lunes, 26 de febrero de 2024

MI TÍO BONIFACIO

 


Dedicado a su hijo Paco

Mi tío, Bonifacio García-Fresneda Domínguez, falleció el pasado doce de enero, a los noventa y cinco años de edad. Tres días antes lo visité, en su piso de Granada, pues su hijo Paco me había llamado por teléfono dado que mi tío estaba bastante delgado y cada vez más débil. Se alegró mucho de verme y me hablaba moviendo los brazos pero ya no se le entendía. Una hora después se durmió. Años antes mi tío venía a verme un par de veces al año, a la Biblioteca de Andalucía, y me contaba las historias de la familia que él llevaba dentro desde su infancia y juventud. Eran recuerdos imborrables, que yo iba anotando después, pues me hicieron conocer y comprender más a mi padre y a mi familia. En el año 2009, Bonifacio me contó:

 –Tu hermana estuvo viviendo dos meses en la cueva de los abuelos y una nodriza le dio el pecho… Durante la guerra, cuando desertó tu padre, estuvo escondido en el monte que hay encima de la cueva. Y cuando se pasaban los milicianos por el cortijo de San José (en el Cortijo del Cura, aldea de Galera), le hacían bajar los sacos de trigo al tío Leandro (mi bisabuelo), cargados en las espaldas, y luego tenía que cargarlos en un carro. Otras veces, le ponían una pistola en el pecho y decían a la familia: ‘O sacáis una cabra, o lo matamos aquí mismo’. Cuando tu padre se fue a la guerra, el abuelo Juan lo acompañó hasta el puerto de Almería, donde se embarcó hasta Valencia. Pero, poco tiempo después desertó con otros tres paisanos, el caso es que tardaron 15 días en llegar de Castellón a la cueva de tus abuelos, iban por los campos y preguntaban a los aldeanos si había algún control. Una noche tu padre llamó a la puerta de la cueva y el abuelo preguntó: ‘¿quién es?’, pues unos y otros teníamos miedo. Te puedes imaginar la alegría de tus abuelos, con tu padre iban un soldado de Castilléjar y dos de El Cerro del Cubo. Habían desertado del Ejército Republicano y venían con las botas rotas y con los pies llenos de llagas, iban peor que unos mendigos. Durante unos días estuvieron escondidos en el cortijo, comiendo de lo mejor. 

A mi padre lo llevaron a Viator (Almería) con 19 años, en 1938, donde haría instrucción durante unos meses y después lo enviaron al frente de Castellón, en Villarreal. Desertaron antes de las batallas del Ebro y de Teruel, cuando el Gobierno de Negrín ya se había trasladado a Valencia. Si no hubieran desertado, posiblemente habrían fallecido en alguna de esas batallas. En otra visita mi tío continuó con el relato, pues él necesitaba contarme estas historias, que a mí me encantaban:

Por debajo de la cueva de tus abuelos, en la ladera, había unas marraneras y cavamos más hondo para hacerle un refugio a tu padre Leandro. Una galería comunicaba la cueva con las marraneras, para que tu padre pudiera escaparse en caso de que vinieran a capturarlo. También se escondía entre el panizo durante el día y entonces mi padre lo regaba con frecuencia. Pero como Leandro estaba harto de tener que ocultarse, a veces se subía a lo alto del monte y allí se pasaba el día. Varias veces vino una patrulla preguntando, pero tu abuela Blasa les decía: ‘No sabemos nada de él, desde hace mucho tiempo’, incluso una vez se echó a llorar delante de la patrulla. Tu padre no estaba a gusto y se puso enfermo aquí. Los bisabuelos lo querían mucho pues de niño se pasó muchas horas con ellos en el cortijo, ya que fue el primer nieto. Y después de la guerra, tu padre estuvo haciendo la mili en Larache, Tetuán y Alcazarquivir, durante tres años.

Placeta de la cueva de mis abuelos (1)



En la ladera de la cueva puede verse el hoyo, donde se encontraba el refugio. Mi tío Bonifacio me cuenta que, después de la guerra, él se dedicó al estraperlo de tabaco, lo compraba en la Tercena de Huéscar (los dueños tenían mucha amistad con los señores del cortijo de San José, los Crisnejas, y aquí venían a pasar el verano) y, con la moto, vendía el tabaco por los pueblos y aldeas cercanos…

