miércoles, 14 de enero de 2015

EL AVE MARÍA EN EL RECUERDO







Ángeles Valera





De rondón me colé en la sacristía, detrás del cura que acababa de oficiar su misa de las siete de la tarde. Me miró y me dijo: “¡A ver si me acuerdo de ti!”. Fue entonces cuando creí ver en su cara risueña toda la humanidad del mundo. Don Emilio Borrego parece que tiene siempre la sonrisa en la boca y el cigarro en la mano. Es como un libro abierto –“a lo mejor hablo demasiado”–, y los recuerdos de aquella época se le agolpan en la mente, le vienen sin querer. Yo sólo soy una excusa para sus monólogos: “Don Jorge Guillén era el ‘alma’ del Ave María y él siempre dejaba abierta la puerta de su despacho. Cuando se marchó al Brasil, yo seguí haciendo lo mismo. ¡Pero yo era un desastre, no servía como rector! Por eso pedí venirme a una parroquia. La policía entonces nos tenía intervenidos los teléfonos, pero yo siempre, con todos los respetos, decía, ‘un saludo para quien esté al aparato’”. Sin embargo, pasó malos momentos: “Hoy no permitiría que la policía se llevara a aquel alumno que estaba en Comisiones Obreras...”. Otras veces la memoria parece traicionarle: “Tengo una deuda pendiente con don Cristóbal... Era un buen hombre, pero yo entonces no supe verlo. A don Ricardo Villa-Real teníamos que haberle hecho un homenaje, pero no se lo hicimos...”.
Allí dejé al cura en la sacristía, con sus recuerdos y con la palabra en la boca: “¡Espera y no te vayas!”, me dijo. Pero yo tenía que salir pitando a recoger el coche: “Ya lo llamaré”, le dije. Ideal, 13 de diciembre de 2002.


Del libro 'Artículos del Altiplano y de Granada'




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