viernes, 1 de mayo de 2026

MI PRIMERA NOVELA

 

Tarde de toros, años sesenta


Andaba como perdido escribiendo la novela, la tomaba y al poco la dejaba  –tómame o déjame, como la canción de Mocedades–, hasta que al fin decidí hincarle el diente. Luego me pasé el verano corrigiendo las galeradas y una tarde el editor me soltó: “Yo no gano dinero contigo”. Y llevaba su razón, pues no se puede tachar tanto. En fin, luego vino la presentación del libro en el ‘Colegio Público Los Ríos’, de Castilléjar. Cuando llegué aquella tarde, apenas si había gente porque la ‘Asociación de Mujeres La Alameda’ estaba celebrando el ‘Día de la Mujer Rural’. Por otro lado, en el salón de actos de la escuela no había micrófonos y el decorado no podía ser más pobre –pero fue preparado por los niños, por lo que aquí va mi agradecimiento tardío a ellos y a la directora, Inmaculada–, sin embargo, al final salió bien porque las mujeres se volcaron y hasta faltaron sillas. El público captó el mensaje porque la gente sencilla y humilde –ésa que nunca sale en ningún sitio– era la protagonista del libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’ (2003). En realidad, la gente anónima es la que escribe cada día los renglones de la intrahistoria en los  olvidados pueblos del Altiplano.  

El escritor Francisco Gil Craviotto (falleció el pasado año) se quedó con muchas ganas de venir a leer las páginas, que recitó en el Palacio de los Condes de Gabia, de Granada, pues tuvo que marcharse a Francia. Me sentí también arropado por don Miguel Lozano (también falleció en 2025), antiguo director del Colegio Público Genil, de Granada, y de las Escuelas de la Tercia, de Castilléjar, en los años sesenta: “Si necesitas que te eche una mano, aquí me tienes”, me dijo. No podía faltar Jesús María García, maestro, guía y amigo en la milenaria Galera. Vino al acto gente de toda la Comarca de Huéscar y se vendieron unos ochenta libros. Y con la gloria también llegaron algunas miserias y disgustos, que paso de contar. Pero que en Granada asistieran más de sesenta personas a la presentación de la novela es algo que nunca podía imaginar. Es más, estaba convencido de que vendería unos pocos libros y los demás tendría que ‘comérmelos’.

La novela refleja mi estado de ánimo –a veces, cuando la releo, no puedo evitar que se me salten las lágrimas–, fueron muchas horas dándole vueltas a los personajes y porque no me salían las frases. Sacarlo a la calle me costó algunos disgustos –el editor hizo una segunda edición sin decírmelo y la vendió por Internet, o libreros que no me pagaron los ejemplares vendidos–, subidas de tensión, indecisiones, meteduras de pata de un escritor novel y todo lo que queramos echarle. Lo cierto es que, sin la ayuda de muchas personas, la novela no hubiera salido adelante; y tengo que decir que ya no me pertenece porque forma parte de la memoria del pueblo: retrata una época –la de los años cincuenta y sesenta–, la intrahistoria donde varios ‘castillejanos’ (de Castilleja de los Rios, su verdadero nombre, pero apenas nadie lo reivindica excepto un servidor) te van contando sus vivencias en las entrevistas, y en otros capítulos voy recordando a personajes de mi infancia que ya no existen, como mis padres que habían fallecido años antes. También yo lo estaba pasando mal en el trabajo, por lo que hay demasiada nostalgia, como en la novela ‘Pedro Páramo’, del escritor mexicano Juan Rulfo.

He corregido algunos nombres, debido a que perdí el contacto con aquellas personas de mi infancia. Son muchas las personas que me han llamado por teléfono y me han felicitado: con eso me doy por pagado. El libro, al final, me ha devuelto con creces todo aquello que yo le di. Entre las muchas anécdotas, Maricruz Domínguez (prima de mi padre) me llamó por teléfono desde Valencia para decirme que su hermano José –murió con 27 años en un accidente de moto– se encontraba en una foto de la antigua plaza de toros, que montaban con palos trabados. “¿Y no has leído el artículo sobre tu hermana Amelia? Le pregunté. “No, es que le regalé el libro a mi hijo”, me respondió. Piedad Pinteño, desde Huéscar, me llamó a los pocos días de presentarlo –se leyó el libro en un fin de semana– para darme las gracias por acordarme de su madre, Carmen, que estaba postrada en la cama de un hospital de Granada, a causa de un derrame cerebral: “¡Ella ya ni siquiera mueve los ojos!”. Estaba en la misma habitación que la Nati, también impedida, las visité y les dediqué unos párrafos a cada una. Concha Román me encarga desde Barcelona cuatro libros, porque sale en la foto de las viejas escuelas, y de paso me pide el teléfono de don Miguel Lozano.

Portada de la novela


Antonio Clavero, de Cornellá, casado con una ‘castillejana’ me pide cuatro libros. Mi paisana me dice que la abuela se entusiasma cuando le leen el libro por las tardes y “a mi marido le gusta más que a mí”. Juan López, del bar ‘El Rincón’ (falleció hace varios años, los últimos en una silla de ruedas a causa de un accidente de trabajo), dice que quien mejor ha salido en la novela ha sido él. Mi agradecimiento a Nicolás, el de las Cuevas Victoria, porque puso carteles en algunos sitios anunciando la presentación de la novela. También a Juan Ramón Martínez, porque después de haberla leído me envió una extensa carta ampliando la información, pues conoce como pocos a los antiguos vecinos de Castilléjar.