El bisabuelo Leandro era un hombre bondadoso, recuerdo que las Hermandades de Ánimas de Galera y de Castilléjar se juntaban en el cortijo, en la Navidad, allí cenaban y pasaban horas tocando y cantando. Otras veces, cuando el bisabuelo estaba en las tierras, él venía al cortijo y las hermandades iban tocando detrás. Un día le dijeron los ‘rojos’ al bisabuelo que se presentara en Galera. Fue con la burra sudando, del miedo que pasó. Tuvo que entregarles gallinas y algunos animales. Otras veces iba a Galera y, cuando lo veían los ‘rojos’, se colocaban detrás de él para meterle miedo. O bien le pegaban y maltrataban cuando iban al cortijo. Hubo noches que durmió en el campo porque temía que vinieran a pegarle. De Fuente Amarga venía su hermana Eugenia al cortijo de San José y se llevaba un carro lleno de trigo, que les daba el bisabuelo. Cuando murió, en diciembre de 1937, mi primo Justo y yo traspusimos al cortijo del Arique, para comunicarle al tío Justo la muerte de su padre; pasamos mucho miedo por el camino pues entonces éramos unos chavales. Primero le dio un infarto al tío Leandro, le repitió al día siguiente y se murió el tercer día. Llevaron el cadáver en un carro, tirado por una mula, hasta Galera. Recuerdo que yo tenía nueve años, era domingo, y lo acompañaron la familia y los vecinos del Cortijo del Cura y de Fuente Amarga. Pero en Galera, los milicianos les dijeron que desde las Eras Bajas no podían llevarlo a hombros… Tuvieron que entregarles el cadáver y luego lo enterraron en una fosa común del cementerio. Y aquí fueron echando encima los cadáveres de los galerinos que mataron después.

Mi tío me contaba que, cuando se moría alguien en el Cortijo del Cura, la familia tenía que llevar el cadáver montado en una burra: lo colocaban atravesado y encima de las aguaderas. Pero el bisabuelo Leandro cogía el carro con la mula y llevaba el muerto al cementerio de Galera. La gente lo veneraba por las buenas acciones que hacía. En otra ocasión me habló del tío Francisco, el Picón, un antiguo carabinero que después de la guerra lo colocaron de cartero y llevaba las cartas desde Galera a Castilléjar, montado en un burro. 

Los bisabuelos y los cuatro hijos. Juan era el mayor


Cuando pasaba por el Cortijo San José y tenían carta, los llamaba y se la dejaba en la cuesta. Por cada carta tenían que pagarle una perragorda, y dos si la pagaban días después. Un día, se ve que el burro se asustó por la curva que hay debajo de la acequia del cortijo, donde están los sabucos, y una mujer se lo encontró inconsciente tirado en el suelo. La mujer le sacó la lengua y lo salvó. Cuando se iba a jubilar el ex carabinero, don Marcial, el secretario del Ayuntamiento de Galera,  le avisó al abuelo Juan para que pidiera la plaza para tu padre. El abuelo era alcalde pedáneo del Cortijo del Cura y tenía muy buena relación con el secretario, pues se pasaba a comer algunos domingos por la cueva; entonces yo iba con el burro a Galera, lo traía y lo llevaba. En fin, que le dieron la plaza de cartero a tu padre y bajaba en burro a Castilléjar. Repartía las cartas creo que en una cueva de la calle del Salitre. A Castilléjar llegaban muchos camiones entonces (años cuarenta y primeros de los cincuenta), pues había bastante tráfico con el estraperlo del aceite y de las frutas, y el dinero se movía posiblemente porque no tenía cuartel de la Guardia Civil. Había muchas posadas, la de la tía María ‘Palante’, madre de Emilio Canela, la de la tía Petra… En Galera las tierras eran de los Fernández, de Huéscar, mientras que los administradores de las tierras en Castilléjar eran el ‘Mule’ y Antonio Vico.

Mi padre, de soldado en Tetuán


Bonifacio disfruta hablando conmigo de la familia y me dice al final que ha sido como un desahogo para él. Hemos pasado un buen rato hablando y se ha ido contento, anoté entonces. Hace unos diez años, me entregó dos folios de color marrón, doblados por los lados y algo deshechos en los márgenes: Estas cartas son de tu padre, las escribió a los bisabuelos cuando estaba haciendo la mili en Tetuán, en 1942. Te las doy, porque sé que a ti te gustan estas cosas y a mí ya no me sirven de nada. Le di las gracias por el detalle y poco después nos despedimos. Una mañana de marzo de 2018 fui a visitarlo al piso y echamos un rato, hablando de todo un poco, y al final le hice una foto en el balcón. Estaba achacoso y ya no salía a la calle por el frío. Cuando días más tarde tuve la foto en mis manos, me di cuenta que se parecía mucho a su padre Juan, tiene toda la cara de él, pensé. Últimamente, cuando hablábamos por teléfono un buen rato, quizás porque ya apenas salía a la calle, él se despedía dándome varias veces las gracias y diciendo: y dale recuerdos a todos aquellos que pregunten por mí. Decía lo mismo que escribió mi padre al final de sus cartas a los bisabuelos, Leandro y Mercedes, cuando hizo la mili en Tetuán, en 1942: Recuerdos para las personas que pregunten por mí. Publiqué el fallecimiento de mi tío Bonifacio en Facebook y tuvo 302 comentarios y 53 me gusta, por lo que quiero dar las gracias a los amigos, conocidos y desconocidos por vuestras condolencias. Estoy seguro que mi tío nunca hubiera imaginado que tanta gente se interesara por él: de Castilléjar, de Galera, de el Cortijo del Cura, de Orce, de Huéscar y de otros sitios.


