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| Tarde de toros, años sesenta |
Andaba como perdido escribiendo la novela, la tomaba y al poco la dejaba –tómame o déjame, como la canción de Mocedades–, hasta que al fin decidí hincarle el diente. Luego me pasé el verano corrigiendo las galeradas y una tarde el editor me soltó: “Yo no gano dinero contigo”. Y llevaba su razón, pues no se puede tachar tanto. En fin, luego vino la presentación del libro en el ‘Colegio Público Los Ríos’, de Castilléjar. Cuando llegué aquella tarde, apenas si había gente porque la ‘Asociación de Mujeres La Alameda’ estaba celebrando el ‘Día de la Mujer Rural’. Por otro lado, en el salón de actos de la escuela no había micrófonos y el decorado no podía ser más pobre –pero fue preparado por los niños, por lo que aquí va mi agradecimiento tardío a ellos y a la directora, Inmaculada–, sin embargo, al final salió bien porque las mujeres se volcaron y hasta faltaron sillas. El público captó el mensaje porque la gente sencilla y humilde –ésa que nunca sale en ningún sitio– era la protagonista del libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’ (2003). En realidad, la gente anónima es la que escribe cada día los renglones de la intrahistoria en los olvidados pueblos del Altiplano.
El escritor Francisco Gil
Craviotto (falleció el pasado año) se
quedó con muchas ganas de venir a leer las páginas, que recitó en el Palacio de los Condes de Gabia, de Granada, pues tuvo que marcharse a Francia. Me sentí también arropado por don Miguel Lozano (también falleció en
2025), antiguo director del Colegio Público
Genil, de Granada, y de las Escuelas de la Tercia, de Castilléjar, en los años
sesenta: “Si necesitas que te eche una mano, aquí me tienes”, me dijo. No
podía faltar Jesús María García,
maestro, guía y amigo en la milenaria Galera. Vino al acto gente de toda la
Comarca de Huéscar y se vendieron
unos ochenta libros. Y con la gloria también llegaron algunas miserias y
disgustos, que paso de contar. Pero que en Granada
asistieran más de sesenta personas a la presentación de la novela es algo que
nunca podía imaginar. Es más, estaba convencido de que vendería unos pocos
libros y los demás tendría que ‘comérmelos’.
La novela refleja mi estado de ánimo –a
veces, cuando la releo, no puedo evitar que se me salten las lágrimas–, fueron
muchas horas dándole vueltas a los personajes y porque no me salían las frases. Sacarlo a la calle me costó algunos disgustos
–el editor hizo una segunda edición sin decírmelo y la vendió por Internet, o
libreros que no me pagaron los ejemplares vendidos–, subidas de tensión, indecisiones,
meteduras de pata de un escritor novel y todo lo que queramos echarle. Lo
cierto es que, sin la ayuda de muchas personas, la novela no hubiera salido
adelante; y tengo que decir que ya no me pertenece porque forma parte de la
memoria del pueblo: retrata una época –la de los años cincuenta y sesenta–, la intrahistoria donde varios ‘castillejanos’ (de Castilleja de los Rios,
su verdadero nombre, pero apenas nadie lo reivindica excepto un servidor)
te van contando sus vivencias en las entrevistas, y en otros capítulos voy
recordando a personajes de mi infancia que ya no existen, como mis padres que
habían fallecido años antes. También yo lo estaba pasando mal en el trabajo,
por lo que hay demasiada nostalgia, como en la novela ‘Pedro Páramo’, del escritor mexicano Juan Rulfo.
