El escritor francés, Teófilo Gautier, publicó Viaje por España en 1843, cuando tenía 29 años. En 1840 realizó el viaje, acompañado de su amigo, el coleccionista de arte, Eugenio Piot, al que le dedica el libro: A mi amigo y compañero de viaje. El tema se encuadra dentro de la literatura romántica aunque el autor incurre en los tópicos sobre los andaluces. Yo compré una edición facsímil, de la Editorial Mediterráneo, de 1944. En el capítulo VI, el escritor hace estas observaciones.
La despoblación de España es terrible. En
tiempo de los árabes tenía 32 millones de habitantes, ahora no tiene más que
diez o doce… De vez en cuando nos encontrábamos con maragatos que caminaban con
sus trajes del siglo XVI –faja de cuero ceñida, con hebilla, calzón amplio y
sombrero de ala grande o valenciano, con sus zaragüelles de tela blanca, su
pañuelo anudado alrededor de la cabeza, su manta de tela rayada de colores
vivos, cruzada sobre el hombro– e infinidad de recuas de mulas enjaezadas de
una manera primorosa, con cascabeles, mantas y alforjas policrómicas,
conducidas por arrieros provistos de carabinas. Al fin, lo pintoresco tan
deseado por nosotros surgía abundantemente… algún campesino a caballo o en una
mula, con su carabina en el arzón, el sombrero sobre los ojos y la expresión
severa.
La
Comarca de la Maragatería
está en la provincia de León. Yo he
visto en las redes fotografías de un inglés, de finales del siglo XIX, del
mercado de ganado de Baza, donde los ganaderos visten con su faja de cuero ceñida, con hebilla, calzón
amplio y sombrero de ala grande o valenciano, con sus zaragüelles de tela
blanca… Con la misma indumentaria que los arrieros que describe Teófilo Gautier. En el capítulo XI, después de visitar Madrid (a mediados de siglo
XIX no llega a los cincuenta mil habitantes), Aranjuez, Bailén y Jaén, escribe lo siguiente:
La
España católica no existe. La Península hállase entregada a las ideas
volterianas y liberales con todos sus conceptos sobre el feudalismo, el
fanatismo y la Inquisición. Madrid llegó a parecernos insoportable… soñábamos
con naranjos, limoneros, castañuelas y trajes pintorescos, cosa que, según nos
decía todo el mundo, se hallaban en Andalucía, de la que contaban maravillas (…).
Cuando
el joven escritor francés llega a Granada, se queda encantado:
El
Darro perjudica mucho a cuanto se halla en sus riberas, por sus frecuentes
desbordamientos. Una antigua canción que cantan los chicos: “Darro tiene
prometido / casarse con el Genil, / y le ha de llevar en dote / Plaza Nueva y Zacatín”.
En realidad, todas las ilusiones formadas previamente quedan maltrechas al
contemplar Granada. No puede uno darse cuenta de que han pasado 300 ó 400 años,
y que, por lo tanto, aquel teatro de tantas acciones, románticas y
caballerescas, ha sufrido grandes transformaciones. La gente que se encuentra
uno, con su traje moderno, sombrero hongo y levita burguesa, da una impresión
desagradable, y nos parecen más cómicas de lo que son (…). Granada es alegre,
animada, viva, pero carece de su antiguo esplendor. Los coches son más bonitos
que en Madrid, y también más numerosos. El carácter andaluz da un movimiento y
una animación a las gentes, que no se encuentran entre los graves paseantes
castellanos, los cuales parecen más silenciosos que su misma sombra…, en las
principales vías de la ciudad. El resto de ella está atravesado por infinidad
de callejuelas, de 3 ó 4 pies de ancho, por las que no pueden pasar los coches,
semejantes en todo a las calles moras de Argel…
Una de las atracciones de Granada son
precisamente las estrechas calles del Albaicín y de los barrios del centro.
Hoy
día las varas o bastones los llevan los gitanos, y algunos de ellos conservan
la vieja costumbre de llevar una navaja. En aquella época la basura se tiraba a la calle, de ahí
los malos olores, la insalubridad, la pobreza y la miseria.
Publicado en Ideal en Clase
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