viernes, 13 de marzo de 2026

POR EL CAMINO DE MONTEVIVE


Las Gabias y al fondo Granada

 


A las 7:30 de la mañana del domingo, tres de septiembre de 2003, un amigo y yo subimos por la Cuesta Blanquilla mientras que un gatillo negro abandonado nos contempla desde un solitario solar. Dejamos atrás las últimas casas de Las Gabias y nos adentramos por los montes. Pero lo que nos llama la atención, a esta temprana hora, es la caravana de turismos que se ven por la carretera de La Malahá: salen de las dos discotecas cercanas, en medio de pitidos de claxon, voces de borrachos y música rockera a todo gas. Un coche va haciendo eses, con el riesgo de colisionar con los que vengan de frente, y un solitario chaval camina por el arcén en dirección a Las Gabias. No se le ve muy católico. Es un espectáculo ver la marea de vehículos que se dirigen a Granada, a dormir la mona, después de estar toda la noche de juerga. Bebiendo y soplando. La Guardia Civil de Tráfico podía hacer una excelente labor de reeducación vial, siguiendo las instrucciones del Pere Esteve, como la inmediata retirada del carné de conducir. La pareja no tiene nada más que ponerse en la carretera y parar a los sospechosos.

Parte del Área Metropolitana de Granada


Poco después, desde lo alto de un monte, observamos a los conejos correteando por la Rambla de la Cañada Honda, un auténtico vertedero clandestino donde echan los cascotes de las obras, sin que el Ayuntamiento de Las Gabias mueva un dedo. Subiendo a Montevive también se pueden ver sofás, muebles viejos y toda clase de trastos y electrodomésticos tirados a un lado del camino. Un poco más arriba, las vistas son impresionantes: Granada aparece al fondo y, más acá, lo que queda de la Vega; a la izquierda Cúllar y Santa Fe, y a mano derecha, Sierra Nevada con los pueblos desparramándose por las laderas. Mientras tanto, a nosotros nos espera un camino de polvo y sudor, pues la temperatura rondará los 20 grados. A un lado dejamos el camino a la finca del Cortijo de Malpasillo y, en cuestión de una hora, llegamos a Montevive. Pero ya no es aquella montaña orgullosa y esbelta, de 971 metros de altitud, que se asemejaba a los pechos de una mujer. Ahora ni siquiera es un monte: es una masa de tierra informe, mutilada y vaciada en la parte superior. A Montevive hace tiempo que lo descuajaringaron: esto es, le extrajeron el corazón con las retroexcavadoras.

Montevive al fondo y la A-44 abajo


A la izquierda hay explanadas, con taludes por donde van echando la tierra y las piedras, algunas enormes, que extraen de sus entrañas. Y en la parte posterior, mirando a
La Malahá, se encuentra la mina mientras que en la cima del monte sobreviven a duras penas dos encinas centenarias. Cuando contemplábamos, asombrados, a la mítica montaña de color de cobre, una bandada de perdices empezó a corretear por un sembrado. Seguidamente, otra bandada de cuervos –también anida aquí una colonia de búhos reales y zorros– pareció desaprobar nuestra presencia con sus escandalosos graznidos y, batiendo las alas, desaparecieron en un instante. Los cuervos vienen de la Vega de Granada y, a veces, al amanecer veo a la bandada volar por encima de mi casa. Después siguió un silencio sepulcral roto por el agradable canto de una perdiz. Pero el paisaje no puede ser más inhóspito: aparte de la montaña reducida a escombros, llaman la atención los carteles, vallas y torretas. Nada menos que tres vallas altas cerrando el paso a los visitantes y curiosos, a pesar de que el monte es público en la parte no afectada por la mina. Y en cuanto a los carteles, me entretuve en copiarlos. Éste prohíbe el paso a todo tipo de vehículos, aquellos dos, en letras negras, advierten: “Cantera, peligro explosivos”. Como las vallas nos impiden el paso, vamos bordeando la montaña y, cada centenar de metros, avisan del peligro de explosivos.

En el cerro de al lado, hay una fosa en el suelo donde yace semienterrado un perro. Está boca arriba y con las patas señalando al cielo, pues ni siquiera se molestaron en taparlo con tierra. Al fondo del barranco se ven dos vehículos de cazadores, con sus respectivas perreras. Un poco más allá, varias hectáreas de terreno están aplanadas por las retroexcavadoras. ¿Qué irán a hacer aquí, en este sitio tan contaminado por el estroncio? Los escopetazos se oyen cada vez más cerca y, al poco, dos hombres rastrean con sus perros las laderas del monte cercano. Vamos rodeando la montaña, pero todo es un inmenso talud de unos 50 metros por donde van arrojando las piedras de desecho. Subimos a una loma y de pronto aparece la extensa llanura de la Comarca del Temple, mientras que a la derecha está el caserío blanco de La Malahá. Hace rato que un olor denso y fétido flota en el aire: viene de abajo, donde se encuentra la Planta de Reciclaje de Alhendín, que transforma la basura doméstica en compost, un abono para las plantas. Emprendemos el regreso, pues el calor aprieta, y me fijo en las tres torretas alrededor de Montevive que serán de Telefónica y de alguna emisora de radio.

El camino que lleva a Montevive


Conforme bajamos, el corazón de Granada parece retumbar por sobre la Vega: ¡pom, pom, pom! Es el ruido del tráfico de vehículos, de las fábricas, de la maquinaria, en suma, el bullicio de la humanidad. Dos bandadas de aves –unas cincuenta o sesenta– se entretienen dibujando círculos en el cielo. Son enormes, como las águilas perdiceras, y comprobamos que tienen el pico curvo. Su plumaje es negro, mientras que por el vientre y bajo las alas es de color gris. Nunca habíamos visto tantas aves juntas, las contemplamos con los prismáticos cuando se posan en las copas de los almendros cercanos. Unos días más tarde llamé por teléfono a ‘Flora y Fauna’, de la Delegación de Medio Ambiente, donde me informaron que no saben nada de la bandada de aves, pero pueden ser águilas ratoneras, ya que en este tiempo emigran a África por el Estrecho de Gibraltar. El espectáculo es impresionante: ver a tantas águilas juntas, dibujando círculos en el cielo y posándose después sobre los resecos almendros de estos parajes, para hacer un alto en su viaje de miles de kilómetros a África.