Pero entre todos habremos forjado la pequeña historia de un pueblo y conservado su legado y sus tradiciones. Con motivo de la publicación de ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, llegaron a Castilléjar unos periodistas de Canal Sur y estuvieron grabando imágenes que salieron en la televisión andaluza. El caso es que yo veía una serie de coincidencias entre la película ‘¡Bienvenido, mister Marshall!’, de García Berlanga –por las peripecias que pasaron el equipo y los actores–, y lo que a mí me estaba sucediendo. Hasta que se lo dije a Paco Terrón: “¡Claro, cómo no me di cuenta antes! Aquí la gente os ve como a los americanos de Villar del Río, que pasaron de largo en medio de una nube de polvo”. Sin embargo, Paco me ha prometido que volverá pronto por estas tierras entrañables. “Las imágenes de aquella lejana época me vienen a la memoria envueltas en una especie de neblina, como cuando contemplo esas viejas fotografías en blanco y negro, de la época, que hizo mi padre, Leandro, y que me han servido para ilustrar Diálogos en la Tierra de los Ríos’”. Sin embargo, cuando publican sus fotos, casi nadie se acuerda de mencionar su nombre. Las personas mayores que aparecen en ellas no viven ya, porque se fueron muriendo en medio del olvido y del silencio. Son voces en la lejanía o quizá un puñado de recuerdos anclados en el tiempo, pero que tratan de decirnos algo y contarnos unas historias. La novela en definitiva es una mirada al pasado, pero llena de cariño y de nostalgia.

Escribir la primera novela ha sido para mí una forma de revivir aquellos años, que ya sólo existen en nuestra imaginación, en los recuerdos que guardaba de niño. Es como una memoria sentimental y así lo expreso en la introducción del libro: “Vine aquí esperando encontrar los recuerdos y paisajes de mi niñez –pero cada vez que entro en la antigua casa de mis padres, se me cae el alma al verla vacía y casi en ruinas– y los viejos rincones olvidados; el calor de la gente y aquellas caras conocidas, hoy humilladas por el tiempo. Vine aquí, en fin, buscando mis raíces...”.

Posdata. Conservaba el borrador tras la presentación del libro, pues lo escribí por aquellos agitados y alegres días de 2003, y me ha servido para elaborar este artículo.

 Publicado en Ideal en Clase

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viernes, 24 de abril de 2026

RELEYENDO DON QUIJOTE

 

Ejemplar de la edición de 1905, propiedad de Leandro



En 1905, una tremenda sequía asolaba los campos de Andalucía y de Extremadura, mientras que media España pasaba hambre. El diario madrileño El Imparcial definía la situación de esta manera: “Un sol de justicia brilla en un cielo sin nubes. El fuerte viento de Levante azota con ráfagas de incendio los secos sembrados y desgrana las espigas. Paralizadas todas las faenas, crece el hambre en el proletariado agrícola”. A tal extremo habían llegado las cosas, que se produjeron algunos brotes de violencia entre los braceros andaluces, pero fueron sofocados con una represión indiscriminada, pues éste era el estilo de la época: “Hoy se han asaltado dos puestos de pan en Écija, y le han quitado la carga a un panadero”, apuntaba el corresponsal del diario ABC. Y los calificativos que este mismo diario le dedicaba a los jornaleros andaluces, en agosto de 1905, no podían ser peores: “Embrutecidos, supersticiosos, ignorantes y mal alimentados”.

Sin embargo, el conde de Romanones, a la sazón ministro de Agricultura, se conocía bien el oficio: “Las noticias referentes a la crisis agraria acusan tranquilidad en las provincias andaluzas”. En aquel entonces, el salario medio del español no alcanzaba las cinco pesetas diarias, mientras que un kilo de pan valía 0,40 pesetas y el kilo de carne de vaca a 2,30. A pesar de toda esta penuria, en España tenían lugar los homenajes, con motivo del tercer centenario de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: se organizaron batallas de flores y hasta suscripciones populares, con el fin de recaudar fondos para levantar estatuas en memoria de Miguel de Cervantes, el Príncipe de los Ingenios. En mayo de aquel año del hambre, el afamado editor Saturnino Calleja –todavía se oye por ahí el viejo refrán de “tienes más cuento que Calleja”– sacaba a la calle una edición resumida de El Quijote, al interesante precio de 2,25 pesetas.

Esto le costaría a mi bisabuelo, Leandro García-Fresneda, que fue alcalde pedáneo del Cortijo del Cura (Galera). En fin, ni que decir tiene que guardo este valioso ejemplar de El Quijote como oro en paño (cuatro generaciones lo hemos conservado) y, en sus amarillentas páginas, han quedado escritas a lápiz algunas frases de mis padres  cuando andaban pelando la pava a mediados de los años cuarenta, del pasado siglo. En el prólogo del libro, el editor Calleja aconseja a los señores profesores de Primera Enseñanza: “La lectura del Quijote en las escuelas contribuirá, seguramente, a levantar en España la afición a lo clásico, y con ese propósito hacemos esta edición dedicada a los niños”. De vez en cuando me gusta aspirar ese olor rancio de sus centenarias páginas, así como contemplar las amenas ilustraciones, que vienen firmadas por Ángel.

Aquí vemos a Don Quijote, brazo en alto, rodeado de los cabreros a la luz de una fogata, donde les está largando un interminable sermón: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. Hoy, cuatro siglos después, podemos decir sin temor a equivocarnos que, estos tiempos de mudanza y de pérdida de valores andan tan revueltos, como el plato típico manchego de los duelos y quebrantos. Pero dejemos ahora que se desahogue el Caballero de la Triste Figura y le dice de todo en un momento dado a Sancho Panza: “Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas...”. En cambio, todo se le antoja poco cuando se trata de su amada: “Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía...”. De sobras sabe, el amigo Sancho, que la tal Dulcinea no es sino la labradora Aldonza Lorenzo, de manera que habla un punto de más: “¡Ta... ta...! Bien que la conozco, y es más forzuda que cualquier pastor del pueblo, pues a todos los ha vencido echando pulsos. Sí señor, es una moza de pelo en pecho”. Y más adelante, cuando el fiel escudero se ha desengañado de la prometida ínsula de Barataria, exclama: “¡Maldita sea la madre que me parió!”.

