lunes, 25 de abril de 2016
LEANDRO, VEINTE AÑOS DE FOTOGRAFÍAS
Fue mi padre quien me transmitió
el amor por la fotografía, de manera que, de vez en cuando, envío fotos al
periódico ‘GranadaDigital’ y a algunas revistas de la provincia. En la
oscuridad de su singular laboratorio, se pasaba las tardes y, a veces, hasta
las noches enteras revelando fotos, sobre todo al comienzo de cada curso
escolar. Enfocaba la imagen de la película sobre el papel blanco de Valca,
durante unos segundos, y luego lo sumergía en el líquido transparente de una
cubeta. Con siete años, yo me quedaba alucinado al ver cómo iban apareciendo,
lentamente, las figuras de las personas. Era como si una mano invisible fuera
trazando aquellas oscuras imágenes, algo parecido a lo que le ocurría al
travieso ‘Toto’, en la cabina de proyección de la película ‘Cinema Paradiso’.
Aquel laboratorio de fotografía –armado con tablas de madera y recubierto con
sacas de Correos, y del que he conservado la ampliadora– ejercía una gran
fascinación sobre mí, porque allí estaba encerrado todo el misterio de la
fotografía. Luego, mi padre ponía las fotos en un cristal enmarcado y, una vez
secas, yo las recortaba con la cizalla. Él guardaba siempre los carretes de los
negativos en unas cajas de aluminio redondas –parece que las estoy viendo–,
pero, al final, se perdieron todos.
Quedaron las fotos de época, de
los años 60 y 70, como aquellas postales con los paisajes de Castilléjar y los
retratos de personajes inolvidables; de bodas, entierros y bautizos, del
cementerio viejo y del altar mayor, la ermita de Santo Domingo; las cuevas, los
almiares, las silenciosas procesiones de Semana Santa y las solemnes del
Corpus, con el cura bajo palio; comidas y bailes en el campo, niñas con sus
trajes regionales y posando con la maestra, equipos de fútbol, jóvenes cantando
y sonriendo, los altares del Corpus… En fin, todo aquel mundo rural de
entonces, con sus miserias, pero allí fue donde nos criamos en medio de
privaciones. Recuerdo que le dejé a Jesús Martínez –un amigo de mi padre–
cuatro o cinco de las mejores postales, pero falleció en 1990 y ya no supe más
de ellas. Pero ha quedado una colección de 59 fotos, ‘Castilléjar, en blanco y
negro’, donde mi padre ha logrado reflejar el alma sencilla de las gentes de
entonces, así como aquellos pintorescos paisajes rurales. En fin, toda una
época.
Hace unos años, le preguntaban a
Ramón Masats por el cambio que ve entre la España que retrató y la actual. Él
contestó que “fotográficamente es peor. Las calles están llenas de coches
aparcados, las paredes llenas de grafitis y la gente más resabiada…”. Alfonso
Sánchez Portela nació en 1902 y fue uno de los padres del fotoperiodismo
español: “Mis primeros juguetes fueron las cámaras viejas de mi padre. No he
tenido aro ni caballo”, decía. En el ‘Heraldo de Madrid’ empezó a publicar sus
fotografías de tipos populares, como el barquillero, el músico-mendigo, la
castañera..., y nos recordaba que “era un Madrid donde nos conocíamos todos”.
De su padre, Alfonso Sánchez García, conservo el libro ‘Alfonso, imágenes de un
siglo’, con sus fabulosas fotos: “Yo soy un hombre que habla con la máquina,
porque mi palabra está en la película y en el objetivo”, parecía ser su lema.
El famoso fotógrafo Alberto Schomer llegaba a esta conclusión: “Detrás de ese
ojo mágico... está el artista, el hombre con una extraordinaria sensibilidad
para hacer confesar mensajes escondidos a todo lo que descubre”.
La escritora Susan Sontag decía
que “el tiempo acaba por elevar casi todas las fotografías, aún las más torpes,
al nivel del arte”. Sí, el tiempo arrasa con todos nosotros, mientras que
nuestras imágenes y nuestras sombras parece que se agigantan con el paso de los
años: el recuerdo del tiempo pasado y la nostalgia de los seres queridos ya se
encargarán de ello. El premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, nos dejó este
testimonio imborrable: “La impresión producida en mí por la fotografía ocurrió
más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes,
había yo topado con tal o cual fotógrafo ambulante de ésos que, provistos de
tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal,
practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre”. Entre
1910 y 1930, los fotógrafos ambulantes se dedicaron a recorrer los pueblos y
aldeas de sus comarcas, sobre todo, durante el buen tiempo y en las fiestas de
agosto y septiembre. Ellos colocaban su ‘cajón mágico’ en plena calle, en las
plazas de toros, en los patios y corrales, o en las posadas donde paraban. Allí
donde pudieran ganarse unas pesetas.
Mi padre se dio de alta, como
fotógrafo, en enero de 1963 –contaba entonces 43 años, aunque hacía fotos desde
mucho antes–, como indica el impreso de ‘Licencia Fiscal del Impuesto
Industrial’ que conservo. En la actividad a desarrollar, dice lo que sigue:
“Fotografía al aire libre por calles y locales provisionales y barracas”, y el
lugar, “donde desarrollará la actividad, en Castilléjar, calle Rosario
Ambulancia”. Esta palabreja habrá que interpretarla como ‘fotógrafo ambulante’,
según nos recuerda Ramón y Cajal. El ingreso que mi padre tuvo que efectuar a
Hacienda, por darse de alta en 1963, fue de 171,60 pesetas. También conservo
varios sellos de fotos, donde pone, en forma de círculo: “Leandro García,
fotógrafo, Castilléjar (Granada)”. Tengo también su tarjeta de identidad,
número 74, “del redactor corresponsal en Castilléjar del Diario Patria, de 4 de
diciembre de 1953”, aunque lo suyo no fue precisamente escribir crónicas para
el antiguo periódico de la Falange, con su mancheta del yugo y las flechas en
la portada. Otro carné que conservo es del Cuerpo de Correos –los antiguos
carteros rurales–, expedido en Madrid, en mayo de 1962, cuando el sueldo que
percibía era de 19.399 pesetas al año, entonces Castilléjar contaba con 3.750
habitantes, tres veces más que hoy. El Estado tenía a los carteros rurales
abandonados a su suerte, y les pagaba con el dinero que recaudaba de los
sellos. Otro documento de mi padre es la ‘Tarjeta de Identidad Postal’,
expedida en la oficina de Correos de Huéscar, en noviembre de 1946, cuando los
años del estraperlo, de los piojos y de la pertinaz sequía.
En la introducción de mi libro
‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, escribí lo siguiente: “También quiero
tener un recuerdo para Leandro –mi padre–, el cartero metido a fotógrafo que
nos legó esa memoria gráfica, un inolvidable álbum de fotos que recoge toda una
época. Son memorables las del ‘Tonto Gitano’ y de Roque ‘Pum’, y a mí se me
caen las lágrimas cuando observo a estos dos mendigos al cabo de los años.
También hay que destacar la foto de Pedro ‘el de las Ollas’, las mujeres
lavando en el río y tantas otras. Donde hubiera una fiestecilla, una boda, un
bautizo o un entierro, allí que estaba Leandro con su máquina de fotos en
ristre. Aunque él nunca fue consciente de la importancia que iban a tener
aquellas simples postales, que revelaba en su pintoresco laboratorio”. En fin,
todavía recuerdo aquellos 'bailazos’ –esta
palabra la decía Dolores Mañas ‘la Manca’– que se montaban en Los Olivos, en
Los Carriones y en el Cortijo del Cura, que nada tenían que envidiar a los
bailes que se formaban en Castilléjar. Pues bien, allí se tiraba mi padre casi
todo el día, el tiempo que hiciera falta, aunque siempre había alguien que le
decía “Leandro, vente a comer a mi casa”.
