miércoles, 22 de junio de 2022

LOS ANCIANOS NO TIENEN QUIEN LOS DEFIENDA



 

El 19 de abril, publiqué esta noticia en Facebook.

A través de un amigo, me he enterado que en una residencia de la tercera edad, de la comarca de Guadix, a los residentes los tienen encerrados en las habitaciones y no les permiten salir a los patios y a las zonas ajardinadas, aunque pueden salir a los pasillos, al comedor y al gimnasio en las horas establecidas. Bien está que hagan controles sanitarios con las personas y familiares que vienen del exterior, para evitar los contagios, pero tener a los ancianos prácticamente encerrados todo el día en sus habitaciones (piensen en los que están en sillas de ruedas o con un andador, con la movilidad reducida) no parece que sea una medida humanitaria y menos aún saludable. Qué menos que los residentes salgan a las zonas comunes y a los patios para que puedan hablar y comunicarse entre ellos, para que tomen el sol o les dé el aire, como hacen en todas las residencias. España tiene una deuda pendiente con la tercera edad (el Gobierno todavía no ha dado las cifras reales de los fallecidos), precisamente la que levantó a España y le dio el progreso y el bienestar que hoy disfrutamos. ¿Hace falta recordar que miles de ancianos fallecieron a causa de la pandemia de la Covid, porque entonces no los admitieron en los hospitales o fueron abandonados a su suerte en muchas residencias? Y ahora, a algunos se les ocurre que lo mejor es tenerlos encerrados. 


Hubo cuarenta y cuatro comentarios y destaco los principales, pongo las iniciales del nombre y del apellido, de los que intervinieron:

M. I. Si sabes el nombre de la residencia coméntalo con Carmen Flores, la Defensora del Paciente, no es normal.

P. M. Con los ancianos hacen lo que les da la gana porque si no fuera así no habrían muerto tantos, me pongo enferma cuando leo estas noticias. Un saludo amigo

Leandro. Gracias porque estas siempre ahí, lo saben muchos y callan todos

J. A. F. Una denuncia de este tipo al Defensor del Pueblo

E. V. Mucha culpa de que estas cosas ocurran la tienen los trabajadores, por su silencio al miedo a perder sus puestos de trabajo, denunciar todas las anomalías aunque sea anónimamente

A. M. Si es así creo que no solamente puede ser ilegal tener a los residentes encerrados, sino que si fueran de mi familia denunciaría el caso y me los llevaría a casa o a otro sitio.

Leandro. Una persona no está pagando una residencia, para que la tengan encerrada sin motivos

M. R. Es increíble que puedan hacer esas cosas y los familiares no hagan nada, qué pena, por favor eso no se puede permitir 

P. C. Algunas residencias ya deberían estar cerradas

Carmen Flores, Defensora del Paciente (intervino porque M. I. se lo pidió). Por Dios, un familiar, no les voy a pedir ni datos pero que la fiscalía sepa que hay al menos un familiar… Pues es la sociedad que hemos creado entre todos, el caso es que no nos molesten. Unos padres luchan por sus hijos y hasta la extenuación pero...

Leandro. Conozco algún caso de familiares que se quejan en privado, pero no hacen nada, cuando tienen la obligación moral de velar por la salud física y mental de sus familiares. El artículo 15 de la Constitución española dice: "... sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tratos inhumanos o degradantes". 



No hubo nadie que diera la cara, solo tenía que decir que un familiar suyo estaba en la residencia encerrado y padeciendo un rigor innecesario, por lo que la Defensora del Paciente no pudo actuar, yo incluso llegué a pensar en denunciarlo en la prensa pero era arriesgado, no tenía pruebas ni siquiera un familiar que lo acreditara. Hay que destacar que los ancianos llevaban más de dos años sin salir a los jardines y, cuando permitieron las visitas, las encerraban en una habitación con llave. Al terminar, les abrían la puerta. Hace un mes y medio hablé con el presidente de una asociación cultural de Guadix y le expuse la penosa situación de los ancianos. El caso es que hizo algunas gestiones y, el pasado día 15, le escribí al familiar de un residente. Me respondió esto: He hablado con una sobrina y me ha dicho que los residentes ya salen a los jardines. Me dio una alegría inmensa y entonces llamé al presidente de la asociación cultural para darle las gracias. Que centenares de personas supieran lo que estaba pasando en la residencia y que nadie movió un dedo, da idea de lo que les preocupan sus padres y familiares.