Al comienzo de la novela, Cervantes nos hace una memorable descripción de la pitanza de Alonso Quijano: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”. Y como es sabido, utiliza el recurso de un manuscrito para moverse con total libertad en la novela, de manera que la segunda parte y algunos capítulos, comienzan diciendo: “Cuenta Cide Hamete Benengeli...”. Y sin embargo, él mismo confesaría que la idea le vino en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”. En fin, sólo resta decir que me gusta releer El Quijote antes de dormirme –“se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”–, mientras saboreo esos hermosos giros, redundancias y sutilezas: “Me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma..., que así nos trae corridos y asendereados..., y que sólo estoy enamorado de oídas”. En el diálogo del famoso soneto, le pregunta Babieca a Rocinante: “Metafísico estáis”. Y éste responde, “Es que no como”. La muerte de Alonso Quijano la describe así: “Dio su espíritu… quiero decir que se murió”.

Ilustración del interior


Debemos señalar que la primera edición del Quijote tenía 664 páginas, de papel barato, y costaba 290,5 maravedíes, el equivalente a cuatro docenas y media de huevos de entonces; pues el alcalaíno, fuera del mundillo literario, era un escritor prácticamente desconocido. “Véndese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor”, rezaba en la portada de la novela de caballerías.

En estas fabulosas aventuras de encrucijadas, donde se cuenta lo jamás visto ni oído, Miguel de Cervantes no puede disimular su alegría y nos revela su gran secreto, al final de la novela:

“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

(…) Tate, tate, folloncicos,

de ninguno sea tocada;

porque esta empresa, buen Rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco ...”. Y de paso explica por qué escribió la novela: “… pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna. Vale”.

Antes de fallecer, el 22 de abril de 1616, Cervantes se despedía así de este mundo: “Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo...”. Sin embargo, el genial escritor no tuvo el multitudinario entierro de Lope de Vega, sino que fue pobre, tal y como había sido su agitada vida; pero nos ha legado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

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viernes, 17 de abril de 2026

JOSÉ GIBERT MERECE LA MEDALLA DE ANDALUCÍA

 



El dos de febrero de 2007 salió publicado en el periódico ya desaparecido, La Opinión de Granada, este artículo mío.

“Gibert: ‘el Tercer Hombre de Orce’

El pasado 15 de enero, el paleoantropólogo José Gibert dio una conferencia en la concurrida sala del Edificio Zaida. Poco antes de empezar a hablar, me atreví a saludar a este polémico catalán de pulcra barba blanca, con cierto aire de profeta. Le dije que era de la familia de los Casanova, de Orce, y entonces me habló de Juan Antonio y de Cleto. En esto, su acompañante le informó que Venta Micena estaba clausurada y, sin pensarlo, le dije: “Aquí, el que está clausurado por la Junta es Gibert”. Momentos después anunciaron que la conferencia iba a comenzar, y el maestro oscense Juan José Martínez me dijo: “Sería bueno que mañana saliera un resumen de esto en la prensa”. Le contesté que lo mejor era dedicarle un artículo.

A decir verdad, yo esperaba que Gibert empezara a disparar a diestro y siniestro, pues le han hecho tantas faenas... Recuerdo que el alcalde de Orce, José Ramón Martínez, me dijo estas palabras en enero de 2003: “Está claro que no quieren que Gibert excave. Pero no entiendo por qué no permiten trabajar en Venta Micena”. Y el cura e historiador Rafael Carayol, ya fallecido, me dijo: “Cuando hicieron el Congreso Mundial en Granada, lo mandaron a trabajar a Baza para que no asistiera”. Ni comían ni dejaban comer. Luego vi cómo el ‘Museo Antropológico José Gibert’, de Orce, dejaba de llamarse así, años más tarde le prohibieron excavar y hasta lo multaron con medio millón de euros. Pero, ahora, su cálida voz resonaba en la sala, como la del viejo profesor que ya no tiene nada que demostrar o reivindicar. Se levantó de la mesa y fue explicando su sempiterna teoría, mientras se apoyaba en las imágenes de las diapositivas. Aquello fue una clase magistral y, en la media hora que yo estuve en la conferencia –tuve que irme, pues había sido invitado a un acto académico–, no le oí ningún reproche contra nadie.

José Gibert fue directamente al grano, y empezó hablando de la famosa carta que Emiliano Aguirre, el descubridor de Atapuerca, escribió el pasado mes de diciembre al paleontólogo Feijoo: “El hallazgo de LP-511 y su estudio merecen ciertamente celebrarse, y te ruego que transmitas a Gibert mi cordial felicitación por esta palpable evidencia que consagra su interpretación, la necesitaba de veras”. Sí, era el espaldarazo que Gibert estaba necesitando. Y es que, el pasado verano, un equipo de antropólogos encontró en la provincia de Tarragona el esqueleto casi completo de una niña de cinco años, que data de la época romana. En el cráneo se aprecia una cresta muy parecida a la que tiene el ‘Hombre de Orce’. Ahora, por fin, gran parte de la comunidad científica internacional reconoce que éste es el primer homínido descubierto en Europa Occidental. Y los estudios del profesor Gary Scott –que acompañó a Gibert en la conferencia–, del Berkeley G. Center, indican que la antigüedad del yacimiento de Venta Micena es de 1,3 millones de años, mientras que el de Atapuerca sólo es de 0,75 millones, y el de Ceprano (Italia) es de 0,8 (...).

Han tenido que pasar treinta largos años para que la ‘peregrina teoría’ de este catalán tozudo fuera reconocida, y ahora que Orce figura inscrito en ‘Los nueve libros de la Historia’, yo creo, José Ramón –no te olvides de que nuestros orígenes son humildes–, que tenemos una deuda pendiente con José Gibert. Él sabe que le espera el reconocimiento internacional”.