Los dos retratos del Citroën de
dos caballos –era del maestro, don Jesús Carricondo–, uno a la altura de la
casa de Pepe, el herrador, impresionan al ver aquella carretera de tierra a la
entrada del pueblo, o las instantáneas de aquellas plazas de toros, montadas
con palos cruzados, donde la gente se encaramaba donde podía, mientras que los
niños nos metíamos entre los maderos y no pasaban más cosas porque Dios no
quería. O las fotos de esos jóvenes toreros –Juanito Gimeno era el más famoso,
entonces–, más bien maletillas, que iban por los pueblos jugándose el tipo con
aquellos marrajos, que no eran peores que los empresarios taurinos que los
explotaban, como hizo el ‘Pipo’ con ‘el Cordobés’. Titulé la foto ‘Tarde de
toros’, y escribí al pie de ella: “Apretujados sobre el carromato de un
tractor, sonríen un puñado de jóvenes, casi todos ellos con el pelo echado
hacia atrás”. O bien, esta otra donde, los almiares y las chimeneas de las
cuevas se alzan sobre el horizonte.
Un multitudinario entierro, a su
paso por la antigua Plaza del Caudillo, donde no falta ningún hombre del
pueblo, porque, en la pobreza, la gente siempre fue más solidaria. La foto de
Roque ‘Pum’ es antológica, pues revela toda la miseria en el rostro y en el
ropaje de aquel mendigo bufón: su aspecto envejecido, su cara de borrachín, la
chaqueta raída y, sobre todo, la postura altiva que adopta. ¡Gracias, Roque!
Como si fuera una metáfora de la vida, se ve detrás del mendigo, en las
escaleras de la Cruz de los Caídos, un ramo de flores marchito. La foto de las
mujeres lavando en el río –mi madre bajaba todas las semanas con un barreño de
ropa– es antológica. Entonces, el río Guardal tenía tanto caudal como el que
hoy lleva el río Castril.
Otra imagen, hoy desaparecida,
fue el sencillo altar mayor de la iglesia de la Purísima Concepción, con las
columnas salomónicas y las paredes pintadas de flores. Lo mismo ocurrió con los
caños y el abrevadero, que estaban situados debajo de Plaza Nueva, y tantos
otros paisajes de la infancia que ya no veremos. En el antiguo barrio de Los
Evangelistas se veían algunas casas, pero la mayoría eran cuevas con su eras y
almiares, como si fuera un barrio morisco. La foto de ‘El motocarro del
Capagatos’ es de las que hacen época, con doña Natalia, aquella maestra
simpática y amable de Los Carriones –con su pañuelo anudado en la cabeza y
sentada con otras dos mujeres, en sillas de anea, dentro del remolque–; también
aparece mi madre y varios niños que estábamos por allí.
No desmerecen nada, la foto de
Quico Porras con su gorra de visera, sentado en el poyo de la Cruz de los
Caídos, y la de los niños jugando a la pelota en las Casas Baratas. En otras
imágenes vemos a los miembros de la Hermandad de Ánimas con sus instrumentos
alegrándonos la Navidad, o las viejas escuelas de la calle del Agua, que
entonces era el Colegio Graduado de Niños ‘Francisco Franco’; las niñas del
curso de doña Carmen, posando con sus uniformes en las escaleras del antiguo
Ayuntamiento; ‘el Encuentro’ del Domingo de Resurrección, donde casi todo el
pueblo ha salido retratado detrás de la Virgen; la pequeña imagen de la Virgen
de Lourdes, en Los Carriones, rodeada de los feligreses; la vieja ermita de
Santo Domingo; las fervorosas procesiones de la Virgen del Rosario y del
Nazareno; la juventud de entonces –que hoy anda por los sesenta años–, tocando
el acordeón y la batería; las fotos de cuando nuestros padres pasaban la
festividad del 18 de julio en La Bota, o comiendo en las alamedas; los equipos
de fútbol de los sesenta y setenta; las niñas ataviadas con los trajes típicos,
delante del altar en el Día del Corpus...
Recuerdo que mi padre tenía una
pequeña sábana, que colocaba en la pared, y luego, alzando la mano izquierda,
decía al agraciado: “Sonríe y mira hacia aquí”. Además de ser el único
fotógrafo de Castilléjar, era cartero y vendía tebeos, novelas, relojes... En
fin, un buscavidas que siempre estaba haciendo algo, pero el reloj de la vida
se le paró demasiado pronto, porque murió en 1977, de cáncer de estómago, con
cincuenta y ocho años de edad. Maricruz, una prima de mi padre, descubrió en mi
libro una foto inédita de su hermano –falleció joven, entrando a Galera con la
moto–, que se encontraba encaramado en los palos de la plaza de toros. Maricruz
me llamó por teléfono y le envié la foto a Valencia y, agradecida, me hizo un
regalo un tiempo después: “Llevo un año con la foto en la cartera, para
dártela”, me dijo. En la instantánea aparezco, con dos años, al lado de mi
padre y de mi hermana. Nunca me había visto tan natural y con esa cara de estar
en el limbo. La foto tiene más de medio siglo y está nueva, pero ya digo que
esto es un mundo de emociones, sensaciones y vibraciones. O como aquella viuda
que me dijo, señalando a la pared: “Esta foto nos la hizo tu padre, cuando nos
‘casemos’”. Por eso, cuando miro estas fotos en blanco y negro, hasta en los
más mínimos detalles, me traen demasiados recuerdos y me siento transportado al
tiempo de mis padres y abuelos, a mi infancia y, en definitiva, a ese mundo de
los años sesenta y setenta, ya desaparecido y superado, donde la miseria y las
penurias se daban la mano. A diferencia de hoy, donde nadamos en la abundancia
y hasta somos más orgullosos.
Sin embargo, con las fotografías
antiguas que se han conservado recuperamos en parte la memoria histórica de
Castilléjar. La mayoría de los
castillejaranos –la generación de nuestros padres y abuelos– ya no están para
contarlo, pero no debemos olvidar que, el bienestar que disfrutamos hoy, en
gran parte se lo debemos a ellos.
Recogido de mi libro ‘Artículos del
Altiplano y de Granada’, 2014
Posdata: Antonio Sánchez Guijarro ejerció bastantes
años de maestro en Castilléjar y, hace un año, me contó esta anécdota: “Un día
les pregunté a los niños de mi clase qué querían ser de mayores y cada uno me iba
diciendo una profesión, pero Evaristo, un niño que andaba con muletas, me
contestó, ‘Yo quiero ser Leandro’, como diciendo que quería ser fotógrafo”.
jueves, 31 de marzo de 2016
LA PACA, RETRATO DE UNA MUJER EMIGRANTE
Nos encontramos
en los últimos años del siglo XIX cuando el matrimonio formado por Juan
Zambudio Blázquez y la Maria Cánovas
Sola tienen fijada su residencia, como la mayoría de los vecinos del pueblo
granadino de Castilléjar, en una sencilla cueva, en este caso situada en el
núcleo agregado de Los Olivos. De hecho, en aquella época la gran mayoría de
los habitantes de Castilléjar vivían en cuevas y muchos de los habitantes
actuales todavía hacen servir este antiguo sistema de viviendas ya remodeladas
como una residencia normal.
