viernes, 26 de junio de 2026

JESÚS BLÁZQUEZ Y EL CORO DEL ACYDA

 




A mediados de junio quedo con Jesús Blázquez Carrasco, en su casa de Guadix, él fue el fundador y director del Coro del Acyda (Asociación Cultural y Deportiva Accitana) y los ensayos tenían lugar precisamente en sus instalaciones de los Cerros de Medina.

 “Nací en Galera, en 1949 pero mis padres se vinieron a vivir a Guadix y, con seis años, fui al Colegio Público Medina Olmos. Después estuve un año en la Escolanía y de aquí pasé al Instituto Laboral, que se encontraba donde hoy está la Escuela de Artes y Oficios, donde hice el ingreso y el bachiller elemental, que entonces eran cinco años. Después cursé el Magisterio en la Escolanía y más tarde aprobé la Reválida en la Normal, de Granada. Seguidamente me presenté a las oposiciones de Magisterio y aprobé. Entonces me eligió el Patronato de la Escolanía y aquí estuve treinta años como maestro y cantor. Como suprimieron mi plaza, me fui a dar clases a Exfiliana durante un año y después estuve en Alcudia, como maestro de música y tutor de un curso durante los últimos diez años, hasta que me jubilé en 2010. Durante esos años me examiné de solfeo, como libre, en el Conservatorio de Música Victoria Eugenia, de Granada. Después di clases particulares de música en mi casa y más tarde de solfeo, armonía y piano elemental en las Juventudes Musicales. Como estábamos varios profesores, yo daba solfeo y canto coral, aunque yo no era pianista, daba inicio de piano pero mi instrumento era la guitarra, y también di clases de flauta dulce”.

Jesús, en el patio de su casa



De Jesús Blázquez me llaman la atención varias cosas: es amable y humilde, ambos nacimos en Galera y, cuando yo tenía dos años, mis padres también se trasladaron al vecino pueblo de Castilléjar, de manera que mis recuerdos se quedaron en el limbo. Con los años fui descubriendo el encanto de Galera y todavía tengo familia allí, lo mismo que Jesús. Su segundo apellido es Carrasco, lo mismo que el de mi abuela materna, en fin, las casualidades de la vida. Estamos en la edad de los recuerdos: 

“Mi abuelo era el demandadero, hacía la ruta de Galera a Huéscar y traía encargos a los vecinos. Recuerdo que, en el cincuenta aniversario de nuestra boda, llevé a mi mujer Manoli al Restaurante La Posá, que está al comienzo de la carretera, y comimos cordero en lata, que es el plato típico de la comarca. Pero, volviendo al tema, don Carlos Ros se comprometió con Josep Pons, que fue un gran músico y director de la Orquesta Nacional, a aportar los solistas para El arca de Noé, de Benjamín Britten, y los instrumentos de flauta de pico. El caso es que estuve más de un año preparando el concierto de inauguración del Festival Internacional de Música y Danza, de Granada, en 1991. En la Alhambra y en el Generalife he visto dirigir la orquesta a Von Karajan y Zubín Mheta, y también he escuchado al tenor Plácido Domingo, a Mariola Cantarero y Carlos Álvarez. Yo tenía un grupo de niños, al que denominé el Coro de mi Aula, cantaba en clase y con el participé en un concurso nacional de coros infantiles. El profesor de guitarra, Juan Miguel Jiménez Miranda, fue alumno mío y varios niños cogieron afición oyendo tocar la guitarra”.

Coro del Acyda en la iglesia de las Angustias. Guadix 

Hace varios años asistí a un ensayo del coro, en el Acyda, invitado por José María Laguna, un antiguo compañero de estudios, y recuerdo que fue un espectáculo escuchar aquellas antiguas canciones españolas. Fue entonces cuando me enteré que Jesús Blázquez era de Galera. Y ahora ha sido Pedro Chillón, antiguo director del Colegio Adelantado Pedro de Mendoza, el que lo ha convencido para lo entrevista y se ha ofrecido a acompañarme. Jesús prosigue con su monólogo:


“Iniciamos el Coro del Acyda en 1988 y así hemos estado hasta 2021, cuando comenzó el Covid. En una conversación que tuve con don Carlos Ros surgió la idea de que ‘Sería conveniente que los padres, de los niños de la Escolanía, cantaran la Misa Pontifical, de Lorenzo Perosi’. De él aprendí que no solo había que hacer las cosas, sino hacerlas bien. El caso es que empezamos a funcionar y hacer viajes. Pedro Chillón y otros miembros de la coral organizaron encuentros con coros y también hicimos intercambios. En la Catedral de Guadix solíamos cantar en las misas pontificales del Domingo de Resurrección, las fiestas de la Virgen del Pilar, de la Virgen de las Angustias y de San Torcuato, así como en algunas bodas... Años después viajamos por toda Europa, cantando en Francia, Reino Unido, Noruega, Dinamarca, Rusia, Suiza…”.

