sábado, 11 de junio de 2022

EL RIO GUARDAL

Lavanderas en el río Guardal. 1960. Pili Fernández
 




El término Guardal procede de la palabra árabe “Wadi al-Hardar”, rio el Ardar. Tras la expulsión de los moriscos se quedó en Guadahardal, hasta el Guardal que conocemos hoy. Las mujeres han bajado a lavar al río durante siglos, a veces mi madre bajaba con mi hermana a lavar aquí y yo recuerdo que le ayudaba a subir el barreño de ropa por la cuesta de Santo Domingo. Hay que señalar que el paraje con la terrera ya no existe; era un río caudaloso y bravo, pero hace tiempo que se convirtió en una triste acequia, desde que se construyó el pantano de San Clemente. La estampa de las mujeres lavando, que nos habla de la España más pobre y atrasada, hace tiempo que pasó a la historia. Y el trozo de Morería que se ve, con los años se desmoronará porque no se apuntalan las cuevas ni el Ayuntamiento hace nada por protegerla. La Morería es lo único que se puede salvar aquí.

 Paco Terrón es periodista de Canal Sur y hoy creo que sigue en el programa Mar y Tierra. Vino a Castilléjar a hacer un reportaje sobre mi libro Diálogos en la tierra de los ríos (2003). Una de las fotos que más le llamó la atención, fue precisamente la de las mujeres lavando en el río. No te cansas de verla, porque ellas ponen la nota a la imagen. Una de estas mujeres es la madre de Julián Romo Pérez —vive en Palma de Mallorca—, él me escribió esto: «Gracias a tu padre y a ti por aportar todos estos documentos de incalculable valor para los que nos encontramos lejos de nuestro querido pueblo. Un abrazo, amigo». Manuel Martínez López escribía: «Leandro, yo vivía en Barrio Nuevo y me acuerdo que muchas veces había que esperar a pasar porque el agua saltaba por encima del puente». La foto es muy romántica y llama mucho la atención al primer golpe de vista. Mi padre, Leandro, se conocía el oficio y logró un encuadre perfecto: el río, los árboles, el puente, el escalón que hace el agua... Pudo hacerla desde el otro lado del puente pero aquello le diría poco, y por eso buscó a las mujeres lavando que le dan un aire pintoresco y romántico. Es una de sus mejores fotos, junto a la “Procesión del Encuentro” del Domingo de Resurrección y otras. Hoy esta foto es patrimonio de Castilléjar —poco tiene que envidiar a otras— y espero que se vaya reconociendo la obra de mi padre. Hace años, editaban la revista de la feria, con fotos antiguas, pero no ponían el nombre de mi padre, para qué.

La Morería. Mayo 2022


 Manolo tiene fotos antiguas, enmarcadas en las paredes del bar El Rincón, y me decía, «la gente viene y se queda emocionada viéndolas». Esto lo escribí en Facebook, el 29/10/13. En esa época había lavaderos públicos en los pueblos, pero en Castilléjar no había nada. Cuando mataban un cerdo, recuerdo que las mujeres lavaban las tripas en el río Galera. Incluso el cura bautizaba con el agua del río Galera, pero más tarde lo hizo con la del Guardal, porque el agua bajaba sucia de las aguas fecales. La foto representa a toda una época, a los años cincuenta y sesenta. Mi padre tenía buen olfato y fue buscando un paisaje para aquellas postales que tanto vendía y nada mejor que el río a su paso por el puente. Si a esto le añadimos las mujeres lavando y las cuevas de la Morería, pues miel sobre hojuelas, como el romance: «¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste, grandes señales había!». Las cuevas de la Morería en aquella época no tenían ninguna importancia, mientras que las mujeres lavando eran la rutina de cada día. Pero todos estos detalles, junto al caudal de agua —como el que hoy tiene el río Castril—, son los que le dan vida a la foto. Algunos domingos sacábamos un caldero de cangrejos en un rato y nos dábamos un festín, luego “el Totovío” nos daba cuatro perras por los cangrejos. Entonces algunos tiraban barrenos en los remansos para pescar peces, durante el verano, sobre todo los emigrantes que trabajaban en Cataluña. Lavar en el río, en el invierno, con las manos congeladas y arrodilladas en el suelo era muy penoso para las mujeres. Yo recuerdo que le ayudaba a mi madre a subir un barreño de ropa, por la cuesta de Santo Domingo. La foto dice muchas cosas, aparte de los recuerdos: cómo era el caudal del Guardal, antes del embalse de San Clemente, y cómo era de miserable la vida. Un par de kilómetros más abajo, estaba el remanso de la Presa, donde nos bañábamos en pelota. Cuando colgué la foto en Facebook, el 4-11-2013, tuvo 77 comentarios y 37 veces fue compartida.

Manolo Martínez. Olé esa Morería y el río Guardal.

Leandro. Nos hemos enterado por la alcaldesa que las cuevas de la Morería tienen una Catalogación Genérica —están protegidas—, ahora lo que falta es que las declaren monumento natural debido a su valor histórico.

Leandro. Gracias, Manuel. Perdimos el Guardal —a veces parece una acequia— y vamos a ver si la Morería la ponemos guapa

Manuel Martínez López. El río también necesita un arreglillo, lo vamos a conseguir Leandro, poco a poco.

Leandro. Tenemos que cortar la carretera a ver si la asfaltan, y tú de esto entiendes un rato

Manuel Martínez López. Pero no hay unión, tendríamos que estar más unidos. Leandro García Casanova. Vamos a ver si hay una reacción en el pueblo, conocí un caso algo parecido y el pueblo se movilizó. Hasta mañana que el bicho este es mu empalagoso

Manolo Martínez Puerta. En este pueblo no hay unión para nada, la gente va a su bola y le importa un pimiento la cultura, le da igual todo (…).

Juan López. Este es el pueblo que yo recuerdo, ese río cuando bajaba el agua limpia Leandro García Casanova. Manuel, en las cosas graves te refieres a los fallecidos del otro día. Es de pena que no se mueva nadie

Aspecto del Guardal, en mayo de 2022



Leandro. Juan López, con ese caudal baja hoy el río Castril

Pilar Encinas Vegara. El río se ha quedado casi sin caudal en muchas ocasiones, sobre todo en verano. La mano implacable del hombre cambiando siempre el paisaje a su antojo.

