martes, 21 de junio de 2016

RECUERDOS DEL IES PEDRO A. DE ALARCÓN





A don Alejandro Fernández Pestaña




En 1968 los seminaristas de Guadix asistimos a las clases del Instituto Pedro Antonio de Alarcón, dos años después de su inauguración. Supongo que la ley de Educación, de entonces, obligaba a los alumnos de los seminarios a asistir a las clases de los institutos, o bien porque esta opción era la más económica. Lo cierto es que, en esos años del Desarrollo, sólo existía en la provincia de Granada el Instituto Nacional de Enseñanza Media Padre. Suárez, y todo lo demás eran Secciones Delegadas del mismo. Por las mañanas salíamos del Seminario, que se encontraba en la Puerta Alta, cruzábamos la calle de San Miguel y pasábamos por la iglesia de la Magdalena –la antigua mezquita de los Renegados, en referencia a los moriscos conversos–, en dirección al instituto nuevo. No recuerdo los nombres de los profesores ni siquiera sus caras, aunque conservo la imagen de un catedrático que tenía gafas y era de pequeña estatura. Recuerdo algún que otro apellido de los nuevos compañeros de curso, quizá porque sólo cursé en el instituto el cuarto de bachiller y la reválida. De ese año, que fue decisivo para mí, apenas tengo recuerdos y los tengo cogido con alfileres. Entonces yo tenía quince años y era un alumno del montón, que iba sacando mis aprobados –en tercero saqué una matrícula de honor en religión– y algún que otro notable, pero con la dificultad añadida de que no sabía memorizar con mis palabras, de manera que me aprendía las frases enteras tal y como venían en los libros. En ese tiempo nadie te enseñaba a estudiar.

En el Seminario solamente salíamos de paseo los sábados, por la tarde, íbamos y volvíamos a Purullena, por la carretera antigua, o jugábamos un partido de fútbol en la rambla donde hoy se encuentra el puente de la A-92, poco antes del cruce para Murcia o Almería, o bien pasábamos la tarde donde hoy está el Parque Periurbano, cerca de la Urbanización Cristo de los Favores. Sin embargo, salir todas las mañanas para ir a clase, al instituto, fue una gran novedad para todos nosotros, acostumbrados a aquel ambiente protector y cerrado del Seminario. Esto me llevó a decirle, a dos compañeros de curso, que eran de Guadix: “Yo no sé cómo podéis vivir vosotros”, y es que me costaba trabajo comprender la vida fuera del Seminario. Fue en el instituto donde conocí la existencia de los hermanos fossores, posiblemente por la cercanía del cementerio y porque los curas nos llevaron de visita. Una tarde, aquellos frailes nos enseñaron las celdas austeras y sombrías, con una mesa, una silla y aquellos camastros, donde una tabla hacía las veces de colchón. “Nos levantamos para rezar, a las cuatro de la madrugada”, nos dijo un fossor. Entonces enterraban a los difuntos en la tierra, por lo que tenían que utilizar el pico y la pala. Más pobreza no se podía pedir. Lo cierto es que aquellos hombres me impresionaron, pues vivían apartados del mundo y encerrados entre las tapias del cementerio, al lado de los difuntos.


Al final del curso 1968/1969 saqué cinco notables, un aprobado y dos suspensos: las matemáticas y la física y química. Las ciencias no se habían hecho para mí y siempre se me atragantaban. En los primeros días de septiembre tuvimos los exámenes de recuperación, recuerdo que paré en una pensión del barrio de la Magdalena, junto a otros compañeros, uno se llamaba César, un chico alegre e inocente que procedía de Baza. La patrona nos dejó un enorme reloj de campana para que nos despertara, de esos que suena mucho el tic tac, el caso es que apenas dormí y me levanté como un zombi. Antes de un examen repasé los polders        –esas barreras que los holandeses construyeron en las playas para ganarle terreno al mar– y resultó que cayó esa pregunta. El caso es que aprobé las dos asignaturas pendientes, así como la Reválida de Cuarto, (en el Libro de Calificación Escolar viene como examen de grado elemental), con una nota media de un cinco. La Reválida era un examen de los cuatro cursos del antiguo Bachiller Elemental, pero el pedagogo o profesor que le dio el nombre se quedaría descansando con el invento, porque de elemental no tenía nada sino todo lo contrario.

