viernes, 6 de noviembre de 2026

EL PADRE ANTONIO GUIRAO

 

En la misión de Kariobangi





Quedo con el padre Guirao, misionero comboniano (el fundador fue el italiano Daniel Comboni), en una residencia de mayores, de Baza, a las diez de la mañana. Aquí está internada su hermana Caty y viene a visitarla. Llegó el jueves y se marcha el lunes por la mañana, cuatro días de permiso echando dos de viaje, así cada dos años visita a su familia y vuelta a la residencia de Moncada (Valencia). Me recuerda a mi tía sor Carmen, monja de las Hijas de la Caridad, que también le daban unos escasos días para estar con la familia, para los sobrinos era una fiesta pues nos traía siempre unos regalillos. El padre Guirao nació en la pedanía de Los Olivos, en 1942, en la posguerra, en los años del estraperlo y de la pertinaz sequía, como los denominó el franquismo. Me acordé a última hora y le dediqué el libro Leandro: Castilleja de los Ríos en blanco y negro, que edité con las fotos que hizo mi padre durante los años sesenta y setenta. Le digo que hay dos fotos de su padre, cuando tocaba los platillos con la Hermandad de las Ánimas, de los Olivos. El caso es que hojea el libro y al pronto las encuentra.

 –Mis padres procedían de Oria (Almería) y de niño fui a la escuela de don Antonio Caballero, en Los Olivos. Solamente por la mañanas, ya que por las tardes me iba a cuidar las cabras de mi padre. A los trece años (en 1957) fui al Seminario de Guadix, entonces teníamos que hacer el examen de ingreso (un servidor también hizo el ingreso, en 1964) y aquí pasé cinco años de bachiller, con clases diarias de latín de una hora de duración. En quinto curso pasaron dos misioneros combonianos y entonces decidí hacerme misionero, pero mis padres se opusieron. Estuve dos años haciendo filosofía en el Seminario Mayor de San Torcuato, en Granada, y cuando cumplí los veintiún años (entonces era la mayoría de edad) me marché a los combonianos, a Corella (Navarra). Hice un año de noviciado y pasé otro en Moncada (Valencia). Después me enviaron como formador al Seminario Menor de Maia (Portugal), desde 1966 hasta 1969. Seguidamente, estudié tres años de teología en el Seminario de Misioneros de Cucujais (Portugal). Pedí volver a España y en Moncada hice cuarto de teología. En 1970 me ordené de sacerdote en Castilléjar, con Mariano López Zambudio, oficiando la ceremonia don Rafael Torija, obispo de Ciudad Real, que estuvo de párroco en el pueblo en los años cincuenta.

Le recordé que, cuando yo tenía once o doce años, me paró en la calle del Rosario (las Casas Baratas) y me habló de los misioneros... Lo cierto es que aquella anécdota se me quedó grabada y desde entonces se convirtió en un modelo para mí. Sin embargo, él no se acuerda de aquel breve encuentro. Entonces estaba yo en el Seminario de Guadix, pasó un misionero comboniano hablando de las misiones y estuve escribiéndome con él durante varios años. También recuerdo que leí un libro impresionante de un misionero, donde contaba con detalles la fuerte oposición de los padres y el drama, cuando sus hijos les decían que querían ser misioneros y marchar a África. Eran historias reales que a mí me impresionaron. Amigos del Seminario me cuentan que, además de buena persona, era un buen defensa jugando al fútbol.

Con su padre (fallecido), hermanos y familiares. 1995


El padre Guirao prosigue con sus recuerdos.  

–En Corella estuve varios años de formador y en 1978 me enviaron de misionero a Kenia, allí estuve cerca de siete años. De 1984 a 1992 fui a Moncada, como maestro de novicios. Desde el año siguiente hasta 2003 estuve en África, eran inicios de misión donde fui bautizando a gente mayor de veinte años y a niños. El swahili es el idioma oficial de Kenia y me llevó un tiempo aprenderlo, aunque sabía inglés. Hakuna Matata es una expresión muy común y significa Aquí no hay problema. Yo residía en Cabichbich, que significa donde el viento silba, pues se encuentra a 3.500 metros de altitud, más o menos como el pico del Mulhacén. Apenas nevaba en esas alturas por el clima, pero soplaba un viento fresco. Atendía treinta poblados, a los que iba con la moto kawasaki o con el todoterreno toyota, por las montañas o por caminos de tierra, era una zona bonita, pero difícil. De la moto me he caído muchas veces. Subiendo las cuestas a veces la moto se calaba, entonces tenía que frenar y guardar el equilibrio o bien me tiraba a la tierra, para no resbalar hasta el fondo de la cuesta. Después tenía que intentar arrancarla. Pero siempre encontraba a alguien que me ayudaba. La gente es pobre pero muy generosa, me daban lo que tenían o me invitaban a comer. Con frecuencia alguno preguntaba en pokot, Poisho (¿Cómo te encuentras?). Y el otro le respondía,  Poisho nyaman (Estoy muy bien). Yo tenía treinta poblados y me ha ido bien con los nativos, así era la vida del misionero, al servicio de ellos, los hemos ayudado y te recuerdan con cariño. Era una relación cercana pues atendíamos muchas de sus necesidades. Aparte de la religión llevaba las escuelas, he abierto muchas pero las clases las dan los maestros, también abría pequeñas capillas en los poblados. Los habitantes de la montaña tenían más interés en la escuela que los masái, con mayores deseos de promocionarse a nivel de escuela y de religión, pues estaban asentados en poblados y tenían animales. Me llamaba la atención porque eran gente pobre y sencilla, aunque las perolas y los cacharros de cocina son ya de acero inoxidable. Mi trabajo era encontrar catequistas, que dieran el catecismo a los niños y los prepararan para el bautismo. También tenía que celebrar las misas. Es una zona donde no había otra religión extranjera y no hay luchas sino que cada uno sigue su camino. En cambio en Nigeria hay muchos musulmanes y le hacen la guerra a los cristianos. Kenia es uno de los países más estables de África junto a Tanzania.