Leandro. El Guardal a su paso por Benamaurel da pena, lo dejaron fatal eliminando toda la vegetación de ribera, nadie hace nada para mejorar esto. Esto es lo que dice Alberto Burgos Bautista, de Benamaurel (…).

Mari Zambudio Ruiz. Las veces que he lavado en ese mismo sitio con mi madre, gracias por poner estas fotos y poder recuperar recuerdos de aquellos años que si no fuera por ellas estarían perdidos.

Leandro. Sí, Néstor Sosa, recuerdo haber visto al Guardal llegando casi a la carretera ¿tus antepasados vivían en la Balunca?

Néstor Sosa. Lo único que tengo de mi abuelo es un papel del consulado que dice que nació en Castilleja de los Ríos, hemos estado buscando con Carmen y Miriam, y no encontramos nada...

 
Posdata. Artículo de mi libro Leandro: Castilleja de los Ríos en blanco y negro (2020)

sábado, 4 de junio de 2022

LAS INJURIAS DEL TIEMPO

 

Huerta de San Lázaro, en Bailén



Hace un mes me di una vuelta por la ciudad renacentista de Úbeda, pero, cuando llegué a la plaza, comprobé que ya no estaba la estatua agujereada del general –el Ejército Republicano disparó contra ella durante la Guerra Civil–, y que inmortalizó Antonio Muñoz Molina en su novela El jinete polaco: … y caminar abrazado a ella bajo los soportales de la plaza del General Orduña. Ahora es una plaza cualquiera, sin historia, y sin nadie que le escriba. Uno se sorprende del aparcamiento subterráneo y de un solitario árbol que la preside. Hay alcaldes que son capaces de construir unas catacumbas, con tal de quitar de en medio aquello que les estorba a su ideología, sin darse cuenta de que están destruyendo la memoria del pueblo, nuestro pasado reciente. Un jubilado, que estaba tomando el sol en la plaza, me explicó que desgraciadamente, quitaron la estatua del general, pero hubo bastante gente que protestó. Le pregunté por la librería Adán y me dijo: Hace ya muchos años que la cerraron. Se encontraba al volver esa calle, al lado de una zapatería. Todavía guardo en mi casa pequeñas novelas con el sello de aquella librería, a la que mi padre hacía pedidos allá por los años sesenta: Genoveva de Brabante, El soldado desconocido…

 Mi afición a la lectura me viene de los tebeos y de aquellas novelillas de mi infancia, en Castilléjar, un pueblo del noreste de la provincia de Granada, donde las emisoras de la capital no llegaban. Y sin embargo, se oía perfectamente Radio Nacional de España en Jaén, con sus anuncios de Gaseosa La Revoltosa, Muebles en Villacarrillo y el parte de las tres. ¿Quién me iba a decir a mí, que, cuarenta años después, me iba a encontrar en Úbeda con un recuerdo de mi pasado? El 13 de enero me acerco a Bailén y, después de mucho preguntar, cuando creo que he llegado al glorioso campo de batalla, un viejo me dice amablemente: En octubre hicieron aquí una conmemoración, con los soldados luchando. Pero la batalla tuvo lugar allí abajo, donde se ven aquellas casas, y que antiguamente le decían la Huerta del Sordo. En realidad aquello se llama ahora la Huerta de San Lázaro y, en el diario ‘JAÉN’, he visto fotos recreando la gesta con trajes de época, así como que el alcalde de Bailén quiere institucionalizar aquel evento histórico. Donde me indicó el anciano, encontré un solar que está vallado con alambre: un pequeño montículo, junto a unas paredes de piedra, es cuanto se puede contemplar. A la antigua noria le han echado una capa de cemento, y una especie de chapa de hierro –oxidada por los años– recuerda el lugar donde fue derrotado el ejército invencible del general Dupont. Pero, ¿cómo es posible tanto abandono?, me pregunto. En cambio, el verano pasado los ingleses celebraron la Batalla de Trafalgar por todo lo alto, donde también participaron Francia y España. ¡Ésta es la diferencia! En Bailén hay un paseo con un monumento conmemorativo, pero esto no justifica que el lugar sagrado donde murieron miles de españoles y de franceses parezca un corral de cabras. Los españoles no hemos sabido conservar nuestros monumentos históricos, mientras que han sido los extranjeros quienes han escrito la Historia de España y, para nuestra desgracia, nos han arrebatado hasta nuestras victorias más sonadas. Baste decir que la batalla de Bailén figura en el Arco del Triunfo de París, como una victoria más del ejército francés. Napoleón engañaba al pueblo francés a conciencia y hoy los franceses siguen con el engaño.

 Unos kilómetros más arriba de Bailén, en el pueblo de Las Navas de Tolosa, pregunté a un aldeano por el lugar donde se desarrolló la histórica contienda contra los almohades de Miramamolín. Ahí, en el campo, fue cuanto supo decirme. Crucé el prado y llegué hasta el hotel que hay cerca de la carretera, pero aquí tampoco supieron darme razón. Camilo José Cela, como no era historiador, se pasó tres pueblos en su novela Primer viaje andaluz, al decir que los moros tuvieron doscientos mil muertos, y los cristianos, cincuenta mil mal señalados, incluido su jefe de estado mayor, el caballero don Dalmacio de Creixell… Sin embargo, se calcula que en Las Navas combatieron cien mil musulmanes contra ochenta mil cristianos, en julio de 1212.