En el Auditorio Manuel de Falla de Granada



Cambiando de tercio, le pregunté a Jesús por la antigua zapatería, que tenía su padre en la calle Ancha: “Mi tío Miguel Blázquez tenía un local, donde hoy se encuentra el Bar el Cazador, y toda Galera se dedicaba a fabricar zapatillas de cáñamo en los años sesenta. Los trabajadores se sentaban en una mesa redonda y cosían las suelas en una tabla de carpintero, mientras que las mujeres hacían las caras de lona. Precisamente por eso mi padre Cándido se vino a Guadix y montó la tienda de zapatillas, también vendía levadura a las panaderías y yo le ayudaba. Después siguió mi hermano con el negocio y ya vendía levadura a los panaderos de los pueblos. Las zapatillas de cáñamo las compraban mucho los alumnos de los colegios y los mineros de Alquife. Pero en Galera ya solo queda un hermano de mi madre, que se dedica a alquilar cuevas para el turismo rural”. Y en un momento dado, me dice: “Oye, no sabes lo que estoy disfrutando contándote estas historias, tanto que no me acuerdo de los dolores intensos que tengo”.

A mí me estaba pasando igual que a Jesús al recordar nuestros primeros años de aquella infancia casi olvidada en la memoria. Me dice que su padre le vendía entonces las zapatillas a Miguel Casanova y le aclaro que hoy su hijo Miguel continúa con la misma tienda en Galera, pero de fotos y regalos. Y que también he visto en las redes fotografías, de los años sesenta, de galerinos enseñando aquellas alpargatas de cáñamo. Las mismas con las que jugábamos al fútbol en el Seminario de Guadix. Da la impresión que con los años todo va encajando en el puzle de la vida.

El Premio Guadix Clásica, en el centro

“Nosotros hacíamos los ensayos en el Acyda y allí teníamos fotos de nuestras actuaciones colgadas en las paredes, que hay detrás de las escalinatas, pero un día la nueva directiva de la asociación las quitó y desde entonces las guardé en mi cochera. También tengo una habitación llena de partituras de música, con recuerdos del coro y trofeos. Pero en 2021, además del Covid, resulta que por mis problemas de movilidad, yo no podía dirigir el coro. Entonces lo hablé con los miembros y al final decidimos no seguir. Solo me queda añadir que las voces del Coro del Acyda eran dignas de oírlas y le pido a Dios que me quite estos dolores”.

Hay que reseñar que el coro recibió muchos trofeos, algunos de ellos pueden verse en la fotografía. El año pasado tuvieron el detalle de concederle a Jesús Blázquez, como director del Coro del Acyda, el primer premio de la Guadix Clásica, mientras que este año se lo han concedido a don Carlos Ros, que fue el director de la Escolanía, a título póstumo.

 Video del Coro del Acyda, en la iglesia de Santiago, de Guadix


Coro del Acyda, Cámara Emilio Carrión de Almería y Camerata Clásica de Guadix. 2011. Enviado por Dorita Carasa

https://www.youtube.com/watch?v=08nIdqRcGaY

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-jesus-blazquez-y-el-coro-del-acyda/



lunes, 22 de junio de 2026

A LA SALIDA DE MISA

 



Esta foto me encanta porque es espontánea y aparece mi padre, con la cámara de fotos en bandolera, es una de sus últimas imágenes. A su lado creo que están Justillo, Nicolás y Jesús Martínez. La imagen puede ser del año 1972 y las personas aparecen borrosas. Los vecinos salen de la misa del domingo, en invierno, sobre las trece horas, y el fotógrafo habrá hecho algún gesto de manera que varias personas sonríen, entre ellas mi padre. Abajo he copiado la fecha, han pasado doce años, y los comentarios tal y como están. A Antonio Guirao no llegué a saludarlo y Enrique Guillén es de Orce. 

 22 de junio de 2014. A la salida de misa. Castilléjar, ¿1970? Es una foto borrosa y mi padre aparece arriba a la izquierda, iría a echarle fotos a los novios. También se ven a la maestra Carmen y su madre. Jesús Martínez a la derecha, creo. La foto me la ha enviado José Julián Torregrosa Castillo

Flora Román. Te refieres la maestra Carmen, fué mi profesora!! Que ilusión nunca más la vi, desde q acabé!!

Pilar Rodriguez Andrés. Yo me acuerdo bien de tu padre y de Dña Carmen Martín, la tuve de maestra en 7° y 8°, que es de ella?Tu padre nos hizo las fotos de comunion, te pareces un poco a el. Buenos recuerdos. Que diferencia de unas fotos a otras, o mejor dicho la forma de hacerlas, de una maquina a otra. Un saludo

Leandro Garcia Casanova. Carmen daba clases en un colegio cerca del Palacio de Congresos, de Granada, y ya estará jubilada. Hace años que no la veo, le preguntaré a Falín por ella cuando lo vea. 

