casa. En cuanto oían los cencerros, mi mujer y una vecina salían a gritarle al pastor: “¡Oye, chaval! ¿Pero no te das cuenta que aquí vivimos personas? ¡Por Diooos!...”. Pero el pastor se hacía el sordo y yo mismo tenía que meterme entre los borregos para alcanzarlo, pues iba siempre delante del rebaño, acompañado de sus dos perros: “¡Pero, hombreee! ¿Es que no puedes echar por la parte de atrás?”. El resultado era que las cabras hispánicas y los borregos ibéricos dejaban en la calle un reguero de cagarrutas y una peste flotando en el ambiente de muy señor mío, pues es notorio que estos animales atufan demasiado. Así tuvimos varias escaramuzas, hasta que una tarde amenacé al rabadán: “Mañana te voy a poner una denuncia en el Ayuntamiento”. Aquello fue mano de santo, se convenció entonces que la cañada de atrás, llamada de Contreras, era más segura. El pastor encerraba el ganado en un corral que había dos calles más arriba y una vecina me decía que no podía abrir las ventanas en el verano. Por aquellos días, en la tapia de mi patio, solía encaramarse un lagarto verde, como haciéndote ver que aquel terreno era propiedad de sus antepasados; pero al poco tiempo desapareció. Y, enfrente de mi casa, en la chimenea del vecino, se posaba por las mañanas un búho pequeño pero también emigró.  

 
En los días de verano, a causa de la calina, apenas si se distingue Las Gabias desde el mirador de San Cristóbal; pero la imagen mutilada, convertida en varios trozos y triste de Montevive –otrora un monte altivo y orgulloso, de color leonado– aparece entre cansina y agostada sobre el horizonte azul. El doctor Manuel Rodríguez Carreño describió así el paisaje que veía, desde la cumbre de Montevive, a mediados del siglo XIX: “(...) las apiñadas y pintorescas alquerías y casas de campo que cercan Granada, las cuales aparecen recostadas sobre la alfombra de sus deliciosas vegas y recrean el alma elevándola a meditaciones sublimes”. Llegando a Las Gabias por la carretera, llama la atención la diminuta silueta de la vieja encina, que se alza majestuosa y altiva en mitad de la cima del cerro, como si fuera la conciencia de los atropellos que allí se han cometido. Un gabirro centenario me contó un día que Montevive había sido testigo fiel de las viejas historias y leyendas de Alhendín, La Malahá y Las Gabias. Y en otra ocasión, una gabirra me dijo: “Antes de que lo destrozaran, Montevive se asemejaba a los pechos de una mujer”. Hasta hace pocos años, en la festividad de San Marcos, grupos de jóvenes subían al monte a pasar el día y se comían allí el hornazo, pero esta tradición se ha perdido pues el ayuntamiento reparte ahora los hornazos en el parque periurbano. La mina de estroncio está abandonada desde hace tiempo y la imagen de la vieja encina nos indica que aquellos parajes deformados han sobrevivido a la devastación (hay zorros, cuervos y otros muchos animales), que también afectó a los restos arqueológicos de una cueva. Montevive está vallado por los propietarios de la mina y un guarda me echó de los alrededores hace unos años, ni eso permiten. No llamé a la Guardia Civil porque no llevaba el móvilPor eso se ha convertido en un símbolo, como las Montañas Negras de los pieles rojas donde anidaban sus espíritus. Es de justicia que los Ayuntamientos de Las Gabias, La Malahá y Alhendín recuperen Montevive, para que pueda ser visitado y repoblado.




sábado, 22 de septiembre de 2018

LOS ALUMNOS DE DON EMILIO CARMONA









Me encanta esta foto del maestro don Emilio Carmona, rodeado de sus alumnos de Castilléjar, a comienzos de los años sesenta, por la naturalidad con la que han salido. Yo no llegué a tenerlo de maestro pero, cuando tenía siete u ocho años, iría atrasado en la escuela y mis padres decidieron que me diera algunas clases particulares en su casa, durante el verano. Don Emilio era amable y paciente, las clases resultaban amenas aunque apenas recuerdo algunas anécdotas. En una ocasión me preguntó: “¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?”, incluso me repitió la frase pero yo no supe responderle porque la pregunta tiene su truco. Otro día, don Emilio me habló de Cascorro, un poblado de Cuba, donde se encontraba un fuerte español. En 1896, el soldado español Eloy Gonzalo se arrastró con una lata de gasolina hasta la casa donde se encontraban los insurrectos que les atacaban, le prendió fuego y regresó a su posición. Esto hizo que la prensa española de entonces lo convirtiera en “el héroe de Cascorro”. En la Enciclopedia Álvarez recuerdo que venía un dibujo del soldado, con su lata de gasolina, y una reseña de su hazaña. Desde entonces, nunca he oído hablar de este héroe en los libros de historia, los historiadores españoles aún hoy pasan de puntillas sobre el Desastre de 1898, con la pérdida de las últimas colonias de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. España ya no se recuperó y se encerró sobre sí misma. Pero ahí está su obra, su cultura y su lengua en diecinueve países de Hispanoamérica.

