sábado, 17 de octubre de 2026

RECUERDOS DEL IES PEDRO A. DE ALARCÓN

 

En los primeros años



En 1968 los seminaristas de Guadix asistimos a las clases del Instituto Mixto, dos años después de su inauguración. En 1970 pasó a llamarse Instituto Nacional de Enseñanza Media y, años más tarde, Instituto de Enseñanza Secundaria Pedro Antonio de Alarcón. Supongo que la ley de educación, de entonces, obligaba a los alumnos de los seminarios a asistir a las clases de los institutos. Lo cierto es que, en los años del Desarrollo, como se llamó a la década de los sesenta,  sólo existía en la provincia de Granada el Instituto Nacional de Enseñanza Media Padre Suárez mientras que los demás centros de enseñanza eran Secciones Delegadas del mismo. 

Por las mañanas salíamos del Seminario, que se encontraba en la Puerta Alta, cruzábamos la calle de San Miguel y pasábamos por la iglesia de la Magdalena –la antigua mezquita de los Renegados, por los moriscos conversos–, en dirección al instituto nuevo. Solo recuerdo los nombres de algunos profesores, como don Rafael Cruz Samaniego (falleció hará un año) y don Alejandro Fernández Pestaña, así como algún que otro compañero de curso, porque sólo cursé en el instituto el cuarto de bachiller y la reválida. De ese año, que fue decisivo para mí, apenas tengo recuerdos. Entonces yo tenía quince años y era un alumno del montón, que iba sacando mis aprobados –en tercero saqué una matrícula de honor en religión– y algún que otro notable, pero con la dificultad añadida de que no sabía memorizar con mis palabras, de manera que aprendía las frases enteras tal y como venían en los libros. En ese tiempo nadie te enseñaba a estudiar.

En el Seminario solamente salíamos de paseo los sábados, por la tarde, íbamos y volvíamos a Purullena, por la carretera antigua, o jugábamos un partido de fútbol en la rambla por donde hoy se encuentra el puente de la A-92, poco antes del cruce para Murcia o Almería; o bien pasábamos la tarde donde hoy está el Parque del Vivero. Sin embargo, salir todas las mañanas para ir al instituto, fue una gran novedad para todos nosotros, acostumbrados a aquel ambiente protector y cerrado del Seminario. Esto me llevó a decirle a dos compañeros de curso, que eran de Guadix: “Yo no sé cómo podéis vivir vosotros”, y es que me costaba trabajo comprender la vida fuera del Seminario. Fue en el instituto donde conocí la existencia de los Hermanos Fossores, posiblemente por la cercanía del cementerio y porque los curas nos llevaron de visita. Una tarde, aquellos frailes nos enseñaron las celdas austeras y sombrías, con una mesa, una silla y aquellos camastros, donde una tabla hacía las veces de colchón. “Nos levantamos para rezar a las cuatro de la madrugada”, nos dijo un fossor. Entonces enterraban a los difuntos en la tierra, por lo que tenían que utilizar el pico y la pala. Más pobreza no se podía pedir. Lo cierto es que aquellos hombres me impresionaron, pues vivían apartados del mundo y encerrados entre las tapias del cementerio, al lado de los difuntos.

El instituto en la actualidad


Al final del curso 1968/1969 saqué cinco notables, un aprobado y dos suspensos: matemáticas y física y química. Las ciencias no se habían hecho para mí y siempre se me atragantaban. En los primeros días de septiembre tuvimos los exámenes de recuperación, entonces paré en una pensión del barrio de la Magdalena, junto a otros compañeros, uno se llamaba César, un chico alegre e inocente de Baza. La patrona nos dejó un enorme reloj de campana para que nos despertara, de esos que suena mucho el tic-tac, el caso es que apenas dormí y me levanté como un zombi. Antes de un examen repasé los polders –esas barreras que los holandeses construyeron en las playas para ganarle terreno al mar– y resultó que cayó esa pregunta. El caso es que aprobé las dos asignaturas pendientes, así como la Reválida de Cuarto, (en el Libro de Calificación Escolar viene como examen de Grado Elemental), con una nota media de un cinco. La Reválida era un examen de los cuatro cursos del antiguo Bachiller Elemental, pero el pedagogo o profesor que le dio el nombre se quedaría descansando porque de elemental no tenía nada sino todo lo contrario.

En varias ocasiones coincidí con una chica rubia y menuda, en el camino de ida al instituto, aunque apenas si cruzamos algunas frases. La chavala no era gran cosa, pero me quedé prendado de ella por su naturalidad. Ahora que lo pienso, aquel fue mi primer y efímero amor platónico. Entonces, yo hablaba con frecuencia con el padre espiritual, el jesuita Manuel Cantero –con el que conservé la amistad hasta que falleció en 2020, a través de cartas y encuentros–,  pero, cómo me vería ese año que al final del curso me aconsejó que abandonara el Seminario. Yo me quedé bastante sorprendido, pues no me lo esperaba y, lo que es peor, no tenía ningún plan fuera de aquel ambiente protector del Seminario, que duraba ya cinco años. No recuerdo sus palabras pero posiblemente me diría que dejara el Seminario durante un año y que reflexionara sobre lo que me convenía... La salida suponía irme a otro colegio, precisamente cuando mi padre se quejaba del dinero que le costaba mi permanencia en el Seminario, que entonces era el más económico.

