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| Mercadillo de Castilléjar, años sesenta |
Fresneda no era malo, era un niño de unos ocho o nueve años. El sábado era el día en que su padre le daba una paguilla de manera que, si después de comer no había aflojado la guita, Fresneda le daba un toque: ¡Papá, que hoy es sábado! Y su padre, haciéndose el remolón, le respondía: ¡Ya lo sé, hombre! Entonces se estiraba hacia atrás con aires de suficiencia y se hurgaba en el bolsillo del chaleco, hasta que encontraba una de aquellas monedas agujeradas de dos reales, que valdría tanto como un chavico (la moneda de menos valor, el ochavo) en tiempos de Boabdil el Chico. El sábado se celebraba el mercadillo en el pueblo y para Fresneda era el día más feliz de la semana, pues, con aquella moneda pequeña bailando en el bolsillo de sus pantalones cortos, él se sentía alguien importante. Podía ir a la Plaza Mayor a echar un vistazo y elegir lo que quisiera, pero no saliéndose del presupuesto. Allí podía ver a Pedro el de las Ollas, al lado de su camión, con toda clase de cacharros de cocina, como sartenes, calderas, perolas, cazos, escudillas, botijos y platos de aluminio, desparramados por el suelo; y a otros vendedores con frutas del tiempo y legumbres. De los anejos acudían los campesinos para comprar lo necesario en el mercadillo, venían montados en burros con aguaderas y aprovechaban el viaje para llenar los cantaros de agua en los caños del pueblo. Todavía no había llegado el agua potable a los anejos ni la luz eléctrica, de manera que se alumbraban con candiles y carburos.
En su
corta edad y con sus pocas luces, Fresneda
había aprendido que sin los dos reales (equivalían a cinco perras gordas o la
mitad de una peseta) no era nadie, pues no podía comprar nada y entonces
tenía que irse al campo, a ver las vacas del tío Salomé, o meterse a escondidas en el bancal de Justillo, para coger aquellos peros tan
gordos y tan ricos. Algunos sábados, por la mañana, Fresneda se acercaba al
mercado del ganado, que tenía lugar enfrente de la taberna del tío Ramón,
donde regateaban los compradores con los gitanos, apoyados en sus bastones: Trescientos
reales por el burro y no se hable más.
Pero, antes de cerrar el trato con un apretón de manos, el comprador le abría
la boca al borrico y le miraba los dientes para calcular los años que tenía, de
manera que parecía que el animal se estaba riendo. Al mediodía, cuando se
marchaban unos y otros, dejaban el solar lleno de cagarrutas de los mulos y de
los burros, y de las colillas de tabaco liado. Y después de echar un vistazo, el
niño se tentó el bolsillo pensando que era su día, pero ignoraba que aquella
tarde se iba a presentar algo ajetreada.
Había un camión de naranjas, estacionado en
una esquina de la Plaza Mayor, y el vendedor
que era de Caravaca, dirigiéndose a Fresneda, le dijo guiñándole un ojo: Cucha que te diga, chaval. Te daré unos cuantos kilos de naranjas si te subes
al remolque del camión y me vas echando naranjas en la esportilla, conforme yo
te vaya pidiendo. Fresneda, que
era tímido, no supo decirle que no al murciano y de un brinco se encaramó en el
remolque, que contenía una montaña de mandarinas. Allí se vio expuesto a las
miradas de la gente, pero estando en el negocio –esportilla va y esportilla viene–
llegaron Cachichi y el Mantas, que eran famosos por sus travesuras:
Cuando nosotros te digamos, nos vas
echando unas pocas, le dijo Cachichi a Fresneda, asomando la jeta
por un hueco del remolque. Pero, ¿no
ves que el tío está ahí y se va a dar cuenta?..., protestó el zagal. ¡Ca! ¡Ese ni se entera! Tú vas echando, de
vez en cuando. Pero Fresneda se temía
lo peor: ¿Y si me pilla? El otro lo amenazó:
Tú verás lo que haces. El caso es que
se vio acarreando naranjas con la espuerta al murciano y, cuando veía que
estaba pesando con la romana, soltaba unas cuantas por encima del remolque,
mientras oía que varios las cogían como fieras debajo del camión. ¡Echa otras pocas!, le decían los zagalitrones de vez en cuando.