Este pueblo,
conocido durante mucho tiempo por Castilléjar de los Ríos, se encuentra situado
a unos 28 km
de la población de Baza, y en medio de los términos de Huéscar, Benamaurel,
Galera y Castril, todos ellos formando parte de la provincia de Granada y
cercanos tanto al norte de la provincia de Almería como del sur de Jaén. Como
en muchos otros pueblos granadinos, donde los moros estuvieron establecidos
unos 800 años, a finales del siglo XVI la mayoría de los habitantes de
Castilléjar eran moriscos, con costumbres que perdurarían durante muchos años.
Durante los siglos XVII-XVIII diversas migraciones españolas procedentes de
tierras del norte llegarían a esta zona i así todavía podemos encontrar apellidos
como Iriarte, Vergara, Usaola, Zambudio i otros.
Por debajo del
conocido Puente de las Juntas, cercano al centro de la población, se unen dos
ríos, el Guardal y el Galera, los cuales ofrecen agua y un paisaje diferente a
la zona esteparia que envuelve el pueblo, donde en otras épocas el esparto era
el producto local más apreciado. Aparte del núcleo principal, Castilléjar tiene
anexionados diversos pequeños núcleos poblacionales i algunos de ellos, como
Los Olivos y Los Carriones, con su propia identidad. Otros como la Dehesa , La Dolosa , Los Isidros, Cerro
del Cubo, La Sacristía ,
Los Evangelistas, El Barrio Nuevo, Las Anegas, La Balunca , Los Chorrillos,
Santa Catalina, etc, conforman el término de Castilléjar, el cual durante la década de los años trenta del
pasado siglo, tenía una población cercana a los 3000 habitantes y durante el
año 2010 mantenía un censo de poco más de 1600 habitantes.
El apellido
Zambudio parece ser que procede del pueblo vasco conocido por Zamudio, una
población cercana a la ciudad de Bilbao y que una parte de sus habitantes desde
mucho tiempo atrás llegaron a las tierras de Murcia y Granada. Consultados
diversos archivos y antigua documentación, he podido comprobar que en
diferentes pueblos de la zona, como Orce, Huéscar y el propio Castilléjar, el
apellido Zambudio aparece en muchos documentos del censo poblacional de los
últimos doscientos años.
No obstante, me
ha resultado muy difícil conocer la linea familiar de Juan Zambudio Blázquez,
por la inexistencia de documentación, tanto de caràcter civil como religiosa,
en el pueblo de Castilléjar. De hecho, uno de los efectos de la guerra civil
española fue la quema y destrucción de documentos de diversa clase, hecho que
también ponen de manifiesto algunos escritores locales como Leandro García
Casanova, en su libro “Diálogos en la tierra de los Rios”, publicado el año
2003. Tampoco José Zambudio Martínez hace
referencia alguna a la procedencia del
apellido Zambudio en las dos obras de memorias que ha escrito, quizás por falta
de documentación escrita existente en los archivos locales. Sólo por la memoria
familiar, sabemos que el padre de Juan Zambudio Blázquez se llamaba Roso
Zambudio y que sería conocido con el mote de “el tío culón”.
Parece ser que
Juan Zambudio (mi bisabuelo) cuando se casó con la María
Cánovas , ya tenía una hija de su primera esposa o pareja. La
hija era conocida por Bernardina Zambudio y por tanto sería hermana de padre de
la única hija que después tendría el matrimonio y a la que pondrían el nombre
de Hermenegilda. Pero por razones que desconocemos, esta última sería conocida
siempre, incluso documentalmente, con el nombre de Encarnación y ya después de
más mayor, como la “tía Encarna la culona” o la “madre Encarnación”. Tanto es
así que los hijos que más adelante tendría Hermenegilda (a partir de ahora la
nombraré como Encarnación) Zambudio, todos los que tendrán hijas, les pondrán
el nombre de Encarnación a cada una de ellas, con un total de tres: Encarnación
Bautista, Encarnación Zambudio y Encarnación Segura, y todas ellas conocidas
familiarmente con el nombre abreviado de Encarna, como la misma abuela. Ésta
sería tratada por la familia más cercana con el nombre de “madre Encarnación” o
simplemente “la madre”, cuando ya sería más mayor y de forma especial durante
los últimos años de su vida.
A finales del
siglo XIX, las mujeres se casan muy jóvenes, y al poco tiempo de unirse en
matrimonio Juan Zambudio y María Cánovas, la hija del primero, Bernardina, se
casa y formará también su propia familia. Este segundo matrimonio que tendrá un
gran número de hijos (11), pasará fuertes dificultades económicas (hecho
bastante generalizado en aquella época y lugar) y ayudados por alguna persona
cercana venden todos sus bienes y dejarán Castilléjar haciendo ruta hacia el
Brasil. Parece ser que pasado algún tiempo y debido a las dificultades para
sobrevivir en aquella tierra bien distinta en lengua y cultura, deciden viajar
de nuevo, ahora a Argentina, donde ya habían recabado también algunos
habitantes de Castilléjar y donde todavía hoy siguen residiendo muchos
descendientes de diversas familias de Castilléjar.
Todas estas
informaciones las iba ofreciendo el matrimonio emigrante a tierras americanas
en las cartas que enviaban a los padres y que se irían reduciendo con el paso
del tiempo, perdiéndose el contacto con la familia que se iría creando en las
tierras argentinas. La guerra civil sería un nuevo motivo para perderse totalmente la relación epistolar y ya la
nueva familia española descendiente de Juan Zambudio no tendrá información
alguna sobre la familia argentina, como ha ocurrido con tantas familias
emigradas a tierras americanas. La bisabuela María Cánovas, conocida con el
nombre de la “tia Maria la culona”, enviudaría en los primeros años del nuevo
siglo XX y siguió viviendo en la “cueva de los culones”, una cueva existente en
el núcleo de Los Olivos y que actualmente tienen en propiedad unos
descendientes de la familia conocida por “los Matas”y que ha sido remodelada
con los nuevos y modernos sistemas de habitabilidad.
Por nuestra
biografiada (datos que expondremos más adelante) sabemos que ella recuerda
todavía diversos nombres de algunas familias que vivían en aquella época, como
son: Antonia la Mariabuela
(tienda única entonces en Los Olivos), Josefa la Cantarera , la Franciscona , los Cepas
(el viejo Cepa tenía bueyes para labrar en lugar de mulas como era corriente
entonces), el tio Navarrete, Juana la
Triste , los Pelaios, Encarnación la Chirivilera , el tio
Chete (los Chetes), los Nofres, Angel Navarrete, la María del tio Tomás, el Norberto, el Juan Damián,
José el Feliciano, Josefa la
Manca , el tio Franciscón, etc...
Este es el primer capítulo del libro “La Paca-Retrat d’una dona emigrant” (“La Paca - Retrato de una mujer emigrante”), escrito en catalán por Miquel Zambudio i Díaz y publicado el año 2012. El capítulo ha sido traducido por el autor.
Gracias, paisano Miquel, por este "sencillo libro biográfico" que es un pequeño homenaje a la persona de tu madre, Paca Zambudio, y donde cuentas las andanzas de tu familia y las tuyas. Como miles de familias andaluzas, tus padres tuvieron que emigrar a Cataluña, recorriendo o peregrinando por Balaguer, Sabadell, Castellar del Vallés y Gerb. La vida del emigrante es dura y por aquellos pagos hay centenares de 'castillejanos'. Lo que he leído me ha encantado y tu madre -hay una foto de ella, de 2010- estará orgullosa de ti. Gracias por haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar. La escritura nos redime un poco de la cruda realidad de la vida.