 Lo que me conmovió fue que un antiguo amigo está en esa residencia, dirigida por mentes obtusas que posiblemente miran más por la ganancia que por los sentimientos. Hay quienes confunden una residencia de la tercera edad con una granja de pollos y habría que decirles en la cara, ¿Es que ustedes no tienen padres, hermanos o familiares? No les da vergüenza. Este trato indigno ha ocurrido en España (en las cárceles salen a los patios y les conceden permisos), pero no sabemos en cuantas residencias está pasando esto por la cobardía y la indiferencia de muchos. Yo he sido tutor de mi hermano incapacitado (falleció en febrero de 2021, porque le  pusieron dos vacunas contra la Covid, en cuestión de poco más de un mes, después de haber padecido la enfermedad recientemente) y he visto muchas cosas en las residencias, privadas y públicas, por las que ha pasado, he puesto reclamaciones y también he dado las gracias por el buen trato que le dispensaron. Hubo de todo.  Una reflexión final: ¿qué vejez nos espera, de aquí a unos años, en estas tristes residencias, en muchas fallecieron miles de ancianos porque los encerraron y se contagiaron en sus habitaciones, y ahora en otras los encierran para que no salgan a los patios y jardines? Ya lo decía el general Charles de Gaulle: La vejez es un naufragio



sábado, 11 de junio de 2022

EL RIO GUARDAL

Lavanderas en el río Guardal. 1960. Pili Fernández
 




El término Guardal procede de la palabra árabe “Wadi al-Hardar”, rio el Ardar. Tras la expulsión de los moriscos se quedó en Guadahardal, hasta el Guardal que conocemos hoy. Las mujeres han bajado a lavar al río durante siglos, a veces mi madre bajaba con mi hermana a lavar aquí y yo recuerdo que le ayudaba a subir el barreño de ropa por la cuesta de Santo Domingo. Hay que señalar que el paraje con la terrera ya no existe; era un río caudaloso y bravo, pero hace tiempo que se convirtió en una triste acequia, desde que se construyó el pantano de San Clemente. La estampa de las mujeres lavando, que nos habla de la España más pobre y atrasada, hace tiempo que pasó a la historia. Y el trozo de Morería que se ve, con los años se desmoronará porque no se apuntalan las cuevas ni el Ayuntamiento hace nada por protegerla. La Morería es lo único que se puede salvar aquí.

 Paco Terrón es periodista de Canal Sur y hoy creo que sigue en el programa Mar y Tierra. Vino a Castilléjar a hacer un reportaje sobre mi libro Diálogos en la tierra de los ríos (2003). Una de las fotos que más le llamó la atención, fue precisamente la de las mujeres lavando en el río. No te cansas de verla, porque ellas ponen la nota a la imagen. Una de estas mujeres es la madre de Julián Romo Pérez —vive en Palma de Mallorca—, él me escribió esto: «Gracias a tu padre y a ti por aportar todos estos documentos de incalculable valor para los que nos encontramos lejos de nuestro querido pueblo. Un abrazo, amigo». Manuel Martínez López escribía: «Leandro, yo vivía en Barrio Nuevo y me acuerdo que muchas veces había que esperar a pasar porque el agua saltaba por encima del puente». La foto es muy romántica y llama mucho la atención al primer golpe de vista. Mi padre, Leandro, se conocía el oficio y logró un encuadre perfecto: el río, los árboles, el puente, el escalón que hace el agua... Pudo hacerla desde el otro lado del puente pero aquello le diría poco, y por eso buscó a las mujeres lavando que le dan un aire pintoresco y romántico. Es una de sus mejores fotos, junto a la “Procesión del Encuentro” del Domingo de Resurrección y otras. Hoy esta foto es patrimonio de Castilléjar —poco tiene que envidiar a otras— y espero que se vaya reconociendo la obra de mi padre. Hace años, editaban la revista de la feria, con fotos antiguas, pero no ponían el nombre de mi padre, para qué.

La Morería. Mayo 2022


 Manolo tiene fotos antiguas, enmarcadas en las paredes del bar El Rincón, y me decía, «la gente viene y se queda emocionada viéndolas». Esto lo escribí en Facebook, el 29/10/13. En esa época había lavaderos públicos en los pueblos, pero en Castilléjar no había nada. Cuando mataban un cerdo, recuerdo que las mujeres lavaban las tripas en el río Galera. Incluso el cura bautizaba con el agua del río Galera, pero más tarde lo hizo con la del Guardal, porque el agua bajaba sucia de las aguas fecales. La foto representa a toda una época, a los años cincuenta y sesenta. Mi padre tenía buen olfato y fue buscando un paisaje para aquellas postales que tanto vendía y nada mejor que el río a su paso por el puente. Si a esto le añadimos las mujeres lavando y las cuevas de la Morería, pues miel sobre hojuelas, como el romance: «¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste, grandes señales había!». Las cuevas de la Morería en aquella época no tenían ninguna importancia, mientras que las mujeres lavando eran la rutina de cada día. Pero todos estos detalles, junto al caudal de agua —como el que hoy tiene el río Castril—, son los que le dan vida a la foto. Algunos domingos sacábamos un caldero de cangrejos en un rato y nos dábamos un festín, luego “el Totovío” nos daba cuatro perras por los cangrejos. Entonces algunos tiraban barrenos en los remansos para pescar peces, durante el verano, sobre todo los emigrantes que trabajaban en Cataluña. Lavar en el río, en el invierno, con las manos congeladas y arrodilladas en el suelo era muy penoso para las mujeres. Yo recuerdo que le ayudaba a mi madre a subir un barreño de ropa, por la cuesta de Santo Domingo. La foto dice muchas cosas, aparte de los recuerdos: cómo era el caudal del Guardal, antes del embalse de San Clemente, y cómo era de miserable la vida. Un par de kilómetros más abajo, estaba el remanso de la Presa, donde nos bañábamos en pelota. Cuando colgué la foto en Facebook, el 4-11-2013, tuvo 77 comentarios y 37 veces fue compartida.