Posdata. La foto de los bisabuelos con los cuatro hijos y la sirvienta me la proporcionó Encarna García, hija del tío Justo (En la foto figura de pie, a la derecha) y prima de Bonifacio. Ella falleció cuatro días después que su primo, el 16 de enero pasado, con 98 años.

(1) Al fondo se ve el cortijo de San José y, a la izquierda, el Cortijo del Cura y la Sierra de Castril.

IDEAL EN CLASE: https://en-clase.ideal.es/2024/02/25/leandro-garcia-casanova-mi-tio-bonifacio/?fbclid=IwAR2CFODXvvYFrKOI3TVM0ru8oCKhI7pJi0ccmaMHtHB7k1BcYNiAtTPmsZo 






lunes, 19 de febrero de 2024

LOS CAÑOS DE LA PLAZA NUEVA

 




Unos niños juegan con el agua, en los caños de la Plaza Nueva, que tenía dos grifos. Recuerdo que me caí en el pilar y casi me ahogo, de lo pequeño que era. Al fondo se ve la puerta de la barbería de David, donde me peló muchas veces. Mi madre me decía: “Dile a David que te trasmonte el pelo” y me lo dejaba parejo. A la derecha se ve un pequeño caño, donde los niños jugábamos también. Al lado hay un pequeño muro de cemento, que servía de baranda para bajar las escaleras. Sin embargo, los niños nos deslizábamos sentados por el cemento, que nuestros pantalones habían suavizado con el roce. La Plaza Nueva era como nuestro jardín de infancia, más no se podía pedir.

Del libro Leandro: Castilleja de los Ríos en blanco y negro. 2020

viernes, 9 de febrero de 2024

LA SOLEDAD DE LA VEJEZ

 

A la izquierda, anciano con un andador




El pasado 1 de julio 2023 venía este titular en El Mundo: La soledad creciente de España: los mayores de 65 que viven solos se disparan más de un 20% en la última década. Informaba que los hogares unifamiliares en esta franja de edad superan ya los dos millones, y en un 70% de ellos reside una mujer. El censo de población y viviendas del Instituto Nacional de Estadística (INE) arroja, además de un número de viviendas vacías que llega hasta los 3,8 millones, un fuerte aumento en los hogares unifamiliares. Dato, por tanto, de personas que viven solas. Y en ese incremento es especialmente llamativo el repunte que se registra entre los mayores de 65 años: la cifra, a 1 de enero de 2021, superaba los 2 millones de hogares. Esto supone un incremento del 22% respecto al censo de 2011 y en el retrato de la soledad en el hogar destacan especialmente las mujeres. ‘En la mayoría de estos hogares, el 70,8%, reside una mujer’, explica el INE en el trabajo. Se trata, en términos absolutos, de 1,47 millones de hogares unifamiliares en los que reside una persona de sexo femenino mayor de 65 años. Hace 10 años la cifra era de 1,27 millones, esto es, que la última década han aumentado en 200.000 las mujeres mayores de 65 años que viven solas. Los hombres de esa misma franja de edad que viven solos también repuntan de manera significativa, aunque siempre en cifras más bajas: son algo más de 600.000 personas, mientras que en 2011 el dato era de unos 430.000… Finalizaba la crónica de El Mundo con esta conclusión: La tendencia a la vida en soledad, ya sea buscada o forzada, es clara y evidente.

 

La crónica ha tenido 85 comentarios y he recogido los que me han llamado la atención. Por el seudónimo y por las respuestas, señalo los que me han parecido si es hombre o mujer.

Hombre. Ya no existe la presión social de que separarse era una vergüenza, de ahí las cifras.

H. La soledad no es la falta de gente, si no la necesidad de ella, esto te lo dice cualquier buen psicólogo, hay gente que necesita fumar, o necesita ir al bar o al bingo y gente que no, así que no veamos problemas donde no los hay. Los millones de divorciados que hemos huido de un mal matrimonio, estamos encantadísimos de vivir solos, cada persona es un mundo.

H. La gente en mi opinión nos hemos vuelto más egoístas, pensamos mucho más en nosotros, las leyes tampoco ayudan en acabar bien en casos de rupturas, separaciones y económicamente es un agujero difícil ya de cerrar. Lógico que al final salen mejor las cuentas en solitario.

Demasiados prejuicios. H. Vivo solo, piso pagado, ni borracho meto a una elementa en mi casa que se preñe, me denuncie en falso y acabe en un piso compartido por no poder pagar ni un alquiler…

La respuesta. H. ¿Que se preñe? Que yo sepa, las señoras no se preñan solas... Qué poca fe en la humanidad tiene Vd. me da pena.