Un abrazo
Leandro
Gracias, paisano Miquel, por este "sencillo libro biográfico" que es un pequeño homenaje a la persona de tu madre, Paca Zambudio, y donde cuentas las andanzas de tu familia y las tuyas. Como miles de familias andaluzas, tus padres tuvieron que emigrar a Cataluña, recorriendo o peregrinando por Balaguer, Sabadell, Castellar del Vallés y Gerb. La vida del emigrante es dura y por aquellos pagos hay centenares de 'castillejanos'. Lo que he leído me ha encantado y tu madre -hay una foto de ella, de 2010- estará orgullosa de ti. Gracias por haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar. La escritura nos redime un poco de la cruda realidad de la vida.
Un abrazo
Leandro
domingo, 27 de marzo de 2016
DELITOS CONTRA LA PROPIEDAD II
![]() |
| Robo en una vivienda |
La sociedad tiene los delincuentes que se merece, Alexandre Lacassagne
Leo
en Ideal, del 16 de marzo pasado, que en Granada se ha dado esta sentencia novedosa:
los miembros de una banda que se dedicaba al hurto en los comercios, del centro
de la capital, había sido condenada mediante 244 sentencias firmes. La investigación
de dos años ha sido llevada por la Unidad de Policía Judicial, de la Policía Local.
Ésta descubrió que la banda la componían 56 personas, pero tres de ellas (dos
mujeres y un hombre, nada se dice de su nacionalidad) habían sido condenadas en
el 78% de las sentencias. Los comerciantes del centro se quejaban de que
“siempre eran los mismos” y, tras analizar las imágenes de las cámaras, la
policía descubrió que los delincuentes vivían en el mismo barrio, tenían edades
similares y empleaban la misma forma de actuar. El juez del Juzgado de lo
Penal, Número 1, de Granada, acusó a estos tres reincidentes de pertenencia a
"grupo criminal dedicado al hurto en comercios”, con las agravantes de
reiteración de delitos leves, por los numerosos miembros de la banda y por el uso de medios tecnológicos y
transporte, de manera que la condena ha sido de un año de cárcel, algo mayor de
lo habitual. Hay que felicitar a la Unidad de Policía Judicial y al juez, por
la sentencia.
Pero
uno se pregunta: ¿han sido necesarias 244
sentencias firmes para que sólo tres ladrones cumplan un año en el talego y que,
seguramente, se quedarán en poco más de seis meses? ¿Y las horas que han tenido
que dedicar la Policía y los funcionarios del juzgado para esto? Pero, ¿y las
veces que habrán robado a las víctimas en un comercio y no los han detenido, ni
se ha podido probar nada a esta tropa de 56 elementos?... Recuerdo que, hace
dos años, me llamó un familiar diciendo que le habían robado la cartera, cuando
se encontraba haciendo cola en la caja de un comercio, de la calle
Puentezuelas. Como en la cartera llevaba el carné, la tarjeta sanitaria y
varias tarjetas, tuve que ir corriendo al banco para anularlas. Luego hablé con
el guarda jurado del comercio, y me dijo: “A veces se llevan el dinero y tiran
la cartera en una papelera”. Comiéndome la vergüenza, miré en todas las
papeleras de la calle Recogidas, en ambas aceras. Seguidamente, hurgué en las
papeleras de las calles cercanas, hasta que encontré una cartera en la calle de
la iglesia de la Magdalena, pero sólo tenía la documentación de una mujer. Me
fui a la Policía Local a entregarla y aquí me encontré al familiar denunciando
el hurto de su cartera.
Con
el paso de los meses, me pasé varias veces por ‘Objetos Perdidos’ del
Ayuntamiento, pero nunca apareció la documentación. En fin, hay que perder
varios días para que te hagan de nuevo el carné, la tarjeta sanitaria, las del
banco… El daño tan grande que hacen estos delincuentes a las víctimas y la
ridícula condena que les cae. En los comercios tienen muchas cámaras, donde
queda grabado el hurto, por lo que sería fácil trincar a los delincuentes. Y
tendría que trabajar menos la Policía y el juez, pero no quieren saber nada (fuera
del robo de sus prendas) para que no los acusen de delatores y no tener que ir
al juzgado. Lo cierto es que los comercios serían los más beneficiados, pues
los delincuentes ya no volverían más por allí. Un juez de Madrid prohibió a las
famosas ‘bosnias’ que entraran en el Metro, cuando sus numerosos robos eran ya un
escándalo. Poco tiempo después, un joven atrevido logró grabarlas mientras le
robaban a un turista, en el centro de Granada, de manera que las imágenes de
las delincuentes se vieron en toda España y fueron detenidas.
Hace
varios años, vi a un tipo intentando cortar con una cizalla de casi un metro la
pitón de una bicicleta, al lado de un centro público. Le llamé la atención,
pero el tipo me respondió con toda naturalidad que la bici era suya. Como yo
hablaba alto, la gente se congregó por allí y entonces emprendió la retirada.
Llamamos a la policía y fue fácil atraparlo por la calle de San Juan de Dios:
era un tipo bastante alto, con una gabardina oscura y la cizalla escondida.
Tuve que identificarlo desde lejos, ir a Comisaría por la tarde y, dos días
después, asistir al juicio para declarar. Fue condenado a pagar unos doscientos
euros, que era el valor que le dieron a la bici –había robado varias en otras
ocasiones–, pero ya no volvió más por el lugar. La bici era de un joven, casi
paisano mío, que vino a darme las gracias, aunque la gente no está por la labor
de ayudar y menos para ir al juzgado.
El pasado día 16
venía la noticia en Ideal de que la Guardia Civil había detenido a tres
rumanos, a los que acusan de haber robado en doce cortijos, en el término de La Peza, aunque los agentes sospechan
que pueden ser también los autores de los robos ocurridos últimamente en Prado Negro. Su modo de proceder:
revientan una ventana de la vivienda, con la palanqueta, roban toda clase de
electrodomésticos y usan guantes para no dejar huellas. El 18 de marzo
detuvieron a tres ciudadanos marroquíes: vivían en Murcia pero se desplazaban a
Puebla de don Fadrique, donde robaron
en tres cortijos. El dueño de una metalistería me dijo, hace una semana, que
están robando mucho por la zona de Guadix
por lo que está colocando ventanas a mogollón. Hace unos días robaron en una casa de la Urbanización el
Cristo de los Favores (los propietarios vieron a los delincuentes pero lograron
huir), también robaron en una vivienda que se encuentra cerca de la calle de
San Miguel y en otra, por el barrio de la ermita de San Antón.
Una
vecina de Guadix escribe esto en la
Red: “A mi padre han intentado robarle, los ha visto porque
estaba dentro de la casa y salieron corriendo. Menos mal que puse una alarma,
hasta le sacaron una navaja. Eran dos niños, entre 8 y 14 años, si les das una
hostia, como son menores, te buscas la ruina”. Como a los menores los robos les
salen casi gratis, pues los mandan a hacer las prácticas. Otro internauta avisa:
“Pues en Monteverde ya van 3 casas. El mismo sistema. Revientan rejas y entran
por la ventana. En Darro y en Fiñana también. En dos semanas (una
compañía de seguridad) ha instalado en la zona 39 alarmas, entre ellos yo”. Un
vecino se queja: “Yo vivo en la barriada de Fátima, y también lo intentaron
hace dos semanas. Y esta es la cuarta vez”. También robaron en el bar del paseo,
comenta otro. En la Estación de Guadix se produjo un
intento de robo, a primeros de marzo pero, lo
peor de todo, es que no ha trascendido
nada de
esta oleada de asaltos. Del 7 al 12 de
febrero, la policía estableció controles por el barrio de Fátima y otros
barrios de las cuevas. El 9 de febrero, los vecinos de Beas de Granada se manifestaron delante
del ayuntamiento por los numerosos robos en las viviendas que estaban
padeciendo. Hace unos días fueron detenidos unos jóvenes, acusados de estos
robos. En cambio, en Guadix nadie se manifiesta ni se mueve por lo que, como es
natural, los delitos aumentan.