En 2005, la Consejería de Medio Ambiente elaboró un informe, donde textualmente se lee: “La mina de la Aurora es la mayor devastación provincial en un área de estas características, y la montaña de Montevive ha sido transformada en una escombrera... En más de 50 años de actividad no se ha restaurado nada”.

Dos años después de escribir este borrador, en octubre de 2005, se produjo un accidente de circulación, en una curva, entre Las Gabias y Churriana de la Vega. Un vehículo se estrelló contra el muro de hormigón, de un chalé, fallecieron tres jóvenes de Churriana y otro quedó en estado crítico. Pasado un tiempo, la Guardia Civil hizo controles los fines de semana en la carretera y desde entonces dejaron de venir centenares de jóvenes a las discotecas. La Rambla de la Cañada Honda y el camino también dejaron de ser vertederos, donde tiraban los escombros y los muebles viejos. El pasado siete de marzo subí por el camino de Montevive hasta la Autovía A-44, conocida como Autovía de Sierra Nevada-Costa Tropical, que conecta Bailén con Motril. Crucé el puente para los peatones y desde aquellos parajes se divisa a lo lejos la impresionante montaña de Montevive, con sus dos centenarias encinas (como si fueran eternos guardianes), pero dejé para otro día subir más arriba pues el camino estaba intransitable por el barro.

Sierra Nevada, entre almendros y olivos


Lo cierto es que, subiendo y bajando por el
camino de Montevive, no oí el runrún de los vehículos y de las máquinas, como veintitrés años atrás, porque ha disminuido bastante el tráfico en la antigua carretera de Bailén-Motril y en las carreteras cercanas, debido a que el metro llega hasta Armilla. También ha desaparecido la negra capa de contaminación atmosférica que se veía por encima de los edificios de Granada (era una de las ciudades más contaminadas de España), al disminuir la circulación de los vehículos, mientras que en Las Gabias también cerraron los centenarios tejares, que elaboraban ladrillos para la Alhambra. El tráfico de la Autovía A-44 se oye conforme subes por el monte, al mismo tiempo que el paisaje te ofrece unas vistas espectaculares de Sierra Nevada, que se alza en el horizonte. Como había llovido de forma intensa el día anterior, el camino estaba embarrado, hasta un turismo se había quedado inmovilizado debido al barro en una orilla. Hacía años que no subía por aquí, pero ahora en este paisaje semidesértico están los almendros en flor y le dan el aspecto de una postal. Al lado de la autovía, en las laderas de los montes, se ven numerosas madrigueras de las liebres mientras que en los ribazos del camino hay agujeros más grandes donde se refugian los lagartos y zorros.

Aspecto de la cara sur de Montevive. Javier Flores

Copio estos párrafos del artículo:
“Montevive, la desconocida y estratégica mina de celestina de la cuenca de Granada”, de Noemí Ariza Rodríguez, publicado el 8 de diciembre de 2022, en El Independiente de Granada.

“Pocos granadinos tienen constancia de que el yacimiento de mineral de celestina de Montevive, situado en las intersecciones de los municipios de Las Gabias, La Malahá y Alhendín, es la mayor reserva de Europa de este mineral inerte de estroncio, incluido últimamente como mineral crítico en Unión Europea por sus notables aplicaciones en el campo de la electrónica, telecomunicación, informática (pantallas de TV, ordenadores, radar, semiconductores, dieléctricos, resistores, monocristales), metalurgia, aleaciones (moldes, productos de soldadura, tratamiento de aceros, refinado electrolítico), electrólisis del zinc, automoción y otras como imanes permanentes o acumuladores eléctricos. Es por ello que desde los departamentos de Mineralogía y Petrología e Ingeniería Química de la Universidad de Granada surgió el interés por un estudio en conjunción con la empresa Canteras Industriales S.L., la empresa que explota la mina, que ha sido publicado recientemente en la revista Minerals (…).Canteras Industriales S.L. que tiene la concesión minera de explotación, tiene como principios conseguir el mayor aprovechamiento aplicando técnicas respetuosas con el medio ambiente”.

Es evidente que, casi un cuarto de siglo después, hay menos contaminación acústica y atmosférica en el Área Metropolitana de Granada, a la vez que también ha mejorado el medio ambiente.

Publicado en Ideal en Clase

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viernes, 27 de febrero de 2026

TODO LO QUE PERDIMOS

 

El Torreón del barrio de san Marcos. Años 50


Recojo estos comentarios en Facebook, del 9 de octubre de 2018, sobre hechos que se produjeron en Castilléjar, en el pasado.

Marí Fresneda. Leandro, me gusta mucho leer lo que escribes, son historias que no nos preocupamos en averiguar y son muy interesantes. Tienes toda la razón respecto a los castillos y ermitas que han dejado que se deterioren al punto de que sean saqueadas, como hace unos días salió en televisión, que se habían llevado un capitel de una ermita y se dieron cuenta por casualidad.

Leandro. Cuando veo en Francia cómo se preocupan por sus monumentos, mientras que en España llevamos 50 años de atraso. Y todo lo que se ha perdido en Castilléjar, mientras que en Galera han conservado los restos arqueológicos...”.

Hay que decir que en Galera también se produjeron saqueos de tumbas y de los restos arqueológicos, aunque hoy conservan el Yacimiento del Castellón Alto, la Necrópolis Ibera de Tútugi y el Museo Arqueológico, que reciben visitas turísticas.

