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| En los primeros años |
En 1968
los seminaristas de Guadix asistimos a las clases del Instituto Mixto, dos años después de su inauguración. En 1970 pasó a llamarse Instituto Nacional de Enseñanza Media y,
años más tarde, Instituto de Enseñanza Secundaria Pedro Antonio de Alarcón.
Supongo que la ley de educación, de
entonces, obligaba a los alumnos de los seminarios a asistir a las clases de
los institutos. Lo cierto es que, en los
años del Desarrollo, como se
llamó a la década de los sesenta, sólo existía en la provincia de Granada
el Instituto Nacional de Enseñanza Media
Padre Suárez mientras que los
demás centros de enseñanza eran Secciones
Delegadas del mismo.
Por las mañanas salíamos del Seminario, que se encontraba en la
Puerta Alta, cruzábamos la calle de San Miguel y pasábamos por la iglesia de la
Magdalena –la antigua mezquita de los
Renegados, por los moriscos conversos–, en dirección al instituto nuevo. Solo
recuerdo los nombres de algunos profesores, como don Rafael Cruz Samaniego (falleció
hará un año) y don Alejandro Fernández
Pestaña, así como algún que otro compañero de curso, porque sólo cursé en
el instituto el cuarto de bachiller y la reválida. De ese año, que fue decisivo
para mí, apenas tengo recuerdos. Entonces yo tenía quince años y era un alumno
del montón, que iba sacando mis aprobados –en tercero saqué una matrícula de
honor en religión– y algún que otro notable, pero con la dificultad añadida de
que no sabía memorizar con mis palabras, de manera que aprendía las frases
enteras tal y como venían en los libros. En ese tiempo nadie te enseñaba a
estudiar.
En el Seminario solamente salíamos de paseo los sábados, por la tarde, íbamos
y volvíamos a Purullena, por la
carretera antigua, o jugábamos un partido de fútbol en la rambla por donde hoy
se encuentra el puente de la A-92, poco
antes del cruce para Murcia o Almería;
o bien pasábamos la tarde donde hoy está el Parque del Vivero. Sin embargo, salir todas las mañanas para ir al
instituto, fue una gran novedad para todos nosotros, acostumbrados a aquel ambiente
protector y cerrado del Seminario. Esto
me llevó a decirle a dos compañeros de curso, que eran de Guadix: “Yo no sé cómo podéis vivir vosotros”, y es que me costaba
trabajo comprender la vida fuera del Seminario.
Fue en el instituto donde conocí la existencia de los Hermanos Fossores, posiblemente por la cercanía del cementerio y
porque los curas nos llevaron de visita. Una tarde, aquellos frailes nos
enseñaron las celdas austeras y sombrías, con una mesa, una silla y aquellos
camastros, donde una tabla hacía las veces de colchón. “Nos levantamos para
rezar a las cuatro de la madrugada”, nos dijo un fossor. Entonces enterraban a
los difuntos en la tierra, por lo que tenían que utilizar el pico y la pala.
Más pobreza no se podía pedir. Lo cierto es que aquellos hombres me
impresionaron, pues vivían apartados del mundo y encerrados entre las tapias
del cementerio, al lado de los difuntos.
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| El instituto en la actualidad |
Al final del curso 1968/1969 saqué cinco
notables, un aprobado y dos suspensos: matemáticas y física y química. Las
ciencias no se habían hecho para mí y siempre se me atragantaban. En los
primeros días de septiembre tuvimos los exámenes de recuperación, entonces paré
en una pensión del barrio de la
Magdalena, junto a otros compañeros, uno
se llamaba César, un chico alegre e inocente de Baza. La patrona nos dejó
un enorme reloj de campana para que nos despertara, de esos que suena mucho el
tic-tac, el caso es que apenas dormí y me levanté como un zombi. Antes de un
examen repasé los polders –esas
barreras que los holandeses construyeron en las playas para ganarle terreno al
mar– y resultó que cayó esa pregunta. El caso es que aprobé las dos asignaturas
pendientes, así como la Reválida de
Cuarto, (en el Libro de Calificación
Escolar viene como examen de Grado Elemental), con una nota media de un cinco. La Reválida era un examen de los cuatro cursos del antiguo Bachiller Elemental,
pero el pedagogo o profesor que le dio el nombre se quedaría descansando porque
de elemental no tenía nada sino todo lo contrario.
