domingo, 31 de mayo de 2026

LOS DOS REALES

 

Mercadillo de Castilléjar, años sesenta



Fresneda no era malo, era un niño de unos ocho o nueve años. El sábado era el día en que su padre le daba una paguilla de manera que, si después de comer no había aflojado la guita, Fresneda le daba un toque: ¡Papá, que hoy es sábado! Y su padre, haciéndose el remolón, le respondía: ¡Ya lo sé, hombre! Entonces se estiraba hacia atrás con aires de suficiencia y se hurgaba en el bolsillo del chaleco, hasta que encontraba una de aquellas monedas agujeradas de dos reales, que valdría tanto como un chavico (la moneda de menos valor, el ochavo) en tiempos de Boabdil el Chico. El sábado se celebraba el mercadillo en el pueblo y para Fresneda era el día más feliz de la semana, pues, con aquella moneda pequeña bailando en el bolsillo de sus pantalones cortos, él se sentía alguien importante. Podía ir a la Plaza Mayor a echar un vistazo y elegir lo que quisiera, pero no saliéndose del presupuesto. Allí podía ver a Pedro el de las Ollas, al lado de su camión, con toda clase de cacharros de cocina, como sartenes, calderas, perolas, cazos, escudillas, botijos y platos de aluminio, desparramados por el suelo; y a otros vendedores con frutas del tiempo y legumbres. De los anejos acudían los campesinos para comprar lo necesario en el mercadillo, venían montados en burros con aguaderas y aprovechaban el viaje para llenar los cantaros de agua en los caños del pueblo. Todavía no había llegado el agua potable a los anejos ni la luz eléctrica, de manera que se alumbraban con candiles y carburos.  

En su corta edad y con sus pocas luces, Fresneda había aprendido que sin los dos reales (equivalían a cinco perras gordas o la mitad de una peseta) no era nadie, pues no podía comprar nada y entonces tenía que irse al campo, a ver las vacas del tío Salomé, o meterse a escondidas en el bancal de Justillo, para coger aquellos peros tan gordos y tan ricos. Algunos sábados, por la mañana, Fresneda se acercaba al mercado del ganado, que tenía lugar enfrente de la taberna del tío Ramón, donde regateaban los compradores con los gitanos, apoyados en sus bastones: Trescientos reales por el burro y no se hable más. Pero, antes de cerrar el trato con un apretón de manos, el comprador le abría la boca al borrico y le miraba los dientes para calcular los años que tenía, de manera que parecía que el animal se estaba riendo. Al mediodía, cuando se marchaban unos y otros, dejaban el solar lleno de cagarrutas de los mulos y de los burros, y de las colillas de tabaco liado. Y después de echar un vistazo, el niño se tentó el bolsillo pensando que era su día, pero ignoraba que aquella tarde se iba a presentar algo ajetreada.

Había un camión de naranjas, estacionado en una esquina de la Plaza Mayor, y el vendedor que era de Caravaca, dirigiéndose a Fresneda, le dijo guiñándole un ojo: Cucha que te diga, chaval. Te daré unos cuantos kilos de naranjas si te subes al remolque del camión y me vas echando naranjas en la esportilla, conforme yo te vaya pidiendo. Fresneda, que era tímido, no supo decirle que no al murciano y de un brinco se encaramó en el remolque, que contenía una montaña de mandarinas. Allí se vio expuesto a las miradas de la gente, pero estando en el negocio –esportilla va y esportilla viene– llegaron Cachichi y el Mantas, que eran famosos por sus travesuras: Cuando nosotros te digamos, nos vas echando unas pocas, le dijo Cachichi a Fresneda, asomando la jeta por un hueco del remolque. Pero, ¿no ves que el tío está ahí y se va a dar cuenta?..., protestó el zagal. ¡Ca! ¡Ese ni se entera! Tú vas echando, de vez en cuando. Pero Fresneda se temía lo peor: ¿Y si me pilla? El otro lo amenazó: Tú verás lo que haces. El caso es que se vio acarreando naranjas con la espuerta al murciano y, cuando veía que estaba pesando con la romana, soltaba unas cuantas por encima del remolque, mientras oía que varios las cogían como fieras debajo del camión. ¡Echa otras pocas!, le decían los zagalitrones de vez en cuando.