MF. Esto me indigna y me causa una gran impotencia por el gran daño que han causado, y del que la mayoría de los castillejanos no tenemos ni idea. Al igual que teníamos una reserva de aves rapaces tan importante, pero le han causado graves destrozos…

L. Durante el franquismo se destruyeron muchos documentos y la torre vigía en Castilléjar, después se clausuró el cementerio municipal (teniendo los familiares que exhumar los restos de los cadáveres y trasladarlos al cementerio nuevo); a los Barrancos (este es el paisaje característico de Castilléjar) los llaman hoy badlands (tierras baldías), mientras que Castilléjar debería llamarse Castilleja de los Rios, que es su verdadero topónimo, porque existía un pequeño castillejo. Y todo esto lo han visto y permitido los castillejanos.

Dori Carasa. Una de las cosas de gran valor, que destruyeron a mediados de los años cincuenta, fue La Tercia, un edificio que debían haber conservado por su gran valor histórico. Recuerdo vagamente cuando la destruyeron, cómo era el portón de entrada y algunas de sus habitaciones, que sirvieron de escuela antes de destruirla. Yo tendría muy pocos años, pero lo conservo en mi memoria. Además, recuerdo cómo los albañiles sacaban del suelo multitud de trozos de cerámica y los hacían pedazos. Supongo que serían de la época árabe”.

El nombre de Casa de la Tercia o del Tercio venía porque el viejo caserón era donde los castillejanos pagaban la renta, un tercio de las cosechas, al duque de Alba. En Zújar ocurrió también lo mismo y el antiguo edificio de la Tercia se destinó a las escuelas.

L. Al construir el tramo de la nueva carretera de Benamaurel, destruyeron la Fuente del Cuco, la única que tenía el pueblo y era una reliquia. Con que la hubieran protegido un poco... Hace unos años ha sido reconstruida más o menos. ¿Alguien sabe cuándo quitaron el antiguo el reloj de sol de la iglesia?, estaba en la fachada de la torre, que daba al Oeste. Sin embargo, en la iglesia de Castril lo puedes admirar (ambos relojes de sol eran parecidos), a pesar de que las tropas francesas la quemaron. Hay cosas que no se entienden.

D. Quiero recordar también cuando sacaron las calaveras de la iglesia, pues en el siglo XIX se enterraba al lado de la iglesia. Esos restos eran de la antigua mezquita y el cementerio estaba al lado, en lo que hoy es la Plaza de la Constitución.

L. Los cementerios estaban junto a las iglesias (en los países protestantes europeos siguen esta tradición), hasta que a finales del siglo pasado, el Gobierno ordenó que los sacaran fuera de las poblaciones por razones de salubridad e higiene. Un día fui con tu hermano Julio Carasa a un bancal, que tu padre tenía más allá del antiguo cementerio, y cavando la tierra salieron unos trozos de vasijas de barro, que datarían del asentamiento de la Balunca.

Pepita Carasa. Algún día tendréis que dar una conferencia sobre este tema, para ilustrarnos a los demás. ¡¡¡Es interesantísimo!!! ¿De acuerdo, Leandro, Dori....?”.

En los años noventa un amigo me enseñó una pequeña hacha de piedra, que había encontrado en la Balunca, data de la Edad del Bronce (1900-1600 a.C.) y pertenece a la Cultura del Argar, que se extendió por el sureste peninsular. Jesús María García, maestro e historiador de Galera, me dijo hace dos años que, “cerca del cortijo de Cerrea, el Centro de Profesores encontró en los años ochenta una punta de flecha de la Edad del Cobre. Allí hubo un poblado y estamos hablando de más de cinco mil años”. Y un castillejano me comentó que encontraron catorce calaveras grandes con los dientes, en un ribazo cercano, en los años cincuenta. Pero al poco tiempo, desaparecieron. Otro también encontró una vasija vacía, un candil y una pequeña orza.

Torre vigía de 'el Tarajal'. Galera. Wikiloc


En febrero de 2022, José Miguel Ortiz escribe en Facebook.

“Hace unos años, cuando andaba, hice unas rutas a todas las atalayas de la zona e investigué un poco sobre ellas. La mayoría de ellas se construyeron alrededor del siglo XlV, por época de Abderramán ll "el Rojo". Había dos tipos de torres, las de vigilancia y guarida, que son la de Fuente amarga o "el Tarajal", y la de Ozmín, que se encuentra frente al cortijo Ros y es la única de planta rectangular. Luego están las de frontera, como la del Campo de Valentín ( al lado de la cantera está la carretera de Huéscar a Castril), Sierra del Muerto, frente a las antenas de Perico Ruiz, la de Sierra Bermeja, por el camino de las Santas, la de Sierra de la Encantada; la del Botardo, en la carretera de Huéscar a La Puebla, y en Orce está la del Salar, que es la única que conserva la altura original y el dintel de la puerta, y la de Sierra de la Umbría. Estas eran de frontera, el Reino de Granada limitaba por el Norte con los Reinos de Jaén, de Murcia y de Almería. Desde cualquiera de ellas se podían ver casi todas las demás atalayas. En cada pueblo de la zona debía de haber una, pero fueron desapareciendo con el tiempo. Aquí en Castilléjar estaría en el barrio San Marcos, donde se hicieron las excavaciones. Existen fotos de principios de siglo XX, de los restos de la torre. Las torres estaban macizas, hasta una altura de unos 4 metros, donde se encontraba la puerta de entrada”.

Hay que señalar que, en Huéscar se conservan cinco atalayas o torres vigía, tres en Galera y dos en Orce. Tengo que visitar la torre vigía de el Tarajal, en Fuente Amarga (Galera): allí tienes la impresión de que los centinelas siguen oteando el horizonte del Altiplano, como si el tiempo no hubiera transcurrido.