Pilar Rodriguez Andrés Son recuerdos de la infancia, a pesar de lo borrosa, la foto es muy espontánea pues coge a la gente casi de improviso

Leandro Garcia Casanova. La foto es muy fresca y todos salen sonriendo, porque el fotógrafo haría o diría algo. Lo raro es que mi padre salga sonriendo y fotografiado, él que echó fotos a todo el pueblo. Haría falta saber el autor y el año. Carmen Martín iba siempre con su madre (a la que le dedico un recuerdo en mi libro, antes de fallecer en el hospital), sé que adoptó a un niño.

Pili Fernandez Garcia. yo tambien me acuerdo de tu padre a mi tambien me hizo la foto de comunión solo una no dava la cosa para mas y dña Carmen tambien era mi maestra siempre es bonito de recordar esas fotos de nuestra infancia

Leandro Garcia Casanova. La foto de doña Carmen (supongo que te refieres a la mujer de Jesús Martínez) con las alumnas podrás verlas en Fotos, en mi blog. Cuanto más tiempo pasen por las fotos, más rejuvenecen por los recuerdos que nos traen. A nosotros nos pasa al contrario

Pili Fernandez Garcia. si claro me refiero a la de Jesus Martinez tu eras muy pequeño

Leandro Garcia Casanova. Sí, pero que tú y yo somos casi de la misma edad. Cuando murió Jesús, doña Carmen se vino al piso de su hermana, que está debajo del de mis padres, yo me encuentro con su sobrino de vez en cuando

Pili Fernandez Garcia. puede que si que seamos de la misma edad a mi no me importa de decir los años que tengo el dia 7 de junio he cumplido 59 en la flor de la vida ¡ no cres

Pili Fernandez Garcia. este verano si todo va bien quiero ir al pueblo me encantari de verte porque hace un choripon de años que no te veo seria gui toma algo en el rincón el bar de los rencuentros

Leandro Garcia Casanova. Te dije lo de la edad porque viene en tu Face. Pues eso, a ver si nos vemos por el pueblo, te agradezco la invitación. Desde que murió la hermana de mi padre, en Galera, voy menos

Pili Fernandez Garcia. bueno pues este año tienes que ir yo voy hacer lo posible por ir

Leandro Garcia Casanova. Pos bueno, cuando tengas el billete de autobús me lo dices

Enrique Guillén Trucharte. Yo era del curso Antonio Guirao, el misionero. ¡Qué personaje tan bueno y sencillo----!!!

Leandro Garcia Casanova. Un día habló conmigo y me convenció para hacerme misionero. Creo que anda por Tanzania y me gustaría verlo algún día

Pedro Romera Martinez. Me gusta recordar aquella época

Leandro Garcia Casanova. La foto está mal tomada, pero los ha cogido in fraganti. Falin creo que es el que está a la izquierda

Antonia Martinez Carretero. Buenas,  Antonia el guirao ya ha vulto me han comentado que esta en Madrid yo estuve en San Isidro comiendo miguas con el

Antonia Martinez Carretero. Perdon Antonio el guirao

Leandro Garcia Casanova. Pedro Romera Martinez se me pasó citarte, te pondré en tu face un video de De Castillejar

Leandro Garcia Casanova. Dale recuerdos míos, hace años fui a Los Olivos, pero me dijeron que se había marchado ya

Antonia Martinez Carretero. Cuando coinzida se los dare no se cuando sera pero quieren hacerle un omenaje pronto

Leandro Garcia Casanova Habrás leído el comentario que hace más arriba Enrique Guillén Trucharte . Gracias, Antonia Martinez Carretero


sábado, 13 de junio de 2026

EL PORTACHO. MEMORIAS DE UN BARRIO

 


 



Conocí a Bonifacio Sola García junto al Puente de Hierro de Galera, donde estuvimos hablando sobre su relato El Portacho. Memorias de un barrio, que publicó en el verano de 2004. Este puente, me confesó, es como un símbolo para los galerotes: aquí venimos a pasear los domingos igual que hacían nuestros abuelos, y aquí, junto al río, la mayoría de nosotros nos pusimos novios. En el garaje de su casa, Boni me enseñó toda clase de utensilios y cachivaches, colocados pulcramente en la pared –desde un trillo a una romana o una alcuza-, con los que quiere montar un museo. Estas herramientas, con las que nuestros padres y abuelos se ganaban la vida, hoy ya no sirven para nada y han pasado a formar parte de la Prehistoria, me dice un tanto apesadumbrado. También me explica que El Portacho es un barrio que se encuentra en la parte alta del pueblo, donde había una puerta o portacho, que dividía el sector cristiano de los moriscos, antes de su expulsión de España en el siglo XVII. La novela refleja la vida del pueblo en los años cincuenta y sesenta, donde Boni va narrando su infancia mientras se recrea en las anécdotas de algunos vecinos. Es la crónica fiel de la España oscura donde la miseria, el estraperlo y las cartillas de racionamiento parecían hijos de la misma madre.

