domingo, 31 de mayo de 2026

LOS DOS REALES

 

Mercadillo de Castilléjar, años sesenta



Fresneda no era malo, era un niño de unos ocho o nueve años. El sábado era el día en que su padre le daba una paguilla de manera que, si después de comer no había aflojado la guita, Fresneda le daba un toque: ¡Papá, que hoy es sábado! Y su padre, haciéndose el remolón, le respondía: ¡Ya lo sé, hombre! Entonces se estiraba hacia atrás con aires de suficiencia y se hurgaba en el bolsillo del chaleco, hasta que encontraba una de aquellas monedas agujeradas de dos reales, que valdría tanto como un chavico (la moneda de menos valor, el ochavo) en tiempos de Boabdil el Chico. El sábado se celebraba el mercadillo en el pueblo y para Fresneda era el día más feliz de la semana, pues, con aquella moneda pequeña bailando en el bolsillo de sus pantalones cortos, él se sentía alguien importante. Podía ir a la Plaza Mayor a echar un vistazo y elegir lo que quisiera, pero no saliéndose del presupuesto. Allí podía ver a Pedro el de las Ollas, al lado de su camión, con toda clase de cacharros de cocina, como sartenes, calderas, perolas, cazos, escudillas, botijos y platos de aluminio, desparramados por el suelo; y a otros vendedores con frutas del tiempo y legumbres. De los anejos acudían los campesinos para comprar lo necesario en el mercadillo, venían montados en burros con aguaderas y aprovechaban el viaje para llenar los cantaros de agua en los caños del pueblo. Todavía no había llegado el agua potable a los anejos ni la luz eléctrica, de manera que se alumbraban con candiles y carburos.  

En su corta edad y con sus pocas luces, Fresneda había aprendido que sin los dos reales (equivalían a cinco perras gordas o la mitad de una peseta) no era nadie, pues no podía comprar nada y entonces tenía que irse al campo, a ver las vacas del tío Salomé, o meterse a escondidas en el bancal de Justillo, para coger aquellos peros tan gordos y tan ricos. Algunos sábados, por la mañana, Fresneda se acercaba al mercado del ganado, que tenía lugar enfrente de la taberna del tío Ramón, donde regateaban los compradores con los gitanos, apoyados en sus bastones: Trescientos reales por el burro y no se hable más. Pero, antes de cerrar el trato con un apretón de manos, el comprador le abría la boca al borrico y le miraba los dientes para calcular los años que tenía, de manera que parecía que el animal se estaba riendo. Al mediodía, cuando se marchaban unos y otros, dejaban el solar lleno de cagarrutas de los mulos y de los burros, y de las colillas de tabaco liado. Y después de echar un vistazo, el niño se tentó el bolsillo pensando que era su día, pero ignoraba que aquella tarde se iba a presentar algo ajetreada.

Había un camión de naranjas, estacionado en una esquina de la Plaza Mayor, y el vendedor que era de Caravaca, dirigiéndose a Fresneda, le dijo guiñándole un ojo: Cucha que te diga, chaval. Te daré unos cuantos kilos de naranjas si te subes al remolque del camión y me vas echando naranjas en la esportilla, conforme yo te vaya pidiendo. Fresneda, que era tímido, no supo decirle que no al murciano y de un brinco se encaramó en el remolque, que contenía una montaña de mandarinas. Allí se vio expuesto a las miradas de la gente, pero estando en el negocio –esportilla va y esportilla viene– llegaron Cachichi y el Mantas, que eran famosos por sus travesuras: Cuando nosotros te digamos, nos vas echando unas pocas, le dijo Cachichi a Fresneda, asomando la jeta por un hueco del remolque. Pero, ¿no ves que el tío está ahí y se va a dar cuenta?..., protestó el zagal. ¡Ca! ¡Ese ni se entera! Tú vas echando, de vez en cuando. Pero Fresneda se temía lo peor: ¿Y si me pilla? El otro lo amenazó: Tú verás lo que haces. El caso es que se vio acarreando naranjas con la espuerta al murciano y, cuando veía que estaba pesando con la romana, soltaba unas cuantas por encima del remolque, mientras oía que varios las cogían como fieras debajo del camión. ¡Echa otras pocas!, le decían los zagalitrones de vez en cuando.