 Y sin embargo le estaba acechando la muerte, pues Gibert falleció ocho meses después, en octubre de 2007. El pasado 19 de enero saltó la noticia en los medios y el periódico Ideal publicó esta crónica de su corresponsal José Utrera:

“Piden la Medalla de Andalucía para José Gibert, el científico que situó a la región en el origen de Europa

Un notable grupo de investigadores solicita la Medalla de Andalucía a título póstumo para el descubridor de los yacimientos de Orce, considerados los más antiguos de Europa con presencia humana

Andalucía podría saldar una deuda histórica con uno de los científicos que contribuyó a proyectar su nombre en el ámbito internacional. Un grupo de destacados investigadores y académicos ha iniciado una solicitud formal para que la Junta de Andalucía conceda la Medalla de Andalucía, a título póstumo, al doctor José Gibert Clols (1941–2007), figura clave de la paleontología humana europea y descubridor de los yacimientos de Orce. La iniciativa parte de profesionales vinculados al mundo de la investigación que conocieron de primera mano la trayectoria de Gibert y su decisiva aportación al conocimiento de los orígenes humanos en Europa. El reconocimiento, de carácter simbólico pero de gran alcance institucional, busca poner en valor una labor científica que situó a Andalucía como la «cuna de la humanidad europea» (…). Pese a ello, los proponentes de la candidatura consideran que Andalucía aún no ha otorgado el reconocimiento institucional acorde a la magnitud de su aportación científica y a la proyección internacional que supuso para la comunidad.

Legado humano y científico

Más allá de sus descubrimientos, quienes trabajaron con él destacan su dimensión humana: científico honesto, perseverante, generoso con sus colaboradores y profundamente comprometido con la divulgación del conocimiento. Gibert impulsó cursos de verano, conferencias anuales y la creación de un museo de paleontología en Orce, llegando incluso a empadronarse en el municipio en los últimos años de su vida. El centro de interpretación de los primeros europeos lleva hoy su nombre, al igual que la avenida principal del pueblo. Para sus vecinos, José Gibert no solo fue un investigador, sino una figura querida y respetada.

Una petición de justicia histórica

‘La labor de José Gibert transformó la paleontología humana en España’, subrayan los firmantes de la solicitud, entre los que se encuentran catedráticos, investigadores del CSIC y científicos de universidades españolas y estadounidenses. Consideran que su ejemplo de rigor, valentía intelectual y resistencia frente a la adversidad merece un reconocimiento institucional que trascienda lo académico. Los impulsores de la iniciativa están promoviendo una campaña de recogida de firmas de apoyo a la concesión de la Medalla de Andalucía, ‘que no solo supondría un acto de justicia científica, sostienen, sino también un impulso para Orce y para el reconocimiento del papel de Andalucía en la historia más antigua de Europa’.

Creo que, el Ayuntamiento de Orce y los vecinos deberían de apoyar esta petición de los investigadores, profesores y científicos, de varias universidades españolas y estadounidenses. Sería hacerle Justicia (histórica y científica) a José Gibert. La Junta tampoco le permitió trabajar a su hijo Luis, en el yacimiento de Venta Micena, ni hay excavaciones desde hace años. Orce tiene mucho que ganar. 

https://baza.ideal.es/baza/piden-medalla-andalucia-jose-gibert-cientifico-situo-20260119151109-nt.html

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sábado, 11 de abril de 2026

PEDRO PÁRAMO, SETENTA Y UN AÑOS DESPUÉS

 



Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Así arranca una de las obras universales de las Letras Hispanas. Se puede decir que Juan Rulfo pasó a la historia de la literatura con sólo 250 páginas, pues, desde que escribió Pedro Páramo, en 1955, y El llano en llamas ya no volvió a publicar más. Años después, confesaría con humildad: Nunca me imaginé el destino de esos libros. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad, porque para escribir se sufre en serio. El caso es que compró un cuaderno escolar y apuntó el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en su cabeza: Sentí por fin el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Fue como si alguien me lo dictara.

En marzo de 1985, Juan Rulfo escribió para la Agencia Efe un memorable artículo –que conservo desde entonces–, Pedro Páramo, 30 años después, donde aclaraba: Era difícil aceptar una novela que se presentaba como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos.

Su bella prosa me cautiva, a pesar de que la novela transmite tristeza, y hasta el mismo autor llegó a definirla como un rencor vivo. Copio este diálogo de la novela: Mire usted –me dice el arriero, deteniéndose–: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna... El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. La frase última es del personaje, Juan Preciado, que busca a su padre en un pueblo que ya no existe. La convivencia con la muerte está en el carácter mismo de los mexicanos, precisaba el escritor.

Las muertes violentas de su padre y de su abuelo, en la Rebelión Cristera, a comienzos del siglo XX, y más tarde de su madre, lo van convirtiendo en un ser solitario. En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda, decía el escritor. Con posterioridad vivió recluido en un orfanato, entre los 10 y los 14 años. Por eso, Juan Rulfo llegó a crear un mundo imaginario: Yo quería escribir cómo hablan los campesinos de mi tierra y ubicar a mis personajes en una geografía real, conocida y vivida por mí. Como el Jalisco de la Rebelión Cristera. Fue cuando regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré deshabitado… Entonces comprendí yo esa soledad de Comala. Lo cierto es que la novela está cargada de simbolismo: un comal es una chapa metálica donde calientan las tortillas, por lo que Comala parece cocerse en el páramo mexicano. En lo más íntimo –apuntaba el autor–, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal, que llamé Susana San Juan. Ella no existió nunca, fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía 3 años. Y no hemos vuelto a encontrarnos. El personaje, Pedro Páramo, una vez perdida toda esperanza, exclama: Esperé treinta años a que regresaras, Susana.

Decía este escritor ensimismado y de pocas palabras: De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules... y me salió así. Gabriel García Márquez aún no había escrito Cien años de soledad, cuando un amigo le entregó la novela de Juan Rulfo: Aquella noche –dijo– no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. En 1983, el mexicano recibió el Premio Príncipe de Asturias, cuando en realidad tenían que haberle concedido el Premio Cervantes. Rulfo sólo tardó unos meses en escribir aquel librito, pero es posible que fuera devorado por su propia criatura. En sus últimos años, cuando le preguntaban si iba a escribir otra novela, respondía con sorna: Es que se murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. El escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, al enterarse de la muerte de Juan Rulfo en enero de 1986, escribió: Sabía que su obligación literaria había concluido. Era un hombre honrado y respetó su decadencia.