Sin
embargo, los datos que ha ofrecido el Ministerio
del Interior, en febrero pasado, sobre la provincia de Granada, son bastante optimistas pues “arrojan la
mejor tasa de delitos y faltas desde 2004”, a pesar de que los sindicatos
policiales y asociaciones de la Guardia Civil vienen denunciando que se
encuentran bajo mínimos y que hay un déficit importante de personal. Los datos
de la provincia son: el pasado año fueron registrados 32.320 faltas y delitos, con una media de 88,5 denuncias por día (sobre todo en las localidades más pobladas
y en el cinturón metropolitano), por lo que las infracciones penales bajan un 5,2% respecto a 2014. El informe
dice que el pasado año se denunciaron 1.986
robos en viviendas, con una media de 5,4
por día, lo que supone un 7% menos
que en 2014. Los atracos y el resto de robos con violencia también han bajado un 20% en la provincia. Hay
que decir que las cifras del Ministerio del Interior no siempre coinciden con la
Memoria de la Fiscalía General del
Estado, que son más fiables. España se ha
convertido en un paraíso abierto para muchos delincuentes y, al mismo tiempo, un
paraíso cerrado para miles de jóvenes españoles que tienen que ganarse la vida
fuera del país. Los delincuentes saben que hasta cierta cantidad sustraída es
falta, y la condena es mínima, aunque las faltas se van acumulando hasta el
juicio. Y la Policía está aburrida de detenerlos, un agente decía que un
conocido delincuente en Guadix había
sido detenido más de doscientas veces. Por esta serie de circunstancias
favorables, se les costea robar en España.
Posdata: está relacionado con el artículo 'Delitos contra la propiedad', publicado el 16 de febrero de 2016
sábado, 12 de marzo de 2016
HISTORIA DE UNA PINTURA
Hablo con Juan, el celador, y me dice que el Centro de Salud ‘Gran Capitán’ (con anterioridad fue un ambulatorio) tendrá unos cincuenta años. Entonces le explico que yo vivía en el barrio de Fígares, en los años setenta, y venía a este ambulatorio hasta que construyeron el del Zaídín. Juan me dice que la pintura que hay, en la entrada del Centro de Salud, es un lienzo que está pegado a la pared aunque da la impresión de que es un mural. No se ve la firma del autor pero creo que se ha perdido a causa de apoyar la cabeza en el lienzo, pues los asientos están pegados a la pared. Con el paso de los años y la falta de cuidado, el mural se ha deteriorado bastante y en algunos puntos la pintura se ha desprendido. Tendrá unos dos metros de largo por uno de alto pero ahí está en la pared, como un testigo mudo, aunque nadie se fija en él a pesar de que aparecen dibujadas unas gitanas con los niños y las cuevas detrás. Son tipos del Sacromonte, de los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado: tres mujeres con faldas largas hasta los pies y con el clásico chal. Una lleva un cesto colgado del brazo, mientras que las otras dos sostienen a sendos niños en los brazos.
En los extremos del cuadro aparecen dos
niños, uno está descalzo y el otro sosteniendo una cesta, mientras que en el
centro hay una niña con un vistoso vestido amarillo y una rosa cogida en el
pelo, calza unas zapatillas blancas y tiene los brazos en jarra. La gitanilla parece
que mira a los pacientes y les dice, “¡Ea, que aquí estoy yo, señores!”. Ni por
esas. A la derecha de la niña hay un botijo en el suelo y, medio escondida
entre dos mujeres se observa una canasta, quizá en recuerdo de los “gitanos
canasteros”. En un segundo plano destacan las típicas chumberas del Sacromonte
y, más allá, las cuevas aparecen con sus chimeneas. El pintor anónimo las ha
dibujado blancas y de forma simétrica e infantil, en contraste con el color
ocre del monte sagrado. Sierra Nevada aparece al fondo caprichosamente, sus
crestas blancas asoman detrás de las cuevas del Sacromonte, cuando en realidad
se encuentra enfrente de ellas –esto me indujo a pensar que eran las cuevas de
Guadix, pero allí no existen chumberas–. Se puede decir que el mural es un
homenaje al barrio del Sacromonte y está dibujado con un cierto aire infantil.
Juan, el celador, afirma que hay otro lienzo, de tema árabe, que
se encontraba en la pared donde hoy se encuentra su mesa de trabajo (la
derribaron hace años para que los pacientes tuvieran mejor acceso), pero que está
guardado y en buen estado. “Lo miraré y le echaré una foto para ver si viene el
nombre del autor”, me dice. El razonamiento que hacemos es que, en ningún centro
de salud de Granada existen estos murales, pues los de Cartuja y del Zaidín son
posteriores al del ‘Gran Capitán’, aparte de que tienen un estilo de
construcción más moderno. En cuanto al pintor, debió de ser conocido en Granada
pues el cuadro es original y algo le pagarían, aunque es de suponer que poca
cosa ya que en los años setenta la cultura apenas se valoraba en España. Ahora
van a hacer obra en la entrada del centro de salud, pero Juan asegura que al mural
no lo tocarán y que seguirá en su sitio.
Había mucha pobreza en el Sacromonte
hacia la mitad del siglo XX pero en el cuadro no se aprecia, mientras da la
impresión que los personajes están posando a la vez que miran con dignidad y con
cierta resignación al espectador. Tampoco transmiten tristeza o cansancio, ni se
refleja en sus rostros o en sus vestidos la dureza de la vida diaria del
campesino, en medio del paisaje árido de Jaén, como le gustaba retratar a sus
personajes el pintor Rafael Zabaleta. Ciertamente, los cuadros del pintor de
Quesada tienen más colorido y los personajes son más expresivos.
Esperanza Sandoval, presidenta del Circulo
Literario Artístico ‘El Semillero Azul’, de San Juan Despí (Barcelona), lo define
ve así: “Una imagen muy representativa de las costumbres gitanas, vestimenta,
canastos y esos trajes, Destaca el enrejado de la cesta que lleva la del traje
rosa, donde se aprecia muy bien las tiras de caña empleada y el brillo sedoso
de la falda. Un tanto pobre y falto de técnica es la imagen de las cuevas que
se ven muy repetitivas, pero no deja de tener su encanto. Me gusta la postura
agresiva y provocativa de la niña que viste de amarillo”. Otra mujer
conoce bien la pintura: “Preciosa, pero está deteriorada. Cuando yo trabajaba
ahí traía la guerra declarada a compañeras que le daban unos fregados que ni te
cuento”. Y un
conocido dice lo siguiente: “De un tiempo que viví en Granada, visité al practicante en
este ambulatorio, hace años el cuadro estaba en muy buenas condiciones y es
realmente bonito”.
Hay quien opina que es una pintura muy básica,
y puede que lleve razón, mientras que otra mujer la encuentra atractiva: “Me
gusta la imagen de la madre sentada con su bebé y el detalle de las chumberas”.