En esto, las mujeres y los hombres que iban a comprar o pasaban por allí, sonreían al ver a aquellos truhanes moviéndose debajo del remolque, cada vez que unas cuantas naranjas volaban por el aire. Aquello parecía el teatro de los títeres de cachiporra. El pobre Fresneda estaba corrido y avergonzado, se sentía impotente ante aquella situación tan embarazosa y pensaba: ¡Vamos a ver si no salgo yo caliente esta tarde de aquí! Pero aquellos rapaces eran insaciables y, cada vez eran más, de manera que asomaban los ojos entre las rendijas del remolque y le daban bufidos a Fresneda: ¡Echa más! Ajeno a este tinglado, el murciano mostraba cara de satisfacción pues no paraba de pesar con la romana: ¡Vamos, María, a dos perras gordas el kilo! ¡Mirar qué naranjas wasintonas más dulces sus traigo hoy! ¡Acerca otro capacho, niño, vamos que nos vamos!... Por un lado, Fresneda temía las represalias de aquellos malasombras y, por otro, temblaba al pensar que el vendedor descubriera aquel tinglado, al girarse en una de las veces. Estaba ya harto de acarrear naranjas y con el miedo en el cuerpo, mientras que la gente se reía a su costa y los zagales se llevaban las naranjas gratis. Después de pasar casi dos horas interminables de estar agachado y llenando espuertas, Fresneda se dio por bien librado al no ser descubierto y respiró tranquilo cuando se vio fuera del remolque, con sus dos quilos de naranjas: ¡Anda que si el tío me pilla en una de las veces, me da dos hostias! Y si no les echo naranjas a estos malafollás, encima me calientan. El murciano se marchó poco después, con su camión de naranjas por aquellos caminos carreteros, pensando que había hecho un buen negocio. Se las compró a un agricultor por cuatro perras y esa tarde vendió casi la mitad de la carga. Por su parte, Cachichi y el Mantas se habían dado un buen atracón y llevaban los bolsillos de los pantalones y hasta las camisas llenas de naranjas.


Monedas antiguas


Después de aquella aventura, Fresneda se acercó al puesto de la tía María la Garbancera, una anciana toda vestida de negro, con una falda larga que le llegaba a los pies y un pañuelo cubriéndole la cabeza, pero andaba algo fastidiada de la memoria. Casi todas las semanas le hacía la misma pregunta: ¿Cómo te ‘ñamas’, nene? Y cuando Fresneda le decía el nombre, la mujer exclamaba: ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tú eres el hijo de Juanico el Acequiero. ¿Qué quieres? El zagal, ya un poco más calmado, le dijo: Deme ‘asté’ dos reales de garbanzos ‘torraos’. La tía María cogió los garbanzos de una espuerta de esparto, que tenía colocada en el suelo, y llenó un cajoncillo de madera. El niño le entregó los dos reales y metió los garbanzos cuidadosamente en el bolsillo del pantalón corto. Allí al lado estaba también la Tía Recovera, que vendía huevos.

Unos instantes después, la mano de Fresneda iba del bolsillo a la boca y de la boca al bolsillo, con tanta ansia que parecía que se estaba persignando, aunque alguna que otra vez los dientes le crujían: ¡Vaya, un garbanzo duro!, decía. Para él eran un delicioso manjar aquellos garbanzos ‘torraos’ y sentía un verdadero placer al saborearlos. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, porque en unos minutos se los había embaulado. El sábado que viene voy a comprar palo dulce, porque lo chupo y me dura más que los garbanzos, pensó el zagal, mientras le arreaba una patada a una lata.

 Posdata. Monedas de la Dictadura de Franco. De derecha a izquierda: dos monedas de una peseta, de 1966; de dos reales o cincuenta céntimos, de 1949 y 1963; y dos monedas de 5 y 10 céntimos, de 1945, llamadas popularmente perrilla y perra gorda.

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viernes, 15 de mayo de 2026

¿PARA QUÉ ESCRITORES Y POETAS?

           

La tertulia en 'La Colmena', de Mario Camus (1)



Hace algunos años encontré, en una librería de viejo de Granada, el ‘Libro de estilo para novicios y principiantas: cómo escribir correctamente en seis meses’, y para empezar recomendaba la lectura reposada, atenta y profunda. Luego se dedicaba a enumerar los distintos tipos de escritores y recuerdo que, más o menos, decía así: 1. Tenemos el caso del ‘escribidor de oídas’, cuando para escribir es justo y necesario haber leído hasta a Corín Tellado, que escribió más de cuatro mil novelas románticas. Pero hay quien se las da de novelista, como si las letras fueran cosa de las musas. Esta carencia de lecturas hace que el escribidor meta la pezuña de vez en cuando. 2. ‘El profesor pedante’ –tan cargado de títulos académicos, cual militar laureado– suele rebuscar palabrejas raras, aunque no sabe trenzar dos renglones seguidos. Asistir a sus clases es verdaderamente insoportable, pues suele mezclar las churras con las merinas.

3. ‘El meritorio’ es aquél que se presenta a un premio literario y piensa que, con sólo oír su nombre, se lo van a conceder por méritos propios. En realidad, está necesitando un cursillo acelerado de comas, guiones y frases cortas. 4. El ‘personaje público’ que, llevado de esa aureola, escribe artículos huecos y faltos de sustancia, carentes de ritmo y de entonación. Este hombre público está convencido de que es un escritor profundo, pero los críticos literarios aconsejan al lector que lo mejor es pasar página. El librillo ‘Lectura de manuscritos’ (con modelos de cartas, documentos…), arreglado y publicado por Saturnino Calleja, en 1888, me costó cinco euros, en una librería de viejo de Granada, en 2012, aunque conservo también otro manuscrito igual, que era de mi padre. Cuando yo tenía siete años, mi padre me exigía escribir una plana diaria (una página de la libreta para que aprendiera), copiada del manuscrito precisamente con el texto de la carta, en letra bastardilla, bajo pena de doble ración si no la escribía: “Cómo comprendo que el hombre público no se pertenece en muchas ocasiones, y que a veces tiene que sacrificar los más puros sentimientos en aras del deber...”.