 El agente forestal Antonio me informa que la batalla tuvo lugar en la Mesa del Rey, unos kilómetros más allá de Santa Elena. Observo que en una loma están construyendo el Museo de la batalla de Las Navas, pero la obra está paralizada, a pesar de que un cartel anuncia la terminación para junio de 2005. Lo de siempre. Cuando recorro estos bellos parajes, llama mi atención un cabritillo recién nacido, que está colgado de la rama de un chaparro. Sin duda debió de morir anoche y el pastor lo ha dejado aquí. También me dio lástima ver a un perro canela que deambulada por el campo, pero con el cuerpo comido por la sarna. Ocho siglos después de la batalla de Las Navas de Tolosa, sigue habiendo perdedores por estos montes de JaénXauen, que en árabe significa tierra de paso–, donde tanto abundan las leyendas. A los españoles, que vivimos de espaldas a nuestra Historia, no nos vendría mal recordar los versos que el poeta Francisco Villaespesa le dedicó a Alahmar, el Rojo, el fundador de la Alhambra, y el varón más insigne de la casa de Nasar: No temas las injurias del Tiempo ni las veleidades de la Fortuna, porque tu ardor desmesurado se eternizó en el portento de estos recintos. Jaén, 2 de junio de 2006.

Grabado de los desastres de la guerra, de Goya


 Posdata. El artículo lo escribí en esa fecha y le he hecho algunas correcciones. La Huerta de San Lázaro, llamada también de don Lázaro, que fue alcalde de Bailén, tenía una noria que canalizaba el agua para el riego. La batalla de Bailén (en esa época tenía unos 3.000 habitantes) tuvo lugar el 19 de julio de 1808, con una temperatura de 45 grados, de manera que muchos soldados franceses desertaron para ir a beber agua mientras decían que preferían morir en Bailén y resucitar en París, ya que estaban sedientos, mientras que los españoles tuvieron acceso al agua gracias a la noria, que hacía de línea divisoria. La batalla la describe Benito Pérez Galdós, en su novela Bailén, y el pintor Francisco de Goya dejó constancia de la Guerra de la Independencia, en su colección de grabados Los desastres de la guerra. La noria fue restaurada y la Huerta de San Lázaro fue declarada Bien de Interés Cultural, en 2015. España debería invitar a Francia, en la conmemoración de la batalla de Bailén, pues son países amigos.

IDEAL EN CLASE  

http://en-clase.ideal.es/2022/06/03/leandro-garcia-casanovalas-injurias-del-tiempo/?fbclid=IwAR3Di6MCNp3VJ2jRIMT8j1vGKYIt_LhSWSC84W7w4eQGxCg7VnDGRobshOY



viernes, 20 de mayo de 2022

IN MEMORIAM, JOSÉ ANTONIO CARRASCOSA

 


El pasado día 21 de febrero de 2006,  me enteré de la muerte de José Antonio Carrascosa Castilla, a través de una nota necrológica de su familia en el periódico Ideal. Cuando la leí, me costaba trabajo creerlo, por lo que llamé a la Delegación de Medio Ambiente y aquí me sacaron de dudas. José Antonio estuvo ingresado un mes en el hospital a causa de una bronquitis, luego la enfermedad se complicó, lo entubaron y al final murió en la UCI el 16 de diciembre pasado, con cuarenta y tantos años. ”Era muy cumplidor y un buen compañero, y hacía favores a la gente”, me dijo un funcionario que lo trataba a diario.

 Solía llegar temprano al trabajo, a las 7:30 de la mañana, en su turismo Polo de color blanco y, últimamente, le costaba bastante trabajo andar –cojeaba desde hacía años– a causa de una enfermedad degenerativa: “Sé que al final me está esperando una silla de ruedas”, me decía, ya resignado, cuando trabajábamos en la Agencia del Medio Ambiente, en la Gran Vía, hará de esto unos diez años. Entonces salíamos juntos a desayunar y ya iba con su paso cansino y torpe, pero nunca lo veías quejarse. Durante los meses de verano se le acumulaban sobre la mesa centenares de solicitudes de quemas de rastrojos, pero se ocupaba de llevarlas al día y de avisar a los guardas para que estuvieran presentes durante la quema. Recuerdo que el trabajo se me hacía agradable con José Antonio en aquella pequeña oficina del AMA y, de vez en cuando, esbozaba una sonrisa, en medio del hastío de su vida.

 Poco antes de irme a otra Delegación, tuvo el detalle de grabarme seis cedés de música antigua, con canciones de los años cuarenta y cincuenta: ésa música que sin querer te transporta a la época de tus padres o, en el mejor de los casos, te abre de par en par las ventanas de tu infancia: ‘Ojos verdes’, de Concha Piquer –apoyada en el quicio de la mancebía–, ‘Mirando al mar’, ‘El barrio de Santa Cruz’, ‘Dos cruces’, ‘Angelitos negros’... ¡Cuánto habré disfrutado oyendo estas canciones románticas, pues él fue quien me aficionó a ellas! De manera que podemos decir que toda una época se va con José Antonio Carrascosa.

Un compañero suyo me dice que “quizá le faltaron ánimos para seguir viviendo”, pero también es cierto que el destino se ensañó con él. Y me informa que en la oficina del Infoca quedan algunas pertenencias suyas, como unas botas y algunos cedés de música antigua, mientras exclama entristecido: “¡Nos hemos quedado sin él!”. Y tanto. Creo que la mejor dedicatoria que podríamos escribirle sería: “Aquí, en medio de estos papeles y solicitudes, trabajó el agente de Medio Ambiente, José Antonio Carrascosa, mientras veía cómo su vida se iba apagando”. La humildad y la generosidad fueron el lema de su vida.

jueves, 5 de mayo de 2022

TIEMPO DE LEER

                                                                                                                                                           




A decir verdad, me pidieron que escribiera un libro sobre el pueblo de Gabia y aquello me lo tomé como un reto. Pero, lo que son las cosas, al final acabé pagándolo de mi bolsillo. En unas páginas he intentado describir lo que cuentan los gabirros, los secretos de los viejos rincones y aquello que te sugieren los paisajes. Y cuando todo esto lo recoges en una novela de costumbres, entonces empiezas a ver el pueblo como si realmente hubieras nacido allí, y a los personajes como si los conocieras de toda la vida. Todo lo demás es accesorio, pues no debe uno esperar gran cosa: hay gente que te anima y también hay quien no te mira bien.