Mientras leía la novela, tuve la impresión de que estaba reviviendo mi infancia. La historia arranca en 1952: Los braceros tenían la costumbre de bajar a la puerta de Marcelo y, con un poco de suerte (el mayoral los iba señalando con el dedo), podían echar un jornal. De lo contrario, tenían que tirarse al monte a coger esparto. También escribe sus primeros recuerdos, cuando todavía andaba a gatas: Manolo siempre estaba cosiendo suelas de alpargatas y yo empezaba a enredarle el manojo de cordeles, hasta que acababa volcándole las suelas. Ahí sí que ya no toleraba... y, además, decía que le estaba haciendo ‘sombraluces’. A continuación cuenta que, cuando estaba arrimado a la lumbre en la cueva de mi abuela, ésta me preguntaba: ‘¿Quieres tomate y pan?’ Y luego era pan y magra.



Como vivían en el barrio alto de Galera, para cualquier cosa tenían que asomarse al puntal. Antes, para saber la hora, teníamos que bajar a la puerta del ‘tío Pío’, pues desde allí se veía el reloj de la torre de la Iglesia. A los seis años fue a la escuela y recuerda que por las mañanas el maestro repartía un vaso de leche en polvo, americana y de sabor dulzón, y un poco de  queso. La primera cartilla que me compraron se llamaba ‘Manín’, así como una pizarra pequeña. Y cada mes nos ponían una película de ‘El gordo y el flaco’ o de ‘Fray Escoba’. Más tarde, para calentarnos, sacamos la técnica de bajarnos una lata de sardinas redonda con unas ascuas, que llevaba un alambre para cogerla y no quemarte. En cuanto a los  juegos, dice que había infinidad de ellos: las perinolas, las bolas, salva la cadena, la dopi, el caliche y un montón más. Sin embargo, señala que en aquella época la gente iba vestida con colores oscuros y los hombres llevaban aquellos pantalones de pana que zurrían al andar..., todos iban con su gorra o una boina. Las mujeres, en cambio, iban con muchos refajos y, casi todas ellas, llevaban un pañuelo en la cabeza. En otro párrafo cuenta las bromas que algunos mayores gastaban a los zagales: Te cogían la cabeza con las dos manos, a la altura de las orejas, y te decían: ‘Oye, chaval, ¿tú quieres ver a Dios comiendo gachas? Entonces te empezaban a restregar las manos, que las tenían encallecidas, y cuando te soltaban no sólo veías a Dios sino también al Espíritu Santo. Las gachas y el cuzcuz son platos típicos de la comarca, que se hacen básicamente con harina, y datan del tiempo de los moros.



Más adelante, Boni refiere la anécdota de cuando pusieron una emisora de radio en Huéscar. El ‘tío Pelele’, que era el encargado de hacer los ‘mandaos’, iba y venía en su bicicleta que tenía dos portaequipajes. También se encargaba de llevar los discos que la gente solicitaba y, todos los días, a las tres y media de la tarde, estábamos pendientes para oir a quienes se los dedicaban. La locutora, con esa voz melosa, decía: ‘Para la chica más simpática, le dedicamos esta canción que lleva por título... Esperando que sea muy feliz en su cumpleaños, se lo desea con el cariño de quien ella sabe’. De su padre dice que, cuando vino de trabajar de Asturias, compró una fanega de tierra que tenía once paratos, en los que consiguió sembrar unos arroyos de ‘papas’, en algo que era de su propiedad. De su abuela ha dejado escrito que,  cuando murió, nos tocó de herencia una parte de la cueva, tres sillas grandes, dos sillas chicas, una mecedora y un baúl. Siempre me quedó un buen recuerdo de ella. Luego relata las fatigas que pasaban los segadores. En el verano se marchaban andando por la parte de Lorca y del campo de Cartagena. Era costumbre que uno de la cuadrilla tenía una caracola y, soplándola,  emitía un sonido fuerte, encargándose de llamar y despertar a los demás. Cuenta, con cierta nostalgia, que antes todo el pueblo te invitaba a lo poco que tenía. Llegando diciembre, todos hacían ‘mistela’ y luego venían los rosquillos para la Pascua, pues eran tiempos que se vivían con mucha ilusión. Finalmente, recuerda el caso de aquel singular vecino que, cuando se achispaba, le daba por sacar el burro de la cuadra diciendo que tenía que entrarlo de culo. La mujer le seguía la corriente e incluso le ayudaba, pues de lo contrario se ponía hecho una fiera. Al otro día el labriego ya no se acordaba de nada. La vida entonces, en Galera, discurría apaciblemente, junto al noble río Castilléjar que pasa lamiendo sus campos y bajo la estirada sombra del Cerro de Los Capones. 