En varias ocasiones coincidí con una chica rubia y menuda, en el camino de ida al instituto, aunque apenas si cruzamos algunas frases. La chavala no era gran cosa, pero me quedé prendado de ella por su naturalidad. Ahora que lo pienso, aquel fue mi primer y efímero amor platónico. Entonces, yo hablaba con frecuencia con el padre espiritual, el jesuita Manuel Cantero –con el que he conservado la amistad durante todos estos años, a través de cartas y encuentros–,  pero, cómo me vería ese año que al final del curso me aconsejó que abandonara el Seminario. Yo me quedé bastante sorprendido, pues no me lo esperaba y, lo que es peor, no tenía ningún plan fuera de aquel ambiente protector del Seminario, que duraba ya cinco años. No recuerdo sus palabras, pero posiblemente me diría que dejara el Seminario durante un año y que reflexionara lo que me convenía... La salida suponía irme a otro colegio, precisamente cuando mi padre se quejaba del dinero que le costaba mi permanencia en el Seminario, que entonces era el más económico.

Aquella salida al instituto, el contacto con los compañeros de curso y con la calle, y sobre todo aquel sistema de enseñanza laico nos debió de impactar a muchos seminaristas, sin embargo, yo creía que seguía siendo el mismo adolescente pero las cosas ya no iban a ser igual. En todos estos años, no le he preguntado al padre Manuel Cantero por las razones que vio para aconsejarme que dejara el Seminario. Posiblemente por olvido o porque aquello ya no tenía importancia, pero entonces yo me sentí como el ave que está en una jaula y un día le dicen que tiene que echar a volar y enfrentarse a la vida. El Instituto Pedro A. de Alarcón fue entonces como esa ventana por la que nos asomamos a un mundo diferente al que conocíamos y aquello debió ser un acontecimiento en nuestras vidas. Hace poco más de un mes me pasé por el Instituto, casi medio siglo después. Las aulas se veían desde la entrada, recorrí aquellos pasillos olvidados y me asomé al campo de fútbol, donde tomé unas fotos. Pero lo que en mi adolescencia se me antojó un instituto demasiado grande, ahora, al cabo de medio siglo, lo veía demasiado pequeño.

La Sección Delegada Mixta de Guadix, del Instituto Nacional de Enseñanza Media ‘P. Suárez’ –así viene en mi Libro de Calificación Escolar y el sello con el águila del régimen de Franco–, fue inaugurada en 1966. Empezó con 112 alumnos, en turnos de mañana y tarde. Hoy, medio siglo después, cerca de 400 alumnos asisten a sus clases de Enseñanza Secundaria Obligatoria, Bachillerato y Formación Profesional, mientras que otros 194 alumnos están matriculados en el nocturno. El escritor Pedro A. de Alarcón no llegó a ver la llegada del tren a Guadix, porque falleció unos años antes, en 1891. Le gustaba mucho viajar en las diligencias de entonces y dejó constancia en varias novelas, como el viaje que hizo en la diligencia de Granada a Motril, pasando  por los pueblos donde se libraron batallas contra los moriscos sublevados, y que recogió en su histórica e inolvidable novela ‘La Alpujarra’ (1873). Por eso, lo menos que podía hacer la ciudad de Guadix en los años sesenta, con Pedro A. de Alarcón, su ilustre hijo pródigo, era que el primer instituto de la comarca llevara su nombre. 


Publicado en Wadi-as, en mayo de 2016

domingo, 12 de junio de 2016

"EL ÁNGEL DE BUDAPEST"


Ángel Sanz-Briz







Hungría era un país aliado de Alemania, pero por una serie de desacuerdos, el 19 de marzo de 1944 fue invadido por los nazis, por lo que el ministro de Asuntos Exteriores español llamó al embajador para que abandonara la sede diplomática. Fue entonces cuando los alemanes inician la captura de 850.000 judíos húngaros. En la embajada en Hungría se queda el encargado de Negocios, Miguel Ángel de Muguiro, mientras que Ángel Sanz-Briz (1910-1980) es su ayudante. Ambos diplomáticos son testigos de las persecuciones que se realizan a diario contra los judíos y las deportaciones masivas hacia los campos de internamiento y de exterminio, por lo que deciden ayudarlos de alguna forma. Poco tiempo después, Miguel Ángel de Muguiro es destituido, por sus diferencias con el régimen de Franco, y Ángel Sanz-Briz pasa a ser el máximo responsable de la embajada española en Budapest, cuando sólo tenía 32 años. A partir de aquí empezó a desarrollar su labor humanitaria, acordándose de aquella frase que le había dicho el embajador antes de su marcha: “En ocasiones como esta, la conciencia te obliga a tomar partido... Lo sabrás cuando no puedas dormir por las noches”.