Manolo Martínez. Olé esa Morería y el río Guardal.

Leandro. Nos hemos enterado por la alcaldesa que las cuevas de la Morería tienen una Catalogación Genérica —están protegidas—, ahora lo que falta es que las declaren monumento natural debido a su valor histórico.

Leandro. Gracias, Manuel. Perdimos el Guardal —a veces parece una acequia— y vamos a ver si la Morería la ponemos guapa

Manuel Martínez López. El río también necesita un arreglillo, lo vamos a conseguir Leandro, poco a poco.

Leandro. Tenemos que cortar la carretera a ver si la asfaltan, y tú de esto entiendes un rato

Manuel Martínez López. Pero no hay unión, tendríamos que estar más unidos. Leandro García Casanova. Vamos a ver si hay una reacción en el pueblo, conocí un caso algo parecido y el pueblo se movilizó. Hasta mañana que el bicho este es mu empalagoso

Manolo Martínez Puerta. En este pueblo no hay unión para nada, la gente va a su bola y le importa un pimiento la cultura, le da igual todo (…).

Juan López. Este es el pueblo que yo recuerdo, ese río cuando bajaba el agua limpia Leandro García Casanova. Manuel, en las cosas graves te refieres a los fallecidos del otro día. Es de pena que no se mueva nadie

Aspecto del Guardal, en mayo de 2022



Leandro. Juan López, con ese caudal baja hoy el río Castril

Pilar Encinas Vegara. El río se ha quedado casi sin caudal en muchas ocasiones, sobre todo en verano. La mano implacable del hombre cambiando siempre el paisaje a su antojo.

Leandro. El Guardal a su paso por Benamaurel da pena, lo dejaron fatal eliminando toda la vegetación de ribera, nadie hace nada para mejorar esto. Esto es lo que dice Alberto Burgos Bautista, de Benamaurel (…).

Mari Zambudio Ruiz. Las veces que he lavado en ese mismo sitio con mi madre, gracias por poner estas fotos y poder recuperar recuerdos de aquellos años que si no fuera por ellas estarían perdidos.

Leandro. Sí, Néstor Sosa, recuerdo haber visto al Guardal llegando casi a la carretera ¿tus antepasados vivían en la Balunca?

Néstor Sosa. Lo único que tengo de mi abuelo es un papel del consulado que dice que nació en Castilleja de los Ríos, hemos estado buscando con Carmen y Miriam, y no encontramos nada...

 
Posdata. Artículo de mi libro Leandro: Castilleja de los Ríos en blanco y negro (2020)

sábado, 4 de junio de 2022

LAS INJURIAS DEL TIEMPO

 

Huerta de San Lázaro, en Bailén



Hace un mes me di una vuelta por la ciudad renacentista de Úbeda, pero, cuando llegué a la plaza, comprobé que ya no estaba la estatua agujereada del general –el Ejército Republicano disparó contra ella durante la Guerra Civil–, y que inmortalizó Antonio Muñoz Molina en su novela El jinete polaco: … y caminar abrazado a ella bajo los soportales de la plaza del General Orduña. Ahora es una plaza cualquiera, sin historia, y sin nadie que le escriba. Uno se sorprende del aparcamiento subterráneo y de un solitario árbol que la preside. Hay alcaldes que son capaces de construir unas catacumbas, con tal de quitar de en medio aquello que les estorba a su ideología, sin darse cuenta de que están destruyendo la memoria del pueblo, nuestro pasado reciente. Un jubilado, que estaba tomando el sol en la plaza, me explicó que desgraciadamente, quitaron la estatua del general, pero hubo bastante gente que protestó. Le pregunté por la librería Adán y me dijo: Hace ya muchos años que la cerraron. Se encontraba al volver esa calle, al lado de una zapatería. Todavía guardo en mi casa pequeñas novelas con el sello de aquella librería, a la que mi padre hacía pedidos allá por los años sesenta: Genoveva de Brabante, El soldado desconocido…