5. Con la confianza y seguridad que da el cargo, ‘el trepa’ cree poseer una vasta cultura. Suele ser el funcionario, ascendido por enchufe en el escalafón, y lo delata su arcaico lenguaje administrativo: esos latiguillos y muletas que vienen del siglo pasado. 6. Se ha dado el caso que, detrás de un crítico literario, se esconde un escritor malogrado. Aunque también se da el del ‘crítico converso’, esto es, cuando se ha transformado en novelista. 7. ‘El escritor militante’ suele escribir con anteojeras, por lo que su visión es limitada. Se dice que está al caldo y a las tajadas por la ideología, al servicio de unas siglas o de su amo. 8. ‘El figurón’ escribe generalmente para la galería y desde la tarima tiende al egocentrismo. De su lectura poco provecho podemos sacar. 10. En cambio, del ‘poeta pobre’ bien podría decirse que alcanzará el reino de los cielos. Cervantes ya sentenció en ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’: “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre. Hay muchos poetas, luego hay muchos pobres”. Se cuenta que, al poeta José Zorrilla lo perseguía el sastre para cobrarle el frac, cuando lo veía por la calle. 11. ‘El escritor de casino’ –“¡A ver, un café solo!” y así pasaba toda la tarde– es ya una especie en extinción, pues casi nadie va a tomar café al bar. En las antiguas tertulias, solamente en Madrid había tres o cuatro diarias (en la primera mitad del siglo XX), solían encontrar su fuente de inspiración Cela, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros, al lado del ‘limpia’ y de las cigarreras. En ‘La colmena’, el Premio Nobel retrata la tertulia de escritores en el famoso Café Gijón. Sin embargo, hoy los escritores prefieren la soledad de la mesa camilla, que tanto practicó don Pío Baroja, quizá debido a su mal genio. 12. ‘El ensayista profeta’ tiene una visión sesgada de la actualidad y de la historia y, aunque va de progre, vive como un burgués, etc.

José Solana, La tertulia del Café de Pombo, 1920


Después de esta prolija relación de escritores y poetas, me entretuve leyendo un sabroso artículo de opinión de los años noventa, donde un boticario retirado sostenía que, la función social del escritor se puede resumir entre su ideal de vida y la prosaica realidad diaria: “Por lo general, su labor no suele ser reconocida ni valorada por la sociedad actual, aunque, se tiene conocimiento de algunos esporádicos homenajes a título póstumo”. Hay que recordar al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y al escritor checo Frank Kafka, que alcanzaron la fama precisamente después de haber fallecido. Ambos encargaron a sus amigos, en los últimos momentos de vida, que destruyeran sus obras porque se sintieron unos fracasados. La gloria les llegó demasiado tarde. El insigne boticario proseguía con sus reflexiones y lanzaba al lector esta terrible pregunta: “¿Para qué queremos escritores y poetas si, a fin de cuentas, no solucionan los problemas de la calle y ni siquiera tienen poder para influir sobre los ciudadanos? –y concluía, desolado–: Unos pocos literatos no van a cambiar el destino del mundo, pues para eso ya están los políticos con sus porfías diarias y sus buenos sueldos”. Pero un escritor, del que no consigo acordarme de su nombre, llevaba el asunto más lejos en un artículo: “¿Para qué queremos escritores y poetas en tiempos de guerra?”.

 (1). La colmena, de Mario Camus. 1982 (en el Café Gijón).

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viernes, 1 de mayo de 2026

MI PRIMERA NOVELA

 

Tarde de toros, años sesenta


Andaba como perdido escribiendo la novela, la tomaba y al poco la dejaba  –tómame o déjame, como la canción de Mocedades–, hasta que al fin decidí hincarle el diente. Luego me pasé el verano corrigiendo las galeradas y una tarde el editor me soltó: “Yo no gano dinero contigo”. Y llevaba su razón, pues no se puede tachar tanto. En fin, luego vino la presentación del libro en el ‘Colegio Público Los Ríos’, de Castilléjar. Cuando llegué aquella tarde, apenas si había gente porque la ‘Asociación de Mujeres La Alameda’ estaba celebrando el ‘Día de la Mujer Rural’. Por otro lado, en el salón de actos de la escuela no había micrófonos y el decorado no podía ser más pobre –pero fue preparado por los niños, por lo que aquí va mi agradecimiento tardío a ellos y a la directora, Inmaculada–, sin embargo, al final salió bien porque las mujeres se volcaron y hasta faltaron sillas. El público captó el mensaje porque la gente sencilla y humilde –ésa que nunca sale en ningún sitio– era la protagonista del libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’ (2003). En realidad, la gente anónima es la que escribe cada día los renglones de la intrahistoria en los  olvidados pueblos del Altiplano.  