'El Murallón', de Castilléjar. Diputación de Granada


Inventario de arquitectura militar de la provincia de Granada (siglos VIII al XVIII), de Mariano Martín García, Jesús Bleda Portero y José María Martín Civantos. Edita Diputación Provincial y creo que es de los años ochenta. Leo lo que sigue: “Los pocos restos que quedan de esta fortaleza, son conocidos por los lugareños como ‘el murallón’. Se extendía entre un pequeño barranco al Este y el lecho del río Guardal al Oeste, por cuya parte era inexpugnable, teniendo su acceso por el Norte. Lo que se conserva lo constituye únicamente unos trozos de muros de mampostería y casi todo el relleno de un torreón, situado al Noreste. Hace unos quince años que un vecino demolió otra torre situada al Sureste. Todo el solar que ocupó la antigua fortaleza se encuentra abandonado y lleno de basura y vegetación. Los bordes exteriores del cerro se encuentran ocupados por cuevas habitadas, llegando dichas viviendas hasta el pie de los restos conservados. Sería necesaria una excavación arqueológica y una consolidación de los restos antes de que acaben de perderse”. Esta excavación arqueológica es la que se está llevando a cabo desde hace dos años, precisamente dirigida por José María Martín Civantos. A un vecino del barrio de San Marcos le dijeron que en el torreón había un tesoro, el caso es que fue desmontándolo piedra a piedra, ante la pasividad de unos y de otros, porque entonces no se le daba importancia a los restos arqueológicos.

Copio estos párrafos de la crónica Don Miguel y el Catastro de la Ensenada, que viene en mi libro Diálogos en la tierra de los ríos (2003).

Catastro villa de Castilléjar (1)



“Por aquel entonces, don Pedro, el cura, hizo una ‘limpieza general’ de santos y de pinturas en la iglesia, y quitó las dos columnas salomónicas que estaban junto al sagrario. Sin tener en cuenta las costumbres y las tradiciones de siglos, o el patrimonio del pueblo (…). En su pregón recuerda que, recién llegado al pueblo, encontró un libro de la época de Carlos III. Estaba en las dependencias de la antigua Hermandad de Labradores –por detrás del antiguo Ayuntamiento, “y en el que aparecía un pequeñísimo dibujo de lo que entonces era el perfil de nuestro término municipal... Tal vez se tratara del Catastro del Marqués de la Ensenada”, que data de 1752. Y añade que, un tiempo después, cuando quiso revisar el libro, “ya había desaparecido, junto con algunos papeles y legajos”. Alguien debió de tirar aquellos viejos e inservibles papeles de los archivos, que reposaban en aquel cuartucho de la Hermandad de Labradores. Y de una tacada, Castilléjar se quedó sin Historia y sin la memoria de siglos: ya no sabremos nunca de dónde vinieron ni cómo se llamaban los repobladores (…). Pero aquí saquearon el asentamiento argárico de la Balunca y las Cuevas de la Morería; luego tiraron los papeles de los archivos municipales, y luego siguieron con los santos de la iglesia...”. Eso fue todo lo que perdimos.

(1)Catastro de la Ensenada, de la villa de Castilléjar, facilitado por Jesús María García

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sábado, 21 de febrero de 2026

NUEVE LECCIONES QUE YA NO SE ENSEÑAN (2/2)

 

Comitiva fúnebre. Castilléjar, años sesenta. Leandro



Cuarta. “El valor del juego sin supervisión. LaII  infancia se expandía progresivamente por el barrio, sin vigilancia constante. Los conflictos se resolvían entre iguales y los riesgos formaban parte del aprendizaje. La ausencia de intervención adulta fomentó la autonomía y la capacidad de resolver problemas reales”. Como teníamos pocos deberes estábamos muchas horas en la calle, de manera que los zagales a veces abusaban de los menores y aquello era la ley del más fuerte. Uno que era mayor que yo me dio una paliza, no recuerdo por qué, lo cierto es que estuve llorando más de una hora, encima de un tablao que había en la plaza. ¿Cuántos me verían en esa penosa situación? Como no me dejaría señales en el cuerpo, mis padres no intervinieron después.

Quinta. “Crecer sin atención permanente de los adultos. Los padres estaban presentes, pero no disponibles en todo momento. Muchos niños regresaban solos a casa, preparaban su merienda y comenzaban las tareas por iniciativa propia. Los psicólogos reconocen hoy que esa independencia temprana fortaleció la autonomía y los recursos internos. Una realidad muy distinta a la hiperorganización que caracteriza a la infancia actual”. Hoy todo está más controlado, pero tampoco es así. Lo vemos en el fracaso del acoso escolar, cuando salta la noticia en los medios del suicidio de un alumno, mientras que en el colegio han mirado para otro lado. ¿Cuántos niños están sufriendo acoso o marginación, en la escuela y en la calle, ante la mirada impasible de unos y otros? Se puede afirmar que hoy reciben más cuidado las mascotas que los niños de entonces. Antes las familias tenían cuatro o cinco hijos, hoy en cambio los matrimonios y parejas españoles tienen 1,2 hijos, una de las tasas más bajas del mundo. El pasado año visité Suiza y veía a los niños de ocho y nueve años yendo solos a la escuela, en las afueras de la localidad, algo impensable en España por la inseguridad que hay.

Sexta. “Afrontar la vida y la muerte sin filtros. La pérdida no se ocultaba. Los funerales se vivían, el duelo se compartía y la muerte formaba parte del aprendizaje vital. Aunque hoy pueda parecer duro, esta exposición enseñó que el dolor es parte de la vida y que se puede seguir adelante. Una lección que resultó clave para gestionar pérdidas en la edad adulta”. Recuerdo que con siete años un amigo y yo nos colamos en la habitación, que estaba vacía en ese momento, y contemplamos el cadáver de nuestro primer maestro, mientras que de monaguillo asistí a muchos entierros. Antes se velaba el cadáver en las casas y los entierros discurrían con el féretro, llevado a hombros, por las calles del pueblo. Prácticamente acudían casi todos los vecinos, era como una obligación (las mujeres se quedaban en la iglesia), mientras que los niños contemplábamos aquellas comitivas fúnebres como algo natural. El porcentaje de mortandad era mucho mayor, sobre todo en la infancia, y por eso estábamos más familiarizados con la muerte.