En varias ocasiones coincidí con una
chica rubia y menuda, en el camino de ida al instituto, aunque apenas si cruzamos
algunas frases. La chavala no era gran cosa, pero me quedé prendado de ella por
su naturalidad. Ahora que lo pienso, aquel fue mi primer y efímero amor
platónico. Entonces, yo hablaba con frecuencia con el padre espiritual, el
jesuita Manuel Cantero –con el que conservé la amistad hasta que falleció
en 2020, a través de cartas y encuentros–, pero, cómo me vería ese año que al final del curso
me aconsejó que abandonara el Seminario.
Yo me quedé bastante sorprendido, pues no me lo esperaba y, lo que es peor, no tenía
ningún plan fuera de aquel ambiente protector del Seminario, que duraba ya cinco años. No recuerdo sus palabras pero posiblemente
me diría que dejara el Seminario durante un año y que reflexionara sobre
lo que me convenía... La salida suponía irme a otro colegio, precisamente cuando
mi padre se quejaba del dinero que le costaba mi permanencia en el Seminario, que entonces era el más
económico.
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| Vista de Guadix, desde el Cerro de la Magdalena |
Aquella salida al instituto, el contacto
con los compañeros de curso y con la calle y sobre todo aquel sistema de
enseñanza laico nos debió de impactar a muchos seminaristas, sin embargo, yo
creía que seguía siendo el mismo adolescente pero las cosas ya no iban a ser
igual. En los años posteriores, no le pregunté al padre Manuel Cantero por
las razones para aconsejarme que dejara el Seminario. Posiblemente por
olvido o porque aquello ya no tenía importancia, lo cierto es que yo me sentí
como el ave que está en una jaula y un día le dicen que tiene que echar a volar
y enfrentarse a la vida. El Instituto
Pedro A. de Alarcón fue entonces como esa ventana por la que nos asomamos a
un mundo diferente al que conocíamos, y aquello debió ser un acontecimiento en
nuestras vidas. En 2016 me pasé por el Instituto,
casi medio siglo después. Las aulas se veían desde la entrada, recorrí
aquellos pasillos olvidados y me asomé al campo de fútbol, donde tomé unas
fotos. Mientras que en mi adolescencia se me antojó un instituto demasiado grande,
en la madurez lo encontré demasiado pequeño. En 2016 también me encontré
con el padre Manuel Cantero, pues nos veíamos cada año cuando venía de
vacaciones a Granada. Entonces le pregunté en el Bar Castañeda por qué me aconsejó que abandonara el Seminario, con dieciséis años. Yo
estaba intrigado y quería saber su respuesta, pues nos habíamos visto muchas
veces pero nunca sacamos el tema. Su respuesta fue esta: “La verdad es que no
me acuerdo. Yo tenía las fichas de cada uno de vosotros, pero las rompí”. De
manera que mi curiosidad de años finalizó aquí. Lo cierto es que los curas
hacían una limpieza cada año, observaban al personal y allí solo iban
quedando los que cumplían la norma y
prometían.
La
Sección Delegada Mixta de Guadix, del Instituto Nacional de Enseñanza Media ‘P.
Suárez’ –así
viene en mi Libro de Calificación Escolar–
fue inaugurada en 1966. Empezó con 112 alumnos, en turnos de
mañana y tarde. En 2016, cerca de 400 alumnos asistieron a sus clases de
Enseñanza Secundaria Obligatoria, Bachillerato y Formación Profesional,
mientras que otros 194 alumnos estaban matriculados en el nocturno. El escritor
Pedro A. de Alarcón no llegó a ver la
llegada del tren a Guadix porque falleció unos años antes, en 1891. Viajó en
las diligencias, ya que no había otro medio de transporte, como el viaje que hizo en la diligencia de Granada a Motril,
pasando por los pueblos donde se
libraron batallas contra los moriscos sublevados. Fruto de esa experiencia fue su
famosa novela La Alpujarra: sesenta
leguas a caballo precedidas de seis en diligencia (1873). Por eso, lo mejor
que podía hacer la ciudad de Guadix en los años sesenta, era que el primer
instituto de la comarca llevara el nombre
de Pedro A. de Alarcón, su ilustre y
olvidado hijo.
Publicado en Ideal en Clase
https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-recuerdos-del-ies-pedro-antonio-de-alarcon/
