H. ¿Y quien dice que la soledad es un problema?

H. Mis hijos se han ido a vivir y formar una familia al extranjero. Les ha obligado la falta de futuro y los bajos sueldos. Con ellos han desaparecido mis nietos y mis paellas familiares de los domingos. Pero como en España en ningún sitio, uhm!

H. Y las residencias sin crecer en número, lugar donde si se les tratara bien, que esa es otra, porque hay que ver algunas para ni siquiera entrar en ellas, y soy visitante asiduo de ellas, estarían acompañados y bien tratados. Resulta que no se abren residencias en condiciones aunque aumenten los ancianos... Y antes vivían con los hijos debido a que normalmente la mujer, mayoritariamente no trabajaba y podía atenderles y hasta servían de ayuda, pero hoy en día es imposible conciliar niños, ancianos, trabajo y atención a la casa por parte de ninguno de los dos cónyuges. O sea que mal apaño tiene el asunto mientras los que deben actuar miren para otro lado o den a compañías privadas con ánimo de lucro la actuación con los ancianos. Repito, con ánimo de lucro.

H. Te lo digo yo mismo, una cosa es la soledad elegida y otra la obligada, ésta última es una auténtica tortura.

H. El problema veo yo es la gente sola y que no tiene con quien hablar hay mucho más de lo que la gente se cree y en mayores más mucho más porque la sociedad tira a la soledad de las personas.

MUJER. Los divorcios y los emparejamientos temporales sólo cuando conviene, y sin hijos (ni nietos) es lo que traen… Viejo solo, discapacitado y​/o enfermo: dura un 50% menos. Ese es el plan… No es la soledad sino el egoísmo el problema. Tanta gente sola, ¿por qué no se juntan entre ellos? ¿Por qué se divorcian personas mayores o cincuentonas? Porque no quieren cargar con los problemas de otro viejo, sino que los jóvenes carguen con los suyos… Estará superencantado cuando le manden de alta del hospital sin poderse valer por sí mismo y no vaya nadie a recogerlo ni a cuidar de su supervivencia. Espérese unos añitos. La protección familiar exige sacrificio, aguante y renuncias.

M. El perro es como el efecto placebo para quien padece soledad. Muchos padecen soledad, viendo la superpoblación perruna. Sin embargo, puedes tener hijos y haber sido buen padre y que se olviden de ti. Y no te atiendan. Cada persona es un mundo. Y a veces, muy egoísta.

H. ¿Y qué hacemos con una señora que se ha quedado viuda, la buscamos otro marido? ¿De dónde se creen que vienen la cifras de soledad?, de gente que se queda viudo​/a y sus hijos ya tienen una familia, y de gente que fue independiente y libre toda su vida y ahora, a lo que a los 40 se llama independencia, a los 65-70 se llama soledad y no tienen a nadie que les haga compañía. Queremos arreglar a los 70 los problemas que vienen de décadas antes.

La cruel realidad. H. Francamente, la soledad solo debe contabilizarse cuando uno no puede hacer sus tareas habituales, ni deambulación ni paseos diarios con otras personas... y nadie se entera de su muerte en un plazo de de dos días máximo... ESO si es soledad, estés como estés. Ese es el momento de tomar una de las medidas siguientes, cada uno que elija su testamento vital: Residencia. Eutanasia.

Desprecio y soledad. M. En mis paseos por el paseo marítimo, suelo detenerme a hablar con Isidoro, 93 años. Me dice que cuando va al hospital lo desprecian y alguien le señaló: No te quejes, ya has cumplido. Obviamente, vive solo y al despedirse me dice algo que me emociona: Gracias por hablarme. Una radiografía.

Buen razonamiento. H. Los Progres siempre han existido... vivir la vida, no tener pareja o tener varias, no tener hijos, trabajar mucho para buenas vacaciones, etc. De esos Progres Urbanitas vienen más de la mitad de los solitarios viejos en su casa o en la Residencia-aparcaviejos...

Respuesta. M. Pozuelo, Rivas, Las Rozas... en el lado opuesto. ¿Clave? La pastuki. Los ricos tienen compañía. Y eso no incluye mascotas perrunas, que abundan en Torremolinos o Benidorm.

Haciendo rehabilitación en la residencia



El actor John Wayne se quejaba en la vejez de que se encontraba solo, porque sus hijos no venían a visitarlo. Era el actor más famoso de su tiempo, se casó tres veces, se divorció dos veces y su vida sentimental fue un desastre. Charles De Gaulle, que fue presidente de Francia, decía que la vejez es un naufragio. En 1979 conocí en Madrid a un actor secundario de películas, que tenía un cierto parecido con mi padre. Hace unos tres años, salió la noticia en televisión que el actor falleció a causa de un incendio que se produjo en su casa de Madrid. La tenía llena de basura y de cachivaches, pues padecía el síndrome de Diógenes. Triste vejez y triste soledad.