Séptima. “Ingenio ante la escasez. Los recursos eran limitados y eso obligaba a reutilizar, reparar y aprovechar. La creatividad surgía de la necesidad. La psicología confirma que las limitaciones fomentan la adaptabilidad y la capacidad de resolver problemas, habilidades que se debilitan en contextos de abundancia inmediata”. Mi padre tenía un moto bultaco (el nombre de la marca le venía de Paco Bultó), de segunda mano, y en más de una ocasión me dijo: “Ve a Eugenio (el fragüero) y le pides una llave inglesa”. Así solía arreglar la moto, lo mismo que los pinchazos de las ruedas… “Hay que preguntarle al tío Mañas”, me decía mi padre, como diciendo que hay que ser mañoso. Antes tenían que arreglar las chapuzas de casa y de todo como podían, pero no tenían las herramientas y los remedios caseros de hoy. Por eso estaban más preparados en habilidades manuales.

Octava. “Aprender observando, no escuchando discursos. Los valores se transmitían mediante el ejemplo. El trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad se aprendían observando a los adultos, no a través de explicaciones teóricas. Este proceso, conocido como modelado, sigue siendo uno de los métodos de aprendizaje más eficaces según los expertos”. En esa época los campesinos trabajaban de sol a sol, todo se hacía a base de fuerzas por lo que las personas envejecían prematuramente. En una foto de los años sesenta, se ven a decenas de hombres tirando con cuerdas para sacar un autobús, que había caído al rio. En la dictadura de Franco no perdían el tiempo dando explicaciones o en clases teóricas, tampoco había dinero para ello. Se puede decir que nos educaron con disciplina y orden (eran las consignas que más se oían), y a los hijos solo nos quedaba ayudar en casa y obedecer a los padres, maestros, autoridades... Aunque también los jóvenes de entonces nos rebelamos contra tanta rigidez. Pero es evidente que el progreso que disfrutamos hoy se lo debemos a ellos, a las generaciones de la posguerra y las siguientes, que levantaron España y tuvieron poco tiempo para vacaciones y lujos. Entonces no existía la seguridad social para muchos, ni las subvenciones, ni las pensiones no contributivas, y todo dependía del esfuerzo de cada uno.

Novena. “La comunidad como red de apoyo. El barrio funcionaba como un entorno compartido de cuidado y corrección. Todos los adultos se sentían responsables de los niños. Esa sensación de pertenencia generó vínculos sólidos y una conciencia colectiva que hoy resulta mucho más débil, pero que fue clave en el desarrollo emocional de toda una generación”. Un refrán africano dice que “para educar a un niño se necesita a toda la tribu”. Esto es, a los padres, al maestro y a la sociedad. Por este orden. Como en esas décadas había muchas carencias, los vecinos se ayudaban unos a otros –en algunos pueblos de Badajoz he visto que se ayudan en las matanzas–, porque tienen conciencia de grupo. Antes los vecinos eran más humildes, solidarios y serviciales porque se necesitaban más los unos a los otros. En cambio hoy, como tenemos cubiertas nuestras necesidades, somos más autosuficientes y orgullosos, y también vivimos más alienados.

El reportaje finaliza tratando de equilibrar la balanza entre las décadas pasadas y hoy: “No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar los avances logrados en bienestar infantil. Muchas prácticas de entonces eran mejorables y hoy existen herramientas más adecuadas para proteger a los niños”. Cada época tiene sus luces y sombras, antes había más autoritarismo mientras que hoy vivimos en democracia y hay más permisividad; antes los más desfavorecidos vivían de la caridad de los vecinos, en cambio hoy muchas asociaciones e instituciones los ayudan. Lo cierto es que nada de nuestra época sirve a los niños de hoy y otro tanto ocurre con la infancia de nuestros padres, y no digamos la de nuestros abuelos, con la de las generaciones posteriores, porque vivieron la posguerra con las cartillas de racionamientos de alimentos. Sin embargo, cada generación se cree única porque quiere diferenciarse de la anterior y así quitarse la tutela.

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viernes, 13 de febrero de 2026

NUEVE LECCIONES QUE YA NO SE ENSEÑAN (1/2)

 

Niños jugando en la calle, años sesenta. Castilléjar


Copio este párrafo del reportaje de Laura Mesonero Ortiz, en La Razón, del pasado 26 de enero: “La psicología dice que las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 aprendieron nueve lecciones de vida que ya no se enseñan. Aunque no todo fue mejor entonces, algunas de aquellas lecciones merecen ser revisadas por su impacto duradero en la forma de afrontar la frustración, la incertidumbre y la adversidad. Las fortalezas mentales de las personas de esa época  son muy raras según la psicología. La infancia de aquellos que nacieron en la década de 1960 y 1970 no tiene nada que ver a la de los niños de hoy en día y probablemente nada que envidiar tampoco”.

Entonces jugábamos al Churro, media manga, manga entera (en Castilléjar se decía mangotero), la comba, el escondite o el  dopi (el potro), como pasatiempo en los barrios, bebíamos agua de los caños, pasábamos los inviernos alrededor de una mesa camilla o íbamos a la tienda. Mi madre me mandaba al tendero y yo le decía: “Póngame usted un kilo de azúcar de terrones”. La tenía suelta en un cajón y la echaba en un cucurucho de papel de estraza, y en casa me gustaba comer a escondidas aquellos dulces terrones de azúcar. Y para merendar, pan con aceite y azúcar, pan untado con manteca de cerdo o con una “jícara” de chocolate Lloret, de Villajoyosa (Alicante), que traía cromos del mariscal y héroe alemán, Erwin Rommel. Pero fue aparecer la televisión a finales de los cincuenta y se acabaron los corros y las tertulias. Mi madre solía sentarse a la puerta de la casa, con varias vecinas, en las cálidas noches de verano a ‘cascar’, como ellas decían. Recuerdo que un vecino colocaba la televisión en la ventana y allí nos juntábamos ocho o diez entre chicos y grandes, sentados en sillas de anea, para ver aquellas series americanas que tanto nos gustaban: El túnel del tiempo, Los intocables, Ironside, El fugitivo y otras.