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https://en-clase.ideal.es/el-portacho-memorias-de-un-barrio/

https://www.galera-granada.es/portacho/boni.htm?fbclid=IwY2xjawSly1NleHRuA2FlbQIxMABzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEecboO1cqQJDhxVAWx4t5QiZAhyjT4Po2RldRFtTy_o20Qj6-froTS2jKBRlY_aem_wSS3a4gLHNGbi-E7kS_h9g

miércoles, 3 de junio de 2026

DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

 





Cada cinco de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. En la Cumbre de la Tierra de 1992, celebrada en Río de Janeiro, un dirigente lanzaba entonces esta seria advertencia: El tiempo se acaba... Y los más pesimistas advierten que esa irreversibilidad está ahí. A veces, uno llega a la conclusión de que todo el progreso conseguido hasta ahora ha sido proporcional a la destrucción de la naturaleza, aunque, mejor sería decir, ¡a costa de la naturaleza! Y lo que el progreso nos da con una mano, nos lo quita con la otra. En 1854, Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos, el Gran Jefe de Washington, hizo una última oferta por una gran extensión de tierras indias antes de lanzar el exterminio, prometiendo crear una reserva para el pueblo indígena. Esta es la respuesta del Jefe Indio Seattle.

Con su oferta de querer comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Y a continuación reivindica la tierra heredada de sus padres y todo aquello que forma parte del patrimonio de los pieles rojas: Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo; cada grano de arena, cada gota de rocío, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo (...). Nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros.

En un lenguaje poético, cargado de ternura y de recuerdos, continúa diciendo: El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Aunque, si bien, el indio es consciente de su inferioridad y de que su tribu vive todavía en la Edad de Piedra, de sobras conoce a aquellos rudos y despiadados colonos y a los  rampantes empresarios que los acompañan. Por eso, no duda en tacharlos de simples mercaderes: El hombre blanco trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. También vaticina las consecuencias de la colonización: Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. A renglón seguido, arremete contra la civilización del hombre blanco porque supone una renuncia de sus raíces y  porque ya nadie escucha el silencio del bosque: La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja, pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera...  Como su pueblo vive en equilibrio con la naturaleza y se complace con las cosas sencillas, se pregunta con el escepticismo de un filósofo: ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque?  Sin embargo, asegura que todos los seres comparten un mismo aliento –la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire–. Y el viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Pero sabe que esta guerra la tienen perdida de antemano, pues el caballo salvaje de la pradera se enfrenta al humeante caballo de hierro: Si decidimos aceptar su oferta de comprar nuestras tierras le escribe, resignado, al presidente, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Porque el jefe indio ha sido testigo privilegiado de una crueldad sin sentido que rozaba el exterminio: He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha.

 Y, en este sentido, prosigue diciendo: Si todos los animales fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Todo va enlazado... Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. También pronostica que los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. El motivo que alega es porque contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Seattle se lamenta de la catástrofe que ha supuesto para su pueblo la llegada del hombre blanco: ...pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. El final de la carta no puede ser más desolador: ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia. Hoy, en cambio, el tiempo se está acabando y puede que ya sea demasiado tarde. Cuentan que la Madre Tierra, cansada ya de tanta destrucción y desidia, se rebeló contra los hombres y les hizo esta seria advertencia: Habéis contaminado la naturaleza y el aire, también habéis hipotecado el  futuro de vuestros hijos; por tanto, debéis de pagar por ello. ¿De qué os sirvió ganar más dinero y poseer más bienes si no podéis beber el agua del río que nace entre las nieves de la Gran Montaña, y a la Vega del Genil, que par no tenía, ya no le queda ni el nombre.

     Granada ya no aparece envuelta en un manto de neblina, como ocurría a comienzos de este siglo, porque se ha restringido la circulación de vehículos en la ciudad, pero se ha convertido en una isla de calor por la falta de espacios verdes, porque todo se ha dedicado a la construcción de edificios. De ser una de las ciudades más frescas de España, durante el verano, se ha convertido en casi un horno, mientras que en París hay parques por todos lados. Las Gabias tampoco tiene las chimeneas echando humo negro, porque hace años que cerraron la última fábrica de ladrillos. Pero la Tierra está cada día más contaminada por la sobreexplotación, cada año las temperaturas baten records por el sobrecalentamiento y, como llueve menos, los ríos llevan menos caudal mientras que las danas y las lluvias torrenciales hacen estragos en el mundo. El Mar Mediterráneo tenía el verano de 2024 una temperatura de 30 grados y esta fue la causa de la dana en la provincia de Valencia, que ha sido considerada como una de las mayores catástrofes en el mundo durante ese año. Ante tanto desastre medioambiental, habrá que pensar: en pocos años tendremos cincuenta grados de temperatura y, lo que es peor, ¿qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos?

