sábado, 13 de junio de 2026

EL PORTACHO. MEMORIAS DE UN BARRIO

 


 



Conocí a Bonifacio Sola García junto al Puente de Hierro de Galera, donde estuvimos hablando sobre su relato El Portacho. Memorias de un barrio, que publicó en el verano de 2004. Este puente, me confesó, es como un símbolo para los galerotes: aquí venimos a pasear los domingos igual que hacían nuestros abuelos, y aquí, junto al río, la mayoría de nosotros nos pusimos novios. En el garaje de su casa, Boni me enseñó toda clase de utensilios y cachivaches, colocados pulcramente en la pared –desde un trillo a una romana o una alcuza-, con los que quiere montar un museo. Estas herramientas, con las que nuestros padres y abuelos se ganaban la vida, hoy ya no sirven para nada y han pasado a formar parte de la Prehistoria, me dice un tanto apesadumbrado. También me explica que El Portacho es un barrio que se encuentra en la parte alta del pueblo, donde había una puerta o portacho, que dividía el sector cristiano de los moriscos, antes de su expulsión de España en el siglo XVII. La novela refleja la vida del pueblo en los años cincuenta y sesenta, donde Boni va narrando su infancia mientras se recrea en las anécdotas de algunos vecinos. Es la crónica fiel de la España oscura donde la miseria, el estraperlo y las cartillas de racionamiento parecían hijos de la misma madre.

Mientras leía la novela, tuve la impresión de que estaba reviviendo mi infancia. La historia arranca en 1952: Los braceros tenían la costumbre de bajar a la puerta de Marcelo y, con un poco de suerte (el mayoral los iba señalando con el dedo), podían echar un jornal. De lo contrario, tenían que tirarse al monte a coger esparto. También escribe sus primeros recuerdos, cuando todavía andaba a gatas: Manolo siempre estaba cosiendo suelas de alpargatas y yo empezaba a enredarle el manojo de cordeles, hasta que acababa volcándole las suelas. Ahí sí que ya no toleraba... y, además, decía que le estaba haciendo ‘sombraluces’. A continuación cuenta que, cuando estaba arrimado a la lumbre en la cueva de mi abuela, ésta me preguntaba: ‘¿Quieres tomate y pan?’ Y luego era pan y magra.



Como vivían en el barrio alto de Galera, para cualquier cosa tenían que asomarse al puntal. Antes, para saber la hora, teníamos que bajar a la puerta del ‘tío Pío’, pues desde allí se veía el reloj de la torre de la Iglesia. A los seis años fue a la escuela y recuerda que por las mañanas el maestro repartía un vaso de leche en polvo, americana y de sabor dulzón, y un poco de  queso. La primera cartilla que me compraron se llamaba ‘Manín’, así como una pizarra pequeña. Y cada mes nos ponían una película de ‘El gordo y el flaco’ o de ‘Fray Escoba’. Más tarde, para calentarnos, sacamos la técnica de bajarnos una lata de sardinas redonda con unas ascuas, que llevaba un alambre para cogerla y no quemarte. En cuanto a los  juegos, dice que había infinidad de ellos: las perinolas, las bolas, salva la cadena, la dopi, el caliche y un montón más. Sin embargo, señala que en aquella época la gente iba vestida con colores oscuros y los hombres llevaban aquellos pantalones de pana que zurrían al andar..., todos iban con su gorra o una boina. Las mujeres, en cambio, iban con muchos refajos y, casi todas ellas, llevaban un pañuelo en la cabeza. En otro párrafo cuenta las bromas que algunos mayores gastaban a los zagales: Te cogían la cabeza con las dos manos, a la altura de las orejas, y te decían: ‘Oye, chaval, ¿tú quieres ver a Dios comiendo gachas? Entonces te empezaban a restregar las manos, que las tenían encallecidas, y cuando te soltaban no sólo veías a Dios sino también al Espíritu Santo. Las gachas y el cuzcuz son platos típicos de la comarca, que se hacen básicamente con harina, y datan del tiempo de los moros.



Más adelante, Boni refiere la anécdota de cuando pusieron una emisora de radio en Huéscar. El ‘tío Pelele’, que era el encargado de hacer los ‘mandaos’, iba y venía en su bicicleta que tenía dos portaequipajes. También se encargaba de llevar los discos que la gente solicitaba y, todos los días, a las tres y media de la tarde, estábamos pendientes para oir a quienes se los dedicaban. La locutora, con esa voz melosa, decía: ‘Para la chica más simpática, le dedicamos esta canción que lleva por título... Esperando que sea muy feliz en su cumpleaños, se lo desea con el cariño de quien ella sabe’. De su padre dice que, cuando vino de trabajar de Asturias, compró una fanega de tierra que tenía once paratos, en los que consiguió sembrar unos arroyos de ‘papas’, en algo que era de su propiedad. De su abuela ha dejado escrito que,  cuando murió, nos tocó de herencia una parte de la cueva, tres sillas grandes, dos sillas chicas, una mecedora y un baúl. Siempre me quedó un buen recuerdo de ella. Luego relata las fatigas que pasaban los segadores. En el verano se marchaban andando por la parte de Lorca y del campo de Cartagena. Era costumbre que uno de la cuadrilla tenía una caracola y, soplándola,  emitía un sonido fuerte, encargándose de llamar y despertar a los demás. Cuenta, con cierta nostalgia, que antes todo el pueblo te invitaba a lo poco que tenía. Llegando diciembre, todos hacían ‘mistela’ y luego venían los rosquillos para la Pascua, pues eran tiempos que se vivían con mucha ilusión. Finalmente, recuerda el caso de aquel singular vecino que, cuando se achispaba, le daba por sacar el burro de la cuadra diciendo que tenía que entrarlo de culo. La mujer le seguía la corriente e incluso le ayudaba, pues de lo contrario se ponía hecho una fiera. Al otro día el labriego ya no se acordaba de nada. La vida entonces, en Galera, discurría apaciblemente, junto al noble río Castilléjar que pasa lamiendo sus campos y bajo la estirada sombra del Cerro de Los Capones. 

