sábado, 27 de enero de 2024

HIJOS DEL TIEMPO

Saturno devorando a su hijo. Goya

 

Cronos simboliza el transcurso del tiempo y se le representa con el aspecto de un anciano con barba, pero empuña una guadaña con la que va segando lo que encuentra a su paso. La mitología griega nos dice que, a medida que nacían sus hijos, los devoraba para que no lo destronaran. Sin embargo, los seres humanos no pensamos en el paso del tiempo, yo diría que ni siquiera nos interesa. Sólo nos preocupa la felicidad inmediata, el triunfo personal o que se cumplan nuestros deseos. Por eso, las desgracias y la muerte siempre nos cogen desprevenidos, pues creemos que vamos a ser felices y eternos.

De mi infancia recuerdo estas anécdotas: por San Juan, era costumbre que mi familia paterna se reuniera en la cueva del abuelo y, un año, se le ocurrió que entre mi primo y yo le sacáramos los minutos y los segundos que llevaba vividos. Total, que estuvimos más de una hora haciendo cuentas de multiplicar y, como las matemáticas no eran mi fuerte, mi primo ganó la partida, mientras que mi abuelo se rascaría el cogote, pensando: ¡Joer, pues no sabía yo que he vivido tantos millones de segundos! La otra anécdota es que mi padre tenía un precioso reloj de arena en la estantería de su laboratorio de fotos. Era pequeño y de cristal –se rompía nada más mirarlo–, pero yo me entretenía viendo cómo pasaba la arena de arriba abajo, por aquel estrecho cuello de botella. Hasta que un día se me cayó de las manos… Con un palillo de dientes, uní por dentro el cuello roto del reloj de arena y de lejos parecía que no había pasado nada. Sin embargo, mi padre vería la trastada que hice y no dijo esta boca es mía. En otra ocasión, cuando tendría yo nueve años, una noche estábamos charlando mis padres y hermanos en el  comedor de la casa y estábamos contentos pero, en un momento dado, me dio por pensar en el futuro: habían pasado los años y mi madre había fallecido. Todo ocurrió en un instante, como si fuera una visión, el caso es que los ojos se me inundaron de lágrimas. Me salí del comedor y mi madre, extrañada de mi espantada, me preguntó pero logré echarle una excusa.

Parece que fue ayer, pero la vida pasa volando: hace ya veintinueve años que mi madre falleció. No obstante, el tiempo es siempre el mismo y permanece ahí agazapado, a la espera de los acontecimientos. Somos nosotros los que pasamos de largo, como aves fugaces que vuelan sobre la raya del horizonte al atardecer, o como hormigas indefensas cruzando la carretera. El año tiene doce meses –cada vez se hacen más cortos, por la rutina de los días, del trabajo y de hacer siempre lo mismo–, que son veinticuatro quincenas o cincuenta y dos semanas, el caso es que uno tiene la sensación de que todo discurre demasiado rápido. Las semanas pasan en un soplo y no digamos la brevedad de los días. Desde hace años, tengo copiada esta frase de Concepción Arenal, que recibió el título de Visitadora de cárceles de mujeres: El tiempo es corto, pero no se aprecia ni se mide sino según la cantidad y profundidad de las impresiones que se reciben.

William Shakespeare, con su aguda y certera visión, lo define así: El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que se divierten. Pero para los que aman, el tiempo es eternidad. La película Candilejas cuenta la historia de una bailarina y de un payaso –el señor Calvero es el trasunto de Charlot–, que, desde la amargura del fracaso personal, dice a sus amigos: Sabía que todo saldría bien, el tiempo es un gran actor y siempre da con el final perfecto… Recuerdo que yo medía la estatura de mis hijos, para ver lo que iban creciendo, y anotaba a lápiz los centímetros en un armario. Y sin embargo, hoy ya tienen cuarenta y tantos años. El filósofo Voltaire, ya viejo y desengañado de la vida, harto ya de tantas luchas y destierros, decía: Al final, acaba uno cultivando el jardín. Salvo la amistad, pocas cosas tienen importancia ya, incluso cultivar el jardín. El poeta Manuel de Góngora, con su ironía, escribió en De la brevedad engañosa de la vida: Mal te perdonarán a ti las horas, / las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años. Y ya lo dice el juramento de Hipócrates, el patrón de los médicos: La vida es corta, el aprendizaje largo, la ocasión fugitiva, la experiencia engañosa y el juicio dificultoso.

Un amigo sacerdote, que ya falleció, me decía: La vida es como un rollo de papel higiénico, los últimos metros corren más de prisa. Y termino con el poeta Ovidio: El tiempo corre y silenciosamente envejecemos, mientras los días huyen sin que ningún freno los detenga. Si uno se detiene y hace un alto en el camino, comprobará que la vida es un soplo, un suspiro, un bostezo en la larga historia de la humanidad. Por eso, cuando queramos acordar, estaremos tumbados y mano sobre mano, el mundo seguirá su curso y cada cual irá royendo sus ansias. Y lo cierto es que la vida pasa, pero no sabemos vivirla. Sólo nos queda el consuelo del Carpe diem, quam minimim credula postero, del poeta Horacio, que se traduce como: Aprovecha el día de hoy; confía lo menos posible en el mañana. La metáfora de la vida es que, al final, el tiempo –el dios Cronos– acaba devorándonos a nosotros, a sus propios hijos.