Un matrimonio con hijos pequeños tiene para entretenerse los problemas que traen los niños, mientras que un matrimonio sin hijos tiene los problemas que trae la convivencia entre ellos. Sin embargo, una persona mayor que vive sola le da muchas vueltas a las cosas y la vida gira alrededor de ella, el caso es que en soledad viven menos años. Y no hace mucho oí en la radio que el 60% de los ancianos en las residencias no reciben visitas de los familiares. Cuesta trabajo creerlo, criar hijos para esto. Recordando a Groucho Marx, habría que decir, hemos alcanzado las cotas más altas de miseria. Cuando mis hijos eran pequeños, recuerdo que le dije a un vecino de unos sesenta y tantos años: Los niños dan muchos problemas. Y el buen hombre me contestó: De mayores son peores. Lo cierto es que la vida se hace demasiado dura sobre todo en los últimos años: a las enfermedades, limitaciones e incapacidades, se unen las incomprensiones de la familia, de la pareja, la soledad… Creo que la vida se asemeja a las cuatro estaciones: la primavera sería la infancia y el verano, la juventud; el otoño es la madurez y el crudo invierno, la vejez. Finalizo con esta cita (que hace reflexionar) del periodista Pedro García Cuartango, cuando cumplió 67 años. El pasado se agranda y el futuro se encoge… Dios guarda silencio mientras el tiempo nos devora. Y cuando llegas a la jubilación, a veces te preguntas con cierta incredulidad: ¿Cómo he llegado yo hasta aquí?

IDEAL EN CLASE https://en-clase.ideal.es/2024/02/08/leandro-garcia-casanova-la-soledad-de-la-vejez/?fbclid=IwAR1YsGw4om3Kc7sq3yCKxmttzISjUQD1VqJ1qKqvIGhRm4uYMDT-wrscHic


sábado, 3 de febrero de 2024

NIÑAS MIRANDO LAS CARTELERAS

 

Castilleja, años sesenta. Foto de Pili Fernández. 




Es impresionante esta imagen de la antigua Plaza del Generalísimo (en los años treinta se llamaba Plaza de la República y puede leerse en la placa de la pared de la iglesia, que pega al quiosco). El balcón que se ve a la izquierda era del salón parroquial, donde el cura hacía algunas actividades y, más acá, destaca el quiosco. En el edificio de la derecha, se ven las carteleras anunciando la próxima película, mientras que unas niñas observan aquellas imágenes míticas de cine. Por la puerta de la casa del telero, un hombre va montado en burro. Llama la atención la soledad de la plaza, el suelo de tierra, las casas solariegas sin blanquear, las acacias y un pequeño farol colgando de los cables de la luz, por toda iluminación.

Del libro Leandro: Castilleja de los Ríos en blanco y negro. 2020

domingo, 28 de enero de 2024

ESTA NOCHE OS EXTRAÑO, de Inma García Liñán

Inma con sus padres y hermanos. 1978 
 



Esta noche os extraño.

Me acuerdo de niña, jugando en la placeta.

Mi madre, pendiente de llamarme cuando empezaban los dibujos,

me ponía la merienda y me peinaba dulcemente.

¡Ay, sus ojillos verdes!

Ella entera era como el color del mar, turquesa, verde, azul, lo iluminaba todo.

Mi padre, tan cariñoso, me sentaba en su regazo y me acariciaba.

Contaba con mi admiración, era mi pasión, mi modelo.

¡Ay, sus ojillos marrones!

Me sentía tan feliz que no quería crecer y estar siempre junto a ellos.

Quería ser siempre niña, sin cortar el cordón umbilical, porque me hacía estar segura y protegida.

Pero el golpe de la muerte de mi padre y formar tan jovencilla una nueva familia, se llevó de golpe mi niñez, la seguridad, la protección...

Pero me dejó la fuerza para ser yo, la que protegiera a mis hijos y a mi madre.

Un día mi madre se volvió niña.

Ahora era yo quien le preparaba la merienda, le ponía la televisión y la peinaba dulcemente.

Una noche me llamó, me dijo que estaba feliz y que se iba con mi padre. Entonces vi cómo su vida se escurría entre mis manos y su corazón se paró. Por un momento miré mi ombligo, pensando que el cordón se había cortado definitivamente.

Pero no fue así, sigue intacto, ni con sus muertes se ha roto pero con mi muerte se romperá.

En ese instante, cuando se rompa, recordaré mi niñez y que siendo huérfana tantos años no dejé de amaros.

 Posdata: He hecho algunas correcciones al escrito original.


Comentarios en Facebook.

Hombre. Muy bonito, Inma. Con mucha ternura y sensibilidad. 