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/el-portacho-memorias-de-un-barrio/

miércoles, 3 de junio de 2026

DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

 





Cada cinco de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. En la Cumbre de la Tierra de 1992, celebrada en Río de Janeiro, un dirigente lanzaba entonces esta seria advertencia: El tiempo se acaba... Y los más pesimistas advierten que esa irreversibilidad está ahí. A veces, uno llega a la conclusión de que todo el progreso conseguido hasta ahora ha sido proporcional a la destrucción de la naturaleza, aunque, mejor sería decir, ¡a costa de la naturaleza! Y lo que el progreso nos da con una mano, nos lo quita con la otra. En 1854, Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos, el Gran Jefe de Washington, hizo una última oferta por una gran extensión de tierras indias antes de lanzar el exterminio, prometiendo crear una reserva para el pueblo indígena. Esta es la respuesta del Jefe Indio Seattle.

Con su oferta de querer comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Y a continuación reivindica la tierra heredada de sus padres y todo aquello que forma parte del patrimonio de los pieles rojas: Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo; cada grano de arena, cada gota de rocío, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo (...). Nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros.

En un lenguaje poético, cargado de ternura y de recuerdos, continúa diciendo: El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Aunque, si bien, el indio es consciente de su inferioridad y de que su tribu vive todavía en la Edad de Piedra, de sobras conoce a aquellos rudos y despiadados colonos y a los  rampantes empresarios que los acompañan. Por eso, no duda en tacharlos de simples mercaderes: El hombre blanco trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. También vaticina las consecuencias de la colonización: Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto. A renglón seguido, arremete contra la civilización del hombre blanco porque supone una renuncia de sus raíces y  porque ya nadie escucha el silencio del bosque: La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja, pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera...  Como su pueblo vive en equilibrio con la naturaleza y se complace con las cosas sencillas, se pregunta con el escepticismo de un filósofo: ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque?  Sin embargo, asegura que todos los seres comparten un mismo aliento –la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire–. Y el viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Pero sabe que esta guerra la tienen perdida de antemano, pues el caballo salvaje de la pradera se enfrenta al humeante caballo de hierro: Si decidimos aceptar su oferta de comprar nuestras tierras le escribe, resignado, al presidente, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Porque el jefe indio ha sido testigo privilegiado de una crueldad sin sentido que rozaba el exterminio: He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha.

 Y, en este sentido, prosigue diciendo: Si todos los animales fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Todo va enlazado... Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo. También pronostica que los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. El motivo que alega es porque contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Seattle se lamenta de la catástrofe que ha supuesto para su pueblo la llegada del hombre blanco: ...pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. El final de la carta no puede ser más desolador: ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia. Hoy, en cambio, el tiempo se está acabando y puede que ya sea demasiado tarde. Cuentan que la Madre Tierra, cansada ya de tanta destrucción y desidia, se rebeló contra los hombres y les hizo esta seria advertencia: Habéis contaminado la naturaleza y el aire, también habéis hipotecado el  futuro de vuestros hijos; por tanto, debéis de pagar por ello. ¿De qué os sirvió ganar más dinero y poseer más bienes si no podéis beber el agua del río que nace entre las nieves de la Gran Montaña, y a la Vega del Genil, que par no tenía, ya no le queda ni el nombre.

     Granada ya no aparece envuelta en un manto de neblina, como ocurría a comienzos de este siglo, porque se ha restringido la circulación de vehículos en la ciudad, pero se ha convertido en una isla de calor por la falta de espacios verdes, porque todo se ha dedicado a la construcción de edificios. De ser una de las ciudades más frescas de España, durante el verano, se ha convertido en casi un horno, mientras que en París hay parques por todos lados. Las Gabias tampoco tiene las chimeneas echando humo negro, porque hace años que cerraron la última fábrica de ladrillos. Pero la Tierra está cada día más contaminada por la sobreexplotación, cada año las temperaturas baten records por el sobrecalentamiento y, como llueve menos, los ríos llevan menos caudal mientras que las danas y las lluvias torrenciales hacen estragos en el mundo. El Mar Mediterráneo tenía el verano de 2024 una temperatura de 30 grados y esta fue la causa de la dana en la provincia de Valencia, que ha sido considerada como una de las mayores catástrofes en el mundo durante ese año. Ante tanto desastre medioambiental, habrá que pensar: en pocos años tendremos cincuenta grados de temperatura y, lo que es peor, ¿qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos?

Carta al presidente de los Estados Unidos

https://www.youtube.com/watch?v=VJz4B14iasc

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