En lo poco que recuerdo, don Emilio Carmona era muy correcto con los alumnos, en aquella época en que a muchos maestros se les iba la mano y los castigos en las escuelas eran el pan nuestro de cada día: “La letra con sangre entra”, fue el lema durante la Dictadura de Franco y duró más años que los “cuentos de Calleja”. Saturnino Calleja fue un famoso editor de Madrid, que vivió a finales del siglo XIX y principios del XX. Un día, don Emilio nos contó a los alumnos una anécdota que apenas recuerdo, pero que define su forma de ser. “La otra tarde estaba yo en el casino de Federico y, uno de los que estaban jugando en la mesa al dominó, se le ocurrió contar un chiste sobre la Iglesia, de manera que todos se rieron a carcajadas. Pero a mí no me hizo ninguna gracia y le repliqué, porque aquello era una falta de respeto”. Así era, pues no permitía ni una broma con la religión. Actualmente don Emilio tiene 80 años y vive en un barrio de de la periferia de Granada, hace un año lo llamé por teléfono y me confesó que estaba muy preocupado por la enfermedad de su mujer. En julio pasado lo llamé de nuevo y ahora lo noté más alegre y abierto, a pesar de que Isabel, su mujer, está bastante delgada. Me dijo que don Ramiro, un médico que estuvo en Castilléjar, en los años sesenta, falleció en junio pasado. Quiero tener un recuerdo porque fue un buen  médico y una excelente persona.

Los alumnos que aparecen en la fotografía con el maestro creo que tienen entre once y doce  años. En aquellos años, los pueblos y las casas estaban llenos de niños, pues los matrimonios solían tener cuatro o más hijos. Hoy, en cambio, la situación se ha invertido, pues los pueblos se han cargado de pensionistas –precisamente, estos chavales de la imagen han llegado o están llegando a la edad de la jubilación–, mientras que escasean los niños, pues en España ya hay más defunciones que nacimientos.

Manolo Martínez Puerta colgó la fotografía en junio pasado y escribió en Facebook: “Bueno, os pondré los nombres de los que me acuerdo empezando por arriba, a la izquierda: José Maeras, Andrés de Vicentón, Juan Fresneda, ?, Carlos Durán, Manolo Gómez, Miguel Morenilla, Antonio el de Iluminada, Miguel el Coscón, José Lózar y Serafín Encinas. Sentados, por la derecha: José Luis el del herrador, Carpintero de Juan, ?, Quico el Moro, Manolo Rodríguez, el de Antonio el barbero, Tomás Pinteño, Manolo Martínez y Ramón Martínez, y por supuesto el maestro es Don Emilio, un gran maestro. La interrogación quiero decir que no me acuerdo del nombre, el 1º sé que vivía en la Sacristía, y el 2º vivía en el molino del Duque”. Carlos Durán hace este comentario: “Hola Manolo. Una reliquia, cuántos recuerdos evoca, los niños de nuestra generación, la clase de Don Emilio, prácticamente los recuerdo a todos. Y Don Emilio, el mejor maestro que tuve. Recuerdo cuando algunas tardes nos leía la novela de ‘Lassie’ el perro cazador. Un hombre inteligente y humano”.

He leído los nombres y, al observar sus caras, he reconocido a veces con dificultad a algunos de aquellos compañeros de colegio (han cambiado bastante, pues aquí está su imagen original). A muchos de ellos no los he visto desde la infancia y a otros me los he encontrado en algunas ocasiones, en el pueblo, pues la inmensa mayoría tuvieron que emigrar a Cataluña y a otras regiones. Da vértigo pensar que la mayoría de estos niños son ya abuelos. Carlos Durán me dice que la foto es de 1965 y que posiblemente está hecha en el patio de las antiguas escuelas públicas. Con anterioridad, allí se encontraba la Tercia, donde antiguamente almacenaban el grano para pagar los diezmos. El edificio de las escuelas fue derribado y hoy se encuentra el Ayuntamiento en el mismo solar. En Zújar pasó igual, el antiguo edificio de la Tercia fue destinado a escuelas públicas.

No me canso de mirar esta foto, aunque yo no aparezco, pues creo que estaba internado en el colegio. A Andrés, el de Vicente, lo he saludado en las fiestas de agosto (no lo veía desde que éramos niños), tiene el mismo semblante y parece que los años no han pasado por él. También he estado con Manolo Martínez, que se conserva bastante bien, lo mismo que Carlos Duran al que saludé el año pasado. Sin embargo, José Lózar falleció hace dos años, y Ramón Martínez hace más tiempo. Varios niños han salido sonriendo, pero llama la atención la naturalidad con la que posan todos, la misma que se aprecia en el maestro –apoya el codo en un alumno, mientras posa la mano en el hombro de otro–, pues les infundía confianza. En las fotografías de aquellos años, los maestros solían salir con cierto empaque y los niños con el gesto serio. A don Emilio le envié esta imagen y le pedí que me diera sus impresiones, o contara algo para el artículo que yo quería escribir, pero no me ha contestado.








En cuanto a la imagen de las Escuelas, creo que no es de 1940 (se construyeron por esos años), pues los vestidos de las mujeres, con sus mandiles, y de las niñas que aparecen, indican que es de los años sesenta. A la derecha, y a continuación de las Escuelas, se aprecia colgado en la pared el anuncio circular de Teléfonos, que era de color azul e indicaba que allí se encontraba la centralita. En aquella época, en Castilléjar, habría unos diez teléfonos, de dos cifras: la farmacia tenía el número 16. La fotografía de los alumnos la hizo mi padre Leandro (la de las Escuelas posiblemente también), pues era el único fotógrafo del pueblo en aquellos años y se nota la mano de un profesional.