Ángel Sanz-Briz comunicó por carta la dramática situación de los judíos al Ministerio de Asuntos Exteriores español: “En dos meses 500.000 personas fueron expulsadas de sus casas. A los judíos se les obliga a entregar las joyas de oro y plata, los aparatos de radio, las bicicletas y los esquíes...”. Pero no obtuvo ninguna respuesta, y éste fue el motivo por el que decidió rescatar a las familias de judíos. “Como no podía soportar las injusticias que se estaban cometiendo”, explica su hijo, Juan Carlos Sanz-Briz, “echó mano de un decreto ley de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, por el que los judíos sefardíes, que fueron expulsados en tiempos de los Reyes Católicos (en 1492), tenían derecho a obtener el pasaporte español”. Así se lo comunicó Ángel a las autoridades húngaras y nazis, incluso al mismo Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS que fue enviado por Hitler para dirigir las deportaciones. El caso es que los alemanes se tragaron aquel decreto que ni siquiera estaba en vigor en España. Los judíos que viven fuera de la capital son internados en guetos, mientras que los que residen en Budapest son transportados en trenes a los campos de exterminio donde eran separados nada más llegar, entre los que pueden trabajar y los que no. Estos fueron eliminados. Muchos judíos fueron fusilados en las riberas del río Danubio, a la vez que les quitaban sus pertenencias. El Danubio Azul fue conocido entonces como el “Danubio Rojo”. Entre los meses de mayo y junio de 1944, medio millón de judíos húngaros fueron internados en campos de exterminio, donde murieron la mitad, la mayoría en las famosas cámaras de gas.

Ángel Sanz-Briz encuentra ayuda en el cardenal Angelo Rotta y, en una reunión con los representantes de los países neutrales, deciden hacer unos salvoconductos para poder rescatar a las víctimas de una muerte segura. Miles de judíos se amontonan entonces en las legaciones sueca, suiza, vaticana y española. A pesar de que en Hungría sólo había 100 sefardíes, Ángel consigue 200 pasaportes. Como España es un país neutral, Adolf Eichmann admite estos pasaportes y también unas compensaciones económicas que el diplomático pagó de su bolsillo. Ángel buscaba a los judíos  por las calles de Budapest y acudía a las estaciones de trenes. Cuando estaban formados en los andenes para partir a los campos de exterminio, preguntaba a voces si alguien tenía cualquier vinculación con España. En caso afirmativo, se lo llevaba con él. Más tarde, fue multiplicando los permisos y lo explica en su libro ‘Los judíos en España’: “Después la labor fue relativamente fácil, las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las 200 familias se multiplicaron indefinidamente, con el simple procedimiento de no expedir salvoconducto o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior a 200”.




Como los judíos no cabían ya en la legación diplomática, alquiló siete viviendas para alojarlos y en la fachada colocó carteles indicando que eran edificios anejos a la embajada española. En diciembre de 1944, poco antes de que entrara el ejército soviético en Hungría, Ángel Sanz-Briz abandona el país. Y desde Berna (Suiza), informa al Ministerio de Asuntos Exteriores español sobre la actividad que ha llevado a cabo, para poner a salvo a los judíos de Budapest. Cuando finaliza la II Guerra Mundial, la dictadura de Franco quiere propagar la labor humanitaria, pues teme la reacción de los aliados contra España, y le pide a Ángel que diga que el rescate de los judíos lo llevó a cabo por orden del Gobierno español. El italiano, Giorgio Perlasca (1910-1992), luchó durante la Guerra Civil española en el bando franquista, pero desertó del ejército italiano y solicitó el pasaporte español. Fue el ayudante de Ángel pero, al marcharse éste, dirigió la legación diplomática. Como cónsul de España, continuó con la labor de su antecesor, falsificando documentos y firmándolos como Ángel Sanz-Briz, de esta forma llegó a salvar a un total de 5.200 personas. Sin embargo, acabada la II Guerra Mundial le atribuyeron al italiano todo el mérito de la obra humanitaria, olvidando al diplomático español. La historiadora Mayte Ojeda descubrió una carta, en un archivo de Washington, en la que Sanz-Briz desde San Francisco se dirige a Perlasca: “No olvide usted que la decisión de meter gente en los locales de la legación fue de mi propia iniciativa, sin previo permiso de Madrid, y motivada por el terror que entonces reinaba en la capital húngara”.