La citada periodista asegura en el reportaje que, “Acudir a un psicólogo era de locos, no había actividades pensadas para que los niños pudieran desarrollar sus habilidades y apenas había margen de mejora. En los colegios no utilizaban unidades didácticas y en la mayoría de familias ‘la letra con sangre entra’ era el mantra de estudio. Ni horarios, ni filtros. Sin embargo, pese a ser generaciones supervivientes, adquirían fortalezas mentales que son ahora cada vez más escasas”.

Entonces no sabíamos lo que eran los sicólogos ni las unidades didácticas, las familias eran pobres, también había más niños en la calle y menos control de los padres y maestros. Apenas teníamos juguetes y por eso éramos más creativos. A mí me echaron el Día de Reyes una pistola del oeste, con su funda, aquello fue lo más grande para mí, mientras que los niños de hoy tienen muchos juguetes, que les regalan en diferentes épocas del año. Al tener más donde elegir pierden pronto el interés por ellos y les reduce la creatividad. Entre los años cincuenta y setenta había cuatro o cinco niños en las casas, jugábamos al fútbol en la calle, incluso rompimos algún cristal de la ventana de algún vecino. También jugábamos con varas a los espadachines, a tirotearnos con las pistolas, o bien al escondite, con latas redondas de sardinas grandes hacíamos braseros para calentarnos en la escuela.

La primera lección del reportaje: “El aburrimiento como motor de la creatividad. Las largas tardes sin planes ni estímulos fueron una constante. No había campamentos, ni actividades organizadas, ni entretenimiento inmediato. Ante el aburrimiento, la respuesta era simple: buscar algo que hacer. Crear juegos, inventar historias o construir mundos imaginarios desarrolló habilidades mentales que la estimulación constante dificulta”. Al principio me aficioné a no ir por las tardes a la escuela y con un amigo íbamos a bañarnos al río. El maestro se quejó y recuerdo que un día mi padre me llevó con la correa en la mano, por las calles, hasta que me dejó en la puerta de la escuela. Ya no hice más novillos, como decíamos entonces cuando nos saltábamos las clases. Salvo las horas de escuela, la mayor parte del día la pasábamos en la calle jugando o haciendo travesuras. Años después me aficioné a la lectura con los tebeos de El Capitán Trueno, leyendo los escasos periódicos que mi padre recibía en la cartería o algunos libros que tenía.

La segunda lección: “Aprender a convivir con el fracaso. Fracasar no se maquillaba ni se amortiguaba. No había premios de consolación ni discursos motivacionales. El mensaje era claro: perder forma parte de la vida. Esa preparación emocional se tradujo en una mayor capacidad para recomponerse ante reveses en la vida adulta”. Digamos que en nuestra infancia se hacía la santa voluntad de nuestros padres, lo demuestra la alta tasa de niños que abandonaban la escuela porque preferían enviarlos a trabajar al campo, de manera que se convirtieron en mano de obra barata. Los más pobres tuvieron que ir a coger esparto a los cerros y en los años sesenta se produjo una fuerte emigración en Andalucía hacia Cataluña y Europa. Lo poco que había en casa tenías que compartirlo con tus hermanos y no había la sobreprotección que vemos hoy con los hijos, entonces la vida era más dura, había menos oportunidades de progresar, por lo que teníamos más capacidad de sufrimiento y de resignación ante las frustraciones y adversidades. Nuestros padres vivieron la posguerra y en las casas había muchas carencias.

La tercera. “La paciencia como parte del día a día. Esperar era inevitable. Para comprar algo había que ahorrar, para ver un programa había que aguardar una semana y para encontrar información era necesario acudir a la biblioteca. Aquella espera constante fortaleció funciones ejecutivas clave como el autocontrol y la perseverancia”.

Hoy parece que la publicidad lo pone todo al alcance de la mano, vemos que muchos padres les dan todo a sus hijos… Niños de tres y cuatro años jugando con el teléfono móvil de sus padres, para que se entretengan y no molesten. En 2018, recuerdo que una madre le compró un móvil de 600 euros a su hijo de catorce años. Los créditos al consumo y los embargos por impagos de hipotecas se disparan, porque muchos no se privan de nada y son unos irresponsables. Por no hablar de los okupas. Antes, si querían comprar una televisión, una moto o un frigorífico tenían que pagarlos al contado o firmar doce, veinticuatro o más letras. Y uno piensa, ¿qué va a ser de esta sociedad, de estos jóvenes cuando venga una época de escasez o de de crisis…? Aunque me sorprendió la solidaridad y el esfuerzo desinteresado de los miles de jóvenes con los afectados por la Dana de Valencia. Digamos que antes había más formalidad y las leyes eran más severas.

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viernes, 30 de enero de 2026

DE CONVERSACIONES Y CHASCOS

                  

Amaneciendo por la Vega de Granada


En un sendero, intercambio unas palabras con una joven: “En China aumentaron los divorcios y separaciones, durante el confinamiento en las viviendas, a causa del covid”. La joven me responde: “Y en España también”. Le contesto: “Está demostrado que cuando el hombre está trabajando fuera, hay menos discusiones en casa…”. La joven entonces se dirigió a las amigas que iban detrás de ella: “Este hombre parece un machista”. Me quedé sorprendido por esta acusación sin fundamento y le dije: “Y a mí que más me da que trabaje el hombre o la mujer, ya sabemos que las mujeres también trabajan fuera de casa”. La joven entonces reculó, “Es que yo pensaba…”. Esta simple conversación da idea de hasta dónde está llegando la estupidez, intercambias unas palabras y a la más mínima te insultan. Primero disparan y luego preguntan.