 Mi afición a la lectura me viene de los tebeos y de aquellas novelillas de mi infancia, en Castilléjar, un pueblo del noreste de la provincia de Granada, donde las emisoras de la capital no llegaban. Y sin embargo, se oía perfectamente Radio Nacional de España en Jaén, con sus anuncios de Gaseosa La Revoltosa, Muebles en Villacarrillo y el parte de las tres. ¿Quién me iba a decir a mí, que, cuarenta años después, me iba a encontrar en Úbeda con un recuerdo de mi pasado? El 13 de enero me acerco a Bailén y, después de mucho preguntar, cuando creo que he llegado al glorioso campo de batalla, un viejo me dice amablemente: En octubre hicieron aquí una conmemoración, con los soldados luchando. Pero la batalla tuvo lugar allí abajo, donde se ven aquellas casas, y que antiguamente le decían la Huerta del Sordo. En realidad aquello se llama ahora la Huerta de San Lázaro y, en el diario ‘JAÉN’, he visto fotos recreando la gesta con trajes de época, así como que el alcalde de Bailén quiere institucionalizar aquel evento histórico. Donde me indicó el anciano, encontré un solar que está vallado con alambre: un pequeño montículo, junto a unas paredes de piedra, es cuanto se puede contemplar. A la antigua noria le han echado una capa de cemento, y una especie de chapa de hierro –oxidada por los años– recuerda el lugar donde fue derrotado el ejército invencible del general Dupont. Pero, ¿cómo es posible tanto abandono?, me pregunto. En cambio, el verano pasado los ingleses celebraron la Batalla de Trafalgar por todo lo alto, donde también participaron Francia y España. ¡Ésta es la diferencia! En Bailén hay un paseo con un monumento conmemorativo, pero esto no justifica que el lugar sagrado donde murieron miles de españoles y de franceses parezca un corral de cabras. Los españoles no hemos sabido conservar nuestros monumentos históricos, mientras que han sido los extranjeros quienes han escrito la Historia de España y, para nuestra desgracia, nos han arrebatado hasta nuestras victorias más sonadas. Baste decir que la batalla de Bailén figura en el Arco del Triunfo de París, como una victoria más del ejército francés. Napoleón engañaba al pueblo francés a conciencia y hoy los franceses siguen con el engaño.

 Unos kilómetros más arriba de Bailén, en el pueblo de Las Navas de Tolosa, pregunté a un aldeano por el lugar donde se desarrolló la histórica contienda contra los almohades de Miramamolín. Ahí, en el campo, fue cuanto supo decirme. Crucé el prado y llegué hasta el hotel que hay cerca de la carretera, pero aquí tampoco supieron darme razón. Camilo José Cela, como no era historiador, se pasó tres pueblos en su novela Primer viaje andaluz, al decir que los moros tuvieron doscientos mil muertos, y los cristianos, cincuenta mil mal señalados, incluido su jefe de estado mayor, el caballero don Dalmacio de Creixell… Sin embargo, se calcula que en Las Navas combatieron cien mil musulmanes contra ochenta mil cristianos, en julio de 1212.

 El agente forestal Antonio me informa que la batalla tuvo lugar en la Mesa del Rey, unos kilómetros más allá de Santa Elena. Observo que en una loma están construyendo el Museo de la batalla de Las Navas, pero la obra está paralizada, a pesar de que un cartel anuncia la terminación para junio de 2005. Lo de siempre. Cuando recorro estos bellos parajes, llama mi atención un cabritillo recién nacido, que está colgado de la rama de un chaparro. Sin duda debió de morir anoche y el pastor lo ha dejado aquí. También me dio lástima ver a un perro canela que deambulada por el campo, pero con el cuerpo comido por la sarna. Ocho siglos después de la batalla de Las Navas de Tolosa, sigue habiendo perdedores por estos montes de JaénXauen, que en árabe significa tierra de paso–, donde tanto abundan las leyendas. A los españoles, que vivimos de espaldas a nuestra Historia, no nos vendría mal recordar los versos que el poeta Francisco Villaespesa le dedicó a Alahmar, el Rojo, el fundador de la Alhambra, y el varón más insigne de la casa de Nasar: No temas las injurias del Tiempo ni las veleidades de la Fortuna, porque tu ardor desmesurado se eternizó en el portento de estos recintos. Jaén, 2 de junio de 2006.

Grabado de los desastres de la guerra, de Goya


 Posdata. El artículo lo escribí en esa fecha y le he hecho algunas correcciones. La Huerta de San Lázaro, llamada también de don Lázaro, que fue alcalde de Bailén, tenía una noria que canalizaba el agua para el riego. La batalla de Bailén (en esa época tenía unos 3.000 habitantes) tuvo lugar el 19 de julio de 1808, con una temperatura de 45 grados, de manera que muchos soldados franceses desertaron para ir a beber agua mientras decían que preferían morir en Bailén y resucitar en París, ya que estaban sedientos, mientras que los españoles tuvieron acceso al agua gracias a la noria, que hacía de línea divisoria. La batalla la describe Benito Pérez Galdós, en su novela Bailén, y el pintor Francisco de Goya dejó constancia de la Guerra de la Independencia, en su colección de grabados Los desastres de la guerra. La noria fue restaurada y la Huerta de San Lázaro fue declarada Bien de Interés Cultural, en 2015. España debería invitar a Francia, en la conmemoración de la batalla de Bailén, pues son países amigos.