H. Precioso relato, 

Leandro . Tan real que parece sacado de una novela

H. Inma, solamente decirte que eres una luchadora y que fuiste una grandísima hija. Te mando un fuerte abrazo

H. Cuanto me gustaría que esa dulzura para con los padres volviera.

Inma García Liñán. Gracias a todos

Mujer. Qué bonito Inma! Nunca mueren mientras los llevemos en nuestro corazón 

M. Precioso, Inma, así es la vida. ¿No has pensado escribir? Creo que harías un best seller. 

Inma García Liñán. Gracias, de verdad. No sé escribir, ya me gustaría, solo son pensamientos del alma.

M. Escribe a Amazon, seguro que te informan y antes de nada registra tus escritos.

H. Bonitos y profundos sentimientos que comparto también yo con mis añorados padre y madre. Siempre se echan de menos.  Qué lindo relato

María Del Carmen García Liñán. Que bonitas palabras, recuerdos pasados, te quiero

Inma García Liñán. Yo te quiero más

M. Qué bonitas tus palabras, Inma, tu historia y tu amor hacia tus padres. 

M. Inma, buenos días. Lo siento de todo corazón. Recibe un beso enorme y mucho ánimo

Inma. Ya hace tiempo que murieron, era recordándolos. Gracias

M. Eso no lo sabía cariño pero entonces el relato que has puesto es precioso vale un óleo para ti mi niña venga hasta luego un besito

M. Que recuerdos tan preciosos tienes de tu niñez y de tus padres. Se nota que eres una persona sensible y cariñosa. Un abrazo fuerte, amiga!

H. Precioso, Inma, ! Que guapa eres!

H. Me siento feliz y privilegiado por haber podido compartir muchos de esos recuerdos que has desempolvado, que están ahí como páginas escritas que han sido tapadas por otras más recientes, pero que de vez en cuando gusta releer para revivir tan buenos momentos, aquellos maravillosos años. Un fuerte e intenso abrazo.

sábado, 27 de enero de 2024

HIJOS DEL TIEMPO

Saturno devorando a su hijo. Goya

 

Cronos simboliza el transcurso del tiempo y se le representa con el aspecto de un anciano con barba, pero empuña una guadaña con la que va segando lo que encuentra a su paso. La mitología griega nos dice que, a medida que nacían sus hijos, los devoraba para que no lo destronaran. Sin embargo, los seres humanos no pensamos en el paso del tiempo, yo diría que ni siquiera nos interesa. Sólo nos preocupa la felicidad inmediata, el triunfo personal o que se cumplan nuestros deseos. Por eso, las desgracias y la muerte siempre nos cogen desprevenidos, pues creemos que vamos a ser felices y eternos.

De mi infancia recuerdo estas anécdotas: por San Juan, era costumbre que mi familia paterna se reuniera en la cueva del abuelo y, un año, se le ocurrió que entre mi primo y yo le sacáramos los minutos y los segundos que llevaba vividos. Total, que estuvimos más de una hora haciendo cuentas de multiplicar y, como las matemáticas no eran mi fuerte, mi primo ganó la partida, mientras que mi abuelo se rascaría el cogote, pensando: ¡Joer, pues no sabía yo que he vivido tantos millones de segundos! La otra anécdota es que mi padre tenía un precioso reloj de arena en la estantería de su laboratorio de fotos. Era pequeño y de cristal –se rompía nada más mirarlo–, pero yo me entretenía viendo cómo pasaba la arena de arriba abajo, por aquel estrecho cuello de botella. Hasta que un día se me cayó de las manos… Con un palillo de dientes, uní por dentro el cuello roto del reloj de arena y de lejos parecía que no había pasado nada. Sin embargo, mi padre vería la trastada que hice y no dijo esta boca es mía. En otra ocasión, cuando tendría yo nueve años, una noche estábamos charlando mis padres y hermanos en el  comedor de la casa y estábamos contentos pero, en un momento dado, me dio por pensar en el futuro: habían pasado los años y mi madre había fallecido. Todo ocurrió en un instante, como si fuera una visión, el caso es que los ojos se me inundaron de lágrimas. Me salí del comedor y mi madre, extrañada de mi espantada, me preguntó pero logré echarle una excusa.

Parece que fue ayer, pero la vida pasa volando: hace ya veintinueve años que mi madre falleció. No obstante, el tiempo es siempre el mismo y permanece ahí agazapado, a la espera de los acontecimientos. Somos nosotros los que pasamos de largo, como aves fugaces que vuelan sobre la raya del horizonte al atardecer, o como hormigas indefensas cruzando la carretera. El año tiene doce meses –cada vez se hacen más cortos, por la rutina de los días, del trabajo y de hacer siempre lo mismo–, que son veinticuatro quincenas o cincuenta y dos semanas, el caso es que uno tiene la sensación de que todo discurre demasiado rápido. Las semanas pasan en un soplo y no digamos la brevedad de los días. Desde hace años, tengo copiada esta frase de Concepción Arenal, que recibió el título de Visitadora de cárceles de mujeres: El tiempo es corto, pero no se aprecia ni se mide sino según la cantidad y profundidad de las impresiones que se reciben.