IDEAL EN CLASE: https://en-clase.ideal.es/2024/01/26/leandro-garcia-casanova-hijos-del-tiempo/?fbclid=IwAR1Y0d9FnAcmNirB5mBMOweIH1y5lNifBR49yRRpGxrXUZp2w-k0zPqh3hI

miércoles, 3 de enero de 2024

ENCUENTROS EN LA NAVIDAD II

 

Fuente de las Batallas


A Luis lo encontré de casualidad hace un año tomando el sol en una placeta. No nos veíamos desde hacía más de cinco años, cuando coincidimos una mañana en el hospital donde trabajaba. Nos conocíamos de niños, pues éramos vecinos aunque no amigos, cuando su padre trabajaba en el Ayuntamiento de… Recuerdo que a finales de los años cincuenta, falleció una hermana mía, a los quince días de nacer. Aquella tarde, cuando regresamos del cementerio de enterrarla, Luis tuvo el detalle de invitarme a jugar con él en su terraza, donde tenía los juguetes, mientras que yo apenas tenía. Como es natural le dije que no. Unos años después, sus padres se marcharon del pueblo y se vinieron a Granada. Un paisano me lo presentó cuando ya éramos cuarentones (yo no lo hubiera conocido), él trabajaba en un hospital y yo en la Biblioteca de Andalucía, de manera que nos veíamos de tarde en tarde. Pero esa mañana de primavera lo noté algo cambiado. Me dijo que hacía un año, cuando iba por la calle, sintió que el brazo izquierdo se le paralizó: Cogí un taxi y fui a Urgencias, pues me di cuenta que era un infarto. Estuve yendo a rehabilitación durante meses y ya puedo mover el brazo, me he recuperado bastante. Pero Luis sigue fumando porque el vicio le puede y cada vez que nos vemos recordamos anécdotas y personajes de la infancia, el caso es que nos reímos pues es campechano y sano. Me doy mis paseos, me cuido lo que puedo y así voy tirando, me dice.

El pasado 28 de diciembre nos vimos por la Acera del Darro y Luis dijo de sentarnos en un banco de la Fuente de las Batallas, pues posiblemente necesitaba descansar del paseo. Le conté que varios paisanos habíamos hecho un sendero por Guadix y luego comimos por allí. Ya no estoy para esos trotes, pero a diario hago mi recorrido por las calles de Granada. Apenas me acuerdo de la gente del pueblo, pues mi familia se vino cuando yo tenía tres años para Granada, y aquí es donde ha transcurrido mi vida, me dijo Luis. Yo le confesé mi temor: Estamos en la edad de merecer, en la edad de los médicos, como dicen algunos. Y así cada año que pasa vamos a peor. En esto, apareció de casualidad su hermano pequeño y nos despedimos. Antes de la Navidad llamé a Luis por teléfono (tener un detalle con los amigos cuesta poco), pero estaba en Almería, y cuando pasen las fiestas me pasaré a echar un rato de charla con él.

Plaza del Campillo



Sobre las once horas, del 29 de diciembre, voy a una sucursal del Banco de Santander en Granada. Entonces, observo que delante de mí está un antiguo amigo: ¡Julio, quién me iba a decir que te encontraría aquí, después de casi seis años! Me miró de soslayo y dijo: Estoy aquí a ver si cobro este cheque. Le noté el gesto serio y preocupado, pero lo llamaron de ventanilla. Oyendo la conversación que tenía con la cajera, me acerqué mientras Julio decía: En la sucursal me han dicho que no tienen dinero allí y que fuera a la central, que está en Puerta Real. La cajera respondió: Me extraña que en la sucursal le digan que no tienen dinero y le envíen a Puerta Real, cuando esa sucursal es del Santander. Si quiere, le ingreso los 300 euros del cheque en su cuenta y usted lo cobra en dos días. Sin embargo, él exclamó con aire de derrotado: ¡Pero, si es que no tengo dinero! Lo vi preocupado y me ofrecí a acompañarlo a la sucursal de su banco, para solucionar el problema o poner una reclamación. Julio tiene 84 años y era el amigo que siempre estaba dispuesto a tomarse unos vinos al mediodía, con Juanjo y conmigo, cuando estábamos trabajando. Su compañía era agradable porque era un hombre prudente y cercano, y pronto le cogí afecto. Pasamos unos buenos ratos de charla, con aquel excelente vino de la Alpujarra y las buenas tapas que nos ponía Valentina, la ucraniana que llevaba el bar.

 Cuando íbamos por la calle de Recogidas, Julio me dijo que no tenía teléfono móvil, pero le noté algunas lagunas en la memoria y entonces le pedí que llamara a su familia, a ver lo que decía. Me dio un número equivocado y después me dio otro número con el prefijo de Granada, pero de diez cifras. A continuación me confesó que la memoria le fallaba y, como llevaba  el cheque en la mano, le aconsejé que lo guardara en el bolsillo, donde llevaba además otro cheque. En diez minutos llegamos al banco,  en el Camino de Ronda, y una mujer joven me explicó: Julio perdió la tarjeta de crédito y le hemos enviado otra a su domicilio, pero esta sucursal es una oficina y no tiene caja para pagar. Seguidamente, llamó por teléfono a la sobrina de Julio y le explicó el tema de la tarjeta. Después, hablé con la joven aparte y me dijo que la mujer de Julio padecía el parkinson mientras que los hijos no querían saber nada de él, porque en ocasiones se ponía agresivo. Como yo no quería dejarlo solo en la calle, le pedí a la joven que me diera el teléfono y se puso la esposa de Julio. Le expliqué la situación y le dije que lo iba a acompañar hasta el autobús para que regresara a casa: No pueden dejar solo a Julio por Granada, está desmemoriado y lo puede atropellar un coche en cualquier momento al cruzar una calle. La mujer asintió y poco después lo acompañé hasta la parada, donde le di algunos consejos:

Carrera de la Virgen


Julio, tú no puedes ir solo por la calle pues la memoria te falla, no te acuerdas de los teléfonos y estás desorientado, tampoco te acuerdas del número de autobús para ir a tu casa. Tienes que apoyarte en tu familia y te va a ayudar, le dije como amigo. En la familia todo son problemas, fue la respuesta que me dio Julio, mientras observé que tenía la mirada perdida en los edificios de enfrente y que apenas oía por el oído izquierdo. Con su abrigo largo, su sombrero de ala ancha y su aire decidido y taciturno, parecía un personaje de película. Humphrey Bogart no lo hubiera interpretado mejor. Aquello parecía una despedida de amigos, pero esta vez en el Camino de Ronda. Julio sacó de la cartera un billete de diez euros y se dirigió a una tienda cercana para que se lo cambiaran, para el autobús. Yo iba a dejarle unas monedas pero él encontró dos euros en su bolsillo. Con esto tengo, me dijo. Cuando el autobús venía a lo lejos, le di un abrazo de despedida y el correspondió, lo acompañé y le dije al conductor: Está desmemoriado, tiene que bajarse en la Caleta. El hombre lo entendió: No te preocupes. Poco después me reuní con mi mujer y mi hija, que habían ido a hacer unas compras por el centro de Granada y me estaban esperando. En unos años, yo estaré como mi amigo Julio, pensé.