Carta al presidente de los Estados Unidos

https://www.youtube.com/watch?v=VJz4B14iasc

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domingo, 31 de mayo de 2026

LOS DOS REALES

 

Mercadillo de Castilléjar, años sesenta



Fresneda no era malo, era un niño de unos ocho o nueve años. El sábado era el día en que su padre le daba una paguilla de manera que, si después de comer no había aflojado la guita, Fresneda le daba un toque: ¡Papá, que hoy es sábado! Y su padre, haciéndose el remolón, le respondía: ¡Ya lo sé, hombre! Entonces se estiraba hacia atrás con aires de suficiencia y se hurgaba en el bolsillo del chaleco, hasta que encontraba una de aquellas monedas agujeradas de dos reales, que valdría tanto como un chavico (la moneda de menos valor, el ochavo) en tiempos de Boabdil el Chico. El sábado se celebraba el mercadillo en el pueblo y para Fresneda era el día más feliz de la semana, pues, con aquella moneda pequeña bailando en el bolsillo de sus pantalones cortos, él se sentía alguien importante. Podía ir a la Plaza Mayor a echar un vistazo y elegir lo que quisiera, pero no saliéndose del presupuesto. Allí podía ver a Pedro el de las Ollas, al lado de su camión, con toda clase de cacharros de cocina, como sartenes, calderas, perolas, cazos, escudillas, botijos y platos de aluminio, desparramados por el suelo; y a otros vendedores con frutas del tiempo y legumbres. De los anejos acudían los campesinos para comprar lo necesario en el mercadillo, venían montados en burros con aguaderas y aprovechaban el viaje para llenar los cantaros de agua en los caños del pueblo. Todavía no había llegado el agua potable a los anejos ni la luz eléctrica, de manera que se alumbraban con candiles y carburos.  

En su corta edad y con sus pocas luces, Fresneda había aprendido que sin los dos reales (equivalían a cinco perras gordas o la mitad de una peseta) no era nadie, pues no podía comprar nada y entonces tenía que irse al campo, a ver las vacas del tío Salomé, o meterse a escondidas en el bancal de Justillo, para coger aquellos peros tan gordos y tan ricos. Algunos sábados, por la mañana, Fresneda se acercaba al mercado del ganado, que tenía lugar enfrente de la taberna del tío Ramón, donde regateaban los compradores con los gitanos, apoyados en sus bastones: Trescientos reales por el burro y no se hable más. Pero, antes de cerrar el trato con un apretón de manos, el comprador le abría la boca al borrico y le miraba los dientes para calcular los años que tenía, de manera que parecía que el animal se estaba riendo. Al mediodía, cuando se marchaban unos y otros, dejaban el solar lleno de cagarrutas de los mulos y de los burros, y de las colillas de tabaco liado. Y después de echar un vistazo, el niño se tentó el bolsillo pensando que era su día, pero ignoraba que aquella tarde se iba a presentar algo ajetreada.

Había un camión de naranjas, estacionado en una esquina de la Plaza Mayor, y el vendedor que era de Caravaca, dirigiéndose a Fresneda, le dijo guiñándole un ojo: Cucha que te diga, chaval. Te daré unos cuantos kilos de naranjas si te subes al remolque del camión y me vas echando naranjas en la esportilla, conforme yo te vaya pidiendo. Fresneda, que era tímido, no supo decirle que no al murciano y de un brinco se encaramó en el remolque, que contenía una montaña de mandarinas. Allí se vio expuesto a las miradas de la gente, pero estando en el negocio –esportilla va y esportilla viene– llegaron Cachichi y el Mantas, que eran famosos por sus travesuras: Cuando nosotros te digamos, nos vas echando unas pocas, le dijo Cachichi a Fresneda, asomando la jeta por un hueco del remolque. Pero, ¿no ves que el tío está ahí y se va a dar cuenta?..., protestó el zagal. ¡Ca! ¡Ese ni se entera! Tú vas echando, de vez en cuando. Pero Fresneda se temía lo peor: ¿Y si me pilla? El otro lo amenazó: Tú verás lo que haces. El caso es que se vio acarreando naranjas con la espuerta al murciano y, cuando veía que estaba pesando con la romana, soltaba unas cuantas por encima del remolque, mientras oía que varios las cogían como fieras debajo del camión. ¡Echa otras pocas!, le decían los zagalitrones de vez en cuando.