En marzo de 2005, con motivo del cincuentenario de la publicación de la novela Pedro Páramo, le hicieron un homenaje a Juan Rulfo en la ciudad de México. Pero setenta y un años después de publicar Pedro Páramo, las ánimas en pena siguen deambulando en el pueblo fantasma de Comala, mientras nos susurran sus desesperanzas y frustraciones.

A mediados de marzo pasado, vi en RTVE PLAY el programa ‘A fondo’, de Joaquín Soler Serrano, donde entrevistó a Juan Rulfo, a mediados de los años setenta del pasado siglo. Copio lo que va diciendo:

“Imagino a los personajes, los ubico, les doy una realidad aparente y el modo de expresarse. En ese páramo, con la luminosidad del paisaje, los personajes no tienen rostro. La novela Pedro Páramo la escribí en tres o cuatro meses, la tenía en mi cabeza, pero se necesita leerla tres veces para entenderla. Es de técnica complicada, la novela va de delante hacía atrás y de costado. Están rotos el tiempo y el espacio, pues se trabajó con muertos, que cobran vida y la vuelven a perder, no se pueden ubicar. Es una novela fantasma y aparentemente no tiene estructura. En 1953 publiqué El llano en llamas y se vendieron cuatrocientos mil ejemplares, hasta 1995. Mientras que de Pedro Páramo se vendieron medio millón de ejemplares al principio”.

Juan Rulfo es un novelista enraizado en la tierra, sus personajes son irracionales con contradicciones constantes, la realidad no es tal como es. Hay que dejar al escritor en el mundo de los sueños. Tras las muertes de su padre, de su abuelo y más tarde de su madre, el niño vivió con su abuela, pero lo metió en un orfanato: “Era un correccional donde nos reprimían. Es la primera vez que hablo en público y el aspecto depresivo me viene del orfanato”, confiesa el escritor mexicano. Es un hombre tímido, de pocas palabras, y era de ascendencia española. Habría que preguntar, ¿cómo se le ocurrió a la abuela meter a aquel niño, traumatizado por las muertes de sus padres y de su abuelo, en un orfanato? Y sin embargo, aquellas penurias contribuyeron a que, años más tarde, Juan Rulfo plasmara sobre el papel aquella gran ansiedad…, como si alguien me lo dictara. Precisamente por eso, volveré a releer su novela Pedro Páramo para entenderla. 

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Entrevista a Juan Rulfo, Programa  A fondo

https://www.youtube.com/watch?v=lpmDc1aNWRg


miércoles, 8 de abril de 2026

YA SALEN LOS COSTALEROS

 


Ya salen de la iglesia los jóvenes costaleros con el paso de la Virgen, ya se han jubilado los veteranos, Pepe el de la Caja y Sebastián el Carpintero.  Quedan Pepe y Pepe el de Eugenio, fragüeros ambos en su juventud. 





Tradición y renovación. La juventud lleva con orgullo a la Virgen, mientras que los mayores portan en volandas al Resucitado. 








En los años sesenta la plaza se llenaba de 'castillejanos', durante el Encuentro del Domingo de Resurrección, mientras que ahora está medio llena. 













Los pueblos se están quedando vacíos y sin niños, es el signo de los tiempos.  

viernes, 27 de marzo de 2026

LA AVENTURA DEL DOMINGO DE RAMOS

 

Cuadernillo de los senderos


El Domingo de Ramos salió un autocar del Polideportivo de Armilla con cuarenta senderistas y la ruta que se presentaba era de Cádiar a Murtas, unos veinte km. Pero no podíamos imaginar lo que nos esperaba aquel día primaveral de finales de marzo, de 2010. El autocar enfiló la Autovía Bailén-Motril y, media hora después, dejó atrás el pantano de Rules. Parece un chiste, pero lo cierto es que construyeron el pantano y se “les olvidó construir las acequias de riego”, por lo que toda el agua embalsada se pierde en el mar, aunque en Granada parece que ya estamos acostumbrados a estos desaguisados. El vehículo enfiló por la vieja carretera de la Alpujarra, mientras veíamos al fondo la Sierra de Lújar. En cambio, a mano izquierda, podíamos admirar el río Guadalfeo, en su tramo final, que llevaba bastante caudal por el deshielo. Un poco más allá se encuentra asentado en la llanura Órgiva, con sus esbeltas torres gemelas de la iglesia, mientras iban desfilando ante nuestros ojos los pequeños pueblos blancos, con el topónimo de origen árabe, diseminados por las laderas de Sierra Nevada: Cáñar, Soportújar, Carataunas, Almegíjar, Notáez, Cástaras, Lobres, Yegen, Mecina Bombarón... Al contemplar estos antiguos pueblos moriscos desde la lejanía, los convierten en uno de los más bellos paisajes de España,

Tras las intensas lluvias del invierno, algunas laderas de las montañas habían cedido a la presión del agua y habían invadido, en algunos tramos, hasta la mitad de la carretera. En cada curva había desprendimientos de tierra y era un verdadero peligro circular en aquellas circunstancias. En más de una ocasión, contemplamos asustados que la mitad del asfalto se había hundido, dejando una enorme zanja capaz de tragarse a cualquier vehículo, y el peso de un autocar podía provocar una tragedia en cualquier momento; o bien que había un metro de carretera sin asfalto, porque había cedido el terreno. Nos preguntábamos atónitos cómo era posible que los guías del sendero nos trajeran por aquí y no hubieran tomado la otra carretera, que era más segura, la que va por Lanjarón, Pampaneira, etc. Es más, el Domingo de Ramos no había ninguna máquina retroexcavadora trabajando y quitando la tierra que invadía la carretera, ninguna señal que advirtiera del peligro inminente, cuando tenían que haberla cerrado al tráfico pues un desprendimiento de las laderas podía provocar una tragedia en cualquier momento. Los vecinos de los pueblos se habían dado cuenta del peligro y apenas transitaban vehículos, pero ningún responsable de Tráfico adoptó la más elemental precaución ante la amenaza evidente de desprendimientos. ¿Quién se iba a atrever a conducir de noche, en aquellas condiciones? Yo tenía la impresión de que viajábamos por una carretera de Afganistán o de Nepal y que estaba viviendo una verdadera aventura, lo raro es que no hubiera ocurrido alguna desgracia o que los medios de la provincia no se hubieran hecho eco de las malas condiciones y del peligro para conducir por la carretera de La Contraviesa.

