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| Ejemplar de la edición de 1905, propiedad de Leandro |
En 1905, una tremenda sequía asolaba los campos de Andalucía y de Extremadura, mientras que media España pasaba hambre. El diario madrileño El Imparcial definía la situación de esta manera: “Un sol de justicia brilla en un cielo sin nubes. El fuerte viento de Levante azota con ráfagas de incendio los secos sembrados y desgrana las espigas. Paralizadas todas las faenas, crece el hambre en el proletariado agrícola”. A tal extremo habían llegado las cosas, que se produjeron algunos brotes de violencia entre los braceros andaluces, pero fueron sofocados con una represión indiscriminada, pues éste era el estilo de la época: “Hoy se han asaltado dos puestos de pan en Écija, y le han quitado la carga a un panadero”, apuntaba el corresponsal del diario ABC. Y los calificativos que este mismo diario le dedicaba a los jornaleros andaluces, en agosto de 1905, no podían ser peores: “Embrutecidos, supersticiosos, ignorantes y mal alimentados”.
Sin embargo, el conde de
Romanones, a la sazón ministro de Agricultura, se conocía bien el oficio:
“Las noticias referentes a la crisis agraria acusan tranquilidad en las
provincias andaluzas”. En aquel entonces, el salario medio del español no
alcanzaba las cinco pesetas diarias, mientras que un kilo de pan valía 0,40
pesetas y el kilo de carne de vaca a 2,30. A pesar de toda esta penuria, en España tenían lugar los homenajes, con
motivo del tercer centenario de la publicación de la primera parte de El
ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha: se organizaron batallas de flores y hasta
suscripciones populares, con el fin de recaudar fondos para levantar estatuas
en memoria de Miguel de Cervantes, el Príncipe de los Ingenios. En
mayo de aquel año del hambre, el afamado editor Saturnino Calleja –todavía se oye por ahí el viejo refrán de
“tienes más cuento que Calleja”– sacaba a la calle una edición resumida de El Quijote, al interesante precio de
2,25 pesetas.
Esto le costaría a mi bisabuelo,
Leandro García-Fresneda, que fue alcalde
pedáneo del Cortijo del Cura (Galera). En fin, ni que decir tiene que
guardo este valioso ejemplar de El
Quijote como oro en paño (cuatro generaciones lo hemos conservado) y, en
sus amarillentas páginas, han quedado escritas a lápiz algunas frases de mis
padres cuando andaban pelando la pava a
mediados de los años cuarenta, del pasado siglo. En el prólogo del libro, el
editor Calleja aconseja a los
señores profesores de Primera Enseñanza:
“La lectura del Quijote en las escuelas contribuirá, seguramente, a levantar en
España la afición a lo clásico, y con ese propósito hacemos esta edición
dedicada a los niños”. De vez en cuando me gusta aspirar ese olor rancio de sus
centenarias páginas, así como contemplar las amenas ilustraciones, que vienen
firmadas por Ángel.
Aquí vemos a Don Quijote,
brazo en alto, rodeado de los cabreros a la luz de una fogata, donde les está
largando un interminable sermón: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a
quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que
en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella
venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían
ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. Hoy, cuatro siglos
después, podemos decir sin temor a equivocarnos que, estos tiempos de mudanza y
de pérdida de valores andan tan revueltos, como el plato típico manchego de los
duelos y quebrantos. Pero dejemos ahora que se desahogue el Caballero de la Triste
Figura y le dice de
todo en un momento dado a Sancho Panza:
“Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas
guijeñas y apedernaladas...”. En cambio, todo se le antoja poco cuando se trata
de su amada: “Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me
pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha;
su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora
mía...”. De sobras sabe, el amigo Sancho,
que la tal Dulcinea no es sino la
labradora Aldonza Lorenzo, de manera
que habla un punto de más: “¡Ta... ta...! Bien que la conozco, y es más forzuda
que cualquier pastor del pueblo, pues a todos los ha vencido echando pulsos. Sí
señor, es una moza de pelo en pecho”. Y más adelante, cuando el fiel escudero se
ha desengañado de la prometida ínsula de
Barataria, exclama: “¡Maldita sea la madre que me parió!”.
Al comienzo de la novela, Cervantes
nos hace una memorable descripción de la pitanza de Alonso Quijano: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón
las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún
palomino de añadidura los domingos…”. Y como es sabido, utiliza el recurso de
un manuscrito para moverse con total libertad en la novela, de manera que la
segunda parte y algunos capítulos, comienzan diciendo: “Cuenta Cide Hamete
Benengeli...”. Y sin embargo, él mismo confesaría que la idea le vino en la
cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”. En fin, sólo resta decir que
me gusta releer El Quijote antes de dormirme –“se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”–, mientras saboreo
esos hermosos giros, redundancias y sutilezas: “Me dio un olor de ajos crudos,
que me encalabrinó y atosigó el alma..., que así nos trae corridos y
asendereados..., y que sólo estoy enamorado de oídas”. En el diálogo del famoso
soneto, le pregunta Babieca a Rocinante:
“Metafísico estáis”. Y éste responde, “Es que no como”. La muerte de Alonso
Quijano la describe así: “Dio su espíritu… quiero decir que se murió”.
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| Ilustración del interior |
Debemos señalar que la primera edición del Quijote tenía 664 páginas,
de papel barato, y costaba 290,5 maravedíes, el equivalente a cuatro docenas y
media de huevos de entonces; pues el alcalaíno, fuera del mundillo literario,
era un escritor prácticamente desconocido. “Véndese en casa de Francisco de
Robles, librero del Rey nuestro señor”, rezaba en la portada de la novela de
caballerías.
En estas fabulosas aventuras de encrucijadas, donde se cuenta lo jamás
visto ni oído, Miguel de Cervantes
no puede disimular su alegría y nos revela su gran secreto, al final de la
novela:
“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su
pluma:
(…) Tate, tate, folloncicos,
de ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen Rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir,
solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
tordesillesco ...”. Y de paso explica por qué escribió la novela: “… pues no ha
sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y
disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi
verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda
alguna. Vale”.
Antes de fallecer, el 22 de abril de 1616, Cervantes se despedía así de este mundo: “Adiós, gracias; adiós,
donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo...”. Sin embargo,
el genial escritor no tuvo el multitudinario entierro de Lope de Vega, sino que fue pobre, tal y como había sido su agitada
vida; pero nos ha legado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Publicado en Ideal en Clase
https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-releyendo-don-quijote/


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