En esto, las mujeres y los hombres que iban a comprar o pasaban por allí, sonreían al ver a aquellos truhanes moviéndose debajo del remolque, cada vez que unas cuantas naranjas volaban por el aire. Aquello parecía el teatro de los títeres de cachiporra. El pobre Fresneda estaba corrido y avergonzado, se sentía impotente ante aquella situación tan embarazosa y pensaba: ¡Vamos a ver si no salgo yo caliente esta tarde de aquí! Pero aquellos rapaces eran insaciables y, cada vez eran más, de manera que asomaban los ojos entre las rendijas del remolque y le daban bufidos a Fresneda: ¡Echa más! Ajeno a este tinglado, el murciano mostraba cara de satisfacción pues no paraba de pesar con la romana: ¡Vamos, María, a dos perras gordas el kilo! ¡Mirar qué naranjas wasintonas más dulces sus traigo hoy! ¡Acerca otro capacho, niño, vamos que nos vamos!... Por un lado, Fresneda temía las represalias de aquellos malasombras y, por otro, temblaba al pensar que el vendedor descubriera aquel tinglado, al girarse en una de las veces. Estaba ya harto de acarrear naranjas y con el miedo en el cuerpo, mientras que la gente se reía a su costa y los zagales se llevaban las naranjas gratis. Después de pasar casi dos horas interminables de estar agachado y llenando espuertas, Fresneda se dio por bien librado al no ser descubierto y respiró tranquilo cuando se vio fuera del remolque, con sus dos quilos de naranjas: ¡Anda que si el tío me pilla en una de las veces, me da dos hostias! Y si no les echo naranjas a estos malafollás, encima me calientan. El murciano se marchó poco después, con su camión de naranjas por aquellos caminos carreteros, pensando que había hecho un buen negocio. Se las compró a un agricultor por cuatro perras y esa tarde vendió casi la mitad de la carga. Por su parte, Cachichi y el Mantas se habían dado un buen atracón y llevaban los bolsillos de los pantalones y hasta las camisas llenas de naranjas.


Monedas antiguas


Después de aquella aventura, Fresneda se acercó al puesto de la tía María la Garbancera, una anciana toda vestida de negro, con una falda larga que le llegaba a los pies y un pañuelo cubriéndole la cabeza, pero andaba algo fastidiada de la memoria. Casi todas las semanas le hacía la misma pregunta: ¿Cómo te ‘ñamas’, nene? Y cuando Fresneda le decía el nombre, la mujer exclamaba: ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tú eres el hijo de Juanico el Acequiero. ¿Qué quieres? El zagal, ya un poco más calmado, le dijo: Deme ‘asté’ dos reales de garbanzos ‘torraos’. La tía María cogió los garbanzos de una espuerta de esparto, que tenía colocada en el suelo, y llenó un cajoncillo de madera. El niño le entregó los dos reales y metió los garbanzos cuidadosamente en el bolsillo del pantalón corto. Allí al lado estaba también la Tía Recovera, que vendía huevos.

Mercadillo de Orce, años cincuenta
Unos instantes después, la mano de Fresneda iba del bolsillo a la boca y de la boca al bolsillo, con tanta ansia que parecía que se estaba persignando, aunque alguna que otra vez los dientes le crujían: ¡Vaya, un garbanzo duro!, decía. Para él eran un delicioso manjar aquellos garbanzos ‘torraos’ y sentía un verdadero placer al saborearlos. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, porque en unos minutos se los había embaulado. El sábado que viene voy a comprar palo dulce, porque lo chupo y me dura más que los garbanzos, pensó el zagal, mientras le arreaba una patada a una lata.

 Posdata. Monedas de la Dictadura de Franco. De derecha a izquierda: dos monedas de una peseta, de 1966; de dos reales o cincuenta céntimos, de 1949 y 1963; y dos monedas de 5 y 10 céntimos, de 1945, llamadas popularmente perrilla y perra gorda.

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viernes, 15 de mayo de 2026

¿PARA QUÉ ESCRITORES Y POETAS?

           

La tertulia en 'La Colmena', de Mario Camus (1)



Hace algunos años encontré, en una librería de viejo de Granada, el ‘Libro de estilo para novicios y principiantas: cómo escribir correctamente en seis meses’, y para empezar recomendaba la lectura reposada, atenta y profunda. Luego se dedicaba a enumerar los distintos tipos de escritores y recuerdo que, más o menos, decía así: 1. Tenemos el caso del ‘escribidor de oídas’, cuando para escribir es justo y necesario haber leído hasta a Corín Tellado, que escribió más de cuatro mil novelas románticas. Pero hay quien se las da de novelista, como si las letras fueran cosa de las musas. Esta carencia de lecturas hace que el escribidor meta la pezuña de vez en cuando. 2. ‘El profesor pedante’ –tan cargado de títulos académicos, cual militar laureado– suele rebuscar palabrejas raras, aunque no sabe trenzar dos renglones seguidos. Asistir a sus clases es verdaderamente insoportable, pues suele mezclar las churras con las merinas.