Cuando divisamos el pueblo de Cádiar, respiramos aliviados pensando que de buena nos habíamos librado, pues aquel episodio no se vivía todos los días. Con todo, hubo senderistas que no fueron conscientes del peligro que nos acechaba, es más, parecían divertirse con los baches, con el asfalto cortado en la carretera porque se había hundido, y no se daban cuenta de que en cualquier momento el autocar podía despeñarse por la ladera abajo. Desayunamos en Cádiar, pasamos por la ermita de San Blas y dejamos atrás el viejo cementerio, poblado de cipreses, al que veríamos horas después a lo lejos, durante gran parte de la etapa. Todo fue subir y bajar montañas, por aquellos terrenos abruptos, sufriendo el cansancio en las subidas y lo penoso en las bajadas. Pero las vistas que ofrecía el paisaje, con Sierra Nevada al fondo, eran impresionantes, todo un espectáculo: la nieve en las cumbres de la Sierra mientras que en las laderas destacaban los pequeños pueblos blancos… A mitad del camino se nos unió un enorme mastín, que se encontraba junto a unos viñedos, pero asustaba nada más verlo. En cambio el perro era bastante pacífico, al principio nos seguía de lejos pero luego fue tomando confianza y se unió al grupo como uno más.

Entre almendros y vides, llegamos a lo alto de La Contraviesa, a unos 1.200 m. de altitud. Aquí encontramos un bonito chalé, donde viven una noruega y un holandés, con varios coches y cinco perros que les sirven de protección en este paraje tan aislado. Un perro negro, de menor tamaño, persiguió al viejo mastín, que salió huyendo y ya no lo vimos más. Yo temía por la suerte de aquel pobre animal, cuando llegáramos a Murtas y nos montáramos en el autocar. Entonces tendría que regresar a su guarida de noche, a unos quince km de distancia. El holandés había salido y la mujer se ve que estaba tomando el sol completamente desnuda, según dijeron los primeros senderistas que llegaron al chalé. Rápidamente, ella se puso una bata y a continuación nos explicó el significado de varias esculturas, que había hecho su marido, y que se hallaban diseminadas por el terreno: un armatoste de hierro, como una colmena con celdas, representaba la vida en la ciudad; otra escultura era una silla de bronce y del asiento sobresalía un enorme falo. En este punto la noruega, de unos cincuenta años y de aspecto hipy, ya no supo darnos una explicación convincente, pero tenía muchas ganas de hablar, quizá por la soledad de aquel paraje. Varios senderistas aprovecharon y se hicieron una foto junto a la silla fálica.

Vista parcial de Soportújar


Poco después bajamos por una ladera muy pronunciada y luego subimos por un terreno bastante abrupto, donde apenas se podía pasar por los árboles y los matorrales, lo que provocó que algunas mujeres protestaran al guía. Después, el sol y las cuestas hicieron muy penoso el ascenso, pues varias senderistas se quedaron exhaustas y sin agua, por lo que tenían que descansar con frecuencia. Repartí agua a varias de ellas y un guía me dio una pastilla de glucosa, que me reanimó bastante. Después de un descanso subimos por el monte hasta la fuente de Mecina Tedel y, unos km más adelante, llegamos por fin a Murtas, famosa por su vino y sus trovos. Desde su collado (a 1.200 m de altitud) se puede contemplar el Mar Mediterráneo, pero esa tarde había neblina en el horizonte. El guía no calculó bien y nos hizo andar más km de la cuenta, durante más de seis horas de camino: convirtió el Domingo de Ramos en una aventura y casi en un Viernes de Pasión. El regreso lo hizo el autocar por Pampaneira y Lanjarón, porque circular por la carretera de La Contraviesa era un suicidio.

Desde 1996 hasta el año 2010, aproximadamente (fueron los años en los que participé), la Diputación de Granada, a través del Área de Deportes, patrocinó la actividad deportiva, Caminando por senderos de Granada. Copio del cuadernillo que nos entregaron, sobre la historia del programa 1996-2001: “El sendero de Gran Recorrido GR-7 es el tramo español del Sendero E-4 que, procedente de Grecia, atraviesa Europa y entra en España desde Andorra por Cataluña. Atravesando las Comunidades de Cataluña, Valencia y Murcia…”. De manera que un domingo al mes, unos once autocares salían del Polideportivo de Armilla con destino a otras tantas rutas, por la variada y sin par geografía de Granada. Era un espectáculo ver saliendo de la explanada a tantos autocares, a las ocho de la mañana, más que en la Estación de Autobuses Granada. Andábamos cerca de veinte km o más, y a veces veníamos reventados de subir y bajar montes o de caminar por veredas, pero el deporte al menos nos mantenía en forma y a la vez pasábamos media jornada con los compañeros de fatigas. Antes del regreso, pasábamos media hora en algún bar de pueblo, echando unos tragos y comentando las incidencias. Era una forma de hacer deporte y cultivar amistades, hasta que en 2010 la Diputación dijo que no subvencionaba el deporte a los quinientos senderistas que sudábamos la camiseta los fines de semana, mientras le subía los sueldos y dietas a los diputados y cargos de confianza. Años después los ayuntamientos de los pueblos empezaron de nuevo a subvencionar los senderos de los domingos, a los adultos y mayores, por lo que continuamos en la brecha y es de agradecer.  