IDEAL EN CLASE  

http://en-clase.ideal.es/2022/06/03/leandro-garcia-casanovalas-injurias-del-tiempo/?fbclid=IwAR3Di6MCNp3VJ2jRIMT8j1vGKYIt_LhSWSC84W7w4eQGxCg7VnDGRobshOY



viernes, 20 de mayo de 2022

IN MEMORIAM, JOSÉ ANTONIO CARRASCOSA

 


El pasado día 21 de febrero de 2006,  me enteré de la muerte de José Antonio Carrascosa Castilla, a través de una nota necrológica de su familia en el periódico Ideal. Cuando la leí, me costaba trabajo creerlo, por lo que llamé a la Delegación de Medio Ambiente y aquí me sacaron de dudas. José Antonio estuvo ingresado un mes en el hospital a causa de una bronquitis, luego la enfermedad se complicó, lo entubaron y al final murió en la UCI el 16 de diciembre pasado, con cuarenta y tantos años. ”Era muy cumplidor y un buen compañero, y hacía favores a la gente”, me dijo un funcionario que lo trataba a diario.

 Solía llegar temprano al trabajo, a las 7:30 de la mañana, en su turismo Polo de color blanco y, últimamente, le costaba bastante trabajo andar –cojeaba desde hacía años– a causa de una enfermedad degenerativa: “Sé que al final me está esperando una silla de ruedas”, me decía, ya resignado, cuando trabajábamos en la Agencia del Medio Ambiente, en la Gran Vía, hará de esto unos diez años. Entonces salíamos juntos a desayunar y ya iba con su paso cansino y torpe, pero nunca lo veías quejarse. Durante los meses de verano se le acumulaban sobre la mesa centenares de solicitudes de quemas de rastrojos, pero se ocupaba de llevarlas al día y de avisar a los guardas para que estuvieran presentes durante la quema. Recuerdo que el trabajo se me hacía agradable con José Antonio en aquella pequeña oficina del AMA y, de vez en cuando, esbozaba una sonrisa, en medio del hastío de su vida.

 Poco antes de irme a otra Delegación, tuvo el detalle de grabarme seis cedés de música antigua, con canciones de los años cuarenta y cincuenta: ésa música que sin querer te transporta a la época de tus padres o, en el mejor de los casos, te abre de par en par las ventanas de tu infancia: ‘Ojos verdes’, de Concha Piquer –apoyada en el quicio de la mancebía–, ‘Mirando al mar’, ‘El barrio de Santa Cruz’, ‘Dos cruces’, ‘Angelitos negros’... ¡Cuánto habré disfrutado oyendo estas canciones románticas, pues él fue quien me aficionó a ellas! De manera que podemos decir que toda una época se va con José Antonio Carrascosa.

Un compañero suyo me dice que “quizá le faltaron ánimos para seguir viviendo”, pero también es cierto que el destino se ensañó con él. Y me informa que en la oficina del Infoca quedan algunas pertenencias suyas, como unas botas y algunos cedés de música antigua, mientras exclama entristecido: “¡Nos hemos quedado sin él!”. Y tanto. Creo que la mejor dedicatoria que podríamos escribirle sería: “Aquí, en medio de estos papeles y solicitudes, trabajó el agente de Medio Ambiente, José Antonio Carrascosa, mientras veía cómo su vida se iba apagando”. La humildad y la generosidad fueron el lema de su vida.

jueves, 5 de mayo de 2022

TIEMPO DE LEER

                                                                                                                                                           




A decir verdad, me pidieron que escribiera un libro sobre el pueblo de Gabia y aquello me lo tomé como un reto. Pero, lo que son las cosas, al final acabé pagándolo de mi bolsillo. En unas páginas he intentado describir lo que cuentan los gabirros, los secretos de los viejos rincones y aquello que te sugieren los paisajes. Y cuando todo esto lo recoges en una novela de costumbres, entonces empiezas a ver el pueblo como si realmente hubieras nacido allí, y a los personajes como si los conocieras de toda la vida. Todo lo demás es accesorio, pues no debe uno esperar gran cosa: hay gente que te anima y también hay quien no te mira bien.

 He tratado de captar el ambiente de sus calles y plazas, pasearme por sus verdes campos, oír el murmullo del río a su paso por el viejo puente, reflejar el alma del pueblo y, sobre todo, grabar las voces de los lugareños. Precisamente los más viejos han fallecido ya, pero esta vez sus palabras no se las ha llevado el viento: ¡Yo he sufrío y he llorao mucho en el cortijo Santonino! ¡Que pregunten por Carmen ‘la Barragana’, que no me he peleao con nadie ni he bebío nunca! Sebastián Beltrán ‘el Ramales’ aseguraba poco antes de morir: ¡Estoy hecho una mierda y ya no valgo para nada! Con noventa y seis años que tengo se me ha pasao tóo por la historia... Sí, definitivamente, ese pueblo ya forma parte de la vida de uno, pues he querido rescatar del olvido los recuerdos que vagaban perdidos en el tiempo.