En esto, las mujeres y los hombres que iban a comprar o pasaban por allí, sonreían al ver a aquellos truhanes moviéndose debajo del remolque, cada vez que unas cuantas naranjas volaban por el aire. Aquello parecía el teatro de los títeres de cachiporra. El pobre Fresneda estaba corrido y avergonzado, se sentía impotente ante aquella situación tan embarazosa y pensaba: ¡Vamos a ver si no salgo yo caliente esta tarde de aquí! Pero aquellos rapaces eran insaciables y, cada vez eran más, de manera que asomaban los ojos entre las rendijas del remolque y le daban bufidos a Fresneda: ¡Echa más! Ajeno a este tinglado, el murciano mostraba cara de satisfacción pues no paraba de pesar con la romana: ¡Vamos, María, a dos perras gordas el kilo! ¡Mirar qué naranjas wasintonas más dulces sus traigo hoy! ¡Acerca otro capacho, niño, vamos que nos vamos!... Por un lado, Fresneda temía las represalias de aquellos malasombras y, por otro, temblaba al pensar que el vendedor descubriera aquel tinglado, al girarse en una de las veces. Estaba ya harto de acarrear naranjas y con el miedo en el cuerpo, mientras que la gente se reía a su costa y los zagales se llevaban las naranjas gratis. Después de pasar casi dos horas interminables de estar agachado y llenando espuertas, Fresneda se dio por bien librado al no ser descubierto y respiró tranquilo cuando se vio fuera del remolque, con sus dos quilos de naranjas: ¡Anda que si el tío me pilla en una de las veces, me da dos hostias! Y si no les echo naranjas a estos malafollás, encima me calientan. El murciano se marchó poco después, con su camión de naranjas por aquellos caminos carreteros, pensando que había hecho un buen negocio. Se las compró a un agricultor por cuatro perras y esa tarde vendió casi la mitad de la carga. Por su parte, Cachichi y el Mantas se habían dado un buen atracón y llevaban los bolsillos de los pantalones y hasta las camisas llenas de naranjas.


Monedas antiguas


Después de aquella aventura, Fresneda se acercó al puesto de la tía María la Garbancera, una anciana toda vestida de negro, con una falda larga que le llegaba a los pies y un pañuelo cubriéndole la cabeza, pero andaba algo fastidiada de la memoria. Casi todas las semanas le hacía la misma pregunta: ¿Cómo te ‘ñamas’, nene? Y cuando Fresneda le decía el nombre, la mujer exclamaba: ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tú eres el hijo de Juanico el Acequiero. ¿Qué quieres? El zagal, ya un poco más calmado, le dijo: Deme ‘asté’ dos reales de garbanzos ‘torraos’. La tía María cogió los garbanzos de una espuerta de esparto, que tenía colocada en el suelo, y llenó un cajoncillo de madera. El niño le entregó los dos reales y metió los garbanzos cuidadosamente en el bolsillo del pantalón corto. Allí al lado estaba también la Tía Recovera, que vendía huevos.

Mercadillo de Orce, años cincuenta
Unos instantes después, la mano de Fresneda iba del bolsillo a la boca y de la boca al bolsillo, con tanta ansia que parecía que se estaba persignando, aunque alguna que otra vez los dientes le crujían: ¡Vaya, un garbanzo duro!, decía. Para él eran un delicioso manjar aquellos garbanzos ‘torraos’ y sentía un verdadero placer al saborearlos. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, porque en unos minutos se los había embaulado. El sábado que viene voy a comprar palo dulce, porque lo chupo y me dura más que los garbanzos, pensó el zagal, mientras le arreaba una patada a una lata.

 Posdata. Monedas de la Dictadura de Franco. De derecha a izquierda: dos monedas de una peseta, de 1966; de dos reales o cincuenta céntimos, de 1949 y 1963; y dos monedas de 5 y 10 céntimos, de 1945, llamadas popularmente perrilla y perra gorda.

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viernes, 15 de mayo de 2026

¿PARA QUÉ ESCRITORES Y POETAS?