El escritor Francisco Gil Craviotto (falleció el pasado año) se quedó con muchas ganas de venir a leer las páginas, que recitó en el Palacio de los Condes de Gabia, de Granada, pues tuvo que marcharse a Francia. Me sentí también arropado por don Miguel Lozano (también falleció en 2025), antiguo director del Colegio Público Genil, de Granada, y de las Escuelas de la Tercia, de Castilléjar, en los años sesenta: “Si necesitas que te eche una mano, aquí me tienes”, me dijo. No podía faltar Jesús María García, maestro, guía y amigo en la milenaria Galera. Vino al acto gente de toda la Comarca de Huéscar y se vendieron unos ochenta libros. Y con la gloria también llegaron algunas miserias y disgustos, que paso de contar. Pero que en Granada asistieran más de sesenta personas a la presentación de la novela es algo que nunca podía imaginar. Es más, estaba convencido de que vendería unos pocos libros y los demás tendría que ‘comérmelos’.

La novela refleja mi estado de ánimo –a veces, cuando la releo, no puedo evitar que se me salten las lágrimas–, fueron muchas horas dándole vueltas a los personajes y porque no me salían las frases. Sacarlo a la calle me costó algunos disgustos –el editor hizo una segunda edición sin decírmelo y la vendió por Internet, o libreros que no me pagaron los ejemplares vendidos–, subidas de tensión, indecisiones, meteduras de pata de un escritor novel y todo lo que queramos echarle. Lo cierto es que, sin la ayuda de muchas personas, la novela no hubiera salido adelante; y tengo que decir que ya no me pertenece porque forma parte de la memoria del pueblo: retrata una época –la de los años cincuenta y sesenta–, la intrahistoria donde varios ‘castillejanos’ (de Castilleja de los Rios, su verdadero nombre, pero apenas nadie lo reivindica excepto un servidor) te van contando sus vivencias en las entrevistas, y en otros capítulos voy recordando a personajes de mi infancia que ya no existen, como mis padres que habían fallecido años antes. También yo lo estaba pasando mal en el trabajo, por lo que hay demasiada nostalgia, como en la novela ‘Pedro Páramo’, del escritor mexicano Juan Rulfo.

He corregido algunos nombres, debido a que perdí el contacto con aquellas personas de mi infancia. Son muchas las personas que me han llamado por teléfono y me han felicitado: con eso me doy por pagado. El libro, al final, me ha devuelto con creces todo aquello que yo le di. Entre las muchas anécdotas, Maricruz Domínguez (prima de mi padre) me llamó por teléfono desde Valencia para decirme que su hermano José –murió con 27 años en un accidente de moto– se encontraba en una foto de la antigua plaza de toros, que montaban con palos trabados. “¿Y no has leído el artículo sobre tu hermana Amelia? Le pregunté. “No, es que le regalé el libro a mi hijo”, me respondió. Piedad Pinteño, desde Huéscar, me llamó a los pocos días de presentarlo –se leyó el libro en un fin de semana– para darme las gracias por acordarme de su madre, Carmen, que estaba postrada en la cama de un hospital de Granada, a causa de un derrame cerebral: “¡Ella ya ni siquiera mueve los ojos!”. Estaba en la misma habitación que la Nati, también impedida, las visité y les dediqué unos párrafos a cada una. Concha Román me encarga desde Barcelona cuatro libros, porque sale en la foto de las viejas escuelas, y de paso me pide el teléfono de don Miguel Lozano.

Portada de la novela


Antonio Clavero, de Cornellá, casado con una ‘castillejana’ me pide cuatro libros. Mi paisana me dice que la abuela se entusiasma cuando le leen el libro por las tardes y “a mi marido le gusta más que a mí”. Juan López, del bar ‘El Rincón’ (falleció hace varios años, los últimos en una silla de ruedas a causa de un accidente de trabajo), dice que quien mejor ha salido en la novela ha sido él. Mi agradecimiento a Nicolás, el de las Cuevas Victoria, porque puso carteles en algunos sitios anunciando la presentación de la novela. También a Juan Ramón Martínez, porque después de haberla leído me envió una extensa carta ampliando la información, pues conoce como pocos a los antiguos vecinos de Castilléjar.

Pero entre todos habremos forjado la pequeña historia de un pueblo y conservado su legado y sus tradiciones. Con motivo de la publicación de ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, llegaron a Castilléjar unos periodistas de Canal Sur y estuvieron grabando imágenes que salieron en la televisión andaluza. El caso es que yo veía una serie de coincidencias entre la película ‘¡Bienvenido, mister Marshall!’, de García Berlanga –por las peripecias que pasaron el equipo y los actores–, y lo que a mí me estaba sucediendo. Hasta que se lo dije a Paco Terrón: “¡Claro, cómo no me di cuenta antes! Aquí la gente os ve como a los americanos de Villar del Río, que pasaron de largo en medio de una nube de polvo”. Sin embargo, Paco me ha prometido que volverá pronto por estas tierras entrañables. “Las imágenes de aquella lejana época me vienen a la memoria envueltas en una especie de neblina, como cuando contemplo esas viejas fotografías en blanco y negro, de la época, que hizo mi padre, Leandro, y que me han servido para ilustrar Diálogos en la Tierra de los Ríos’”. Sin embargo, cuando publican sus fotos, casi nadie se acuerda de mencionar su nombre. Las personas mayores que aparecen en ellas no viven ya, porque se fueron muriendo en medio del olvido y del silencio. Son voces en la lejanía o quizá un puñado de recuerdos anclados en el tiempo, pero que tratan de decirnos algo y contarnos unas historias. La novela en definitiva es una mirada al pasado, pero llena de cariño y de nostalgia.