Un día fui a hacerle una visita de cumplimiento a un antiguo conocido, octogenario y enfermo. Me llevó a un bar y, poco después, hablando de un antiguo juicio de un familiar me dijo que los propietarios pueden vender la propiedad cuando tiene un usufructo. Yo tenía mis dudas y le dije que lo buscaría. Pero él insistía en que se podía vender la “nuda propiedad” aunque, poco después, sostenía lo contrario con la misma vehemencia. Y así estuvo un rato como quien desarrolla una tesis (apenas pisó la escuela), aparte de que solo hablaba él y no me dejaba intervenir en el tema. Pero en un momento dado, yo no recuerdo lo que dije, me soltó a bocajarro: “¡Tú no estás bien de la cabeza!”. Yo estaba cansado de la conversación de arriero que tenía, el caso es que me levanté de la mesa como un resorte y le dije: “Vengo a verte para estar un rato contigo y ahora te pones a insultarme, también llevas un rato dándome clases de derecho cuando yo he aprobado cuatro cursos en la facultad, con becas… Intento conectar contigo pero veo que no merece la pena”. Se lo dije de carrerilla y él aguantó el chorreo, pero no se disculpó: “Yo es que me expreso así, anda siéntate”, me dijo, mirándome. Me senté por no dejarlo plantado y aguanté otro poco antes de irme un tanto frustrado. Cuando lo saludé, lo acompañé por la calle un trecho y entonces me encontré con un matrimonio con el que mi esposa y yo estuvimos juntos en un viaje por Madrid y algunos pueblos de la provincia, hace poco más de un año. Cruzamos unas palabras de cumplido y al minuto se despidieron sonriendo. Se ve que no tenían nada que decir. En un rato me llevé dos chascos seguidos, pero uno tiene que proseguir su camino. Reflexionando días después, me di cuenta de que el octogenario no tiene maneras en el trato pero quizá no lo hace con intención, pues él solo quiere hablar. Pero debe dejar que el interlocutor se exprese y sobre todo tratarlo con respeto. Hay otros que, además de que no te dejan hablar, no les interesa tu opinión, es que ni te escuchan.

Seguidamente, fui a un bar cercano y encontré a un escritor conocido que estaba desayunando. Apenas nos habíamos tratado, pero hace unos veinte años me defendió frente a las críticas de otros, por un artículo que publiqué en un periódico. Esto no lo hace todo el mundo. Lo saludé y estuvimos hablando de algunos escritores y gente conocida de Granada, el caso es que teníamos opiniones parecidas a pesar de que somos de ideologías opuestas. Disfruté con la breve charla que mantuve con él, como si fuéramos dos antiguos amigos. Como lo llamaron al móvil, aproveché para acercarme a la mesa del escritor Carlos Asenjo, con el que no hablaba desde este verano en Guadix. Estaba leyendo el periódico, pues se quita las gafas y lo acerca a los ojos. Ambos nos alegramos cuando nos vemos, pues hablamos con franqueza y para mí es como el maestro al que va a visitar el alumno. Carlos Asenjo cumplirá cien años en 2028, pero eso no le impide acudir casi a diario a su tertulia con los amigos, donde hablan de cultura, de política o de lo que venga a mano. Poco después llegó su hijo a recogerlo. En poco más de media hora pasé unos momentos agradables y esta es la vida, no sabes lo que te vas a encontrar a la vuelta de la esquina. Uno se hace unos planes pero a veces la realidad los trastoca.

Hablan dos amigas por el móvil y una le decía a la otra: “Es que el otro día mi hija te estaba contando la operación que le hicieron, pero tú le dijiste que tenías que hacer la comida mientras que ella no tenía nada que hacer. Pues no le sentó bien”. La respuesta de la amiga: “No, eso no fue así, eso es mentira, yo le dije que…”. La otra entonces alzó la voz: “Pero, si yo estaba allí y oí la conversación por el altavoz del móvil”. El caso es que ya se pusieron a discutir acaloradas y ninguna se avino a razones, hasta que cortaron la conversación por el móvil. Y de un tema sin mayor importancia, surge una discusión entre amigas que rompe una amistad de años por una palabra de más. Y eso, ¿quién lo arregla después?

Hay un sabio refrán chino que dice: “Cede y vencerás”, o este otro que aconseja no ponerse a la altura del que discute. Las relaciones entre las personas son complicadas, pero a veces las complicamos más, con frases o palabras inoportunas, con gestos de ira o de soberbia, con sobreactuaciones o haciéndonos los ofendidos... Con los años y con los fracasos vamos aprendiendo a lidiar en las plazas, dando capotazos a unos o no entrando al trapo. Un tono de voz más alto, un gesto displicente o una palabra de más suponen una discusión y en el peor de los casos la perdida de una amistad. Hay que ser flexible y, en vez de dar un portazo, mejor es dejar la puerta abierta al diálogo, a la rectificación y, por qué no, a la disculpa. Hace unos días le llamé la atención a un amigo y él se quedó mirándome, como diciendo, ¡parece mentira! Al final terminamos dando un paseo y contándonos nuestras cosas, como cuando éramos niños. El fallo está en que cada día nos encerramos más en nosotros mismos y no escuchamos al que tenemos enfrente, ni nos ponernos en su lugar.