           

La tertulia en 'La Colmena', de Mario Camus (1)



Hace algunos años encontré, en una librería de viejo de Granada, el ‘Libro de estilo para novicios y principiantas: cómo escribir correctamente en seis meses’, y para empezar recomendaba la lectura reposada, atenta y profunda. Luego se dedicaba a enumerar los distintos tipos de escritores y recuerdo que, más o menos, decía así: 1. Tenemos el caso del ‘escribidor de oídas’, cuando para escribir es justo y necesario haber leído hasta a Corín Tellado, que escribió más de cuatro mil novelas románticas. Pero hay quien se las da de novelista, como si las letras fueran cosa de las musas. Esta carencia de lecturas hace que el escribidor meta la pezuña de vez en cuando. 2. ‘El profesor pedante’ –tan cargado de títulos académicos, cual militar laureado– suele rebuscar palabrejas raras, aunque no sabe trenzar dos renglones seguidos. Asistir a sus clases es verdaderamente insoportable, pues suele mezclar las churras con las merinas.

3. ‘El meritorio’ es aquél que se presenta a un premio literario y piensa que, con sólo oír su nombre, se lo van a conceder por méritos propios. En realidad, está necesitando un cursillo acelerado de comas, guiones y frases cortas. 4. El ‘personaje público’ que, llevado de esa aureola, escribe artículos huecos y faltos de sustancia, carentes de ritmo y de entonación. Este hombre público está convencido de que es un escritor profundo, pero los críticos literarios aconsejan al lector que lo mejor es pasar página. El librillo ‘Lectura de manuscritos’ (con modelos de cartas, documentos…), arreglado y publicado por Saturnino Calleja, en 1888, me costó cinco euros, en una librería de viejo de Granada, en 2012, aunque conservo también otro manuscrito igual, que era de mi padre. Cuando yo tenía siete años, mi padre me exigía escribir una plana diaria (una página de la libreta para que aprendiera), copiada del manuscrito precisamente con el texto de la carta, en letra bastardilla, bajo pena de doble ración si no la escribía: “Cómo comprendo que el hombre público no se pertenece en muchas ocasiones, y que a veces tiene que sacrificar los más puros sentimientos en aras del deber...”.

5. Con la confianza y seguridad que da el cargo, ‘el trepa’ cree poseer una vasta cultura. Suele ser el funcionario, ascendido por enchufe en el escalafón, y lo delata su arcaico lenguaje administrativo: esos latiguillos y muletas que vienen del siglo pasado. 6. Se ha dado el caso que, detrás de un crítico literario, se esconde un escritor malogrado. Aunque también se da el del ‘crítico converso’, esto es, cuando se ha transformado en novelista. 7. ‘El escritor militante’ suele escribir con anteojeras, por lo que su visión es limitada. Se dice que está al caldo y a las tajadas por la ideología, al servicio de unas siglas o de su amo. 8. ‘El figurón’ escribe generalmente para la galería y desde la tarima tiende al egocentrismo. De su lectura poco provecho podemos sacar. 10. En cambio, del ‘poeta pobre’ bien podría decirse que alcanzará el reino de los cielos. Cervantes ya sentenció en ‘Los trabajos de Persiles y Segismunda’: “El año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre. Hay muchos poetas, luego hay muchos pobres”. Se cuenta que, al poeta José Zorrilla lo perseguía el sastre para cobrarle el frac, cuando lo veía por la calle. 11. ‘El escritor de casino’ –“¡A ver, un café solo!” y así pasaba toda la tarde– es ya una especie en extinción, pues casi nadie va a tomar café al bar. En las antiguas tertulias, solamente en Madrid había tres o cuatro diarias (en la primera mitad del siglo XX), solían encontrar su fuente de inspiración Cela, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros, al lado del ‘limpia’ y de las cigarreras. En ‘La colmena’, el Premio Nobel retrata la tertulia de escritores en el famoso Café Gijón. Sin embargo, hoy los escritores prefieren la soledad de la mesa camilla, que tanto practicó don Pío Baroja, quizá debido a su mal genio. 12. ‘El ensayista profeta’ tiene una visión sesgada de la actualidad y de la historia y, aunque va de progre, vive como un burgués, etc.