Escribir la primera novela ha sido para mí una forma de revivir aquellos años, que ya sólo existen en nuestra imaginación, en los recuerdos que guardaba de niño. Es como una memoria sentimental y así lo expreso en la introducción del libro: “Vine aquí esperando encontrar los recuerdos y paisajes de mi niñez –pero cada vez que entro en la antigua casa de mis padres, se me cae el alma al verla vacía y casi en ruinas– y los viejos rincones olvidados; el calor de la gente y aquellas caras conocidas, hoy humilladas por el tiempo. Vine aquí, en fin, buscando mis raíces...”.

Posdata. Conservaba el borrador tras la presentación del libro, pues lo escribí por aquellos agitados y alegres días de 2003, y me ha servido para elaborar este artículo.

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viernes, 24 de abril de 2026

RELEYENDO DON QUIJOTE

 

Ejemplar de la edición de 1905, propiedad de Leandro



En 1905, una tremenda sequía asolaba los campos de Andalucía y de Extremadura, mientras que media España pasaba hambre. El diario madrileño El Imparcial definía la situación de esta manera: “Un sol de justicia brilla en un cielo sin nubes. El fuerte viento de Levante azota con ráfagas de incendio los secos sembrados y desgrana las espigas. Paralizadas todas las faenas, crece el hambre en el proletariado agrícola”. A tal extremo habían llegado las cosas, que se produjeron algunos brotes de violencia entre los braceros andaluces, pero fueron sofocados con una represión indiscriminada, pues éste era el estilo de la época: “Hoy se han asaltado dos puestos de pan en Écija, y le han quitado la carga a un panadero”, apuntaba el corresponsal del diario ABC. Y los calificativos que este mismo diario le dedicaba a los jornaleros andaluces, en agosto de 1905, no podían ser peores: “Embrutecidos, supersticiosos, ignorantes y mal alimentados”.

Sin embargo, el conde de Romanones, a la sazón ministro de Agricultura, se conocía bien el oficio: “Las noticias referentes a la crisis agraria acusan tranquilidad en las provincias andaluzas”. En aquel entonces, el salario medio del español no alcanzaba las cinco pesetas diarias, mientras que un kilo de pan valía 0,40 pesetas y el kilo de carne de vaca a 2,30. A pesar de toda esta penuria, en España tenían lugar los homenajes, con motivo del tercer centenario de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: se organizaron batallas de flores y hasta suscripciones populares, con el fin de recaudar fondos para levantar estatuas en memoria de Miguel de Cervantes, el Príncipe de los Ingenios. En mayo de aquel año del hambre, el afamado editor Saturnino Calleja –todavía se oye por ahí el viejo refrán de “tienes más cuento que Calleja”– sacaba a la calle una edición resumida de El Quijote, al interesante precio de 2,25 pesetas.

Esto le costaría a mi bisabuelo, Leandro García-Fresneda, que fue alcalde pedáneo del Cortijo del Cura (Galera). En fin, ni que decir tiene que guardo este valioso ejemplar de El Quijote como oro en paño (cuatro generaciones lo hemos conservado) y, en sus amarillentas páginas, han quedado escritas a lápiz algunas frases de mis padres  cuando andaban pelando la pava a mediados de los años cuarenta, del pasado siglo. En el prólogo del libro, el editor Calleja aconseja a los señores profesores de Primera Enseñanza: “La lectura del Quijote en las escuelas contribuirá, seguramente, a levantar en España la afición a lo clásico, y con ese propósito hacemos esta edición dedicada a los niños”. De vez en cuando me gusta aspirar ese olor rancio de sus centenarias páginas, así como contemplar las amenas ilustraciones, que vienen firmadas por Ángel.

Aquí vemos a Don Quijote, brazo en alto, rodeado de los cabreros a la luz de una fogata, donde les está largando un interminable sermón: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. Hoy, cuatro siglos después, podemos decir sin temor a equivocarnos que, estos tiempos de mudanza y de pérdida de valores andan tan revueltos, como el plato típico manchego de los duelos y quebrantos. Pero dejemos ahora que se desahogue el Caballero de la Triste Figura y le dice de todo en un momento dado a Sancho Panza: “Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas...”. En cambio, todo se le antoja poco cuando se trata de su amada: “Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía...”. De sobras sabe, el amigo Sancho, que la tal Dulcinea no es sino la labradora Aldonza Lorenzo, de manera que habla un punto de más: “¡Ta... ta...! Bien que la conozco, y es más forzuda que cualquier pastor del pueblo, pues a todos los ha vencido echando pulsos. Sí señor, es una moza de pelo en pecho”. Y más adelante, cuando el fiel escudero se ha desengañado de la prometida ínsula de Barataria, exclama: “¡Maldita sea la madre que me parió!”.