En esto, las mujeres y los hombres que iban a
comprar o pasaban por allí, sonreían al ver a aquellos truhanes moviéndose debajo
del remolque, cada vez que unas cuantas naranjas volaban por el aire. Aquello parecía el teatro de los títeres de
cachiporra. El pobre Fresneda estaba
corrido y avergonzado, se sentía impotente ante aquella situación tan
embarazosa y pensaba: ¡Vamos a ver si no salgo
yo caliente esta tarde de aquí! Pero aquellos rapaces eran insaciables y, cada
vez eran más, de manera que asomaban los ojos entre las rendijas del remolque y
le daban bufidos a Fresneda: ¡Echa más! Ajeno a este tinglado, el murciano
mostraba cara de satisfacción pues no paraba de pesar con la romana: ¡Vamos, María, a dos perras gordas el kilo!
¡Mirar qué naranjas wasintonas más dulces sus traigo hoy! ¡Acerca otro capacho,
niño, vamos que nos vamos!... Por un lado, Fresneda temía las represalias de aquellos malasombras y, por otro,
temblaba al pensar que el vendedor descubriera aquel tinglado, al girarse en
una de las veces. Estaba ya harto de acarrear naranjas y con el miedo en el
cuerpo, mientras que la gente se reía a su costa y los zagales se llevaban las naranjas
gratis. Después de pasar casi dos horas interminables de estar agachado y llenando
espuertas, Fresneda se dio por bien
librado al no ser descubierto y respiró tranquilo cuando se vio fuera del
remolque, con sus dos quilos de naranjas: ¡Anda
que si el tío me pilla en una de las veces, me da dos hostias! Y si no les echo naranjas a estos malafollás,
encima me calientan. El murciano se marchó poco después, con su camión de
naranjas por aquellos caminos carreteros, pensando que había hecho un buen negocio.
Se las compró a un agricultor por cuatro perras y esa tarde vendió casi la
mitad de la carga. Por su parte, Cachichi y el Mantas se habían dado un
buen atracón y llevaban los bolsillos de los pantalones y hasta las camisas
llenas de naranjas.
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| Monedas antiguas |
Después
de aquella aventura, Fresneda se
acercó al puesto de la tía María la Garbancera, una anciana toda vestida
de negro, con una falda larga que le llegaba a los pies y un pañuelo cubriéndole
la cabeza, pero andaba algo fastidiada de la memoria. Casi todas las semanas le
hacía la misma pregunta: ¿Cómo te
‘ñamas’, nene? Y cuando Fresneda
le decía el nombre, la mujer exclamaba: ¡Ah,
sí, ya me acuerdo! Tú eres el hijo de Juanico el Acequiero. ¿Qué quieres? El
zagal, ya un poco más calmado, le dijo: Deme
‘asté’ dos reales de garbanzos ‘torraos’. La tía María cogió los garbanzos de una espuerta de esparto, que tenía
colocada en el suelo, y llenó un cajoncillo de madera. El niño le entregó los
dos reales y metió los garbanzos cuidadosamente en el bolsillo del pantalón
corto. Allí al lado estaba también la Tía Recovera, que vendía huevos.
Unos
instantes después, la mano de Fresneda
iba del bolsillo a la boca y de la boca al bolsillo, con tanta ansia que
parecía que se estaba persignando, aunque alguna que otra vez los dientes le crujían:
¡Vaya, un garbanzo duro!, decía. Para él eran un delicioso manjar aquellos garbanzos ‘torraos’ y sentía un verdadero
placer al saborearlos. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre,
porque en unos minutos se los había embaulado. El sábado que viene voy a comprar palo dulce, porque lo chupo y me dura más que los garbanzos, pensó
el zagal, mientras le arreaba una patada a una lata.
Publicado en Ideal en Clase
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