 He tratado de captar el ambiente de sus calles y plazas, pasearme por sus verdes campos, oír el murmullo del río a su paso por el viejo puente, reflejar el alma del pueblo y, sobre todo, grabar las voces de los lugareños. Precisamente los más viejos han fallecido ya, pero esta vez sus palabras no se las ha llevado el viento: ¡Yo he sufrío y he llorao mucho en el cortijo Santonino! ¡Que pregunten por Carmen ‘la Barragana’, que no me he peleao con nadie ni he bebío nunca! Sebastián Beltrán ‘el Ramales’ aseguraba poco antes de morir: ¡Estoy hecho una mierda y ya no valgo para nada! Con noventa y seis años que tengo se me ha pasao tóo por la historia... Sí, definitivamente, ese pueblo ya forma parte de la vida de uno, pues he querido rescatar del olvido los recuerdos que vagaban perdidos en el tiempo.

 Recuerdo a aquella mujer hojeando las fotos antiguas del libro: Te lo compraré a primeros de mes, cuando me paguen. Lléveselo usted, y ya me lo pagará, le contesté. En la novela venía retratado su marido, Salvador Solera, el cual murió unos meses más tarde. A José Córdoba ‘el Che’ lo encontré al lado de su letrero de pared, donde anuncia en letras de molde: Se echan culos de sillas en el matadero. Cuando vio su foto, se apalancó la novela bajo el brazo y empezó a regatearme el precio. A Pepe Rodríguez ‘el mendigo’ volví a encontrármelo a medio camino entre el bar y la Residencia de San Cristóbal, donde lo tienen recogido: Mira, Pepe, quiero regalarte este libro... Parecía un niño con unos zapatos nuevos, él que tantas noches había dormido envuelto entre cartones, en medio de la indiferencia, bajo el soportal del edificio de los Sindicatos. A Felipe ‘el Mediúva’ no hace falta que le des mucha conversación: Yo ahora estoy peor que nunca, tengo mi pensión pero la soledad es la peor enfermedad que hay... Pero te advierto que sé cuando la gente habla de oídas o por 'experencia'


Granada Hoy le dedicó una página al libro

A Manuela ‘la Merguiza’ la retraté ante la puerta de su humilde patio, mientras me hablaba de su vejez y de sus ‘escaparrones’ en vinagre: Bueno, yo rebusco aceitunas pa verdes y pa el aceite, y voy a por jigos. ¿Dónde? Pues, donde hay. Gabriel ‘el Pajarillo’ todavía recuerda con nostalgia a sus cabras: Empecé de pastor, pues entonces había muchos por aquí. Estaban Paco el Machacao, Pedro Cayetano, Paco el Merguizo, Miguel el del Concejo, mi padre Gabriel era también cabrero, Pepico el Garrota y su hermano Gabriel, y José el Mauro. Cuando me despido del octogenario Enrique Vargas, ‘el manijero de la cuadrilla de segaores’, le digo que el libro estará en un par de meses: ¡Ah, para entonces yo creo que viviré!

El poeta Carlos Nieto se volcó con los más débiles, pero en la Navidad pasada me confesaba: Creo mucho en Dios, a pesar de que me está haciendo la puñeta con el Parkinson. Maribel Lázaro, concejala de Izquierda Unida, recuerda que al principio, cuando vine al pueblo, tenía la sensación de que la democracia se acababa en Hipercor. Le gustaría hacer muchas cosas, pero cada día la veo más desengañada. Nieves Capilla es otro personaje que uno ya no sabe si es real o de novela, sin embargo el otro día vi que me sonreía: Mi niñez ha sido bonica de juegos, pero pobre. Nosotras hacíamos nuestra Candelaria y nuestro San Antón con palos de tabaco, en la placeta de la Guisa. Frasquito Capilla, después de cantarme unas coplillas de los años 20, me llama por teléfono: ¿En qué página dices que vengo yo? Mientras tanto, su hermano Adolfo apura los últimos días de su vida. En fin, el caso es que, cuando el editor José Rienda me entregó los libros de Gabia, la memoria perdida, y los acaricié con mis manos, me di cuenta de que el parto había sido doloroso, pues llevaba en el cuerpo no pocos disgustos y algún que otro insulto. Sin embargo, los personajes cobraban vida y bullían por sus páginas, y entonces fue cuando se me quitaron todas las pesadumbres de encima. ¡Pobres de aquellos pueblos y ciudades que depositan su porvenir en un equipo de fútbol, pero no tienen quien les cuente ni escriba su historia o intrahistoria! ¿Quién se acordará de ellos así que pasen cien años?



 

Hace un par de meses entré en una librería de viejo y, de casualidad, vi en el mostrador El segundo hijo del mercader de sedas, del desaparecido Felipe Romero. En otra librería también compré hace unos días El florido pensil, de un tal Andrés Sopeña; pero fue al abrirlo cuando leí esta lacónica dedicatoria: Regalo de Eloy J. 1996. Y en la misma página, lleva pegada una etiqueta: Librería Técnica. Ciudad Real. En unos pocos años, la novela ha pasado por no se sabe cuántas manos y ha recorrido ciudades. ¡Cuántos secretos e historias sentimentales encierran los libros entre sus prudentes páginas! Por eso creo que ahora es el tiempo de leer, y a ellos los pongo por testigos ante el juicio de Dios.

 Posdata: este artículo fue publicado en Ideal, el 3 de julio de 2004, y la mayoría de las personas que cito en el libro han fallecido. No quedan ya ejemplares, pero doné más de uno a la Biblioteca Municipal de Gabia  e hice sendas entrevistas a los bibliotecarios, pues me prestaron ayuda, sin embargo, en todos estos años nunca se acordaron de mí. Vaya mi agradecimiento a cuantos me ayudaron en la elaboración de la obra.


Mi agradecimiento a la alcaldesa Meri, el Día del Libro, 23 de abril de 2022


sábado, 30 de abril de 2022

MI TÍA MERCEDES

Aurelio y Mercedes, en Galera. Abril de 2009

 "¡Qué giro!", me decía mi tía cuando iba a visitarla. 