IDEAL EN CLASE:

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sábado, 30 de diciembre de 2023

ENCUENTROS EN LA NAVIDAD

 




Aquella mañana de mediados de diciembre, fui a hacer unas fotocopias a la librería. Al entregárselas, le dije a la librera.

¿Tú eres de Castril?

Ella me respondió:

Ya decía yo que tu cara me sonaba.

Yo soy de Castilléjar y me acuerdo de Juan, el cobrador del ‘coche correo’, compró un piso en el edificio donde vivían mis padres, en Granada.

Ahora allí viven sus hijos –respondió la librera.

Mi padre era el cartero y llevaba la saca con las cartas todos los días al ‘coche correo’. También me acuerdo del conductor Bartolo. Precisamente, hace dos meses estuve con Miguel y Juan Manuel en una manifestación, en Benamaurel… Ya ves si conozco a gente de por allí.

Y así fue discurriendo la conversación. Esa mañana, forzado por las circunstancias, no me que quedó otra opción que ir a esa librería a la que no iba desde hacía unos veinte años, a comprar los libros de la escuela de mis hijos. Pero se ve que un día tuvimos algún atranque, que ni siquiera recuerdo, y ya no me pasé más. Me despedí de la librera deseándole una feliz Navidad y la encontré amable, después de tanto tiempo. Y es que los años nos van haciendo madurar y entonces utilizamos la diplomacia con las personas. 

Después, me fui a Granada a entregar unos documentos en el registro de una administración, hice varios encargos y sobre las doce horas regresé al pueblo. Entonces me pasé por la panadería, pero no tenían barras gallegas. Al ir y venir de la panadería, me llamó la atención un anciano parado en la acera, hacia la mitad de la calle, con gafas oscuras y un bastón en la mano. Al salir de la panadería, no pude evitarlo:


–¿Usted es Pepe…?

Sí, ¿de qué me conoce? –respondió, extrañado.

Yo soy… –le dije.

El anciano se quedó unos instantes pensando.

Pues, no caigo y apenas veo.

Yo lo entrevisté a usted y salió publicado en un libro, me dijo que estuvo de secretario en Zújar…

La verdad es que no me acuerdo –respondió, con amabilidad–. También estuve en Orce, en Castilléjar y en Cúllar.

La memoria también me fallaba a mí, pues habían pasado dos décadas desde que lo entrevisté, pero me quedé alucinando con su respuesta:

Mi madre era de Orce, yo soy de la familia de…, y en Castilléjar precisamente me crié –Lo dije un tanto emocionado al recordar aquellos pueblos de la infancia, tan queridos, mientras que ambos vivíamos ahora en Las Gabias.

Yo residía en Cúllar y me desplazaba a Castilléjar en la moto...

Estábamos tan enfrascados en la conversación, que parecíamos viejos amigos que se habían encontrado de casualidad al cabo de los años. Me hablaba con sencillez y confianza. En esto paró un taxi al lado y me dijo:

Es el taxista, que ha venido a recogerme.

¿Dónde vive? –acerté a preguntarle.

En la calle… –y repitió el nombre quizá para que yo lo memorizara.

¡Trátalo bien, que es de confianza! –le dije al taxista, un joven de unos veintitantos años.

Instantes después el taxi desapareció al fondo de la calle, con Pepe al que yo había visto en más de una ocasión andando por la calle y, aunque me resultaba indiferente, alguna vez pensé: Seguro que ni se acuerda de mí. Pero este día me llamó poderosamente la atención la imagen de un anciano con aspecto de invidente parado en la acera. Y se me quedó grabada. Con el tiempo uno se hace más sentimental pero lo sorprendente es que, en cuestión de horas, saludé a dos personas que no trataba desde hacía más de veinte años. Lo hice casi sin pensarlo, como si una fuerza externa me empujara hacia ellos, y ese día me sentí alegre, posiblemente como ellos.


El 22 de diciembre, el día de la suerte, me di una vuelta por Granada para despejarme un poco. Crucé el barrio Fígares, donde vivieron mis padres sus últimos años, pasé por Puerta Real, que estaba muy concurrida de gente haciendo las compras y cuando llegué a la Plaza de Bibrrambla era un espectáculo. Filas de niños, de colegios privados, guiados por los maestros, contemplaban el enorme árbol de Navidad y las casetas, con figuras de pastores y belenes, y salían  en fila poco después. La plaza estaba atestada de paseantes, de turistas y sobre todo de niños. Pasé por la Plaza Pescadería, con los puestos de frutas, y fui al Mercado de San Agustín. Esa mañana Granada estaba como para filmar una película, no hacía frío y era sorprendente la aglomeración de gente, en medio del colorido de las calles y plazas engalanadas de luces navideñas. En el Mercado pregunté a una pescadera por una carnicería que había a la entrada y me dijo que no estaba por lo menos desde hacía cuatro años, en que reformaron el Mercado. El tiempo que yo no me pasaba por allí. Me indicó una carnicería donde compré una morcilla con cebolla, que es una delicia. Al salir del Mercado pasé por una mercería, me detuve unos instantes recordando y al final decidí preguntarle a la mujer que atendía:

–No sé si te acuerdas de mí.

–El caso es que tu cara me suena –respondió.