3. ‘El meritorio’ es aquél que se presenta a un premio literario y piensa que, con sólo oír su nombre, se lo van a conceder por méritos propios. En realidad, está necesitando un cursillo acelerado de comas, guiones y frases cortas. 4. El ‘personaje público’ que, llevado de esa aureola, escribe artículos huecos y faltos de sustancia, carentes de ritmo y de entonación. Este hombre público está convencido de que es un escritor profundo, pero los críticos literarios aconsejan al lector que lo mejor es pasar página. El librillo ‘Lectura de manuscritos’ (con modelos de cartas, documentos…), arreglado y publicado por Saturnino Calleja, en 1888, me costó cinco euros, en una librería de viejo de Granada, en 2012, aunque conservo también otro manuscrito igual, que era de mi padre. Cuando yo tenía siete años, mi padre me exigía escribir una plana diaria (una página de la libreta para que aprendiera), copiada del manuscrito precisamente con el texto de la carta, en letra bastardilla, bajo pena de doble ración si no la escribía: “Cómo comprendo que el hombre público no se pertenece en muchas ocasiones, y que a veces tiene que sacrificar los más puros sentimientos en aras del deber...”.

5. Con la confianza y seguridad que da el cargo, ‘el trepa’ cree poseer una vasta cultura. Suele ser el funcionario, ascendido por enchufe en el escalafón, y lo delata su arcaico lenguaje administrativo: esos latiguillos y muletas que vienen del siglo pasado. 6. Se ha dado el caso que, detrás de un crítico literario, se esconde un escritor malogrado. Aunque también se da el del ‘crítico converso’, esto es, cuando se ha transformado en novelista. 7. ‘El escritor militante’ suele escribir con anteojeras, por lo que su visión es limitada. Se dice que está al caldo y a las tajadas por la ideología, al servicio de unas siglas o de su amo. 8. ‘El figurón’ escribe generalmente para la galería y desde la tarima tiende al egocentrismo. De su lectura poco provecho podemos sacar. 10. En cambio, del ‘poeta pobre’ bien podría decirse que alcanzará el reino de los cielos. Cervantes ya sentenció en ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’: “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre. Hay muchos poetas, luego hay muchos pobres”. Se cuenta que, al poeta José Zorrilla lo perseguía el sastre para cobrarle el frac, cuando lo veía por la calle. 11. ‘El escritor de casino’ –“¡A ver, un café solo!” y así pasaba toda la tarde– es ya una especie en extinción, pues casi nadie va a tomar café al bar. En las antiguas tertulias, solamente en Madrid había tres o cuatro diarias (en la primera mitad del siglo XX), solían encontrar su fuente de inspiración Cela, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros, al lado del ‘limpia’ y de las cigarreras. En ‘La colmena’, el Premio Nobel retrata la tertulia de escritores en el famoso Café Gijón. Sin embargo, hoy los escritores prefieren la soledad de la mesa camilla, que tanto practicó don Pío Baroja, quizá debido a su mal genio. 12. ‘El ensayista profeta’ tiene una visión sesgada de la actualidad y de la historia y, aunque va de progre, vive como un burgués, etc.

José Solana, La tertulia del Café de Pombo, 1920


Después de esta prolija relación de escritores y poetas, me entretuve leyendo un sabroso artículo de opinión de los años noventa, donde un boticario retirado sostenía que, la función social del escritor se puede resumir entre su ideal de vida y la prosaica realidad diaria: “Por lo general, su labor no suele ser reconocida ni valorada por la sociedad actual, aunque, se tiene conocimiento de algunos esporádicos homenajes a título póstumo”. Hay que recordar al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y al escritor checo Frank Kafka, que alcanzaron la fama precisamente después de haber fallecido. Ambos encargaron a sus amigos, en los últimos momentos de vida, que destruyeran sus obras porque se sintieron unos fracasados. La gloria les llegó demasiado tarde. El insigne boticario proseguía con sus reflexiones y lanzaba al lector esta terrible pregunta: “¿Para qué queremos escritores y poetas si, a fin de cuentas, no solucionan los problemas de la calle y ni siquiera tienen poder para influir sobre los ciudadanos? –y concluía, desolado–: Unos pocos literatos no van a cambiar el destino del mundo, pues para eso ya están los políticos con sus porfías diarias y sus buenos sueldos”. Pero un escritor, del que no consigo acordarme de su nombre, llevaba el asunto más lejos en un artículo: “¿Para qué queremos escritores y poetas en tiempos de guerra?”.

 (1). La colmena, de Mario Camus. 1982 (en el Café Gijón).

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