En agradecimiento, el Gobierno de Israel le otorgó en 1968 el título de "Justo entre las Naciones", la mayor distinción que concede a quienes ayudaron a salvar judíos durante el “Holocausto’ nazi”. Sin embargo, el régimen del general Franco no lo autorizó a viajar a Israel para recibir esta distinción. Los judíos húngaros que sobrevivieron fueron ayudados por ángeles como Sanz-Briz, el diplomático sueco Raoul Wallenberg y la embajada del Vaticano. “Esto ocurre en el 44, mi padre muere en los 80 y su labor no se empieza a reconocer hasta entrados los 90”, cuenta el hijo del diplomático. “El ángel de Budapest se murió sin saber que era un héroe”, afirma, aunque esto no le perturbó, “porque lo importante para él era haber salvado a miles de inocentes”. En la residencia del embajador de Israel en España, Shlomo Ben Ami, tuvo lugar en agosto de 1989 un homenaje a Sanz-Briz, al que acudió el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez. Se hizo entrega a Adela Quijano, viuda de Sanz-Briz, de la Medalla de los “Justos entre las Naciones” concedida a título póstumo. También se autorizó la plantación de un árbol en el Monte del Recuerdo, de Jerusalén.


En septiembre de 2015, le dedicaron una calle en la capital húngara. En la nueva avenida "Ángel Sanz Briz", una placa y un monolito recuerdan al "Ángel de Budapest", con  esta leyenda: “En memoria del diplomático español Ángel Sanz-Briz ‘Justo entre las Naciones’ (1910-1980), quien en 1944, junto con los empleados y colaboradores de la legación de España en Budapest, salvó la vida de más de 5.000 judíos húngaros de la persecución del nazismo. ‘No te quedes inactivo cuando derraman la sangre de tu prójimo’ (Levítico 19/16). Embajada de España, 2015”. Y en el jardín de la Gran Sinagoga, de la capital húngara, los nombres del español y del sueco Raoul Wallenberg, que salvó a más de 50.000 judíos, aparecen juntos.


Ángel Sanz-Briz expidió 235 pasaportes colectivos, salvó a 352 personas y a otras 1.898 con cartas de protección, mientras que 15 pasaportes ordinarios, incluían a 45 judíos sefardíes. Salvó en total a 2.295 personas hasta su salida de Budapest. Hay que recordar que Ángel rescató a 1.095 personas más que el famoso Oskar Schindler. En diciembre de 2014, Madrid también le dedicó una calle al diplomático y, en su ciudad natal, Zaragoza, un busto y una plaza honran su nombre y su memoria. Y en 2011, fue estrenada en España la película “El ángel de Budapest”, dirigida por Luis Oliveros. Ángel Sanz-Briz falleció el 11 de junio de 1980.


domingo, 22 de mayo de 2016

LA ACADEMIA FIDES Y DON CARLOS VILLARREAL


 
Antigua entrada de la Academia Fides
   
       




 A finales de agosto del pasado año me pasé por la calle Ángel Barrios, en la esquina con Arabial, donde al principio de los años setenta se encontraba la Academia Fides, que entonces dirigía el profesor don Carlos Villarreal. Era delgado, con gafas, siempre iba mal afeitado y tenía la cara llena de granos. Cojeaba de la pierna derecha y tenía la voz cascada, pero esto no parecía influir en su buen ánimo. Don Carlos tenía fama de ser persona liberal y culta. En la academia estuve dos meses y pico, cursando el COU (Curso de Orientación Universitaria), que en aquella época se implantó en España sustituyendo al antiguo PREU (Preuniversitario), por lo que aprobaron el curso la mayoría de los alumnos. A pesar del poco tiempo que estuve internado en la academia, tengo recuerdos imborrables. Las clases eran a base de tomar apuntes, con el fin de prepararnos para la universidad, y una de las asignaturas era Historia Contemporánea. Nos daba la clase un profesor achacoso, muy moreno y con bastantes arrugas. Fumaba en boquilla y, a veces, se entretenía contándonos su vida.