Y sin embargo, lo que más sorprende de toda esta historia es que se ha ido
deteriorando ante la indiferencia de todos y, lo que es peor, nadie sabe el
nombre del autor. El mural está desde que construyeron el Centro de Salud ‘Gran Capitán’, ante él han desfilado y desfilan miles de personas pero
nadie sabe decir una palabra de la pintura. Como si fuera un trasto viejo.
http://en-clase.ideal.es/opinion-200/2971-
Gracias, Esperanza Sandoval por la poesía
A veces, la sombra viva
de una estampa dibujada
pueden despertar los duendes
de un romance hacía una casta.
En una pared colgado
por donde los años pasan,
hay un tapiz de colores
en la pared encalada
en el Centro de Salud
Gran Capitán de Granada.
Luciendo arte y paisaje
esta pintura descansa.
No se sabe a ciencia cierta
quién dibujo gesto y alma
de esta instantánea calé,
ni se sabe por qué causa.
Por ella pasan los ojos,
lo mismo que pasa el agua
resbalando por los años
mirando sin mirar nada.
Nadie sabe de su autor,
ni se sabe porque causa
es un reflejo olvidado
en el arte de Granada.
Pasan los tiempos por ella
sin honor al valorarla
en el reloj infinito
de la indiferencia calma.
Quizá mis versos ayuden
a dar un soplo de alas
a esta estampa colorista
del embrujo de la Alhambra.
Estampa del Sacro Monte,
de pura sangre gitana,
que da ternura y orgullo
en la imagen de una raza.
Granada Sandoval.
miércoles, 2 de marzo de 2016
¿TENGO CARTA?
![]() |
| Antiguos carteros de Madrid |
Dedicado a los carteros
Quien no ha vivido en un pueblo, no
puede saber el significado de esta frase tan simple. Con qué ansias le preguntaban
al cartero, a cualquier hora del día, aunque estuviera comiendo en la mesa: “¡Rafael,
que me han dicho que tengo carta…!”. La carta, más o menos, decía así: “Querida
madre: Al recibo de la presente, espero que usted se encuentre bien. Por aquí nosotros
andamos bien, a Dios gracias… ‘El Pesca’ se pasó el otro día con un paquete de
chorizos, no tenía usted que haberse molestado… Y sin nada más que decirle, se
despide su hijo que la quiere…”. Quizá todo empezó en 1835, cuando Samuel Morse
cambió la historia de las comunicaciones con aquel cacharro del telégrafo, aunque
fue nueve años más tarde cuando envió el primer telegrama desde Washington a
Baltimore, ciudades que distan entre sí unos sesenta kilómetros: “¡Qué cosas
tan grandes hace Dios!”, escribió Morse en el telegrama mientras el mundo se
quedó asombrado con el invento.
“Pero, ¿cómo pueden viajar esas
tiras de papel por los hilos?”, se preguntaban unos y otros. Y eso que Marconi
estaba aún por llegar, con las imágenes debajo de su chistera. El caso es que los
mensajes viajaban, como por encanto, a través de los postes de madera y los cables
del telégrafo, de manera que la ‘Western Union’ tardó poco en enviar al paro a los incansables
mensajeros del ‘Pony Express’, que recorrían los Estados Unidos de costa a
costa a base de relevos de caballos. Con el caballo de hierro y los postes de
telégrafos, el paisaje cambió radicalmente en los Estados Unidos, al mismo
tiempo que, desde los trenes en marcha, los aventureros disparaban a capricho contra
los bisontes y casi exterminan a los indios, confinándolos en reservas.
En España, a principios del siglo
XX, los escritores ya se quejaban de que los hilos del telégrafo afeaban el
paisaje de los campos y ciudades, mientras que las diligencias y los servicios
de postas se abrían paso por aquellos tortuosos caminos carreteros. El primer
telegrama se envió desde Guadalajara a Madrid en 1854 y, al día siguiente, la
noticia apareció en la ‘Gaceta de Madrid’, el actual ‘Boletín Oficial del
Estado’ que ya no se imprime en papel para ahorrar costes. Los artículos se
omitían en los telegramas y, en vez de los signos de puntuación, se ponía ‘stop’,
porque esta palabra salía gratis. De manera que han deformado el lenguaje, como
los SMS de ahora: “Viaje bien stop Saludos stop”. Aquellas románticas tiras de
papel blanco, pegadas sobre una octavilla azul, llevaban casi siempre una mala
noticia: muerte o enfermedad grave de un familiar, y de ello nos han quedado
abundantes testimonios en el mundo del celuloide. En cambio las buenas noticias
escaseaban, de manera que recibir un telegrama en los años sesenta era como
para echarse a temblar.
Sin embargo, los tiempos cambian
que es una barbaridad y, el dos de febrero de 2006, la poderosa ‘Western Union’
dejó de prestar el servicio de telegramas. Aquí, en España, en el 2005, se
enviaron solamente 51.766 telegramas, es decir, un 140% menos que el año anterior.
Pero es que un telegrama costaba entonces como mínimo 7,28 euros, aunque daba
derecho a escribir hasta 50 palabras. Demasiado caro. La red de telégrafos decayó
mucho en 1980, pues los robos de los hilos telegráficos de cobre eran
frecuentes por lo que fueron sustituidos por los radioenlaces. En los noventa llegaron
las comunicaciones por satélite de manera que agilizaron mucho la transmisión
de datos. Al comienzo del siglo XXI la red de postes e hilos había desaparecido
por completo.
La culpa de todo este desastre también
hay que achacársela al correo electrónico –que todavía es gratuito– y sobre
todo a los mensajes de wassap por el teléfono móvil. Éstos son los avispados nietos
del telégrafo y, por tanto, tataranietos de la carta. Y como es natural, las cartas
también han acusado el casi monopolio de los mensajes por los móviles. En el
2004, según Correos, los granadinos enviamos cuarenta millones
de cartas y, a cambio, recibimos algo más de cien millones. Casi nueve millones
más que el año anterior. Esto supone que, en los buzones granadinos, se repartieron
409.000 cartas diarias quitando los días festivos y feriados, como se decía
antiguamente. Correos se privatizó, creo que en 2003, porque no era rentable aunque
aseguraba que una carta tardaba un día en llegar a la misma localidad, dos días
si iba dirigida a un pueblo de la misma provincia, y tres días a cualquier
lugar de España.
![]() |
| Felicitación navideña |
“¿Para qué vamos a esperar varios
días en recibir una carta, si el correo electrónico y el wassap son casi instantáneos?”,
es la pregunta que nos hacemos todos. Pero la ilusión que nos hace abrir una
carta de un amigo o de un familiar, con su sello matado, no nos lo da el
impersonal y frío correo electrónico del ordenador. Ya nos lo advertía Pío
Baroja, cuando al comienzo del siglo pasado los vehículos iban sustituyendo a
las viejas caballerías: “Lo que el progreso te da con una mano, te lo quita con
la otra”. Siempre recordaré a aquella mujer, con su chal y toda vestida de
luto, a quien Rafael, el cartero le había entregado una carta. La pobre no sabía
hacer la o con un canuto, pero se acercó a la cueva de su vecina y le dijo:
“¡Hazme el favor, ‘mujé’, que he tenido carta de mi Quico!”. Nos queda el
pequeño consuelo de que, todos los años, la Biblioteca de Cúllar celebra el
‘Certamen Literario de Cartas de Amor y Desamor’.
Posdata: este artículo lo publiqué en marzo de 2016.
domingo, 21 de febrero de 2016
DOS MUJERES Y EL VOTO FEMENINO
Cuando finalizó
la I Guerra Mundial, varios países europeos aprobaron el voto de las mujeres. Fue la Dictadura
de Primo de Rivera (1923-1929) la que aprobó el voto femenino en las elecciones
locales. Sin embargo, fue reconocido plenamente en la II República (1931-1936).