 Recuerdo a aquella mujer hojeando las fotos antiguas del libro: Te lo compraré a primeros de mes, cuando me paguen. Lléveselo usted, y ya me lo pagará, le contesté. En la novela venía retratado su marido, Salvador Solera, el cual murió unos meses más tarde. A José Córdoba ‘el Che’ lo encontré al lado de su letrero de pared, donde anuncia en letras de molde: Se echan culos de sillas en el matadero. Cuando vio su foto, se apalancó la novela bajo el brazo y empezó a regatearme el precio. A Pepe Rodríguez ‘el mendigo’ volví a encontrármelo a medio camino entre el bar y la Residencia de San Cristóbal, donde lo tienen recogido: Mira, Pepe, quiero regalarte este libro... Parecía un niño con unos zapatos nuevos, él que tantas noches había dormido envuelto entre cartones, en medio de la indiferencia, bajo el soportal del edificio de los Sindicatos. A Felipe ‘el Mediúva’ no hace falta que le des mucha conversación: Yo ahora estoy peor que nunca, tengo mi pensión pero la soledad es la peor enfermedad que hay... Pero te advierto que sé cuando la gente habla de oídas o por 'experencia'


Granada Hoy le dedicó una página al libro

A Manuela ‘la Merguiza’ la retraté ante la puerta de su humilde patio, mientras me hablaba de su vejez y de sus ‘escaparrones’ en vinagre: Bueno, yo rebusco aceitunas pa verdes y pa el aceite, y voy a por jigos. ¿Dónde? Pues, donde hay. Gabriel ‘el Pajarillo’ todavía recuerda con nostalgia a sus cabras: Empecé de pastor, pues entonces había muchos por aquí. Estaban Paco el Machacao, Pedro Cayetano, Paco el Merguizo, Miguel el del Concejo, mi padre Gabriel era también cabrero, Pepico el Garrota y su hermano Gabriel, y José el Mauro. Cuando me despido del octogenario Enrique Vargas, ‘el manijero de la cuadrilla de segaores’, le digo que el libro estará en un par de meses: ¡Ah, para entonces yo creo que viviré!

El poeta Carlos Nieto se volcó con los más débiles, pero en la Navidad pasada me confesaba: Creo mucho en Dios, a pesar de que me está haciendo la puñeta con el Parkinson. Maribel Lázaro, concejala de Izquierda Unida, recuerda que al principio, cuando vine al pueblo, tenía la sensación de que la democracia se acababa en Hipercor. Le gustaría hacer muchas cosas, pero cada día la veo más desengañada. Nieves Capilla es otro personaje que uno ya no sabe si es real o de novela, sin embargo el otro día vi que me sonreía: Mi niñez ha sido bonica de juegos, pero pobre. Nosotras hacíamos nuestra Candelaria y nuestro San Antón con palos de tabaco, en la placeta de la Guisa. Frasquito Capilla, después de cantarme unas coplillas de los años 20, me llama por teléfono: ¿En qué página dices que vengo yo? Mientras tanto, su hermano Adolfo apura los últimos días de su vida. En fin, el caso es que, cuando el editor José Rienda me entregó los libros de Gabia, la memoria perdida, y los acaricié con mis manos, me di cuenta de que el parto había sido doloroso, pues llevaba en el cuerpo no pocos disgustos y algún que otro insulto. Sin embargo, los personajes cobraban vida y bullían por sus páginas, y entonces fue cuando se me quitaron todas las pesadumbres de encima. ¡Pobres de aquellos pueblos y ciudades que depositan su porvenir en un equipo de fútbol, pero no tienen quien les cuente ni escriba su historia o intrahistoria! ¿Quién se acordará de ellos así que pasen cien años?



 

Hace un par de meses entré en una librería de viejo y, de casualidad, vi en el mostrador El segundo hijo del mercader de sedas, del desaparecido Felipe Romero. En otra librería también compré hace unos días El florido pensil, de un tal Andrés Sopeña; pero fue al abrirlo cuando leí esta lacónica dedicatoria: Regalo de Eloy J. 1996. Y en la misma página, lleva pegada una etiqueta: Librería Técnica. Ciudad Real. En unos pocos años, la novela ha pasado por no se sabe cuántas manos y ha recorrido ciudades. ¡Cuántos secretos e historias sentimentales encierran los libros entre sus prudentes páginas! Por eso creo que ahora es el tiempo de leer, y a ellos los pongo por testigos ante el juicio de Dios.