Los guías pertenecían alClub la Verea”, de Churriana de la Vega, eran buena gente y unos profesionales, entre ellos estaba el maestro, Manuel Varo Sánchez, que editó precisamente el libro "Caminando por senderos de Granada", donde recoge la experiencia de aquellos años de senderismo y va detallando las rutas, leyendas y paisajes de la provincia.

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-la-aventura-del-domingo-de-ramos/

viernes, 13 de marzo de 2026

POR EL CAMINO DE MONTEVIVE


Las Gabias y al fondo Granada

 


A las 7:30 de la mañana del domingo, tres de septiembre de 2003, un amigo y yo subimos por la Cuesta Blanquilla mientras que un gatillo negro abandonado nos contempla desde un solitario solar. Dejamos atrás las últimas casas de Las Gabias y nos adentramos por los montes. Pero lo que nos llama la atención, a esta temprana hora, es la caravana de turismos que se ven por la carretera de La Malahá: salen de las dos discotecas cercanas, en medio de pitidos de claxon, voces de borrachos y música rockera a todo gas. Un coche va haciendo eses, con el riesgo de colisionar con los que vengan de frente, y un solitario chaval camina por el arcén en dirección a Las Gabias. No se le ve muy católico. Es un espectáculo ver la marea de vehículos que se dirigen a Granada, a dormir la mona, después de estar toda la noche de juerga. Bebiendo y soplando. La Guardia Civil de Tráfico podía hacer una excelente labor de reeducación vial, siguiendo las instrucciones del Pere Esteve, como la inmediata retirada del carné de conducir. La pareja no tiene nada más que ponerse en la carretera y parar a los sospechosos.

Parte del Área Metropolitana de Granada


Poco después, desde lo alto de un monte, observamos a los conejos correteando por la Rambla de la Cañada Honda, un auténtico vertedero clandestino donde echan los cascotes de las obras, sin que el Ayuntamiento de Las Gabias mueva un dedo. Subiendo a Montevive también se pueden ver sofás, muebles viejos y toda clase de trastos y electrodomésticos tirados a un lado del camino. Un poco más arriba, las vistas son impresionantes: Granada aparece al fondo y, más acá, lo que queda de la Vega; a la izquierda Cúllar y Santa Fe, y a mano derecha, Sierra Nevada con los pueblos desparramándose por las laderas. Mientras tanto, a nosotros nos espera un camino de polvo y sudor, pues la temperatura rondará los 20 grados. A un lado dejamos el camino a la finca del Cortijo de Malpasillo y, en cuestión de una hora, llegamos a Montevive. Pero ya no es aquella montaña orgullosa y esbelta, de 971 metros de altitud, que se asemejaba a los pechos de una mujer. Ahora ni siquiera es un monte: es una masa de tierra informe, mutilada y vaciada en la parte superior. A Montevive hace tiempo que lo descuajaringaron: esto es, le extrajeron el corazón con las retroexcavadoras.

Montevive al fondo y la A-44 abajo


A la izquierda hay explanadas, con taludes por donde van echando la tierra y las piedras, algunas enormes, que extraen de sus entrañas. Y en la parte posterior, mirando a
La Malahá, se encuentra la mina mientras que en la cima del monte sobreviven a duras penas dos encinas centenarias. Cuando contemplábamos, asombrados, a la mítica montaña de color de cobre, una bandada de perdices empezó a corretear por un sembrado. Seguidamente, otra bandada de cuervos –también anida aquí una colonia de búhos reales y zorros– pareció desaprobar nuestra presencia con sus escandalosos graznidos y, batiendo las alas, desaparecieron en un instante. Los cuervos vienen de la Vega de Granada y, a veces, al amanecer veo a la bandada volar por encima de mi casa. Después siguió un silencio sepulcral roto por el agradable canto de una perdiz. Pero el paisaje no puede ser más inhóspito: aparte de la montaña reducida a escombros, llaman la atención los carteles, vallas y torretas. Nada menos que tres vallas altas cerrando el paso a los visitantes y curiosos, a pesar de que el monte es público en la parte no afectada por la mina. Y en cuanto a los carteles, me entretuve en copiarlos. Éste prohíbe el paso a todo tipo de vehículos, aquellos dos, en letras negras, advierten: “Cantera, peligro explosivos”. Como las vallas nos impiden el paso, vamos bordeando la montaña y, cada centenar de metros, avisan del peligro de explosivos.

En el cerro de al lado, hay una fosa en el suelo donde yace semienterrado un perro. Está boca arriba y con las patas señalando al cielo, pues ni siquiera se molestaron en taparlo con tierra. Al fondo del barranco se ven dos vehículos de cazadores, con sus respectivas perreras. Un poco más allá, varias hectáreas de terreno están aplanadas por las retroexcavadoras. ¿Qué irán a hacer aquí, en este sitio tan contaminado por el estroncio? Los escopetazos se oyen cada vez más cerca y, al poco, dos hombres rastrean con sus perros las laderas del monte cercano. Vamos rodeando la montaña, pero todo es un inmenso talud de unos 50 metros por donde van arrojando las piedras de desecho. Subimos a una loma y de pronto aparece la extensa llanura de la Comarca del Temple, mientras que a la derecha está el caserío blanco de La Malahá. Hace rato que un olor denso y fétido flota en el aire: viene de abajo, donde se encuentra la Planta de Reciclaje de Alhendín, que transforma la basura doméstica en compost, un abono para las plantas. Emprendemos el regreso, pues el calor aprieta, y me fijo en las tres torretas alrededor de Montevive que serán de Telefónica y de alguna emisora de radio.