Dos mujeres fueron precisamente las protagonistas en los debates, para su
aprobación en el Congreso: las
abogadas y diputadas Clara Campoamor (Madrid, 1888-Lausana, Suiza,
1972), que estaba a favor, y Victoria
Kent (Málaga, 1892-Nueva York, 1987), que se posicionó en contra. En
1928, junto a Clara Campoamor, Matilde Huici, ambas políticas feministas, y
otras mujeres, fundan el ‘Instituto Internacional de Uniones Intelectuales’. En
1931, Victoria Kent se hace militante del Partido Republicano Radical
Socialista y consigue ser elegida diputada, junto a Clara Campoamor, del
Partido Radical, y Margarita Nelken, del Partido Socialista. Ellas fueron las
tres primeras españolas que entraron en las Cortes.
Con
motivo de las discusiones para aprobar el sufragio femenino,
Victoria Kent se manifestó en contra de otorgar de forma inmediata el voto a
las mujeres. Su opinión era que la mujer española carecía en aquel momento de
la suficiente preparación social y política como para votar de forma responsable
y que, por influencia de la Iglesia, su voto sería conservador por lo que
perjudicaría a los partidos de izquierdas. Victoria Kent decía que, una de las
pruebas del alineamiento mayoritario de las mujeres con la derecha
antirrepublicana, fue la entrega al presidente de las Cortes de un millón y
medio de firmas de mujeres católicas pidiendo el cambio del proyecto de
Constitución, para que respetara los derechos de la Iglesia. En el debate que
mantuvo en las Cortes con Clara Campoamor, el 1 de octubre de 1931, sobre el
derecho al voto de las mujeres, la malagueña pronunció estas palabras:
“Creo que
el voto femenino debe aplazarse. Creo que no es el momento de otorgar el voto a
la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo,
renuncia a un ideal (...). Lo pido porque no es que con ello merme en lo más
mínimo la capacidad de la mujer; no, señores diputados, no es cuestión de
capacidad; es cuestión de oportunidad para la República (...). Cuando la mujer
española se dé cuenta de que sólo en la República están garantizados los
derechos de ciudadanía de sus hijos, de que sólo la República ha traído a su
hogar el pan que la monarquía no les había dejado, entonces, señores diputados,
la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República;
pero, en estos momentos, cuando acaba de recibir el señor Presidente firmas de
mujeres españolas que, con buena fe, creen en los instantes actuales que los
ideales de España deben ir por otro camino, cuando yo deseaba fervorosamente
unos millares de firmas de mujeres españolas de adhesión a la República”. Y
concluyó diciendo: “Por hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a
la mujer”.
Clara Campoamor citó a la escritora gallega
Emilia Pardo Bazán y replicó con ironía a Victoria Kent: “Yo y todas las
mujeres a las que represento queremos votar con nuestra mitad capaz masculina,
ya que no hay degeneración de sexo, porque todos somos hijos de hombre y de
mujer, y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser”. El discurso de la madrileña fue
memorable y convincente ante los razonamientos que exponían los diputados opositores
al sufragio femenino. Les recordó la rápida equiparación de la mujer con el
hombre, en términos de analfabetismo durante el período 1868-1910, contestó con
dureza a los diputados que calificaban a la mujer como un ser incapaz y,
citando a Humboldt, aseguró que la única forma de madurar en el ejercicio de la
libertad es caminar dentro de ella. Clara Campoamor
siguió diciendo: “Sólo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar, las demás
las hacemos todos en común. No podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar
impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y
sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras”. Este discurso fue recogido en su
libro ‘El voto femenino y yo’ (Editorial Horas. Madrid, 2006), de manera que su enérgica
defensa del voto femenino la convirtió en la defensora de los derechos de la
mujer. Acción Republicana, uno de los partidos que votó en contra, propuso el
sufragio para los hombres a partir de los 23 años. Sin embargo, fijaba el
límite de edad para las mujeres en 45 años, basándose en una supuesta inmadurez
tanto en la “voluntad como en la inteligencia”. Otros muchos diputados de la
izquierda decían que las mujeres “se dejaban llevar por la emoción y carecían
de reflexión y espíritu crítico”. Al final, el debate acabó con la aprobación
del sufragio femenino por 161 votos a favor y 121 en contra. Lo apoyaron el
Partido Socialista, la derecha y pequeños núcleos republicanos. Y votaron en
contra el grupo de Campoamor, el Partido Radical Socialista y Acción
Republicana. El artículo 36 de la Constitución de 1931 quedó redactado así: “Los
ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos
electorales conforme determinen las leyes”.
“Una clara victoria”, fue el titular de la
revista ‘Gracia y Justicia’, que venía acompañado de un dibujo donde
ambas diputadas republicanas aparecen boxeando. Clara Campoamor logró el sufragio para las mujeres pese a la sorprendente oposición de la izquierda, esta
victoria causó un gran revuelo en España así como la airada protesta del
histórico socialista Indalecio Prieto, que calificó su aprobación como “puñalada
trapera a la República”. En las elecciones de 1933, como vaticinaron Victoria
Kent y muchos diputados, ganó las elecciones la CEDA (Confederación Española de
Derechas Autónomas), debido sobre todo al voto conservador femenino. De manera
que sus detractores culparon de la victoria a Clara Campoamor, que no consiguió
renovar su escaño. Al año siguiente abandonó el Partido Radical y pidió
ingresar en Izquierda Republicana, pero le abrieron un expediente y votaron en
público su solicitud, que fue denegada. La incansable
luchadora por el derecho de la mujer a decidir soportó la incomprensión, no solo de sus oponentes, sino
también de sus compañeros de partido, incapaces de asumir la independencia
política y social del sexo femenino. Tres años después, en febrero de 1936, ganó
el Frente Popular (partido que unificó a la izquierda) y el voto femenino
también fue decisivo. Pero la carrera como política de Clara Campoamor ya había
concluido. Huyó de España al estallar la Guerra Civil y murió olvidada, en
Suiza, en 1972.
En mayo de 1931, el presidente de la
República, Niceto Alcalá-Zamora, nombró a Victoria Kent, directora general de
Prisiones. Entonces puso en marcha la labor humanitaria que había llevado, en
el siglo XIX, Concepción Arenal, otra figura histórica: con el metal de los
grilletes y cadenas de las cárceles, erigió una estatua a la ‘Visitadora de las
Prisiones’. Mejoró la alimentación de los presos, introdujo la libertad de
cultos en las cárceles, concedió permisos por razones familiares y su afán fue
recuperar al delincuente para la sociedad. También cerró 114 centros
penitenciarios, porque estaban en pésimas condiciones y mandó construir la
cárcel de mujeres de ‘Las Ventas’, en Madrid, donde no existían celdas de
castigo. Asimismo, creó el Cuerpo Femenino de Prisiones, para las cárceles de
mujeres, y el ‘Instituto de Estudios Penales’, que fue dirigido por su maestro,
Jiménez de Asúa. El presidente Manuel Azaña calificó en sus Memorias de auténtico desastre el paso de Victoria Kent, como directora general de Prisiones. Era una mujer humanitaria.