Durante varios días estuvo explicándonos la Revolución Francesa, toda una novedad porque el Régimen de Franco –la censura– abría un poco la mano y permitía el estudio de los revolucionarios franceses. Comentando el asesinato del presidente John F. Kennedy, en 1963, el profesor sostenía que los Estados Unidos no eran una verdadera democracia, pues no se había logrado averiguar toda la verdad sobre el atentado, debido a oscuros intereses. La muerte de Kennedy dio mucho que hablar entonces e hizo correr ríos de tinta, pues el joven presidente estableció una nueva forma de gobernar y llegó rodeado de profesores de la Universidad de Harvard, en comparación con el anterior presidente, el general Eisenhawer, que había ganado la II Guerra Mundial.

La Academia Fides ocupaba la planta baja y el sótano de un bloque de pisos, lindando con la calle Ángel Barrios, el callejón de atrás y el campo. En la planta baja se encontraban varias aulas y las oficinas, mientras que en el sótano estaban el comedor y los dormitorios. En los recreos los alumnos paseábamos por el descampado, lo que hoy es la calle Arabial, mientras que las huertas de la Vega se extendían al otro lado de una vieja tapia. Ésta era la línea divisoria entre la ciudad y el campo. También nos íbamos andando por el Camino de Purchil, pues entonces no pasaban los vehículos. La Huerta de San Vicente era desconocida entonces, a pesar de que la teníamos enfrente –hoy se encuentra en el Parque de García Lorca–, pues el escritor de Fuente Vaqueros estaba censurado al comienzo de los setenta y apenas se le mencionaba. Por las noches, cuando apagaban las luces en el dormitorio, decía el gracioso de turno: “¿Os acordáis del chiste número seis?”, y entonces nos reíamos a carcajadas. “¿Y del número ocho?...”. Y así estábamos de choteo hasta la una de la madrugada. Estaríamos internos unos cuarenta alumnos, más los que venían a las clases.

      Un día, a comienzos de diciembre de 1971, la comida fue más pésima de lo habitual. El caso es que no pude contenerme y, delante de mis paisanos y de las mujeres que servían la comida, hablé mal del director. El incidente llegó a oídos de don Carlos y me expulsó de la academia, aunque, más tarde rectificó y me readmitió. Sin embargo, mi padre aprovechó aquel castigo para decirme que se acabó el colegio para mí. Pasé unas vacaciones amargas, sobre todo al ver que mis paisanos regresaban a los colegios después de la Navidad, mientras yo me quedaba solo en el pueblo sin saber qué hacer. Sólo tenía una salida: marcharme a trabajar. En febrero, harto de estar en casa y de no hacer nada, cogí un autocar pequeño de un particular, que se dedicaba a hacer viajes piratas (de forma ilegal) a Barcelona y me marché a trabajar.

Entrada por la calle Arabial




Un tiempo después, cuando yo viajaba en ‘el Catalán’, el tren de Barcelona a Granada –en Cataluña creo que le dicen ‘el Andaluz’, aunque han suprimido la línea hace unos meses, por las obras del AVE en Antequera–, oí a un matrimonio francés que hablaba de don Carlos Villarreal. Les pregunté y en su idioma me dijeron que eran amigos de él y que los visitaba cuando iba a Francia. Recuerdo que don Carlos nos hablaba con admiración de los diferentes quesos que comían los franceses, de su cultura y de sus estancias en el país vecino. En la Academia Fides también dieron clases en los años setenta el poeta Antonio Carvajal y el arabista Emilio de Santiago, que falleció hace unos meses. Pero de esto me enteré hace unos años, pues me costó trabajo reconocer a aquellos jóvenes profesores de entonces. Durante bastante tiempo, perdí el contacto con Granada y no sé cuándo falleció don Carlos Villarreal ni en qué año desapareció para siempre la Academia Fides.