Cuando terminó la Semana Santa, pensé que la semana siguiente iba a ser crucial para mi tía Mercedes García. Llevaba cerca de veinte días, en la UCI del hospital de Cartagena, y la mantenían sedada y con ventilación mecánica. Abría los ojos de vez en cuando, reconocía a sus familiares y como esto parecía impresionarla, los médicos la volvían a sedar. Antes de ingresarla en el hospital, apenas comía y no tenía ganas de nada, creo que me voy de viaje, le dijo con ironía a su marido Aurelio Gómez. Al día siguiente de celebrar el cumpleaños del nieto, la llevaron al médico. Éste dispuso de inmediato su traslado al hospital, donde la ingresaron en la UCI. Yo llamaba con frecuencia por teléfono a los hijos, interesándome por la salud de Mercedes. El lunes, 5 de marzo de 2010, Aurelio me llamó por teléfono y me dijo que se encontraba estable, pero que él veía pocas posibilidades de que se recuperara y saliera bien, abría los ojos y al momento los cerraba. Nadie me había hablado tan claro hasta el momento, pues siempre me decían que se encontraba estable y que la mantenían sedada.

 Yo me había librado un poco de mis preocupaciones y ahora podía pensar en mi tía, pero fue entonces cuando me asaltó aquel pensamiento traidor pues ningún enfermo puede durar mucho en ese estado de sedación: Esta semana va a ser crucial para mi tía. El martes 6, mi teléfono móvil sonó unos minutos antes de las 19 horas. Era la nieta Mercedes –su nombre es en recuerdo de su abuela y bisabuela– y, sin más rodeos, me comunicó la muerte de mi tía. Lo estaba esperando –le contesté torpemente–. Desde que Aurelio me dijo cómo se encontraba Mercedes. Fue entonces –porque nuestro cerebro no da para más y no es capaz de ver más allá de nuestras narices–, cuando me di cuenta por primera vez en mi vida de lo que valía aquella mujer y de lo que significaba para mí (con mi tía Carmen, la hermana de mi madre, me pasó lo mismo hace un año: no se me cayó la venda de los ojos hasta que falleció). Mercedes, de 85 años, fue una mujer humilde, cariñosa y fiel a sus principios. La última vez que la vi fue el 17 de agosto de 2009 y ya había pegado un bajón enorme. Apenas hablaba, pues no se ponía el audífono, y estaba muy torpe. La recuerdo lavando los platos en la pila del patio y también hacía la comida en la cocina que tenía bajo el chambao del patio, en vez de utilizar el mueble de cocina que habían comprado hacía unos años.

 Parecía que Mercedes había vuelto a sus orígenes, en las cuevas donde se crió y vivió casi siempre (luego me enteré que había dejado de tomar las pastillas que la relajaban), pero como estuve bastante atareado haciéndole unas chapuzas, se me pasó echarles unas fotos. Mercedes estaba alicaída y, cuando me despedí de ella, tuve la impresión de que era la última vez que nos veíamos. Fueron los dos últimos días que pasé en su casa de Galera, pero me traje como recuerdo las fotos más antiguas que tenían de la familia, para sacarles una copia. Los dos teníamos esa timidez de la familia (como mi padre y su hermana Carmen), que nos impedía acercarnos más y, cuando ya volaron sus cuatro hijos, su vida fue un estar pendiente de la delicada salud de su marido; era el prototipo de la mujer callada y sacrificada, como nuestras madres y abuelas. Cuando era una niña, sus padres le decían (ella me lo contó así): Los hombres tienen que ir a la escuela para que, cuando vayan a la mili, le escriban cartas a sus padres. Y mientras tanto, las mujeres se dedicaban a las faenas de la casa. Sobre las nueve de la noche de ese martes llamé por teléfono a Aurelio, pues se había quedado en San Javier, ya que los últimos días no había ido al hospital porque se encontraba bastante resfriado. Le di el pésame, le dije que había llamado a varios familiares y noté que estaba entero.

En el Cortijo del Cura, julio de 2007


Aquella noche velaron el cadáver en el hospital de Cartagena y, sobre las trece horas del día siguiente, el coche fúnebre con una caravana de coches llegó a Galera. La imagen era desoladora: toda la familia alrededor, los cuatro hijos destrozados y el ataúd con el cuerpo de Mercedes entrando en su casa por última vez. Me fijé en Aurelio y estaba llorando (por primera vez en mi vida lo vi completamente derrumbado, pues parecía el hombre impasible, como si las circunstancias no le afectaran), lo abracé y le dije con lágrimas en los ojos que tenía que ser fuerte; seguidamente, fui dando el pésame a los hijos y familiares. Poco después contemplé el cadáver de mi tía Mercedes: parecía que estaba dormida y su rostro conservaba la dulzura y la bondad de siempre. A veces la muerte desfigura la cara de las personas, sobre todo cuando fallecen de infarto, dejándoles una mueca trágica a causa del fuerte dolor que sintieron. Pero Mercedes no llegó a enterarse de la muerte, pues estuvo sedada durante veintiún días.

 Conforme avanzaba la tarde, fueron viniendo vecinos de El Cortijo del Cura –mi bisabuelo paterno se instaló en esta pedanía en 1902 y estos parajes me traen muchos recuerdos–, de Castilléjar (algunos paisanos me recordaban de la escuela), de Galera, de Huéscar y de Orce… Aurelio suspiraba junto al ataúd de Mercedes y decía: ¡Qué poco tiempo nos queda de estar juntos! Ellos se llevaron bien y, como decía una vecina, Mercedes nunca discutía con nadie. A las 18:30 la comitiva fúnebre salió en dirección a la iglesia, que se llenó de gente, mientras que la calle también estaba a tope. En los entierros de los pueblos, los vecinos acuden en masa, cierran la casa o dejan las tierras, y van a la iglesia a decirle el último adiós al difunto. Es una tradición que todavía no se ha perdido –a diferencia de la ciudad, donde vivimos más deshumanizados– y era impresionante ver cómo acudía gente de todas partes. Los entierros son sagrados para ellos, como si fuera un deber moral. El párroco dedicó unas palabras a Mercedes en el sermón: cuando iba a visitarla a su casa y cómo estaba siempre pendiente de su marido, cuando se encontraba enfermo, incluso mencionó los nombres de algunos nietos a los que conocía.