El camino que lleva a Montevive


Conforme bajamos, el corazón de Granada parece retumbar por sobre la Vega: ¡pom, pom, pom! Es el ruido del tráfico de vehículos, de las fábricas, de la maquinaria, en suma, el bullicio de la humanidad. Dos bandadas de aves –unas cincuenta o sesenta– se entretienen dibujando círculos en el cielo. Son enormes, como las águilas perdiceras, y comprobamos que tienen el pico curvo. Su plumaje es negro, mientras que por el vientre y bajo las alas es de color gris. Nunca habíamos visto tantas aves juntas, las contemplamos con los prismáticos cuando se posan en las copas de los almendros cercanos. Unos días más tarde llamé por teléfono a ‘Flora y Fauna’, de la Delegación de Medio Ambiente, donde me informaron que no saben nada de la bandada de aves, pero pueden ser águilas ratoneras, ya que en este tiempo emigran a África por el Estrecho de Gibraltar. El espectáculo es impresionante: ver a tantas águilas juntas, dibujando círculos en el cielo y posándose después sobre los resecos almendros de estos parajes, para hacer un alto en su viaje de miles de kilómetros a África.

En 2005, la Consejería de Medio Ambiente elaboró un informe, donde textualmente se lee: “La mina de la Aurora es la mayor devastación provincial en un área de estas características, y la montaña de Montevive ha sido transformada en una escombrera... En más de 50 años de actividad no se ha restaurado nada”.

Dos años después de escribir este borrador, en octubre de 2005, se produjo un accidente de circulación, en una curva, entre Las Gabias y Churriana de la Vega. Un vehículo se estrelló contra el muro de hormigón, de un chalé, fallecieron tres jóvenes de Churriana y otro quedó en estado crítico. Pasado un tiempo, la Guardia Civil hizo controles los fines de semana en la carretera y desde entonces dejaron de venir centenares de jóvenes a las discotecas. La Rambla de la Cañada Honda y el camino también dejaron de ser vertederos, donde tiraban los escombros y los muebles viejos. El pasado siete de marzo subí por el camino de Montevive hasta la Autovía A-44, conocida como Autovía de Sierra Nevada-Costa Tropical, que conecta Bailén con Motril. Crucé el puente para los peatones y desde aquellos parajes se divisa a lo lejos la impresionante montaña de Montevive, con sus dos centenarias encinas (como si fueran eternos guardianes), pero dejé para otro día subir más arriba pues el camino estaba intransitable por el barro.

Sierra Nevada, entre almendros y olivos


Lo cierto es que, subiendo y bajando por el
camino de Montevive, no oí el runrún de los vehículos y de las máquinas, como veintitrés años atrás, porque ha disminuido bastante el tráfico en la antigua carretera de Bailén-Motril y en las carreteras cercanas, debido a que el metro llega hasta Armilla. También ha desaparecido la negra capa de contaminación atmosférica que se veía por encima de los edificios de Granada (era una de las ciudades más contaminadas de España), al disminuir la circulación de los vehículos, mientras que en Las Gabias también cerraron los centenarios tejares, que elaboraban ladrillos para la Alhambra. El tráfico de la Autovía A-44 se oye conforme subes por el monte, al mismo tiempo que el paisaje te ofrece unas vistas espectaculares de Sierra Nevada, que se alza en el horizonte. Como había llovido de forma intensa el día anterior, el camino estaba embarrado, hasta un turismo se había quedado inmovilizado debido al barro en una orilla. Hacía años que no subía por aquí, pero ahora en este paisaje semidesértico están los almendros en flor y le dan el aspecto de una postal. Al lado de la autovía, en las laderas de los montes, se ven numerosas madrigueras de las liebres mientras que en los ribazos del camino hay agujeros más grandes donde se refugian los lagartos y zorros.

Aspecto de la cara sur de Montevive. Javier Flores

Copio estos párrafos del artículo:
“Montevive, la desconocida y estratégica mina de celestina de la cuenca de Granada”, de Noemí Ariza Rodríguez, publicado el 8 de diciembre de 2022, en El Independiente de Granada.

“Pocos granadinos tienen constancia de que el yacimiento de mineral de celestina de Montevive, situado en las intersecciones de los municipios de Las Gabias, La Malahá y Alhendín, es la mayor reserva de Europa de este mineral inerte de estroncio, incluido últimamente como mineral crítico en Unión Europea por sus notables aplicaciones en el campo de la electrónica, telecomunicación, informática (pantallas de TV, ordenadores, radar, semiconductores, dieléctricos, resistores, monocristales), metalurgia, aleaciones (moldes, productos de soldadura, tratamiento de aceros, refinado electrolítico), electrólisis del zinc, automoción y otras como imanes permanentes o acumuladores eléctricos. Es por ello que desde los departamentos de Mineralogía y Petrología e Ingeniería Química de la Universidad de Granada surgió el interés por un estudio en conjunción con la empresa Canteras Industriales S.L., la empresa que explota la mina, que ha sido publicado recientemente en la revista Minerals (…).Canteras Industriales S.L. que tiene la concesión minera de explotación, tiene como principios conseguir el mayor aprovechamiento aplicando técnicas respetuosas con el medio ambiente”.

Es evidente que, casi un cuarto de siglo después, hay menos contaminación acústica y atmosférica en el Área Metropolitana de Granada, a la vez que también ha mejorado el medio ambiente.

Publicado en Ideal en Clase

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Posdata. Copio este párrafo del artículo En el corazón de Jabalcón, publicado en La Opinión de Granada, el 13 de noviembre de 2007, y en mi blog el 3 de octubre de 2014.

“En cuanto a la montaña de Montevive, la empresa minera despidió a los pocos empleados que tenía y dejó de sacar estroncio, de manera que aquello lo tienen cerrado. El estroncio es un mineral muy peligroso que contamina el agua y el aire, precisamente, un médico me dijo por esa época que en Las Gabias había cánceres de estómago y otras enfermedades debido a la contaminación del estroncio y a los abonos del campo. Entonces el agua que bebíamos allí era de los pozos".