Cuando le dije mi nombre y apellidos, exclamó:

–¡Claro, tú eres familia de mi marido! Ya ves, estos días va a hacer seis años que murió.

Más o menos el tiempo que yo no me había pasado por la mercería. Le di el pésame y le dije:

–Ahora recuerdo que la última vez que saludé a tu marido me dijo que había estado enfermo, pero que ya se encontraba mejor.

–Cogió una bacteria en el hospital y murió al poco, desde entonces vivo con mi hijo.

Ella me hablaba como si fuera de la familia, cuando yo me había pasado por la tienda varias veces y apenas si cruzamos unas palabras. Decidí contarle cómo encontré a Encarna, la tía de su marido.

–Cuando murió mi madre, entre sus cosas encontré una foto pequeña con esta escueta dedicatoria: Recuerdo de tu prima Encarna... Cúllar 19-6-52. Me llamó la atención la fecha lejana y de cómo se hacían las escasas fotografías en aquella época, se reunían todos como si fuera un día de fiesta en el campo. Un tiempo después, busqué el apellido de la prima de mi madre en la guía telefónica y llamé a un teléfono de Cúllar. De esta manera encontré a Encarna, a la que yo no conocía.

Poco después me despedí de la tendera, porque tenía prisa, y seguí mi paseo por Granada. En mis viajes al Altiplano visité a Encarna varias veces, ella estaba viuda desde hacía veintitantos años y tenía dos hijos, pero tras una fractura de cadera falleció hace unos diez años. Encarna me explicó que la foto se la hicieron en Tíjola (Almería), cuando estaban haciendo la vendimia en las tierras de un familiar suyo. Ella aparece sonriendo, detrás del muchacho sentado de la primera fila, y calculo que no tendría los veinte años. Fue de lo mejor que encontré en mi familia materna.

Me despido deseando a todos una feliz Navidad, en medio de dos guerras cercanas que tanto nos afectan, pero el mundo libre parece ajeno a ellas.

IDEAL EN CLASE. https://en-clase.ideal.es/2023/12/28/leandro-garcia-casanova-encuentros-en-la-navidad/?fbclid=IwAR1vuI8DqsQuTiCWm796UDb_ulXPBLm-F0Z6tVdGp2mgKGwtMRgTbV4-r8g


sábado, 23 de diciembre de 2023

LOS BELENES DE RAMÓN RIVERA

 




Hace unos días, me acerqué a la casa de Ramón Rivera Tubilla, en el barrio accitano del Cristo de los Favores, me llevó al sótano donde ha instalado el belén artesanal y le hice varias fotos. Aquí tiene su estudio, con sus portales y sus pinturas, y me fue contando un poco de todo.



Belén en teja




–Hace unos veintidós años empecé a construir los belenes en teja, un diseño exclusivo que yo he inventado: el portal de belén (como el que ves en la cornisa), enclavado en unos cerros y la teja hacia arriba (la compro) que destaca al fondo. Hace varios años monté un belén en el Acyda (un polideportivo privado con piscinas) y otro en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, en el barrio de la Ermita Nueva. Allí está expuesto en la iglesia con otros belenes. Al elaborarlo me inspiré en la barriada, en los cerros y en las cuevas. También monté otro belén en el Colegio Público Medina Olmos. En 2019 expuse un belén, en una maqueta, en la Oficina de Información y Turismo, en la Plaza de las Palomas, donde se ve el Cerro de la Bala (el mejor mirador de Guadix) y el Cerro del Pingurucho, en el barrio de la Ermita Nueva. Me llevó hacerlo ocho meses. El belén artesanal lo hago de porexpan (que decimos el corcho blanco), mientras que los cerros los monto con espuma de poliuretano, pues tiene el color de la arcilla. Después le doy una mano de escayola a las paredes, las repello y finalmente les aplico pintura acrílica. Los ladrillos los hago cortando con un cútex el porexpan y en las paredes suelo hacer un desconchón para que parezca real. Doy escayola en la pared, pero dejo un pequeño hueco donde coloco como tres piedras y da la impresión que se ha caído la pintura (la escayola). Con los cartones de tetrabrik hago los cuerpos de los pastores, luego los visto, mientras que con cajas de cartón, las que tiran en el Colegio Público Adelantado Pedro de Mendoza, hago las casas de tipo árabe. Como verás, este belén artesanal tiene una casa con su letrina. Lo empecé el pasado año, después de san Antón, y me ha llevado once meses de trabajo, echándole muchas horas, aunque no todos los días he trabajado. Primero lo voy imaginando en la cabeza y después lo elaboro.

Belén artesanal

Ramón se levanta y me trae un paso de Semana Santa, con el nazareno, en miniatura.

–Le faltan algunos remates y ahí lo tengo. En este cuadro pinté a mi hija, ella quiere que se lo dé pero a mí me encanta –me dice, señalando en la pared–. De joven fui solista del grupo accitano Arboleda y grabamos un long play (como se le llamaba entonces a un disco grande), de doce canciones, en 1974, de la

casa de discos Fonogram S.A. Pero por unos y otros se disolvió pronto el conjunto musical. En esa época también empezó el grupo onubense Jarcha, pero a ellos les ayudaron. Después trabajé en Endesa (la antigua Compañía Sevillana) hasta que me jubilé. Mi belén artesanal de la iglesia de Gracia recibió el primer premio del Ayuntamiento de Guadix. Y el año pasado me concedieron el segundo premio por el belén que monté en este sótano, aunque ocupaba la mitad de espacio que este. Y ahora estamos pendientes del resultado del concurso de este año, que saldrá en una semana. En Guadix hay mucha tradición por los belenes y es raro que un escolano no monte un belén, y esto se lo he transmitido a mis hijos. Don Carlos Ros (fue el director y el alma del coro de la Escolanía de Guadix) montaba, con ayuda de los alumnos, el belén todos los años y de aquí me viene la afición. La Navidad me trae muy buenos recuerdos. Desde hace muchos años, el Ayuntamiento convoca durante la Navidad un concurso de belenes, con tres categorías: artesanal, familiar e infantil. Creo que se han presentado al concurso más de cincuenta belenes. Están además los belenes de los escaparates de los comerciantes y los de los particulares en sus casas.


