El 28 de agosto pasado publiqué en mi página de Facebook (no me gusta la palabra muro) una foto de los refugiados sirios, con este texto: “Sirios, iraquíes, afganos, libios, subsaharianos..., huyen de sus países en guerra, o de la miseria. Es el drama humanitario más grande, desde la II Guerra Mundial y, Alemania, por una vez, está dando ejemplo. Este año han fallecido ahogadas más de dos mil personas en el Mediterráneo. Vienen con lo puesto”. A través de la ONG Avaaz.org, yo hacía una petición a favor de los refugiados. Sólo tenían que poner los datos y el correo electrónico, el caso es que obtuve pocas firmas. Más tarde, los medios de comunicación convencieron a muchos indecisos, pues no se podían cerrar las fronteras a quienes huían de la guerra. Días después salió en la prensa la foto del niño sirio Aylan Kurdi, que falleció ahogado cerca de la costa de Turquía. La foto dio la vuelta al mundo y la imagen del niño inerte en la playa nos conmovió a todos y sirvió para que la vieja Europa abriera las fronteras y su corazón con los perseguidos.
Un conocido, defensor del medio ambiente,
discutía con otro ecologista y conmigo, diciendo que lo de los refugiados no
merecía la pena, que no se iba a conseguir nada. Y le contesté así: “¿Sabes lo
que me movió a esa iniciativa a favor de los refugiados, sin ponerme a mirar si
eran árabes? Porque las fotos me recordaron a los miles de refugiados
españoles, en 1939, y Francia les abrió las fronteras. Pero, con ese
pensamiento, no sales de la aldea”. Al final se convenció. He visto tantas
fotos e imágenes de los republicanos y de la población española entrando por la
frontera de Francia, que tengo la impresión de haber vivido aquel éxodo.
Moralmente, Europa no podía cerrar las fronteras a los refugiados sirios, que
huían de la guerra, para que los islamistas los mataran, a sabiendas de que acogerlos
iba a suponer un efecto llamada, como así ocurrió: miles de árabes llegaron y
todavía llegan a las costas de Grecia.
Un amigo me cuenta que, el 24 de septiembre,
llamó al teléfono de Atención al Cliente,
de la empresa de aguas Emasagra. Resulta que envió la tarjeta con la lectura
del contador de su piso de, Granada –no había consumido agua en los últimos
meses–, sin embargo, le estimaron un consumo 15 metros cúbicos. Ahora ha
alquilado el piso a unos estudiantes y tiene que cobrarles estos metros cúbicos
de más, cuando los consuman. En Atención
al Cliente le dicen que entre en la web Emasagra.es,
después en Oficina Virtual y Contacto. “Y aquí expones el caso, o
bien, te pasas por la calle Molinos y te atienden”. Contacto es una página que no está operativa, pues no permite escribir
provincia, municipio o localidad, o sea, que no puedes enviar ningún mensaje. Sin
embargo, la empresa Emasagra lo anuncia en su web como Portal de Transparencia, en letras grandes. Ahora, el afectado tiene
que perder media mañana en la calle Molinos para reclamar y a ver por dónde
salen. Cuando Endesa te hace una estimación y comprueba que te ha cobrado de
más, automáticamente te ingresa el dinero en tu cuenta. Pero Emasagra, no.
Cuando no hay consumo de agua (cobran
5,49 euros, más IVA), con el alcantarillado y la depuración doméstica, el
recibo sale a 9,80. La recogida de basura supone 21,82 y, en total, 31,62 euros,
sin consumo de agua. Con 15 metros cúbicos consumidos, la factura sale a 52,74,
esto es, 21 euros más. Cuenta el escritor Antonio Muñoz Molina –trabajó en el
Ayuntamiento de Granada, de auxiliar administrativo– que, en los años ochenta,
la oficina de Emasagra la llevaban dos auxiliares administrativos, en la calle de
atrás del Ayuntamiento. Pero, un tiempo después, pusieron a un director general
y a la tira de empleados, entonces, el precio del recibo del agua se multiplicó
para mantener a tantas bocas. Y así ocurrió con todo en aquellos años.
A finales de septiembre doy de baja una
bombona de butano, en un establecimiento de Repsol. Me toman los datos y me
devuelven tres euros. El empleado me explica que en el contrato figuran tres
bombonas de butano y que la fianza depositada fue de 1.500 pesetas. Sí, le respondo,
pero esto fue en 1994 como indica el boletín de la revisión. El empleado me
responde que son 500 pesetas por cada bombona devuelta. Mis padres hicieron el
contrato de butano a mediados de 1970, y 500 pesetas de entonces equivaldrán aproximadamente
hoy a unos 30 euros (calculo que unas 5.000 pesetas), diez veces más de lo que
me han devuelto. En los setenta mi padre ganaba unas cinco mil pesetas al mes.
Mi pregunta es: ¿qué diferencia hay entre quienes timan a los usuarios,
haciéndose pasar por personal de Repsol, y les cobran un dineral por cambiar
las gomas de las bombonas, y este caso? Te dicen, como pagaste 500 pesetas en
los años setenta, ahora te devuelvo tres euros y estamos en paz.
Un amigo me cuenta que pidió cita para
una ecografía, en un ambulatorio de Granada, a primeros de octubre. El empleado
de la oficina le entrega un folio con los datos del paciente, del facultativo
solicitante y escribe a lápiz, en la parte superior: pendiente citar. Ante la sorpresa del paciente, le advierte: “Si de
aquí a un mes no te han enviado una carta a tu domicilio, te pasas con la cita por
el Hospital Virgen de las Nieves y reclamas en Rayos X”. Y mi amigo le
responde: “Entonces, ¿que no me da cita?”. “Así es, hay lista de espera y
tardan meses en hacer una ecografía” le responde el empleado. De esta manera
burda funciona ahora el Servicio Andaluz
de Salud: no dan cita al paciente porque tienen un tapón enorme de meses
pero en los datos que proporcionan a la prensa anuncian que las listas de
espera van disminuyendo.
A otro paciente, que viene siendo
atendido desde hace cinco años en el Servicio de Neumología, le ocurrió lo
siguiente. Este año le cambiaron de neumólogo y el nuevo le mandó un TAC, para
ver cómo se encontraba la EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). El
anterior neumólogo lo veía cada año, le hacía una espirometría y le recetaba un
broncodilatador (nuevo en el mercado), que apenas sirve para nada como no sea para
engrosar los beneficios de un laboratorio alemán, según le confesó un médico al
paciente. El caso es que el facultativo, a la vista del resultado del TAC, le
dijo que la EPOC estaba bien y que ahora su médico de cabecera le haría cada
año el seguimiento de la enfermedad. Esta es otra forma sutil para
descongestionar las famosas listas de espera del SAS: derivan los pacientes a
su médico de cabecera, y aquí paz y allí gloria. Hace un mes, venía en El Mundo de Andalucía este titular: “La
comunidad, a la cola en gasto sanitario. Andalucía registró en 2014 un
desembolso de 977 euros por habitante, frente a los 1.207 de la media
nacional”. Por no hablar de los miles de médicos y enfermeros que han sido
despedidos o contratados con menos sueldo.
http://en-clase.ideal.es/opinion-200/2693
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