El padre Antonio Guirao es un hombre amable y sencillo, que te da confianza desde el primer momento. Lleva puesta una gorra negra, calza unas deportivas y parece un jubilado. Si no fuera por la cruz que lleva colgada del cuello, nadie diría que es un misionero. Hay que recordar que la película El Rey León (1994) hizo muy popular la frase Hakuna Matata.

En la residencia de Baza


–En Áfríca he estado treinta y tantos años, he trabajado muchísimo y a veces he cogido la malaria. He ido a muchos sitios, donde solamente había gente pobre, y ha sido una experiencia bonita. He trabajado también con la tribu de los masái, durante dos o tres años, viven en chozas, en la llanura, donde tienen grandes terrenos para el ganado, por la noche lo encierran en corrales y durante el día lo llevan al campo. Se dedican al pastoreo y viven en el sur de Kenia. En mi segunda etapa yo tenía la parroquia en Amakuriat, en las faldas de la montaña, donde vive el pueblo pokot. Esta tribu, como los masái, tienen su dialecto particular. En una ocasión, encontrándome en Tenerife haciendo animación misionera, se me rompió el tendón cuadricípedo que va unido a la rótula y me operaron. Cuando me recuperé, marché de nuevo a Kenia. Pero en junio de 2025 estaba haciendo ejercicios espirituales y sentí un dolor en las piernas, de manera que no podía trabajar y en agosto volví a España para recluirme en Moncada, cerca del seminario diocesano, en una casa para sacerdotes mayores, que se encuentra en una colina. Tengo también artrosis. Es una residencia de misioneros combonianos, aquí estamos un catalán y otros dos que son de Cádiz y de Elche, que son los responsables de la comunidad. En España no hay vocaciones de misioneros entre los jóvenes, en el teologado de Granada hay dos misioneros, uno de Salobreña y otro que es africano, mientras que los teólogos son extranjeros. Cada día hay menos misioneros en Europa y en América del sur. En Kenia todavía quedan tres o cuatro españoles y también algunos italianos. Yo estoy aquí terminando este mes de octubre y con 84 años (lo repite varias veces en la entrevista), pero los dolores en las piernas y en la espalda son fuertes. Procuro caminar pero los lunes y los miércoles voy al gimnasio con el andador, pues me coge más lejos.

Le pregunto por los párrocos de Castilléjar que conoció. Responde que fueron don Antonio Motos en los años cuarenta, don Rafael Torija en los cincuenta y, a comienzos de los sesenta, llegó don Atanasio Botía. Le recuerdo que en Los Evangelistas le dedicaron la Escuela Infantil Padre Antonio Guirao –el pasado año yo estuve por allí, en la Fiesta de la Cruz– y quedamos en que lo pondré en contacto con alguien del pueblo para que lo acerque, pues no la conoce y le hace mucha ilusión verla. Al final me dice: El sábado tengo misa en Los Olivos y el domingo, en Castilléjar, dale un saludo especial a todos mis paisanos. Cuando me despedí de Caty, que estuvo con nosotros en la entrevista, le dije: Tienes un hermano muy bueno. Y me contestó: Es cierto.

Delante de la Escuela. Foto Perpe F.


El domingo, Perpe Fresneda, la sacristana, llevó en su coche al padre Guirao a la escuela de Los Evangelistas y le hizo unas fotos. El lunes se marchó a Moncada y, unos días después, le pedí que me contara algunas anécdotas, entonces me envió un audio.

–Yo no sabía dónde estaba la escuela en Los Evangelistas, pero cuando la vi sentí gratitud y sorpresa. Te voy a contar algunas anécdotas. De niño yo cuidaba tres o cuatro cabras de mi padre por las tardes, pero un día me entretuve jugando y cuando llegó mi madre del mercadillo, vio que tenía las cabras atadas y sin comer. Entonces yo pensé llevarlas a la vega para que comieran por los ribazos, pero mi madre me dijo: ¿Qué vas a hacer, si ya está anocheciendo? Déjalas y les echamos alfalfa. A veces me juntaba con otros niños pastores y dejábamos que las cabras comieran en los sembrados, mientras uno vigilaba por si venía el dueño. Y durante las vacaciones del Seminario, le ayudaba a mi padre en el campo. En Kenia, al terminar la escuela algunos niños decían: Nosotros, que hemos aprendido tantas cosas, no nos vamos a quedar parados, vamos a ir a los pueblos cercanos a enseñarles a otros niños lo que hemos aprendido. Es algo que realmente te llama la atención y te llena de valor y de alegría, viendo la actividad que llevan estos niños. En estos momentos estoy bastante fastidiado y no tengo facilidad para escribirte. Un abrazo.

 Posdata. Esta entrevista ha sido posible por Antonio Pinteño, que me puso en contacto con la familia del padre Guirao, y siempre que lo necesito está ahí. 

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-el-padre-antonio-guirao/

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