Guadix tiene ganada fama de hacer zambombas en las alfarerías, que luego se venden en Granada y en otras localidades. Destacar que hay un puesto de zambombas en la avenida de Medina Olmos, desde mediados de mes, y también se venden en el Mercadillo de los sábados. Guadix sigue fiel a sus tradiciones de antaño y hay imágenes que te trasladan a los años sesenta, como si el tiempo se hubiera detenido: el tío vendiendo zambombas en la calle, el gitano paseando con su bigotazo y su vara de mando, o la afición por los belenes. Desgraciadamente, en España se va perdiendo esta tradición, porque al Papá Noel lo publicitan en todos los medios.


Las cuevas de Guadix y el Cerro de la Bala

https://en-clase.ideal.es/2023/12/22/leandro-garcia-casanova-los-belenes-de-ramon-rivera/?fbclid=IwAR2Qi56pRB1Op0IsxMWoNxwFGN0qZmTdnhcjrE3_iRGxVtLK11x07rqXJXs


viernes, 15 de diciembre de 2023

EL CACHORRO ABANDONADO

 





El diez de octubre de 2015 mi mujer y yo llegamos a Guadix sobre las nueve horas y, al llegar a la cueva, lo primero que llamó nuestra atención fue un cachorro negro de un mes, con una mancha blanca, al lado de un montón de arena. Al bajarme del vehículo vi que estaba en la sombra y tiritando de frío, pues hacía una temperatura de unos siete grados. Cogí al perrillo y lo puse al sol, sobre un saco de cemento vacío, pero se venía detrás de mí y no hacía más que gemir. Seguramente, alguien lo abandonó ahí a propósito y el chucho había pasado la noche al raso. No quise entrarlo en la vivienda, pues hacía seis meses (en abril) que se había muerto Balto, un perro inolvidable que estuvo viviendo con nosotros durante catorce años y no queríamos volver a encapricharnos de nuevo. Poco después nos fuimos al Mercadillo de los sábados y le pregunté a un policía local si conocía alguna sociedad protectora de animales. Me proporcionó un teléfono y la encargada de la sociedad me dijo que se encontraba en Madrid, pero, por la noche se pasarán a recoger al perro. Me pidió que le diera de comer y que lo guardara.

Después de hacer las compras, regresamos con el temor de que alguien se hubiera llevado el cachorro. A mi mujer le costó localizarlo, pero estaba echado en un matorral y se puso contento al vernos, dando gemidos. Lo dejamos en la placeta de la cueva pero venía detrás de nosotros, pues no quería estar solo. Le di de beber agua y bebió bastante, posiblemente llevaba más de doce horas sin probarla. Sin embargo, no quiso comer unos trozos de jamón cocido. La hija de la vecina lo cogió en brazos y el chucho parecía otro, al menos ahora se encontraba acompañado y con gente que estaba pendiente de él. Una hora más tarde, una mujer nos llamó por teléfono, nos pidió la dirección de la vivienda y dijo que se iba a pasar a recogerlo. Aprovechamos y nos hicimos unas fotos con el perrillo, pero ignoro dónde estarán.

Sobre las trece horas, llegaron tres mujeres en un turismo a recogerlo. Carmen Serrano era una de ellas, nos dijo que tiene un puesto en el Rastro de los domingos y, con el dinero que saca, paga los gastos de los perros que recoge en Guadix. Hace de intermediaria y entrega los animales abandonados a las sociedades protectoras. Tengo que pagar el veterinario, la vacuna, el chip…, y luego se los llevan a Bélgica. Aquí en Guadix hay muchos animales y se abandonan bastantes. Carmen nos contó que la madre, una perra blanca podenca, tuvo tres cachorros, ayer les llevaron de comer y hoy habían desaparecido todos. Alguien se los llevó y nos enseñó las fotos que les hizo y que las iba a colgar en Facebook, para ver si alguien los había visto. El cachorro lo cogió en brazos la hija de una amiga de Carmen y se le veía muy feliz, pues no chistaba. No hace falta decir que, en las dos horas que estuvimos con el cachorro negro abandonado, le habíamos cogido cariño.

Ocho años después, en Guadix se siguen viendo perros abandonados por las calles, aunque menos. Es cuestión de cultura y de humanidad, si alguien no quiere tener el cachorro o la mascota en casa, lo puede llevar a las sociedades protectoras, a una perrera municipal o anunciarlo a través de las redes sociales para quien quiera adoptarlo, antes que abandonarlo en la calle.

Ideal en Clase. https://en-clase.ideal.es/2023/12/14/leandro-garcia-casanova-el-cachorro-abandonado/?fbclid=IwAR1rfFLguKQ30E--elOZajAThXWQImvVlWqNjnpTl6YHx3Ls7AH5uEfEyWw


domingo, 3 de diciembre de 2023

LA PENOSA VIDA DE NUESTROS PADRES Y ABUELOS


La Alpujarra querida

La Alpujarra la recuerdo
como algo singular
y mucho más a mi pueblo
que nunca pude olvidar
ni triste y menos contento
aunque me digan pesado
siempre hablo de mi tierra
me siento muy afortunado
de nacer frente a la sierra…

 

Esta fotografía la ha publicado José Montero, en Facebook, en noviembre (también he copiado un fragmento de su poesía), y ha sido bastante comentada y compartida. He recogido los comentarios que he considerado interesantes y he corregido algunas faltas de ortografía. No he querido poner los nombres y apellidos de los que intervienen y me he limitado a indicar si es un hombre o una mujer.

 Comentarios en Facebook.