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| Elecciones generales de 1933 |
Victoria Kent también salió malparada de
aquel histórico debate sobre el sufragio femenino, pues le acarreó
impopularidad y tampoco obtuvo acta de diputada en las elecciones del 19 de noviembre de 1933. Un año antes, abandonó
la Dirección General de Prisiones. Tras la Guerra Civil se exilió de España, en
1949 fue reclamada por la ONU para que colaborara en la Sección de Defensa
Social, y le dan el encargo de inspeccionar la lamentable situación de las
cárceles hispanoamericanas. Sin embargo, lo abandonó poco tiempo después debido
a que, según Victoria Kent, “más bien era un cargo demasiado burocrático”. Con
la muerte de Franco y la llegada de la democracia, regresa a España en 1977 pero
de nuevo vuelve a Nueva York. Aquí había fundado y dirigido la
revista ‘Ibérica’, desde 1954 a 1974, en la que publicaba noticias
de España para
los exiliados republicanos en Estados Unidos. Al igual que Campoamor, Victoria
Kent falleció olvidada en la ciudad de los rascacielos, en 1987. Es el triste
destino de los hijos e hijas de España.
Publicado en Ideal en Clase
Incluyo los comentarios de Facebook:
A finales de marzo de 2026, veo el programa A fondo, de Joaquín Soler, de Televisión Española, donde entrevista
a Victoria Kent, posiblemente en 1976, cuando regresa
del exilio en Nueva York.
Copio algunas frases y momentos del programa. Mi feminismo, la igualdad de derechos, no tiene sentido que una mujer envíe
sus hijos a la guardería. El primer deber de una mujer son sus hijos. Yo me
opuse al voto femenino porque la mujer no tenía preparación ninguna en ese
momento, vamos a esperar a que se identifique con la República. Aquella noche
de la votación, Julián Besteiro, el presidente de las Cortes, me llamó y dijo:
‘Victoria, hemos hecho una tontería’. En las siguientes elecciones, perdimos
Clara Campoamor y yo. Hoy la mujer se va capacitando, pero la cultura, el
progreso…, se los debemos a los hombres. Yo siempre necesito la mano del hombre
que me acompañe y –reconoce– no he tenido que empujar ninguna puerta.
Recuerda que, cuando
ingresó en el Colegio de Abogados, de Málaga, le pagaron la cuota. Fue pionera
como abogada en el Sindicato de Ferroviarios. ‘Yo defendí a Álvaro de
Albornoz’, que más tarde fue ministro. Reconoce que ‘Me fui con el pelo negro y
he vuelto con el pelo blanco. La República la trajo la provincia, en las
elecciones municipales del 14 de abril de 1931. Antes ocurrió la sublevación de
Jaca y en el comité revolucionario estaban Alcalá Zamora, Antonio Maura, Largo
Caballero. Yo era amiga de Alcalá Zamora, era un perfecto caballero, bueno,
noble…’. Siendo presidente de la República, le ofreció ser directora general de
Prisiones: ‘Encontré miseria, celdas de castigo, algunos presos dormían con las
cadenas en los pies y en camastros inmundos. Suprimí las celdas de castigo y
recogí los hierros de los grilletes, parte de ellos fueron fundidos para hacer
una estatua a Concepción Arenal, la Visitadora de las Cárceles. Con el
presupuesto aumenté la alimentación de los presos, pero tuve noticias
desagradables de algunos que pertenecían al Cuerpo de Prisiones. Concedí
permisos de salida, de tres o cuatro días, y todos los presos volvieron.
Decreté la liberación forzosa a la calle, de los presos al cumplir los setenta
años, puse calefacción y sustituí los jergones. Mandé construir la Cárcel de Mujeres
de Las Ventas, pero Franco la destruyó años después y los terrenos se
vendieron. Puse cuartos de baño, libertad de cultos y buzones en las cárceles
para que me escribieran directamente. Encontré resistencia en algunos del
Cuerpo de Prisiones. En el Penal del Dueso (Santoña), la población reclusa
estaba armada. Visité la cárcel y les dije: ‘Necesito que se desarmen todos’.
Un preso que estaba al fondo, se sacó un hierro y lo tiró al suelo y
seguidamente todos arrojaron las armas. Al día siguiente comí con los presos y
el penal quedó desarmado. En el Cuerpo de Prisiones no había preparación
(algunos habían fracasado en la policía) y por eso fundé el Instituto de
Estudios Penales. La clave estaba en la preparación del citado cuerpo. Cerré
algunos penales, como el de Chinchilla (Albacete), porque no tenían calefacción
ni agua. Le propuse al Gobierno de retirar a los funcionarios malos y que los
sustituyeran los reclusos muy buenos, hasta que yo tuviera gente, pero el
Gobierno no me dio el visto bueno. Por eso, dimití. El ministro de Gracia y Justicia era entonces Fernando de los Ríos
y habla muy bien de él.
Años más tarde, el
Gobierno de México me propuso que creara la Escuela de Capacitación del Cuerpo
de Prisiones… Estando en el exilio, las Naciones Unidas me propuso hacer un
estudio sobre las mujeres en las cárceles de Sudamérica. Algunos gobiernos me
contestaron que la cosa no era alarmante, mientras que otros no me contestaron.
Como me faltaban datos, abandoné el encargo.
En las elecciones de 1936,
me presenté por Izquierda Republicana, de Manuel Azaña, pero a los pocos meses
llegó la Guerra Civil. Durante la guerra, el
Gobierno me encomendó la evacuación de los niños del norte de España. Finalizada
la guerra me exilié en París, al poco comenzó la II Guerra Mundial y, cuando
los alemanes entraron en París, me ocupé de los refugiados pero no pude ir a
los campos de concentración del sur de Francia. Yo vivía en una casa de una
amiga de París, pero un señor del consulado de México le aconsejó que yo no
estuviera en la casa durante varios días. Fui a la embajada de México y, a
través de Indalecio Prieto y del presidente Lázaro Cárdenas, estuve asilada
durante diez meses en un cuarto de la embajada. Y así pasé los cuatro años en
Paris, en casa de una amiga. Finalizada la II Guerra Mundial, me embarqué a México
y después a Nueva York, donde fundé la revista Ibérica –una crónica del exilio,
donde escribían intelectuales y políticos españoles– y he residido durante veintiún
años, y he regresado a España cuando Franco muere. Hoy día, las prisiones en
España están peor que entonces, pues el problema es más grave. Presenté mi
libro ‘Cuatro años en Paris’ y asistió el nuevo director general de Prisiones,
Carlos García Valdés, pero él sigue su línea para renovar las prisiones.
Incluyo los comentarios de Facebook:
Marijose Muñoz Rubio También a mi me pareció maravilloso.
Qué pena que el exilio se apoderase de almas tan exquisitas... la lucha incansable por conseguir algo de respeto, independientemente del sexo... la libertad de elegir, el libre albedrío...
Gracias Leandro, me ha encantado conocer a grandes luchadoras de dichos valores!
Qué pena que el exilio se apoderase de almas tan exquisitas... la lucha incansable por conseguir algo de respeto, independientemente del sexo... la libertad de elegir, el libre albedrío...
Gracias Leandro, me ha encantado conocer a grandes luchadoras de dichos valores!
Leandro Garcia Casanova Fueron dos grandes mujeres, que se adelantaron a su tiempo pero fueron incomprendidas, criticadas, rechazadas... Las dos llevaban razón, a su manera: liberaron a la mujer y escribieron una página en la Historia de España. Ese fue su mérito y el comienzo de todo. Todavía conservo alguna página de periódico, de cuando Victoria Kent regresó a España
Leandro Garcia Casanova El voto fue el que liberó de las cadenas a la mujer, los discursos que echaron en las Cortes fueron memorables. Y sin embargo, con tanta feminista, ¿cuántas calles hay dedicadas a Campoamor y a Kent?
Maria Mai Mai llevas razon leandro
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