Al comienzo de la novela, Cervantes nos hace una memorable descripción de la pitanza de Alonso Quijano: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”. Y como es sabido, utiliza el recurso de un manuscrito para moverse con total libertad en la novela, de manera que la segunda parte y algunos capítulos, comienzan diciendo: “Cuenta Cide Hamete Benengeli...”. Y sin embargo, él mismo confesaría que la idea le vino en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”. En fin, sólo resta decir que me gusta releer El Quijote antes de dormirme –“se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”–, mientras saboreo esos hermosos giros, redundancias y sutilezas: “Me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma..., que así nos trae corridos y asendereados..., y que sólo estoy enamorado de oídas”. En el diálogo del famoso soneto, le pregunta Babieca a Rocinante: “Metafísico estáis”. Y éste responde, “Es que no como”. La muerte de Alonso Quijano la describe así: “Dio su espíritu… quiero decir que se murió”.

Ilustración del interior


Debemos señalar que la primera edición del Quijote tenía 664 páginas, de papel barato, y costaba 290,5 maravedíes, el equivalente a cuatro docenas y media de huevos de entonces; pues el alcalaíno, fuera del mundillo literario, era un escritor prácticamente desconocido. “Véndese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor”, rezaba en la portada de la novela de caballerías.

En estas fabulosas aventuras de encrucijadas, donde se cuenta lo jamás visto ni oído, Miguel de Cervantes no puede disimular su alegría y nos revela su gran secreto, al final de la novela:

“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

(…) Tate, tate, folloncicos,

de ninguno sea tocada;

porque esta empresa, buen Rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco ...”. Y de paso explica por qué escribió la novela: “… pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna. Vale”.

Antes de fallecer, el 22 de abril de 1616, Cervantes se despedía así de este mundo: “Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo...”. Sin embargo, el genial escritor no tuvo el multitudinario entierro de Lope de Vega, sino que fue pobre, tal y como había sido su agitada vida; pero nos ha legado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

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viernes, 17 de abril de 2026

JOSÉ GIBERT MERECE LA MEDALLA DE ANDALUCÍA

 



El dos de febrero de 2007 salió publicado en el periódico ya desaparecido, La Opinión de Granada, este artículo mío.

“Gibert: ‘el Tercer Hombre de Orce’

El pasado 15 de enero, el paleoantropólogo José Gibert dio una conferencia en la concurrida sala del Edificio Zaida. Poco antes de empezar a hablar, me atreví a saludar a este polémico catalán de pulcra barba blanca, con cierto aire de profeta. Le dije que era de la familia de los Casanova, de Orce, y entonces me habló de Juan Antonio y de Cleto. En esto, su acompañante le informó que Venta Micena estaba clausurada y, sin pensarlo, le dije: “Aquí, el que está clausurado por la Junta es Gibert”. Momentos después anunciaron que la conferencia iba a comenzar, y el maestro oscense Juan José Martínez me dijo: “Sería bueno que mañana saliera un resumen de esto en la prensa”. Le contesté que lo mejor era dedicarle un artículo.

A decir verdad, yo esperaba que Gibert empezara a disparar a diestro y siniestro, pues le han hecho tantas faenas... Recuerdo que el alcalde de Orce, José Ramón Martínez, me dijo estas palabras en enero de 2003: “Está claro que no quieren que Gibert excave. Pero no entiendo por qué no permiten trabajar en Venta Micena”. Y el cura e historiador Rafael Carayol, ya fallecido, me dijo: “Cuando hicieron el Congreso Mundial en Granada, lo mandaron a trabajar a Baza para que no asistiera”. Ni comían ni dejaban comer. Luego vi cómo el ‘Museo Antropológico José Gibert’, de Orce, dejaba de llamarse así, años más tarde le prohibieron excavar y hasta lo multaron con medio millón de euros. Pero, ahora, su cálida voz resonaba en la sala, como la del viejo profesor que ya no tiene nada que demostrar o reivindicar. Se levantó de la mesa y fue explicando su sempiterna teoría, mientras se apoyaba en las imágenes de las diapositivas. Aquello fue una clase magistral y, en la media hora que yo estuve en la conferencia –tuve que irme, pues había sido invitado a un acto académico–, no le oí ningún reproche contra nadie.

José Gibert fue directamente al grano, y empezó hablando de la famosa carta que Emiliano Aguirre, el descubridor de Atapuerca, escribió el pasado mes de diciembre al paleontólogo Feijoo: “El hallazgo de LP-511 y su estudio merecen ciertamente celebrarse, y te ruego que transmitas a Gibert mi cordial felicitación por esta palpable evidencia que consagra su interpretación, la necesitaba de veras”. Sí, era el espaldarazo que Gibert estaba necesitando. Y es que, el pasado verano, un equipo de antropólogos encontró en la provincia de Tarragona el esqueleto casi completo de una niña de cinco años, que data de la época romana. En el cráneo se aprecia una cresta muy parecida a la que tiene el ‘Hombre de Orce’. Ahora, por fin, gran parte de la comunidad científica internacional reconoce que éste es el primer homínido descubierto en Europa Occidental. Y los estudios del profesor Gary Scott –que acompañó a Gibert en la conferencia–, del Berkeley G. Center, indican que la antigüedad del yacimiento de Venta Micena es de 1,3 millones de años, mientras que el de Atapuerca sólo es de 0,75 millones, y el de Ceprano (Italia) es de 0,8 (...).