Hombre. Un buen recuerdo a la anterior generación y más aun a la de los años de lucha sin recompensa en mi caso a la de mis abuelos

Mujer. Así se vivía y éramos felices

M. Se añora todo aquel tiempo cuando nos muestran fotos como esta. Pero... ¿Quién volvería a vivir aquella vida? 

M Que recuerdos tantas veces fui así en la burra y qué buena era.

M. …Qué a gusto y felices vivimos hoy día, no nos damos cuenta que pena esa pobre gente cuanto sufrió

M. Pues sí se ha perdido la humanidad y los amigos verdaderos todos éramos una familia ahora es mucha abundancia de todo, aquellos años eran más sufridos pero había más unión y no tanta libertad y había más educación que ahora, preciosa la foto gracias por compartir desde Valencia un saludo

H. Lamentablemente con tanto avance tecnológico, lo rudimentario, sano y artesanal quedó atrás, solo queda el recuerdo.

H. No nos confundamos, la agricultura y la ganadería nunca mueren y estos pueblos están muy vivos todos, la gente emigra buscando medios de vida, pero si tienes propiedades y las haces rentables nadie las cambia por una gran ciudad donde no se conocen ni los vecinos d escalera

H. Mucho trabajo pasaban estos grandes abuelos. Un homenaje. Bravo por ellos

M. Pues sí, si se piensa bien éramos ignorantes de ciertas cosas, pero al final éramos felices con lo que teníamos poco. Pero al final sano y bueno y poco o ningún STRESS

H. …tuvimos que emigrar a las capitales grandes ó al extranjero durante años, como es mi caso, 3 años en Paris y así fuimos levantando España y después en la industria y no por nadie más. Conozco la Alpujarra yo también soy andaluz, la añoranza es lógica éramos jóvenes y podíamos con todo, pero la música va por dentro, saludos paisanos

H. La progresión de los tiempos, con tan poco que se tenía esos matrimonios fueron capaces de criar seis, siete, ocho y más niños que aportaron a la riqueza de país que somos ahora y que en muchas reuniones familiares eran dignas de admirar con el ejemplo de los padres: por nada del mundo no riñas con un hermano, ahora por una miseria dejan de hablarse

M. Ahora nos multarían por montarnos en la burra tampoco verían bien la cabra atada

H. Que recuerdos me trae esta foto, cuando veía a la gente pasar a los mercaos por mi pueblo .que felices vivíamos con tan pocas cosas .a mí esto me llena de ilusión y me emociono. Me gustan mucho estas fotos y estos recuerdos

H. Tiempos pobres pero buenos en todo orden de cosas, los valores eran reales

H. Desde Argentina comparto todo esto, siendo de Uleila del Campo tuvimos que emigrar como se decía antes hacer la América había prácticamente muy poco trabajo así que hacer las maletas y emprender un rumbo totalmente desconocido, decía mi tía hacia las Antípodas en el fin del mundo

H. Este ha sido mi vehículo desde los 6 años hasta los 15 que me fui a Barcelona, amo a las bestias, burros, mulos, caballos, etcétera

H. Hoy sería maltrato animal

M Una foto preciosa!! Soy de Argentina, y los campos han quedado vacíos, la gente se ha ido a vivir a los pueblos o a las grandes ciudades. En las ciudades estamos llenos de gente que vive en situación de calle. Pero los campos se trabajan, lo hacen sin vivir en ellos.

H. Jamás serás pesado por presumir y estar orgulloso de tu tierra, conozco muchos andaluces que renuncian a sus raíces por vivir en Cataluña, eso sí que es una pena moral

H. Era una agricultura de subsistencia prácticamente no había industria, cuando crecía la población había que emigrar no había oportunidades pero los recuerdos son bonitos. Hoy está mejor que nunca pero solo para domingos y vacaciones, económicamente esta KO. (Se refiere a la Alpujarra)

H. Así es, es que tampoco llueve, pero que le vamos hacer yo si puedo el año que viene iré a despedirme si estoy vivo, un saludo amigo

H. En esta zona de España llueve muy poco, peros las plantas crecen con el relente, así estoy yo que no soy muy alto

H. Son recuerdos de niñez. Y buenos son. Pero quién puede negar que se quedaron despoblados por necesidades básicas. Lo peor, muchos se han olvidado de sus orígenes y ni en fiestas ni en vacaciones vuelven, al principio sí, ya algunos son mayores o no están entre nosotros y los nietos se han vuelto de ciudad. Una pena porque la Alpujarra por muchos siglos fue un lugar privilegiado, comparado con otros lugares.

H. Si tienes razón pero ya sabes que en el mundo habemos de todo, yo si Dios me da salud este año el día del patrón San Marcos iré a despedirme antes de morir, un saludo amigo

H. Yo tengo 80 me vine con 18 y no he dejado de visitar a mi tierra ni un año

M. Bonita foto eran otros tiempos más tranquilos con más humanidad, respeto y educación

M. Que hermosa fotografía, eran otros tiempos pero no peores que estos, eran más trabajados, pero mucho más sanos y muy humanos, de esto último, ahora, andamos más bien escasos, debemos retomarlos.

M. Falta mucho respeto y mucha educación. Una foto muy bonita me recuerda mi niñez.

H. No sería tan buena la vida, cuando los pueblos se han quedado desiertos

H. Gracias a la política de progreso de los políticos, que son los únicos que progresan

H. El mundo evoluciona, no era ni buena ni mala vida era la que había, y en aquellas épocas en el campo siempre había algo que llevarse a la boca