 Posdata: este artículo fue publicado en Ideal, el 3 de julio de 2004, y la mayoría de las personas que cito en el libro han fallecido. No quedan ya ejemplares, pero doné más de uno a la Biblioteca Municipal de Gabia  e hice sendas entrevistas a los bibliotecarios, pues me prestaron ayuda, sin embargo, en todos estos años nunca se acordaron de mí. Vaya mi agradecimiento a cuantos me ayudaron en la elaboración de la obra.


Mi agradecimiento a la alcaldesa Meri, el Día del Libro, 23 de abril de 2022


sábado, 30 de abril de 2022

MI TÍA MERCEDES

Aurelio y Mercedes, en Galera. Abril de 2009

 "¡Qué giro!", me decía mi tía cuando iba a visitarla. 


Cuando terminó la Semana Santa, pensé que la semana siguiente iba a ser crucial para mi tía Mercedes García. Llevaba cerca de veinte días, en la UCI del hospital de Cartagena, y la mantenían sedada y con ventilación mecánica. Abría los ojos de vez en cuando, reconocía a sus familiares y como esto parecía impresionarla, los médicos la volvían a sedar. Antes de ingresarla en el hospital, apenas comía y no tenía ganas de nada, creo que me voy de viaje, le dijo con ironía a su marido Aurelio Gómez. Al día siguiente de celebrar el cumpleaños del nieto, la llevaron al médico. Éste dispuso de inmediato su traslado al hospital, donde la ingresaron en la UCI. Yo llamaba con frecuencia por teléfono a los hijos, interesándome por la salud de Mercedes. El lunes, 5 de marzo de 2010, Aurelio me llamó por teléfono y me dijo que se encontraba estable, pero que él veía pocas posibilidades de que se recuperara y saliera bien, abría los ojos y al momento los cerraba. Nadie me había hablado tan claro hasta el momento, pues siempre me decían que se encontraba estable y que la mantenían sedada.

 Yo me había librado un poco de mis preocupaciones y ahora podía pensar en mi tía, pero fue entonces cuando me asaltó aquel pensamiento traidor pues ningún enfermo puede durar mucho en ese estado de sedación: Esta semana va a ser crucial para mi tía. El martes 6, mi teléfono móvil sonó unos minutos antes de las 19 horas. Era la nieta Mercedes –su nombre es en recuerdo de su abuela y bisabuela– y, sin más rodeos, me comunicó la muerte de mi tía. Lo estaba esperando –le contesté torpemente–. Desde que Aurelio me dijo cómo se encontraba Mercedes. Fue entonces –porque nuestro cerebro no da para más y no es capaz de ver más allá de nuestras narices–, cuando me di cuenta por primera vez en mi vida de lo que valía aquella mujer y de lo que significaba para mí (con mi tía Carmen, la hermana de mi madre, me pasó lo mismo hace un año: no se me cayó la venda de los ojos hasta que falleció). Mercedes, de 85 años, fue una mujer humilde, cariñosa y fiel a sus principios. La última vez que la vi fue el 17 de agosto de 2009 y ya había pegado un bajón enorme. Apenas hablaba, pues no se ponía el audífono, y estaba muy torpe. La recuerdo lavando los platos en la pila del patio y también hacía la comida en la cocina que tenía bajo el chambao del patio, en vez de utilizar el mueble de cocina que habían comprado hacía unos años.

 Parecía que Mercedes había vuelto a sus orígenes, en las cuevas donde se crió y vivió casi siempre (luego me enteré que había dejado de tomar las pastillas que la relajaban), pero como estuve bastante atareado haciéndole unas chapuzas, se me pasó echarles unas fotos. Mercedes estaba alicaída y, cuando me despedí de ella, tuve la impresión de que era la última vez que nos veíamos. Fueron los dos últimos días que pasé en su casa de Galera, pero me traje como recuerdo las fotos más antiguas que tenían de la familia, para sacarles una copia. Los dos teníamos esa timidez de la familia (como mi padre y su hermana Carmen), que nos impedía acercarnos más y, cuando ya volaron sus cuatro hijos, su vida fue un estar pendiente de la delicada salud de su marido; era el prototipo de la mujer callada y sacrificada, como nuestras madres y abuelas. Cuando era una niña, sus padres le decían (ella me lo contó así): Los hombres tienen que ir a la escuela para que, cuando vayan a la mili, le escriban cartas a sus padres. Y mientras tanto, las mujeres se dedicaban a las faenas de la casa. Sobre las nueve de la noche de ese martes llamé por teléfono a Aurelio, pues se había quedado en San Javier, ya que los últimos días no había ido al hospital porque se encontraba bastante resfriado. Le di el pésame, le dije que había llamado a varios familiares y noté que estaba entero.