William Shakespeare, con su aguda y certera visión, lo define así: El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que se divierten. Pero para los que aman, el tiempo es eternidad. La película Candilejas cuenta la historia de una bailarina y de un payaso –el señor Calvero es el trasunto de Charlot–, que, desde la amargura del fracaso personal, dice a sus amigos: Sabía que todo saldría bien, el tiempo es un gran actor y siempre da con el final perfecto… Recuerdo que yo medía la estatura de mis hijos, para ver lo que iban creciendo, y anotaba a lápiz los centímetros en un armario. Y sin embargo, hoy ya tienen cuarenta y tantos años. El filósofo Voltaire, ya viejo y desengañado de la vida, harto ya de tantas luchas y destierros, decía: Al final, acaba uno cultivando el jardín. Salvo la amistad, pocas cosas tienen importancia ya, incluso cultivar el jardín. El poeta Manuel de Góngora, con su ironía, escribió en De la brevedad engañosa de la vida: Mal te perdonarán a ti las horas, / las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años. Y ya lo dice el juramento de Hipócrates, el patrón de los médicos: La vida es corta, el aprendizaje largo, la ocasión fugitiva, la experiencia engañosa y el juicio dificultoso.

Un amigo sacerdote, que ya falleció, me decía: La vida es como un rollo de papel higiénico, los últimos metros corren más de prisa. Y termino con el poeta Ovidio: El tiempo corre y silenciosamente envejecemos, mientras los días huyen sin que ningún freno los detenga. Si uno se detiene y hace un alto en el camino, comprobará que la vida es un soplo, un suspiro, un bostezo en la larga historia de la humanidad. Por eso, cuando queramos acordar, estaremos tumbados y mano sobre mano, el mundo seguirá su curso y cada cual irá royendo sus ansias. Y lo cierto es que la vida pasa, pero no sabemos vivirla. Sólo nos queda el consuelo del Carpe diem, quam minimim credula postero, del poeta Horacio, que se traduce como: Aprovecha el día de hoy; confía lo menos posible en el mañana. La metáfora de la vida es que, al final, el tiempo –el dios Cronos– acaba devorándonos a nosotros, a sus propios hijos.

IDEAL EN CLASE: https://en-clase.ideal.es/2024/01/26/leandro-garcia-casanova-hijos-del-tiempo/?fbclid=IwAR1Y0d9FnAcmNirB5mBMOweIH1y5lNifBR49yRRpGxrXUZp2w-k0zPqh3hI

miércoles, 3 de enero de 2024

ENCUENTROS EN LA NAVIDAD II

 

Fuente de las Batallas


A Luis lo encontré de casualidad hace un año tomando el sol en una placeta. No nos veíamos desde hacía más de cinco años, cuando coincidimos una mañana en el hospital donde trabajaba. Nos conocíamos de niños, pues éramos vecinos aunque no amigos, cuando su padre trabajaba en el Ayuntamiento de… Recuerdo que a finales de los años cincuenta, falleció una hermana mía, a los quince días de nacer. Aquella tarde, cuando regresamos del cementerio de enterrarla, Luis tuvo el detalle de invitarme a jugar con él en su terraza, donde tenía los juguetes, mientras que yo apenas tenía. Como es natural le dije que no. Unos años después, sus padres se marcharon del pueblo y se vinieron a Granada. Un paisano me lo presentó cuando ya éramos cuarentones (yo no lo hubiera conocido), él trabajaba en un hospital y yo en la Biblioteca de Andalucía, de manera que nos veíamos de tarde en tarde. Pero esa mañana de primavera lo noté algo cambiado. Me dijo que hacía un año, cuando iba por la calle, sintió que el brazo izquierdo se le paralizó: Cogí un taxi y fui a Urgencias, pues me di cuenta que era un infarto. Estuve yendo a rehabilitación durante meses y ya puedo mover el brazo, me he recuperado bastante. Pero Luis sigue fumando porque el vicio le puede y cada vez que nos vemos recordamos anécdotas y personajes de la infancia, el caso es que nos reímos pues es campechano y sano. Me doy mis paseos, me cuido lo que puedo y así voy tirando, me dice.