Buscando información, me he enterado que en las diferentes sedes que tuvo la Academia Fides se reunían a veces los ‘poetas rojillos’ de aquella época –Pepe García Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, Elena Martín Vivaldi y otros intelectuales–, ya que don Carlos Villarreal era un intelectual de izquierdas y también fue el mentor y maestro del poeta Antonio Carvajal. Pero el mejor recuerdo que conservo de don Carlos es que era comprensivo con los alumnos. En aquella ‘pollería’ –como le llamábamos a la academia– vivíamos en la gloria pero me salió cara mi rebeldía de juventud. 

Posdata: la academia tenía las entradas por la calle Ángel Barrios (donde se encuentra Granaforma) y por la calle Arabial, a la altura de los garajes, por debajo de Granaforma.



 
Manuel Estévez nació en Tablones (cerca de Órgiva), en 1947, y ha escrito durante el confinamiento las dificultades que tenían los niños de entonces para estudiar. Incluyo la parte final del relato, donde cuenta su paso por la Academia Fides.

 EMPIEZAN LAS DIFICULTADES PARA PODER ESTUDIAR

                       La Academia Fides era un centro legalmente reconocido y adscrito al Instituto Padre Suarez, de hecho muchos profesores procedían de él y daban clase por las tardes en mi academia. El dueño era un tal D. Fidel Ferreiro Fernández de procedencia cubana, que vino a invertir en el negocio de la enseñanza. Se surtía de profesores interinos y algunos como he dicho anteriormente, del Instituto Padre Suarez. Esta academia ocupaba varios pisos en la planta primera y gran parte de la planta baja de un edificio muy nuevo situado en la Calle Melchor Almagro 12. En la planta baja estaba la Secretaría, el comedor, las clases e incluso una capilla, que era una clase normal que detrás de unas puertas de armario aparecía el altar, y cuando terminaba el culto se cerraban las puertas y era la clase de 6º de bachiller. La Educación Física y Formación del Espíritu Nacional la impartían profesores falangistas procedentes de la Escuela de Mandos de la OJE (Organización Juvenil Española)  eran las típicas marías que junto a la religión había que tenerlas en cuenta. Recuerdo en 6º a un profesor de Formación de Espíritu Nacional llamado D. Dionisio que se tomaba muy en serio su asignatura, y que nosotros lo sacábamos de sus casillas con preguntas impertinentes por supuesto no de política, el tema y la palabra política estaba prohibido, con amenaza de expulsarte e incluso hacerte de un expediente para que no pudieras estudiar más. Pero siguiendo con D. Dionisio un día un compañero que todavía no se me ha olvidado el nombre (Ibáñez) le preguntó: ”D. Dionisio, ¿que es el aparato urogenital?: este se puso muy cabreado y rojo y le contestó, “los huevos y lo otro”. Las habitaciones todas estaban todas llenas de literas metálicas, y en una habitación grande estábamos 10 niños, bueno no éramos niños sino algo más que adolescentes yo tenía 15 años. En la habitación mía si había un niño bastante pequeño que estaba en primero que se llamaba Montalbán, era cómo nuestra mascota. Sus padres tenían un restaurant en las afueras de Granada cerca del Pantano de Cubillas, y se ve que por su negocio no podían atenderlo debidamente y lo metieron interno, pero se le veía integrado y feliz. Para mí era la primera vez que me separaba de mis padres y aunque tuviera 15 años, era un niño de mentalidad, sin mundo, solo había estado en un pueblo pequeño. Lo que estaba claro es que yo sabía es que ya jamás volvería a mi casa y así fue, pues por estudios, mili, trabajo etc., ya solo volví a casa en temporadas cortas. Volviendo al colegio, lo más duro para mí eran las comidas. El primer día me pusieron arroz. El comedor estaba vigilado y yo en silencio mirando el plato, hasta que “el superior” (así se le llamaba a la persona que nos vigilaba, generalmente eran estudiantes universitarios de los últimos años de carrera que se ayudaban en sus estudios vigilándonos a nosotros en todos los momentos que no estábamos en clase). Cuando terminaba el tiempo de la comida daba dos palmadas y nos poníamos en pie, hubiéramos o no comido.