He corregido algunos nombres, debido a que perdí el contacto con aquellas
personas de mi infancia. Son muchas las personas que me han llamado por
teléfono y me han felicitado: con eso me
doy por pagado. El libro, al final, me ha devuelto con creces todo aquello que
yo le di. Entre las muchas anécdotas, Maricruz
Domínguez (prima de mi padre) me llamó por teléfono desde Valencia para decirme que su hermano José –murió con 27 años en un accidente
de moto– se encontraba en una foto de la antigua plaza de toros, que montaban
con palos trabados. “¿Y no has leído el artículo sobre tu hermana Amelia? Le
pregunté. “No, es que le regalé el libro a mi hijo”, me respondió. Piedad Pinteño, desde Huéscar, me llamó
a los pocos días de presentarlo –se leyó el libro en un fin de semana– para darme las gracias por acordarme de su
madre, Carmen, que estaba postrada en la cama de un hospital de Granada, a
causa de un derrame cerebral: “¡Ella ya ni siquiera mueve los ojos!”. Estaba
en la misma habitación que la Nati, también impedida, las visité y
les dediqué unos párrafos a cada una. Concha
Román me encarga desde Barcelona
cuatro libros, porque sale en la foto de las viejas escuelas, y de paso me pide
el teléfono de don Miguel Lozano.
| Portada de la novela |
Antonio Clavero, de Cornellá, casado con una ‘castillejana’
me pide cuatro libros. Mi paisana me dice que la abuela se entusiasma cuando le
leen el libro por las tardes y “a mi marido le gusta más que a mí”. Juan López, del bar ‘El Rincón’ (falleció
hace varios años, los últimos en una silla de ruedas a causa de un accidente de
trabajo), dice que quien mejor ha salido en la novela ha sido él. Mi
agradecimiento a Nicolás, el de las
Cuevas Victoria, porque puso carteles en algunos sitios anunciando la
presentación de la novela. También a Juan
Ramón Martínez, porque después de haberla leído me envió una extensa carta
ampliando la información, pues conoce como pocos a los antiguos vecinos de Castilléjar.
Pero entre todos habremos forjado la pequeña historia de un pueblo y
conservado su legado y sus tradiciones. Con
motivo de la publicación de ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, llegaron a
Castilléjar unos periodistas de Canal Sur y estuvieron grabando imágenes que
salieron en la televisión andaluza. El caso es que yo veía una serie de
coincidencias entre la película ‘¡Bienvenido,
mister Marshall!’, de García Berlanga –por las peripecias que pasaron el
equipo y los actores–, y lo que a mí me estaba sucediendo. Hasta que se lo dije
a Paco Terrón: “¡Claro, cómo no me di cuenta antes! Aquí la gente os ve como a los americanos de Villar del Río, que
pasaron de largo en medio de una nube de polvo”. Sin embargo, Paco me ha prometido que volverá pronto
por estas tierras entrañables. “Las imágenes de aquella lejana época me vienen
a la memoria envueltas en una especie de neblina, como cuando contemplo esas
viejas fotografías en blanco y negro, de la época, que hizo mi padre, Leandro, y que me han servido para ilustrar
‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’”.
Sin embargo, cuando publican sus fotos, casi nadie se acuerda de mencionar su
nombre. Las personas mayores que aparecen en ellas no viven ya, porque se
fueron muriendo en medio del olvido y del silencio. Son voces en la lejanía o
quizá un puñado de recuerdos anclados en el tiempo, pero que tratan de decirnos
algo y contarnos unas historias. La novela en definitiva es una mirada al
pasado, pero llena de cariño y de nostalgia.
Escribir
la primera novela ha sido para mí una forma de revivir aquellos años, que ya
sólo existen en nuestra imaginación, en los recuerdos que guardaba de niño. Es
como una memoria sentimental y así lo expreso en la introducción del libro: “Vine
aquí esperando encontrar los recuerdos y paisajes de mi niñez –pero cada vez
que entro en la antigua casa de mis padres, se me cae el alma al verla vacía y
casi en ruinas– y los viejos rincones olvidados; el calor de la gente y
aquellas caras conocidas, hoy humilladas por el tiempo. Vine aquí, en fin,
buscando mis raíces...”.
Posdata. Conservaba el borrador tras la presentación del
libro, pues lo escribí por aquellos agitados y alegres días de 2003, y me ha
servido para elaborar este artículo.
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