Han tenido que pasar treinta largos años para que la ‘peregrina teoría’ de este catalán tozudo fuera reconocida, y ahora que Orce figura inscrito en ‘Los nueve libros de la Historia’, yo creo, José Ramón –no te olvides de que nuestros orígenes son humildes–, que tenemos una deuda pendiente con José Gibert. Él sabe que le espera el reconocimiento internacional”.

 Y sin embargo le estaba acechando la muerte, pues Gibert falleció ocho meses después, en octubre de 2007. El pasado 19 de enero saltó la noticia en los medios y el periódico Ideal publicó esta crónica de su corresponsal José Utrera:

“Piden la Medalla de Andalucía para José Gibert, el científico que situó a la región en el origen de Europa

Un notable grupo de investigadores solicita la Medalla de Andalucía a título póstumo para el descubridor de los yacimientos de Orce, considerados los más antiguos de Europa con presencia humana

Andalucía podría saldar una deuda histórica con uno de los científicos que contribuyó a proyectar su nombre en el ámbito internacional. Un grupo de destacados investigadores y académicos ha iniciado una solicitud formal para que la Junta de Andalucía conceda la Medalla de Andalucía, a título póstumo, al doctor José Gibert Clols (1941–2007), figura clave de la paleontología humana europea y descubridor de los yacimientos de Orce. La iniciativa parte de profesionales vinculados al mundo de la investigación que conocieron de primera mano la trayectoria de Gibert y su decisiva aportación al conocimiento de los orígenes humanos en Europa. El reconocimiento, de carácter simbólico pero de gran alcance institucional, busca poner en valor una labor científica que situó a Andalucía como la «cuna de la humanidad europea» (…). Pese a ello, los proponentes de la candidatura consideran que Andalucía aún no ha otorgado el reconocimiento institucional acorde a la magnitud de su aportación científica y a la proyección internacional que supuso para la comunidad.

Legado humano y científico

Más allá de sus descubrimientos, quienes trabajaron con él destacan su dimensión humana: científico honesto, perseverante, generoso con sus colaboradores y profundamente comprometido con la divulgación del conocimiento. Gibert impulsó cursos de verano, conferencias anuales y la creación de un museo de paleontología en Orce, llegando incluso a empadronarse en el municipio en los últimos años de su vida. El centro de interpretación de los primeros europeos lleva hoy su nombre, al igual que la avenida principal del pueblo. Para sus vecinos, José Gibert no solo fue un investigador, sino una figura querida y respetada.

Una petición de justicia histórica

‘La labor de José Gibert transformó la paleontología humana en España’, subrayan los firmantes de la solicitud, entre los que se encuentran catedráticos, investigadores del CSIC y científicos de universidades españolas y estadounidenses. Consideran que su ejemplo de rigor, valentía intelectual y resistencia frente a la adversidad merece un reconocimiento institucional que trascienda lo académico. Los impulsores de la iniciativa están promoviendo una campaña de recogida de firmas de apoyo a la concesión de la Medalla de Andalucía, ‘que no solo supondría un acto de justicia científica, sostienen, sino también un impulso para Orce y para el reconocimiento del papel de Andalucía en la historia más antigua de Europa’.

Creo que, el Ayuntamiento de Orce y los vecinos deberían de apoyar esta petición de los investigadores, profesores y científicos, de varias universidades españolas y estadounidenses. Sería hacerle Justicia (histórica y científica) a José Gibert. La Junta tampoco le permitió trabajar a su hijo Luis, en el yacimiento de Venta Micena, ni hay excavaciones desde hace años. Orce tiene mucho que ganar. 

https://baza.ideal.es/baza/piden-medalla-andalucia-jose-gibert-cientifico-situo-20260119151109-nt.html

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/jose-gibert-merece-la-medalla-de-andalucia/


sábado, 11 de abril de 2026

PEDRO PÁRAMO, SETENTA Y UN AÑOS DESPUÉS

 



Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Así arranca una de las obras universales de las Letras Hispanas. Se puede decir que Juan Rulfo pasó a la historia de la literatura con sólo 250 páginas, pues, desde que escribió Pedro Páramo, en 1955, y El llano en llamas ya no volvió a publicar más. Años después, confesaría con humildad: Nunca me imaginé el destino de esos libros. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad, porque para escribir se sufre en serio. El caso es que compró un cuaderno escolar y apuntó el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en su cabeza: Sentí por fin el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Fue como si alguien me lo dictara.

En marzo de 1985, Juan Rulfo escribió para la Agencia Efe un memorable artículo –que conservo desde entonces–, Pedro Páramo, 30 años después, donde aclaraba: Era difícil aceptar una novela que se presentaba como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos.

Su bella prosa me cautiva, a pesar de que la novela transmite tristeza, y hasta el mismo autor llegó a definirla como un rencor vivo. Copio este diálogo de la novela: Mire usted –me dice el arriero, deteniéndose–: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna... El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. La frase última es del personaje, Juan Preciado, que busca a su padre en un pueblo que ya no existe. La convivencia con la muerte está en el carácter mismo de los mexicanos, precisaba el escritor.