       En la imagen, que nos lleva a los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, unos abuelos van montados en una borrica y tras ellos llevan a una cabra. La abuela, con el pelo blanco, lleva el pañuelo en la cabeza echado hacia atrás y un chal negro le cubre los hombros, mientras que el abuelo, con gorra, va montado detrás, estas eran las prendas típicas en aquella época. Ambos van abrigados y montan de lado sobre el animal de carga, mientras la anciana mira de frente al fotógrafo, un tanto extrañada, el hombre mira hacia adelante y con la boca abierta parece como si estuviera diciendo algo a su compañera. Posiblemente el fotógrafo y los ancianos se conocían, pero si por algo destaca la imagen es por la espontaneidad y la frescura que destila, a la vez que refleja la dureza de la vida en el campo, tanto en La Alpujarra como en cualquier pueblo de España. Entonces, las caballerías abundaban mucho en el mundo rural pues eran imprescindibles en las laboriosas faenas del campo, mientras que los automóviles y las motos escaseaban. En vez de las aguaderas, con los cántaros, llevan una vieja y rudimentaria caja de madera a lomos del animal, donde posiblemente va encerrado algún ave de corral, y un cesto de mimbre colgando. El animal, a pesar de la carga, camina con el paso firme y las orejas levantadas mientras que la cabra sigue a sus amos. Van por un camino de tierra y al fondo se divisa una tapia alargada, por donde sobresalen los grandes cipreses (cupressus sempervirens) del cementerio, del pueblo.

Los ancianos puede que fueran al mercadillo del pueblo, pues entonces eran muy concurridos y se podían encontrar los mejores precios, en las frutas, legumbres, ollas, sartenes y toda clase de utensilios para la casa. Allí acudían los vecinos del pueblo y de las aldeas cercanas, de los cortijos y de las casas aisladas aunque solo fuera para llenar los cántaros de agua en las fuentes, pues en muchos lugares carecían hasta de agua potable. Es una imagen típica de la España rural, de la gente  humilde y callada, que vivía del campo y de los animales, que trabajaba de sol a sol y muchas veces se alumbraba con un candil de aceite, como hacían mis abuelos en la cueva, porque el agua no llegó a la aldea hasta los años sesenta y la luz llegaría unos años después. Entonces se vivía con los cuatro muebles imprescindibles y no se tiraba ninguna comida ni siquiera había recogida de basura por las calles. No se tiraba nada, por eso a los nietos incluso a los hijos les resulta difícil comprender a sus ascendientes, porque no vivieron la pobreza y la escasez de aquella época.

La fotografía me recuerda a mi tía con mi prima, tendría tres años, en el día de San Juan. Ese día venían de Galera al Cortijo del Cura, unos cinco kilómetros, montadas en el burro. En la cueva se reunían los cuatro hijos y los ocho nietos (en unos años vendrían cuatro más), para celebrar la fiesta del patrón de la aldea y la onomástica del abuelo. Como recuerdo ha quedado una fotografía de mis abuelos con los nietos junto a la noguera que había por debajo de la cueva, al lado de la acequia del Botero. Mi abuela iba toda vestida de negro, la falda le llegaba hasta los pies, y un pañuelo negro le cubría la cabeza, mientras que el abuelo llevaba la chaqueta y la camisa blanca de los domingos. Ambos están sentados a los lados y cada uno sostiene a un nieto pequeño en sus piernas. Los dos nietos mayores posan la mano sobre los hombros del abuelo, como era costumbre en aquellos años, mientras que otra de mis tías, vestida con ropa oscura y con un pañuelo estampado en la cabeza, aparece detrás. Mis abuelos tendrían unos sesenta años, pero están envejecidos y aparentan diez o quince años más pero el retrato ha quedado como una reliquia para la familia. Sobre todo en las aldeas, las mujeres a partir de los cincuenta años vestían de negro, como si ya fueran viudas.

Sobre los comentarios de Facebook, tengo que añadir que después de la Guerra Civil vino la represión, las penurias, el hambre, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, por lo que nuestros padres y abuelos conocieron la peor época y la más oscura del siglo XX. En los años sesenta llegó el desarrollismo y cierta apertura al exterior del régimen, de manera que el nivel de vida y las comodidades que disfrutamos hoy se lo debemos al sacrificio de ellos y al mayor período de paz que ha habido en los países democráticos. A comienzos del siglo XX, cuando aparecieron los automóviles y las motos en las ciudades, decía el escritor vasco Pío Baroja: Lo que el progreso te da con una mano, te lo quita con la otra. Y llevaba razón. Antes los vecinos eran más solidarios, puesto que había escasez de alimentos y de todo lo necesario, de manera que se necesitaban unos a otros (en algunos pueblos de Extremadura y en otras regiones todavía se ayudan los vecinos en las matanzas), pero hoy somos más autosuficientes y por tanto más insolidarios. Antes estaba el autoritarismo de los padres, mientras que las mujeres apenas tenían derechos (mi padre tuvo que darle permiso a mi madre para que pudiera vender unos bancales que heredó de sus padres), había abusos de los señoritos con los criados (así se les llamaba), de los empresarios con los trabajadores, pues no existían los derechos ni libertades que tenemos hoy. Había mucho analfabetismo y pobreza, en un país donde mandaban la oligarquía y el caciquismo. Miles de españoles tuvieron que emigrar, cuando hoy los inmigrantes vienen a España a trabajar en el campo o en otros oficios, que no quieren los españoles. Hoy en cambio tenemos más derechos y libertades, pero más delincuencia, hoy puede ir a la universidad el que quiera estudiar, cuando antes solo iban los hijos de la clase media. En fin, la fotografía de los abuelos nos trae la nostalgia de la infancia y de nuestros padres (conforme discurren los años, los recordamos más), pero cada época tiene su lado bueno y su lado oscuro. Por eso, no debemos confundir el recuerdo sentimental con la penosa realidad de aquellos años. 