De novios en Huéscar, años 40
 




Firmé en el Libro de condolencias y anoté esta breve frase, la primera que se me vino a la mente, yo creo que fue mi subconsciente: Siempre fuiste como una madre para mí. Con Mercedes se marcha toda una época –la de mis padres y de mi infancia– y ella fue la que me contaba las historias de la familia, como ocurre en la novela de Gabriel García Márquez, ‘Cien años de soledad’. Mi vida es como una novela, me decía mi tía Mercedes. Fue como la abuela que, al calor de la lumbre, te cuenta cómo eran mis padres de jóvenes y luego de recién casados, la vida miserable en el campo que llevaron mis abuelos y bisabuelos, así como los grandes y pequeños acontecimientos de mi familia paterna. Entre el año 2009 y 2010 me quedé más huérfano que nunca: se marcharon mis dos tías (ellas me querían) y es que las mujeres son más afectivas y el sentimiento es mayor.

 Posdata. Mi tío político, Aurelio Gómez Laguna, falleció el 21 de mayo de 2013.


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jueves, 7 de abril de 2022

PENSIONISTAS, EN LA PLAZA DEL CARMEN

 





El pasado lunes, 4 de abril, sobre las 11 de la mañana, siete pensionistas (cuatro hombres y tres mujeres) estaban plantados en la plaza del Carmen, de Granada), al lado del Ayuntamiento, con cuatro pancartas amarillas: No a los recortes de las pensiones, No al Pacto de Toledo, Pensiones públicas dignas, Pensiones dignas y garantizadas… Más tarde, a la hora del Ángelus, había catorce pensionistas en la pequeña concentración. Ellos nos enseñan el camino. Los concentrados llevan toda la razón, pues las pensiones a veces no dan para mucho, pero a este Gobierno manirroto, que emplea los Fondos Europeos en llenar los bolsillos de sus socios y amiguetes, no le quedará otra salida que congelar las pensiones y los sueldos de los funcionarios porque millones de españoles ya no llegan al final de mes, y más con la inflación disparada casi al diez por ciento en el mes de marzo: según un informe, un 27% de andaluces viven en la extrema pobreza y cada mes la inflación nos va a hacer más pobres. Malos tiempos corren, pero lo cierto es que en Ucrania están peor y este Gobierno pasará y entonces le echará la culpa a la guerra de Putin o a la crisis internacional, como aseguraba Zapatero.




 En este tiempo de tantas desgracias, una detrás de otra, no nos queda otra que ser más solidarios, entre los españoles y entre los europeos, precisamente serán los pensionistas con sus pagas los que ayuden de nuevo a sus hijos y nietos, como ocurrió con la crisis de 2008. Ahora, con la primavera, han llegado las esperadas lluvias y los campos se han vestido de alegría pero, lo que es más importante, volveremos a empezar de nuevo.

lunes, 21 de marzo de 2022

LAS CIGÜEÑAS DEL CAMPANARIO

 

Brovales (Badajoz), visto desde el pantano

En memoria de los colonos que llegaron al poblado de Brovales, en 1961





¡Total, en la guerra pasamos poco...!, me dice Francisco Torvizco, apodado ‘el Pataco’, que a sus 86 años conserva una buena memoria. Estuvo todo el tiempo de acemilero, con los mulos de aquí para allá, cargados de municiones y rollos de alambre. Cuenta que, estando en el Ebro, tiraron un proyectil y le ‘pescó’ al mulo por la misma cabeza, cortándosela de un tajo. Luego nos ‘abajaron’ a Peñarroya, después de pasar seis días y seis interminables noches viajando en un tren de mercancías. Años más tarde, en el 45, estuvo de ‘acomodao’ (tenía que hacer de todo) en una finca del Valle de Santa Ana: Me daban seis pesetas diarias y la comida. También tuvo que hacer de ‘guardabellotas’, vigilando las encinas por la noche. Los mozos del cortijo, asegura Francisco, teníamos que dormir en un jergón de paja de panizo, echados en el suelo de una habitación, y alrededor de la candelaAna Vázquez, su mujer, recuerda las privaciones que pasaron en los ‘años del hambre’: Nosotros nos criamos con café de cebada tostada y, cuando no había otra cosa que comer, hacíamos una sartén de migas de bellota. Y, con la añoranza de una madre, confiesa: Mis hijos están cada uno por su lado y nosotros dos, aquí solos”.

¿Cómo estamos, compañero?... ¿Y cómo anda la familia, compañero?..., oye uno que le dicen por estas tierras. Pero este espíritu de amistad y familiaridad todavía no he logrado encontrarlo en Andalucía. Son gentes sencillas y humildes que viven del campo, y lo mismo los ves con una talega a las espaldas. Pero siempre te saludan: Voy a ver si les echo de comer a los bichos. Al amanecer, un tímido sol invernal se asoma por las tierras bajas de Valuengo, mientras retumban por la sierra los disparos secos de los cazadores. De lejos, el poblado de Brovales –a ocho km. de Jerez de los Caballeros– parece un puñado de casitas blancas, como de juguete, que se apiñan alrededor de la altiva torre de la iglesia. Pero lo que llama la atención en este frío y lluvioso mes de enero, son las diferentes tonalidades de colores que presenta el campo: el verde oscuro de las encinas se enseñorea por los montes cercanos y, más acá, como haciendo contraste, el verde claro de los sembrados. Y, sobre todo, cuando el sol desaparece tras el pantano, las nubes rojas del horizonte se reflejan mansamente en sus aguas plateadas. Y ya, al caer la noche, aparecen en la lejanía las rutilantes luces del Valle de Santa Ana.