Las muertes violentas de su padre y de su abuelo, en la Rebelión Cristera, a comienzos del siglo XX, y más tarde de su madre, lo van convirtiendo en un ser solitario. En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda, decía el escritor. Con posterioridad vivió recluido en un orfanato, entre los 10 y los 14 años. Por eso, Juan Rulfo llegó a crear un mundo imaginario: Yo quería escribir cómo hablan los campesinos de mi tierra y ubicar a mis personajes en una geografía real, conocida y vivida por mí. Como el Jalisco de la Rebelión Cristera. Fue cuando regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré deshabitado… Entonces comprendí yo esa soledad de Comala. Lo cierto es que la novela está cargada de simbolismo: un comal es una chapa metálica donde calientan las tortillas, por lo que Comala parece cocerse en el páramo mexicano. En lo más íntimo –apuntaba el autor–, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal, que llamé Susana San Juan. Ella no existió nunca, fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía 3 años. Y no hemos vuelto a encontrarnos. El personaje, Pedro Páramo, una vez perdida toda esperanza, exclama: Esperé treinta años a que regresaras, Susana.

Decía este escritor ensimismado y de pocas palabras: De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules... y me salió así. Gabriel García Márquez aún no había escrito Cien años de soledad, cuando un amigo le entregó la novela de Juan Rulfo: Aquella noche –dijo– no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. En 1983, el mexicano recibió el Premio Príncipe de Asturias, cuando en realidad tenían que haberle concedido el Premio Cervantes. Rulfo sólo tardó unos meses en escribir aquel librito, pero es posible que fuera devorado por su propia criatura. En sus últimos años, cuando le preguntaban si iba a escribir otra novela, respondía con sorna: Es que se murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. El escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, al enterarse de la muerte de Juan Rulfo en enero de 1986, escribió: Sabía que su obligación literaria había concluido. Era un hombre honrado y respetó su decadencia.

En marzo de 2005, con motivo del cincuentenario de la publicación de la novela Pedro Páramo, le hicieron un homenaje a Juan Rulfo en la ciudad de México. Pero setenta y un años después de publicar Pedro Páramo, las ánimas en pena siguen deambulando en el pueblo fantasma de Comala, mientras nos susurran sus desesperanzas y frustraciones.

A mediados de marzo pasado, vi en RTVE PLAY el programa ‘A fondo’, de Joaquín Soler Serrano, donde entrevistó a Juan Rulfo, a mediados de los años setenta del pasado siglo. Copio lo que va diciendo:

“Imagino a los personajes, los ubico, les doy una realidad aparente y el modo de expresarse. En ese páramo, con la luminosidad del paisaje, los personajes no tienen rostro. La novela Pedro Páramo la escribí en tres o cuatro meses, la tenía en mi cabeza, pero se necesita leerla tres veces para entenderla. Es de técnica complicada, la novela va de delante hacía atrás y de costado. Están rotos el tiempo y el espacio, pues se trabajó con muertos, que cobran vida y la vuelven a perder, no se pueden ubicar. Es una novela fantasma y aparentemente no tiene estructura. En 1953 publiqué El llano en llamas y se vendieron cuatrocientos mil ejemplares, hasta 1995. Mientras que de Pedro Páramo se vendieron medio millón de ejemplares al principio”.

Juan Rulfo es un novelista enraizado en la tierra, sus personajes son irracionales con contradicciones constantes, la realidad no es tal como es. Hay que dejar al escritor en el mundo de los sueños. Tras las muertes de su padre, de su abuelo y más tarde de su madre, el niño vivió con su abuela, pero lo metió en un orfanato: “Era un correccional donde nos reprimían. Es la primera vez que hablo en público y el aspecto depresivo me viene del orfanato”, confiesa el escritor mexicano. Es un hombre tímido, de pocas palabras, y era de ascendencia española. Habría que preguntar, ¿cómo se le ocurrió a la abuela meter a aquel niño, traumatizado por las muertes de sus padres y de su abuelo, en un orfanato? Y sin embargo, aquellas penurias contribuyeron a que, años más tarde, Juan Rulfo plasmara sobre el papel aquella gran ansiedad…, como si alguien me lo dictara. Precisamente por eso, volveré a releer su novela Pedro Páramo para entenderla. 

 Publicado en Ideal en Clase
 https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-pedro-paramo-71-anos-despues/

Entrevista a Juan Rulfo, Programa  A fondo

https://www.youtube.com/watch?v=lpmDc1aNWRg


miércoles, 8 de abril de 2026

YA SALEN LOS COSTALEROS

 


Ya salen de la iglesia los jóvenes costaleros con el paso de la Virgen, ya se han jubilado los veteranos, Pepe el de la Caja y Sebastián el Carpintero.  Quedan Pepe y Pepe el de Eugenio, fragüeros ambos en su juventud. 





Tradición y renovación. La juventud lleva con orgullo a la Virgen, mientras que los mayores portan en volandas al Resucitado. 








En los años sesenta la plaza se llenaba de 'castillejanos', durante el Encuentro del Domingo de Resurrección, mientras que ahora está medio llena. 













Los pueblos se están quedando vacíos y sin niños, es el signo de los tiempos.