 

 

domingo, 12 de noviembre de 2023

PEQUEÑA HISTORIA DE DOS NIÑOS

 

RFI


Hace unos días, cuando me contaron esta historia, me emocioné y así la describo. Un niño y una niña, de tres años, son amigos porque sus padres viven en la misma urbanización y se conocieron en los jardines de la misma. Aquí es donde juegan y se les ve juntos, él es rubio (llamémosle G), tímido y con cara de bueno, mientras que la niña (A) tiene el pelo castaño y los ojos azules, pero es más espontánea y sociable, a veces, cuando coge a sus amigos de las mejillas casi les hace daño. Parece como si los papeles estuvieran cambiados entre ellos. Los padres me enseñaron fotos de los niños y congenian bastante. En una imagen de hace más de un año, aparecen montados en una motillo de juguete, él está serio con su casco mientras que ella sale sonriendo. En otra foto están con otros dos amiguillos sentados junto a un árbol y, en la siguiente, ambos aparecen sentados en la hierba, sonriendo, mientras que el apacible gato de la urbanización se pasea delante de ellos. En la última instantánea, de hace unos meses, los niños están cogidos de la mano, ella con trenzas y con falda larga, y él con su pelo rizado. Al estar de espaldas, da la impresión de que tienen más edad y se asemejan a una pareja de novios. Hace un año, ellos y dos niños más estuvieron varios meses con una canguro, varias horas por la mañana, y esto les unió más.


 En septiembre pasado ambos fueron a la Escuela Maternal, al tener cumplidos los tres años, pero la norma es que a los que son amigos suelen ponerlos en clases diferentes, será para que no se distraigan... La niña lloró los dos primeros días, incluso le dijo a sus padres que no quería ir a la escuela. Y así estuvo una semana cariacontecida, con lo sociable y juguetona que es. G fue destinado a otra clase y su maestra se dio cuenta de que estaba bastante triste, pero cuando salía al recreo y se encontraba con A entonces jugaban y charlaban entre ellos. De manera que la maestra decidió ponerlos juntos en la misma clase. A partir de entonces, A le dijo a sus padres que le gustaba ir a la escuela y se pueden imaginar lo contento que estaba su amigo G. También me contaron que, hace un año, la niña le decía a su abuelo, al que ve dos o tres veces al año: Abelo, vente. Le cogía la mano mientras que en la otra llevaba un libro con dibujos de animales, se sentaba en la alfombra y le hacía señas para que se sentara junto a ella. Conforme iba pasando las páginas, señalaba un dibujo con el dedo y el abuelo le iba diciendo el nombre de los animales en español: pato, gato, pájaro… Con el abuelo se entiende bien, porque le hace mojigangas con la cara, le saca la lengua o le dice, con voz gangosa: ¿Tú eres buena? Y yo ¿cómo soy? La niña entonces se ríe y disfruta imitando al abuelo: haciendo gestos con los ojos y con la boca, mientras repite sus palabras. Los padres suelen decirle con frecuencia a la niña, doucement (suavemente), para que no corra o haga las cosas bien, pero el abuelo le ha enseñado a decir despacito, y ella lo repite con gracia, ambos se ríen con cualquier cosa o se entienden con la mirada. ¡Ay mi culito!, le dice el abuelo mientras la abraza. El diminutivo lo ha aprendido la niña de su padre.


Los abuelos suelen tener más paciencia con los nietos y posiblemente los maleducan, pues ellos van de visita y no les regañan, mientras que los padres tienen que estar bregando a diario con ellos y esto desgasta mucho, porque los niños pasan de la risa al llanto o hacen una trastada cuando menos te lo esperas. Hay que tener mucha paciencia, ponerse a su altura y jugar un poco con ellos. Pero no siempre es así y a veces los padres no tienen ganas ni tiempo.

Escuela Maternal francesa. El País


Con tres años, acaban de salir de la casa de sus padres y están aprendiendo a convivir con otros niños de su edad, en la Escuela Maternal. G ha llegado a sentirse solo y triste los primeros días, mientras que A lloró algunas veces, hasta que los pusieron juntos en la clase. A ha tenido un hermanito hace unos meses y se ha dado cuenta de que ahora el mimado es él y casi siempre está enganchado a la teta, mientras que ella ha pasado a un segundo plano. Estos cambios los van asimilando los niños, y a veces los sufren en silencio, mientras que cada día aprenden cosas nuevas. Por la mañana van a la escuela y por la tarde juegan un rato en el jardín, algunos días se montan en el carrusel, y conforme pasan los días van aprendiendo términos nuevos con los que se expresan mejor o dibujan garabatos en las hojas de un bloc. Un día, A le soltó a la abuela: Espérate, que estoy hablando con mamá. Le habían repetido tantas veces la frase, que se había quedado con la copla.


 Hace dos semanas, unos amigos hicimos un sendero por los campos de Saleres, en el Valle de Lecrín. Al finalizar fuimos al pueblo y nos llamó la atención una casa que tenía el zaguán y el patio adornados de fotografías y cuadros antiguos, colgados de las paredes. Parecía un pequeño museo. Le pregunté a la dueña, una mujer de unos sesenta años, y nos dijo: Esta casa era de mis suegros, yo me crié en esta calle, unas casas más arriba, de manera que conozco a mi marido desde que éramos unos críos.

 Sin embargo, no sabemos el futuro que les espera a estos niños, ni siquiera lo que nos puede pasar a nosotros mañana. También puede ocurrir que los padres de alguno de ellos se trasladen a otra localidad y los niños pierdan el contacto, pero al verlos en las fotografías jugando en los jardines y en la escuela, durante el recreo, parece que la vida les sonríe. Al abuelo a veces le entraba la nostalgia y le decía a su hijo: Cuando la nieta tenga diez años, yo ya tendré ochenta. A mis abuelos apenas los conocí, pues no vivían en el pueblo de mis padres. Con este aumento de las temperaturas, cada año, y con la situación que vive el mundo, ¿qué futuro le puede esperar a estas criaturas? Al final se consolaba pensando que la vida tiene muchas alternativas y hay que vivirla.  Me conformo con que sea feliz el día de mañana, decía el abuelo.

IDEAL EN CLASE: 

https://en-clase.ideal.es/2023/11/11/leandro-garcia-casanova-pequena-historia-de-dos-ninos/?fbclid=IwAR0LW7K3hrUlcMWM-oeLRHJpAb63rKDT3a1D_gmrz9MfpczrOeO9O13Um-Q