José Solana, La tertulia del Café de Pombo, 1920


Después de esta prolija relación de escritores y poetas, me entretuve leyendo un sabroso artículo de opinión de los años noventa, donde un boticario retirado sostenía que, la función social del escritor se puede resumir entre su ideal de vida y la prosaica realidad diaria: “Por lo general, su labor no suele ser reconocida ni valorada por la sociedad actual, aunque, se tiene conocimiento de algunos esporádicos homenajes a título póstumo”. Hay que recordar al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y al escritor checo Frank Kafka, que alcanzaron la fama precisamente después de haber fallecido. Ambos encargaron a sus amigos, en los últimos momentos de vida, que destruyeran sus obras porque se sintieron unos fracasados. La gloria les llegó demasiado tarde. El insigne boticario proseguía con sus reflexiones y lanzaba al lector esta terrible pregunta: “¿Para qué queremos escritores y poetas si, a fin de cuentas, no solucionan los problemas de la calle y ni siquiera tienen poder para influir sobre los ciudadanos? –y concluía, desolado–: Unos pocos literatos no van a cambiar el destino del mundo, pues para eso ya están los políticos con sus porfías diarias y sus buenos sueldos”. Pero un escritor, del que no consigo acordarme de su nombre, llevaba el asunto más lejos en un artículo: “¿Para qué queremos escritores y poetas en tiempos de guerra?”.

 (1). La colmena, de Mario Camus. 1982 (en el Café Gijón).

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viernes, 1 de mayo de 2026

MI PRIMERA NOVELA

 

Tarde de toros, años sesenta


Andaba como perdido escribiendo la novela, la tomaba y al poco la dejaba  –tómame o déjame, como la canción de Mocedades–, hasta que al fin decidí hincarle el diente. Luego me pasé el verano corrigiendo las galeradas y una tarde el editor me soltó: “Yo no gano dinero contigo”. Y llevaba su razón, pues no se puede tachar tanto. En fin, luego vino la presentación del libro en el ‘Colegio Público Los Ríos’, de Castilléjar. Cuando llegué aquella tarde, apenas si había gente porque la ‘Asociación de Mujeres La Alameda’ estaba celebrando el ‘Día de la Mujer Rural’. Por otro lado, en el salón de actos de la escuela no había micrófonos y el decorado no podía ser más pobre –pero fue preparado por los niños, por lo que aquí va mi agradecimiento tardío a ellos y a la directora, Inmaculada–, sin embargo, al final salió bien porque las mujeres se volcaron y hasta faltaron sillas. El público captó el mensaje porque la gente sencilla y humilde –ésa que nunca sale en ningún sitio– era la protagonista del libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’ (2003). En realidad, la gente anónima es la que escribe cada día los renglones de la intrahistoria en los  olvidados pueblos del Altiplano.  

El escritor Francisco Gil Craviotto (falleció el pasado año) se quedó con muchas ganas de venir a leer las páginas, que recitó en el Palacio de los Condes de Gabia, de Granada, pues tuvo que marcharse a Francia. Me sentí también arropado por don Miguel Lozano (también falleció en 2025), antiguo director del Colegio Público Genil, de Granada, y de las Escuelas de la Tercia, de Castilléjar, en los años sesenta: “Si necesitas que te eche una mano, aquí me tienes”, me dijo. No podía faltar Jesús María García, maestro, guía y amigo en la milenaria Galera. Vino al acto gente de toda la Comarca de Huéscar y se vendieron unos ochenta libros. Y con la gloria también llegaron algunas miserias y disgustos, que paso de contar. Pero que en Granada asistieran más de sesenta personas a la presentación de la novela es algo que nunca podía imaginar. Es más, estaba convencido de que vendería unos pocos libros y los demás tendría que ‘comérmelos’.

La novela refleja mi estado de ánimo –a veces, cuando la releo, no puedo evitar que se me salten las lágrimas–, fueron muchas horas dándole vueltas a los personajes y porque no me salían las frases. Sacarlo a la calle me costó algunos disgustos –el editor hizo una segunda edición sin decírmelo y la vendió por Internet, o libreros que no me pagaron los ejemplares vendidos–, subidas de tensión, indecisiones, meteduras de pata de un escritor novel y todo lo que queramos echarle. Lo cierto es que, sin la ayuda de muchas personas, la novela no hubiera salido adelante; y tengo que decir que ya no me pertenece porque forma parte de la memoria del pueblo: retrata una época –la de los años cincuenta y sesenta–, la intrahistoria donde varios ‘castillejanos’ (de Castilleja de los Rios, su verdadero nombre, pero apenas nadie lo reivindica excepto un servidor) te van contando sus vivencias en las entrevistas, y en otros capítulos voy recordando a personajes de mi infancia que ya no existen, como mis padres que habían fallecido años antes. También yo lo estaba pasando mal en el trabajo, por lo que hay demasiada nostalgia, como en la novela ‘Pedro Páramo’, del escritor mexicano Juan Rulfo.