El pasado 28 de diciembre nos vimos por la Acera del Darro y Luis dijo de sentarnos en un banco de la Fuente de las Batallas, pues posiblemente necesitaba descansar del paseo. Le conté que varios paisanos habíamos hecho un sendero por Guadix y luego comimos por allí. Ya no estoy para esos trotes, pero a diario hago mi recorrido por las calles de Granada. Apenas me acuerdo de la gente del pueblo, pues mi familia se vino cuando yo tenía tres años para Granada, y aquí es donde ha transcurrido mi vida, me dijo Luis. Yo le confesé mi temor: Estamos en la edad de merecer, en la edad de los médicos, como dicen algunos. Y así cada año que pasa vamos a peor. En esto, apareció de casualidad su hermano pequeño y nos despedimos. Antes de la Navidad llamé a Luis por teléfono (tener un detalle con los amigos cuesta poco), pero estaba en Almería, y cuando pasen las fiestas me pasaré a echar un rato de charla con él.

Plaza del Campillo



Sobre las once horas, del 29 de diciembre, voy a una sucursal del Banco de Santander en Granada. Entonces, observo que delante de mí está un antiguo amigo: ¡Julio, quién me iba a decir que te encontraría aquí, después de casi seis años! Me miró de soslayo y dijo: Estoy aquí a ver si cobro este cheque. Le noté el gesto serio y preocupado, pero lo llamaron de ventanilla. Oyendo la conversación que tenía con la cajera, me acerqué mientras Julio decía: En la sucursal me han dicho que no tienen dinero allí y que fuera a la central, que está en Puerta Real. La cajera respondió: Me extraña que en la sucursal le digan que no tienen dinero y le envíen a Puerta Real, cuando esa sucursal es del Santander. Si quiere, le ingreso los 300 euros del cheque en su cuenta y usted lo cobra en dos días. Sin embargo, él exclamó con aire de derrotado: ¡Pero, si es que no tengo dinero! Lo vi preocupado y me ofrecí a acompañarlo a la sucursal de su banco, para solucionar el problema o poner una reclamación. Julio tiene 84 años y era el amigo que siempre estaba dispuesto a tomarse unos vinos al mediodía, con Juanjo y conmigo, cuando estábamos trabajando. Su compañía era agradable porque era un hombre prudente y cercano, y pronto le cogí afecto. Pasamos unos buenos ratos de charla, con aquel excelente vino de la Alpujarra y las buenas tapas que nos ponía Valentina, la ucraniana que llevaba el bar.

 Cuando íbamos por la calle de Recogidas, Julio me dijo que no tenía teléfono móvil, pero le noté algunas lagunas en la memoria y entonces le pedí que llamara a su familia, a ver lo que decía. Me dio un número equivocado y después me dio otro número con el prefijo de Granada, pero de diez cifras. A continuación me confesó que la memoria le fallaba y, como llevaba  el cheque en la mano, le aconsejé que lo guardara en el bolsillo, donde llevaba además otro cheque. En diez minutos llegamos al banco,  en el Camino de Ronda, y una mujer joven me explicó: Julio perdió la tarjeta de crédito y le hemos enviado otra a su domicilio, pero esta sucursal es una oficina y no tiene caja para pagar. Seguidamente, llamó por teléfono a la sobrina de Julio y le explicó el tema de la tarjeta. Después, hablé con la joven aparte y me dijo que la mujer de Julio padecía el parkinson mientras que los hijos no querían saber nada de él, porque en ocasiones se ponía agresivo. Como yo no quería dejarlo solo en la calle, le pedí a la joven que me diera el teléfono y se puso la esposa de Julio. Le expliqué la situación y le dije que lo iba a acompañar hasta el autobús para que regresara a casa: No pueden dejar solo a Julio por Granada, está desmemoriado y lo puede atropellar un coche en cualquier momento al cruzar una calle. La mujer asintió y poco después lo acompañé hasta la parada, donde le di algunos consejos:

Carrera de la Virgen


Julio, tú no puedes ir solo por la calle pues la memoria te falla, no te acuerdas de los teléfonos y estás desorientado, tampoco te acuerdas del número de autobús para ir a tu casa. Tienes que apoyarte en tu familia y te va a ayudar, le dije como amigo. En la familia todo son problemas, fue la respuesta que me dio Julio, mientras observé que tenía la mirada perdida en los edificios de enfrente y que apenas oía por el oído izquierdo. Con su abrigo largo, su sombrero de ala ancha y su aire decidido y taciturno, parecía un personaje de película. Humphrey Bogart no lo hubiera interpretado mejor. Aquello parecía una despedida de amigos, pero esta vez en el Camino de Ronda. Julio sacó de la cartera un billete de diez euros y se dirigió a una tienda cercana para que se lo cambiaran, para el autobús. Yo iba a dejarle unas monedas pero él encontró dos euros en su bolsillo. Con esto tengo, me dijo. Cuando el autobús venía a lo lejos, le di un abrazo de despedida y el correspondió, lo acompañé y le dije al conductor: Está desmemoriado, tiene que bajarse en la Caleta. El hombre lo entendió: No te preocupes. Poco después me reuní con mi mujer y mi hija, que habían ido a hacer unas compras por el centro de Granada y me estaban esperando. En unos años, yo estaré como mi amigo Julio, pensé.

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