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viernes, 16 de enero de 2026

LA BIBLIOTECA PÚBLICA RECOMIENDA UN LIBRO

 
Diseño de Antonio Arenas


“Nunca tuve una tristeza que una hora de lectura no haya conseguido disipar”. Montesquieu


Una mañana de abril de 2006 me entretuve copiando las papeletas de colores –que estaban clavadas en el tablón de anuncios–, cada una con su mensaje. Y es que la Biblioteca Pública de Granada pedía a los lectores que recomendaran un libro. Esta papeleta dice lo que sigue: “Recomiendo el libro IT (Eso), de Stephen King. Es muy largo, pero merece la pena, sobretodo para los que les guste la narrativa de terror. Es una joya”. En otro papel, un joven escribe: “Best seller El doctor Jivago, de L. B. Pasternak, Premio Nobel. Seguro que has oído hablar o visto la película. Nada que ver con este fascinante libro que nos lleva a la Rusia zarista a través de una familia burguesa. No te lo pierdas, te gustará”. Señalar que el escritor Boris Pasternak aceptó el Premio Nobel en 1958, pero fue forzado por el gobierno soviético a rechazarlo, debido a la persecución política, por lo que se convirtió en un símbolo de la resistencia cultural contra el régimen. En 1989 su hijo aceptó el premio póstumamente.  Se escribe El doctor Zhivago.

Fui copiando las notas tal cual, pero a veces aparecía alguna falta de ortografía. A este otro se ve que le ha gustado La caída de la Casa Usher, de mi admirado Edgar Allan Poe. Aquél nos recuerda “Los pilares de la Tierra, de Ken Follet; La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y Un milagro en equilibrio, de Lucía Etxebarría”. Unos años antes, al escritor Juan Marsé se le ocurrió decir que Lucía, la ganadora del Premio Planeta, era un bluff. Yo lo felicité por esto, cuando estuvo en Granada firmando ejemplares de una de sus mejores novelas, Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé –él se consideraba un charnego– levantó los ojos y me miró sonriendo.


Biblioteca Pública de Granada

Los Hollister y el misterio de la laguna encantada están chulísimos”, apostilla éste. En otra papeleta se ve dibujado a un muñeco sonriendo: “Libro cojonudo: 4 Amigos, de David Trueba. Versa sobre la amistad, amigos, sexo, drogas...”. ¿Qué estarían tramando los Cuatro Amigos? Los gustos de este van por otros derroteros y, en letras de molde, dibuja Un mundo feliz y Las puertas de la percepción, novelas de Aldous Huxley. Aquel recuerda esa obra excelente, como es “El hombre que era Jueves, de Chesterton, y Los príncipes nubios (poder y sexo)”. Olvida decir que la segunda novela es del gaditano Juan Bonilla. A éste otro le van las lecturas profundas y filosóficas: “Del paternalismo a la justicia social, de Carlos Almira”. Cada vez que oigo justicia social, me doy cuenta que en esta vida cada uno va a su avío. Y no nos engañemos, la sociedad siempre ha sido y será injusta con los más débiles.

“Por mucho que se diga que Harry Potter es muy repetido sus libros son geniales y con una imaginación increíble”, añade un amante de las aventuras a todo gas. Una cosa son los superventas, los best seller, y otra, la literatura de siempre, que sólo podremos encontrar en las cumbres de las montañas, allí donde moran los lamas. Una joven nos recomienda esta obra, “El silencio del asesino”. Aquí el silencio debe ser fundamental y no como aquel sospechoso que trincó la policía: “¡Yo no sé nada, pero lo diré todo!”. Este lector se nota que está al día: “1984, de George Orwell. Lleva escrito más de 50 años, su autor fue un brigadista internacional en la guerra civil española y ayudó a la democracia contra el fascismo”. Y en letras mayúsculas, añade: “Cojonudo. Leedlo…”. En esta otra nota, destacan varios títulos: “Nada, de Carmen Laforet; La colmena no vale, ver la película. El nombre de la Rosa, de Umberto Eco. Genial a partir de la página 50. El árbol de la ciencia hacia la mitad se hacen un poco duras las reflexiones filosóficas, pero ¡ánimo!”. Sin duda, esta es de las mejores novelas de don Pío Baroja, junto con Zalacaín el aventurero, su novela favorita quizá porque fue la primera que escribió. La colmena es la mejor novela que escribió el Premio Nobel, Camilo José Cela. Se pasó dos años con el manuscrito debajo del brazo para que se lo publicaran. Aquél nos aconseja “El jinete polaco, de Muñoz Molina”. Por esta novela le concedieron el Premio Planeta, en 1991. Otro nos recomienda encarecidamente: “Palabra sobre palabra. Leedlo es buenísimo”. He aquí a un fan: “Toda Marfalda, de Quino”. Habrá que pensar que ha sido una errata de imprenta.

Copio este párrafo de Santiago Posteguillo, sobre la muerte del poeta Gustavo Adolfo Bécquer:

 (…). Cuando mis pálidos restos

opriman la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

quién se acordará?

Pero el poeta se equivocó: sus amigos sí fueron a su funeral; y luego, a la una de la tarde, se reunieron en un estudio de pintura convocados por Casado del Alisal.

—Os he rogado que vinierais porque hay un asunto que tenemos que resolver entre todos, como sea. Hemos de juntar dinero y publicar los poemas y los cuentos de Gustavo. Tiene hijos. Sus escritos rendirán derechos de autor. Estoy seguro. No podemos fallarle en esto.


Y con la colaboración de Ferrán y el resto de amigos, impulsados por Casado del Alisal, las obras de Gustavo Adolfo Bécquer se publicaron: la rima LXI, que aparece arriba, y otras muchas; y sus colosales leyendas también: ‘El monte de las ánimas’, ‘El miserere’, ‘Los ojos verdes’, ‘El rayo de luna’ y tantas otras historias inolvidables, imprescindibles.
 El 22 de diciembre de 1870, los periódicos de Madrid recogen un eclipse de sol cuarenta minutos después de la muerte del escritor. Los periódicos El Imparcial, La Esperanza o La Opinión Nacional se hicieron eco de la coincidencia del eclipse con la muerte de Bécquer”.

Creo que todas las bibliotecas deberían de pedir a sus lectores que recomendaran un libro, en el tablón de anuncios: por las historias, la transmisión del saber y el misterio que encierra la Literatura.

 

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