En el Cortijo del Cura, julio de 2007


Aquella noche velaron el cadáver en el hospital de Cartagena y, sobre las trece horas del día siguiente, el coche fúnebre con una caravana de coches llegó a Galera. La imagen era desoladora: toda la familia alrededor, los cuatro hijos destrozados y el ataúd con el cuerpo de Mercedes entrando en su casa por última vez. Me fijé en Aurelio y estaba llorando (por primera vez en mi vida lo vi completamente derrumbado, pues parecía el hombre impasible, como si las circunstancias no le afectaran), lo abracé y le dije con lágrimas en los ojos que tenía que ser fuerte; seguidamente, fui dando el pésame a los hijos y familiares. Poco después contemplé el cadáver de mi tía Mercedes: parecía que estaba dormida y su rostro conservaba la dulzura y la bondad de siempre. A veces la muerte desfigura la cara de las personas, sobre todo cuando fallecen de infarto, dejándoles una mueca trágica a causa del fuerte dolor que sintieron. Pero Mercedes no llegó a enterarse de la muerte, pues estuvo sedada durante veintiún días.

 Conforme avanzaba la tarde, fueron viniendo vecinos de El Cortijo del Cura –mi bisabuelo paterno se instaló en esta pedanía en 1902 y estos parajes me traen muchos recuerdos–, de Castilléjar (algunos paisanos me recordaban de la escuela), de Galera, de Huéscar y de Orce… Aurelio suspiraba junto al ataúd de Mercedes y decía: ¡Qué poco tiempo nos queda de estar juntos! Ellos se llevaron bien y, como decía una vecina, Mercedes nunca discutía con nadie. A las 18:30 la comitiva fúnebre salió en dirección a la iglesia, que se llenó de gente, mientras que la calle también estaba a tope. En los entierros de los pueblos, los vecinos acuden en masa, cierran la casa o dejan las tierras, y van a la iglesia a decirle el último adiós al difunto. Es una tradición que todavía no se ha perdido –a diferencia de la ciudad, donde vivimos más deshumanizados– y era impresionante ver cómo acudía gente de todas partes. Los entierros son sagrados para ellos, como si fuera un deber moral. El párroco dedicó unas palabras a Mercedes en el sermón: cuando iba a visitarla a su casa y cómo estaba siempre pendiente de su marido, cuando se encontraba enfermo, incluso mencionó los nombres de algunos nietos a los que conocía.

De novios en Huéscar, años 40
 




Firmé en el Libro de condolencias y anoté esta breve frase, la primera que se me vino a la mente, yo creo que fue mi subconsciente: Siempre fuiste como una madre para mí. Con Mercedes se marcha toda una época –la de mis padres y de mi infancia– y ella fue la que me contaba las historias de la familia, como ocurre en la novela de Gabriel García Márquez, ‘Cien años de soledad’. Mi vida es como una novela, me decía mi tía Mercedes. Fue como la abuela que, al calor de la lumbre, te cuenta cómo eran mis padres de jóvenes y luego de recién casados, la vida miserable en el campo que llevaron mis abuelos y bisabuelos, así como los grandes y pequeños acontecimientos de mi familia paterna. Entre el año 2009 y 2010 me quedé más huérfano que nunca: se marcharon mis dos tías (ellas me querían) y es que las mujeres son más afectivas y el sentimiento es mayor.

 Posdata. Mi tío político, Aurelio Gómez Laguna, falleció el 21 de mayo de 2013.


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jueves, 7 de abril de 2022

PENSIONISTAS, EN LA PLAZA DEL CARMEN

 





El pasado lunes, 4 de abril, sobre las 11 de la mañana, siete pensionistas (cuatro hombres y tres mujeres) estaban plantados en la plaza del Carmen, de Granada), al lado del Ayuntamiento, con cuatro pancartas amarillas: No a los recortes de las pensiones, No al Pacto de Toledo, Pensiones públicas dignas, Pensiones dignas y garantizadas… Más tarde, a la hora del Ángelus, había catorce pensionistas en la pequeña concentración. Ellos nos enseñan el camino. Los concentrados llevan toda la razón, pues las pensiones a veces no dan para mucho, pero a este Gobierno manirroto, que emplea los Fondos Europeos en llenar los bolsillos de sus socios y amiguetes, no le quedará otra salida que congelar las pensiones y los sueldos de los funcionarios porque millones de españoles ya no llegan al final de mes, y más con la inflación disparada casi al diez por ciento en el mes de marzo: según un informe, un 27% de andaluces viven en la extrema pobreza y cada mes la inflación nos va a hacer más pobres. Malos tiempos corren, pero lo cierto es que en Ucrania están peor y este Gobierno pasará y entonces le echará la culpa a la guerra de Putin o a la crisis internacional, como aseguraba Zapatero.




 En este tiempo de tantas desgracias, una detrás de otra, no nos queda otra que ser más solidarios, entre los españoles y entre los europeos, precisamente serán los pensionistas con sus pagas los que ayuden de nuevo a sus hijos y nietos, como ocurrió con la crisis de 2008. Ahora, con la primavera, han llegado las esperadas lluvias y los campos se han vestido de alegría pero, lo que es más importante, volveremos a empezar de nuevo.