Vista de Guadix, desde el Cerro de la Magdalena


Aquella salida al instituto, el contacto con los compañeros de curso y con la calle y sobre todo aquel sistema de enseñanza laico nos debió de impactar a muchos seminaristas, sin embargo, yo creía que seguía siendo el mismo adolescente pero las cosas ya no iban a ser igual. En los años posteriores, no le pregunté al padre Manuel Cantero por las razones para aconsejarme que dejara el Seminario. Posiblemente por olvido o porque aquello ya no tenía importancia, lo cierto es que yo me sentí como el ave que está en una jaula y un día le dicen que tiene que echar a volar y enfrentarse a la vida. El Instituto Pedro A. de Alarcón fue entonces como esa ventana por la que nos asomamos a un mundo diferente al que conocíamos, y aquello debió ser un acontecimiento en nuestras vidas. En 2016 me pasé por el Instituto, casi medio siglo después. Las aulas se veían desde la entrada, recorrí aquellos pasillos olvidados y me asomé al campo de fútbol, donde tomé unas fotos. Mientras que en mi adolescencia se me antojó un instituto demasiado grande, en la madurez lo encontré demasiado pequeño. En 2016 también me encontré con el padre Manuel Cantero, pues nos veíamos cada año cuando venía de vacaciones a Granada. Entonces le pregunté en el Bar Castañeda por qué me aconsejó que abandonara el Seminario, con dieciséis años. Yo estaba intrigado y quería saber su respuesta, pues nos habíamos visto muchas veces pero nunca sacamos el tema. Su respuesta fue esta: “La verdad es que no me acuerdo. Yo tenía las fichas de cada uno de vosotros, pero las rompí”. De manera que mi curiosidad de años finalizó aquí. Lo cierto es que los curas hacían una limpieza cada año, observaban al personal y allí solo iban quedando los que cumplían la norma y prometían.

La Sección Delegada Mixta de Guadix, del Instituto Nacional de Enseñanza Media ‘P. Suárez’ –así viene en mi Libro de Calificación Escolar– fue inaugurada en 1966. Empezó con 112 alumnos, en turnos de mañana y tarde. En 2016, cerca de 400 alumnos asistieron a sus clases de Enseñanza Secundaria Obligatoria, Bachillerato y Formación Profesional, mientras que otros 194 alumnos estaban matriculados en el nocturno. El escritor Pedro A. de Alarcón no llegó a ver la llegada del tren a Guadix porque falleció unos años antes, en 1891. Viajó en las diligencias, ya que no había otro medio de transporte, como el viaje que hizo en la diligencia de Granada a Motril, pasando  por los pueblos donde se libraron batallas contra los moriscos sublevados. Fruto de esa experiencia fue su famosa novela La Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia (1873). Por eso, lo mejor que podía hacer la ciudad de Guadix en los años sesenta, era que el primer instituto de la comarca llevara el nombre de Pedro A. de Alarcón, su ilustre y olvidado hijo.

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-recuerdos-del-ies-pedro-antonio-de-alarcon/



1 comentario:

  1. Roberto Balboa. Amigo Leandro: Hoy con tu sencillo y emotivo escrito me han saltado las alarmas por varios motivos que ahora te diré. Primero porque yo tuve la suerte de empezar el bachillerato en aquel Instituto Mixto y allí estuve desde primero hasta COU; como comprenderás esos años forjaron mi vida e hicieron de mí lo que soy. Ya puedes imaginarte la cantidad de vivencias que atesoré, incluida una cuyo principal actor fue don Rafael Cruz Samaniego y que de alguna manera enderezó mi vida de pillastre; jamás le he podido pagar lo mucho que hizo por mí, pero he tenido la suerte de poder contar con su amistad siempre. Su fallecimiento me caló muy hondo. Seguro que descansa en paz. Y segundo porque yo también he tenido la suerte de disfrutar de nuestro Seminario Conciliar de San Torcuato, aunque en mi caso como maestro. Allí fue mi debut recién acabados los estudios, pero gracias a mi buen compañero Antonio y a la maravilla de alumnos que tuve, esos dos años fueron otro fundamento básico para el resto de mi vida. Hoy en día, tengo la suerte de seguir contando con la inestimable amistad de muchos de aquellos alumnos, y con algunos de ellos la amistad va mucho más allá de una sencilla amistad y he compartido con ellos momentos inenarrables por muchos lugares de España y, por supuesto, de mi querida Alpujarra. Al Seminario, además, lo tengo muy en el corazón porque allí también cursó estudios mi padre hasta que mi abuelo necesitó de él para el negocio familiar. En fin, amigo Leandro, que hoy has hecho que se me ericen los pelillos de los brazos con el cúmulo de recuerdos que me has traído.
    Un abrazo como yo de grande.
    Leandro. Amigo Roberto. En el instituto yo solo estuve un año, con quince y dieciséis años, en una edad bastante difícil, por lo que mis recuerdos son escasos, pero me llamó la atención don Rafael Cruz Samaniego, como buen profesor, aunque no recuerdo ningún detalle concreto de él. Fue el contacto con la calle, con otros compañeros y con profesores distintos del Seminario. Fuera existía otro mundo y este choque nos alteró a más de uno, aunque yo estaba convencido de que seguía siendo el mismo a diferencia del padre espiritual. Se pasó de seminarios cerrados, con enseñanza eclesiástica, a institutos de enseñanza pública. Para los ex seminaristas fue un internado riguroso mientras que el instituto nos dio otra visión del mundo, que contribuyó a que abandonáramos el Seminario y completáramos los estudios. Tengo muchos recuerdos del Seminario, pues allí pasé cinco años, y ya ves que tenemos mucho en común.

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