 A la tía Micaela Vázquez le dicen ‘la Medialengua’, porque según ella no habla bien. Su hijo Juan, de 69 años, me va aclarando algunas cosas. Micaela nació en 1903 y tiene ilusión porque el próximo año va a cumplir un siglo. Pero recuerda que, desde los 28 años, se quedó viuda y con tres bocas que alimentar. En la década de los cuarenta vivió en Encinasola y afirma que, entonces, ser contrabandista era un oficio como otro cualquiera, porque eran tiempos muy malos y se pasaban muchas fatigas. Todas las noches, Micaela atravesaba el río Flores y se plantaba en el pueblo portugués de Barranco. Aquí quedaba, en un chozo o en un olivar, con ‘Matahondas’, entonces un conocido contrabandista. Siempre cambiábamos de sitio y nos veíamos entre las doce y las dos de la madrugada, porque eran las horas del relevo de los carabineros y de los ‘guardiñas’. Luego metía el contrabando –tabaco, café o azúcar en una mochila y vuelta para casa. Pero se ve que un día dieron el ‘chivatazo’, y pasaron la noche –ella y su hijo, que la acompañaba en el calabozo de Encinasola. Sin embargo, al día siguiente, a Josefa, la mujer del carcelero, le debió entrar el sentimiento: ¡Anda, ve a ver cómo están tus zagales y les das de comer! Y la buena mujer le previno: Si alguien te pregunta, Micaela, le dices que te has escapado. Luego me comenta que, en una de las veces que la detuvieron, se lio a toser como una descosida: Usted perdone, señor guardia le dijo, pero es que estoy muy malica. Y me coge la mano mientras me dice, sonriendo: Lo puse de salivazos como a un San Lázaro.


Nidos de cigüeñas, en el tejado de la iglesia

 

El crotorar de las cigüeñas de la iglesia, mientras amanece sobre Brovales, es algo tan grandioso como oír el concierto de la orquesta de Viena –dirigida por un ‘samurái’–, el Día de Año Nuevo. Pero este verano ocurrió lo inevitable: un cigüeñino empezó a mover las alas –tratando de aprender a volar–, con tan mala suerte, que un ala se le ensartó en la cruz de hierro que corona el campanario. Allí estuvo agonizando durante varios días y ni siquiera los bomberos pudieron rescatarlo porque la escalera no les llegaba. Estaba de Dios que el pobre animalito tenía que morir crucificado, comentó con resignación una vieja. Los de Medio Ambiente quitaron este verano seis nidos que había en los tejados de la iglesia y sólo dejaron el de la citada cruz de hierro. Pero no importa. Las cigüeñas siempre vuelven al mismo sitio y en estos días se las puede ver, incansables, acarreando palillos y brozas en el pico. Están construyendo de nuevo el nido para los tres o cuatro cigüeñinos, que nacerán, Dios mediante, en la primavera. Siempre están de pie, soportando en la madrugada temperaturas por debajo de cero grados, y de pie amanecen chorreando. El otro día, una cigüeña del campanario se entretenía en hurtar algunos palos del nido de otra, que estaba ausente. Y es que ya no te puedes fiar ni de la vecina de al lado. Pero es un espectáculo ver a una decena de cigüeñas blancas sobre los tejados de la iglesia y en cada esquina del viejo campanario: sus siluetas, siempre erguidas y estáticas, se recortan en el horizonte. Son los guardianes del templo y todo un símbolo para este poblado de colonos: ellas también tuvieron que dejar su país y emigrar al Norte para buscarse la vida. Estas aves tienen un mirar huidizo, pero estoy por decirle que, desde sus atalayas, conocen la vida y milagros de cada vecino.

Las cigüeñas ya pasan aquí todo el año y seguro que se han ‘aposao’ encima del transformador”, me dice Francisco González, Quico ‘Fiscala’. Este jubilado se ha aviado en su parcela un corral de gallinas ponedoras, y se le ve muy contento: Aquí ellas van picoteando, y para marzo empezarán a poner huevos. Y a vuelta ya de muchas cosas, remacha: Pero el pollero que me las vendió, me echó dos gallinas de menos. ¡A ver, compañero! En esta singular frase parece encerrarse toda la filosofía y resignación del alma extremeña. Yo, de vez en cuando, me doy una vuelta por aquí, porque como se avente un milano lo mismo se come una gallina, señala Francisco, que está bastante jodido de la columna porque estuvo trabajando con una pala excavadora, y por eso vamos a paso ligero. Y prosigue diciendo: Aquí había quien se amoldaba a la parcela, pero también había quien ‘culeaba’ y le huía al arado. ¿Sabes lo que te digo?

De matanza. A la izquierda, Sebastián Sánchez



Sebastián Sánchez, ‘el Mantas’, tiene también en su bancal un corralillo de pavos y, por las mañanas, cuando paso por el camino de la acequia, les grito: ¡Alapayuuuuú...! Y al momento, todos los pavos saltan como un cohete: ¡Gluj, Gluj, Gluj, Gluj! Este ganado tiene más torrente que Antonio Molina, me dice Sebastián, que de pavos entiende un rato. Y añade: Vamos a ver si le echamos un poco de pienso. Cuando llueve, los ‘guarros’ de Gabriel, ‘el Corredor’, tienen que subirse en un pequeño escalón de cemento y esperar, como todo Dios, a que escampe: porque resulta que el ‘chambao’ se les inunda de agua. Pero los cerdos se ve que están ya acostumbrados y se bandean bastante bien. Antonio Romero Cantador relata que en 1945 esperaban que el ‘maquis’ entrara por el Marruecos francés: Estuvimos siete días acuartelados en Ceuta, pero por allí no asomaron ni los ‘paisas’. Y recalca con cierta ironía: Con aquellos gorros de serón parecíamos unos ‘mataquintos’.

 


Al anochecer del día 5, la carroza de los Reyes Magos –un tractor con su remolque, engalanado con unas cuantas ramas de eucaliptos y unos chavales que se asoman vestidos de reyes–, avanza en medio de los pitidos del tractor por las calles semidesiertas de Brovales. Unos cuantos zagales y jóvenes, y hasta algunas viejas, se agachan, presurosos, a recoger los caramelos del suelo. Los primeros tienen depositadas sus ilusiones y esperanzas en la austera carroza, mientras que las personas mayores rememoran sus años jóvenes. Pero las Navidades en Brovales son un ejemplo de economía: el Ayuntamiento de Jerez –del que depende– ha tenido la ‘deferencia’ de prestarle unas cuantas docenas de bombillas, para que iluminen un viejo ciprés que hay plantado al lado de la carretera. Y para la cabalgata de Reyes ha sido algo más ‘dadivoso’: 30 ó 40 kg. de caramelos para la chiquillería –cualquier colono paga más de contribución–, porque el tractor lo tiene que poner el pueblo. Y no hablemos ya de las fiestas patronales de septiembre, que prácticamente las pagan los vecinos de su bolsillo. Quise conocer la opinión del delegado del poblado, pero rehusó hablar. Con todo, Brovales es un fiel reflejo de esa España humilde y olvidada, callada y silenciosa.