He corregido algunos nombres, debido a que perdí el contacto con aquellas personas de mi infancia. Son muchas las personas que me han llamado por teléfono y me han felicitado: con eso me doy por pagado. El libro, al final, me ha devuelto con creces todo aquello que yo le di. Entre las muchas anécdotas, Maricruz Domínguez (prima de mi padre) me llamó por teléfono desde Valencia para decirme que su hermano José –murió con 27 años en un accidente de moto– se encontraba en una foto de la antigua plaza de toros, que montaban con palos trabados. “¿Y no has leído el artículo sobre tu hermana Amelia? Le pregunté. “No, es que le regalé el libro a mi hijo”, me respondió. Piedad Pinteño, desde Huéscar, me llamó a los pocos días de presentarlo –se leyó el libro en un fin de semana– para darme las gracias por acordarme de su madre, Carmen, que estaba postrada en la cama de un hospital de Granada, a causa de un derrame cerebral: “¡Ella ya ni siquiera mueve los ojos!”. Estaba en la misma habitación que la Nati, también impedida, las visité y les dediqué unos párrafos a cada una. Concha Román me encarga desde Barcelona cuatro libros, porque sale en la foto de las viejas escuelas, y de paso me pide el teléfono de don Miguel Lozano.

Portada de la novela


Antonio Clavero, de Cornellá, casado con una ‘castillejana’ me pide cuatro libros. Mi paisana me dice que la abuela se entusiasma cuando le leen el libro por las tardes y “a mi marido le gusta más que a mí”. Juan López, del bar ‘El Rincón’ (falleció hace varios años, los últimos en una silla de ruedas a causa de un accidente de trabajo), dice que quien mejor ha salido en la novela ha sido él. Mi agradecimiento a Nicolás, el de las Cuevas Victoria, porque puso carteles en algunos sitios anunciando la presentación de la novela. También a Juan Ramón Martínez, porque después de haberla leído me envió una extensa carta ampliando la información, pues conoce como pocos a los antiguos vecinos de Castilléjar.

Pero entre todos habremos forjado la pequeña historia de un pueblo y conservado su legado y sus tradiciones. Con motivo de la publicación de ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, llegaron a Castilléjar unos periodistas de Canal Sur y estuvieron grabando imágenes que salieron en la televisión andaluza. El caso es que yo veía una serie de coincidencias entre la película ‘¡Bienvenido, mister Marshall!’, de García Berlanga –por las peripecias que pasaron el equipo y los actores–, y lo que a mí me estaba sucediendo. Hasta que se lo dije a Paco Terrón: “¡Claro, cómo no me di cuenta antes! Aquí la gente os ve como a los americanos de Villar del Río, que pasaron de largo en medio de una nube de polvo”. Sin embargo, Paco me ha prometido que volverá pronto por estas tierras entrañables. “Las imágenes de aquella lejana época me vienen a la memoria envueltas en una especie de neblina, como cuando contemplo esas viejas fotografías en blanco y negro, de la época, que hizo mi padre, Leandro, y que me han servido para ilustrar Diálogos en la Tierra de los Ríos’”. Sin embargo, cuando publican sus fotos, casi nadie se acuerda de mencionar su nombre. Las personas mayores que aparecen en ellas no viven ya, porque se fueron muriendo en medio del olvido y del silencio. Son voces en la lejanía o quizá un puñado de recuerdos anclados en el tiempo, pero que tratan de decirnos algo y contarnos unas historias. La novela en definitiva es una mirada al pasado, pero llena de cariño y de nostalgia.

Escribir la primera novela ha sido para mí una forma de revivir aquellos años, que ya sólo existen en nuestra imaginación, en los recuerdos que guardaba de niño. Es como una memoria sentimental y así lo expreso en la introducción del libro: “Vine aquí esperando encontrar los recuerdos y paisajes de mi niñez –pero cada vez que entro en la antigua casa de mis padres, se me cae el alma al verla vacía y casi en ruinas– y los viejos rincones olvidados; el calor de la gente y aquellas caras conocidas, hoy humilladas por el tiempo. Vine aquí, en fin, buscando mis raíces...”.

Posdata. Conservaba el borrador tras la presentación del libro, pues lo escribí por aquellos agitados y alegres días de 2003, y me ha servido para elaborar este artículo.

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