Victoriano Labrador, 'Vito', en su parcela


 Victoriano Labrador tiene un corral de ‘guarros’, y sus perros, cuando lo olfatean a medio kilómetro, salen corriendo a su encuentro. En un cobertizo hay un par de gatos medio bravíos, pues les echa comida cuando se acuerda: Es que si les doy pienso, no me cazan ratones. Víctor recuerda que nos entregaron las parcelas tres años antes que las viviendas. Así que, durante todo ese tiempo, unas cuarenta familias tuvieron que estar viviendo en ‘chozos’, construidos a base de piedras y con el techo recubierto de ramas y retamas. Estas familias son las que luego aventaron para acá (para el pueblo). Pero se queja de que en 1961, cuando nos entregaron las casas, estuvimos unos nueves meses sin luz y sin poder regar las parcelas, al no funcionar tampoco los motores del agua. Pero la cosa no terminaba aquí: Las dos vacas que te entregaba el Instituto de Colonización, había que devolvérselas a los dos años, o bien dos terneros. Y luego estaba la famosa ‘cuenta del 31’: tenían que entregar el 31% de la cosecha por los abonos y semillas que les iban proporcionando. Además, a la vista están las cláusulas abusivas y oscuras de las escrituras de las viviendas. Las cuentas que nos hacíamos los colonos               –sentencia Víctor– es que nunca salíamos de pobres, y los jóvenes tenían que ventilárselas por ahí, en Madrid o Bilbao. Luego refiere que, por la Vírgen de Agosto, los colonos de los ‘chozos’ hacían baile en la caseta del tren –ahora abandonada– en la finca de Las Mohedas, mientras Amadeo tocaba el acordeón: Traían una arroba de vino y allí cantaban y bailaban hasta las tantas de la madrugada.

 Matías Román ha recorrido algunos países y ha trabajado en los más diversos oficios. Fue militante del PCE, de Santiago Carrillo, cuando estaban Tamames, Curiel... Sin embargo, hace tiempo que perdió las ilusiones: Los tenía en un pedestal, pero ellos mismos se bajaron. Se nota que entiende de política, pero reconoce que aquí la gente tiene miedo a hablar. María José Borrallo, estudiante de empresariales en Badajoz, piensa que los jovenes aquí no tenemos ningún futuro. Y Paqui Romero, que trabaja en Jerez, opina que en el pueblo no hay nada para los jóvenes. Hay que decir que el poblado se construyó sobre una parte de la finca de ‘El Guijo’, donde reside el marqués, José Antonio Peche Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange. En los años sesenta, dio trabajo en su finca a los jóvenes del pueblo y los vecinos hablan bien de él.

 

La iglesia de Brovales


Hoy Brovales cuenta con 254 habitantes. A la escuela van doce niños y de los sesenta matrimonios de colonos que llegaron al principio, ya sólo quedan nueve matrimonios y quince viudas: son ya ancianos, cargados de achaques y recuerdos. Pero un día, el progreso –eso que llaman el ‘desarrollo’– les echó el ojo encima y colocaron, a las afueras, lo que ningún pueblo de la provincia quería: una planta de transferencia de residuos sólidos urbanos. Otro día –en estas ‘Crónicas de un pueblo’, pero sin alcalde ni maestro– les prometieron poco menos que el paraíso y vieron cómo levantaban una inmensa siderurgia. La Siderúrgica, como la llaman por aquí. Pero no les dijeron el tributo que tenían que pagar: van ya seis muertos en accidente laboral –trabajadores de la comarca–, y no sé cuántos lesionados. Y de vez en cuando, un olor a óxido de hierro recorre las calles del pueblo. Los lugareños ya no viven tranquilos y Brovales tampoco es aquel poblado de humildes colonos, a quienes les entregaron una casa con su parcela, una yegua y dos vacas, a pagar en cuarenta años. Hoy sus nietos trabajan por turnos o hacen baratijas, se echan gomina en el pelo y prefieren un buen coche de caballos, antes que estar por ahí oliendo a boñiga de vaca. Es triste que a nadie se le ocurriera entonces declarar esta zona como parque natural, en compensación por la contaminación que iban a causar. Pero es lo que iba a decirle, compañero: de aquí a unos años no quedarán los palomos del tío ‘Ricopelos’, ni las cigüeñas del campanario. Pues entonces, concluye Manolo Sánchez, ‘el Mantas’, que el último ‘afeche’ la puerta.

Posdata: Han pasado veinte años del artículo y ya no vive ningún colono de los que llegaron en los años sesenta, quedan los hijos: Sebastián Sánchez, Victoriano Labrador, Matías Román y Manolo Sánchez; los nietos, como María José Borrallo y Paqui Romero; y los bisnietos. En Brovales vive la familia de mi esposa y a esta tierra se la quiere por la belleza de la naturaleza y por  la hospitalidad de sus vecinos. Esto le escribí en privado al subdirector de Hoy, cuando le envié el artículo: Es tal el abandono, que estos días de Navidad ha habido en el pueblo una epidemia de gastroenteritis –yo nunca había tenido tantos retortijones– a causa de un virus en el agua que bebemos, según el médico. Pero nadie informa de nada. Entonces el agua venía del pozo de 'Vito' y se pueden imaginar el tratamiento que le harían al agua potable. En los años setenta, daban dos horas de agua al día para llenar las cántaras, teniendo el pantano al lado.  Por eso, colocar una placa en la plaza recordando la llegada de los colonos a Brovales, sería hacerles justicia. Hoy echo de menos a aquellos ancianos que conocí, cada uno con sus vivencias, y las charlas que tuve con varios de ellos.

 Publicado en HOY, DIARIO DE EXTREMADURAel 10 de febrero de 2002, donde aparecen de arriba abajo: Francisco Torvizco, la tienda de comestibles, Micaela Vázquez y, en el bar, Matías Román y Manolo Sánchez.