            Por la noche el arroz que había sobrado, le echaban agua y nos dieron lo que llamaban sopa al cuarto de hora, y después una especie de albóndiga muy dura, y unas pocas patatas fritas que si me comí. Al día siguiente, macarrones con tomate que yo no los había probado nunca. Hay que imaginarse a un adolescente con el apetito que tiene, ya tres días sin comer, y no se te ocurriese protestar por la calidad o variedad de la comida porque suponía la expulsión inmediata del Centro. Por ello cuando llegó el cuarto día ya me comía lo que fuera, y no solo lo mío, sino lo que algunos compañeros no querían. Recuerdo que algún fin de semana que no estaban los cocineros nos subíamos por un montacargas hasta la cocina para “robar” algo de comida en la cocina. Lógicamente, mi vida a pesar del internado dio un giro muy favorable, por fin sabía lo que era un profesor especialista para cada asignatura, con lo que aprobé el curso satisfactoriamente. La vida del internado no era muy dura cuando te acostumbrabas, puesto que se te pasaba el día en clase, y por la tarde noche todos en el mismo aula en estudio vigilado con un “superior”, que a la vez que estudiaba iba recorriendo la clase y cuando te veía distraído o te atrevías a hablar, se acercaba a tu lado y te ponía la mano en el hombro y te decía muy flojito “tú te quedas”, lo que significaba que el sábado y domingo no podías salir al cine o dar una vuelta. Este “superior” que recuerdo estudiaba ya quinto de medicina, era de un pueblecito de el Valle de Lecrín que se llama Restábal al lado de Pinos del Valle, era un hombre muy alto, posiblemente, y merecidamente le pusimos el mote de “El quedas” pero se llamaba D. Francisco. Tengo que mencionar que más de cuarenta años después iba yo por la Carrera del Genil, frente al La Iglesia de La Virgen de las Angustias, y de pronto lo vi a 100 metros donde estaba yo, no había cambiado casi nada, no había perdido su pinta altiva reforzada por su gran estatura. Cuando lo iba abordar me sonó el móvil y con los nervios de descolgar y colgar, se me perdió en medio del gentío que había a esas horas en esa calle. Lamenté no poder hablar con él, pues aunque me castigó varias veces no le guardo ningún rencor.

 

Edificio donde estaba ubicado El Colegio “Academia Fides” en Melchor Almagro 12 .

Todo el primer piso estaba dedicado a internado y  cocina, y la planta baja las clases, secretaria y comedor. La clase más grande se dedicaba al de estudio vigilado de los alumnos internos.

 

 La foto no he podido colgarla

 

  Siguiendo con la vida dentro del internado, no nos podíamos quejar, eso sí como los dormitorios eran pequeños, había en algunos hasta 5 literas dobles metálicas. Todos teníamos de 14 años para arriba, menos el pequeño “Montalbán” que era cómo nuestra mascota  y estaba totalmente integrado. Pero algo bueno teníamos que tener en el citado dormitorio. Teníamos un compañero llamado Manuel Morales, que era de la provincia de Jaén, el cual era un gran aficionado a la novela policiaca, y devoraba todo lo que se publicaba de Agatha Christie, y se sabía de memoria un montón de casos de Hércules Poirot,  y de Arthur Conan Doyle, con sus personajes de Sherlock Holmes y el doctor Watson. Pues bien, nosotros estábamos deseando de acostarnos para oír narrar a nuestro compañero Manuel, un capitulo distinto diariamente, de cualquiera de estos personajes. Tenía una gran capacidad de síntesis de las historia, y le imprimía suspense. El caso es que estábamos todos callados hasta las doce de la noche y el “superior” ni se acercaba por allí porque sabía que por aquella zona estábamos todos callados. La Educación Física la dábamos en un solar tapiado que había enfrente de la Academia Fides, entre Melchor Almagro y Pintor Rodríguez Acosta. Era un campo de futbol con sus porterías. Hoy son unos grandes bloques de pisos. Cómo anécdota recuerdo por entonces practicaba allí algunas veces José Martínez “*Pirri”, que vivía en una residencia cercana, pues era de Ceuta y estudiaba medicina en Granada. El curso 1964-65, volví de nuevo a la Academia Fides después de haber estado dos años en Cartagena, para estudiar 6º de Bachiller. Tenía 17 años por lo que llevaba un año de retraso.      Este año para mí fue muy satisfactorio puesto que era el segundo curso que hacía “oficial”, con profesores para cada área, todos de características muy distintas, pero con ganas de trabajar y motivándonos para que estudiásemos. Yo ya era casi un adulto y tenía que aprobar, pero el Colegio Fides no se podía considerar un coladero, había que estudiar a fondo, por lo que me quedaron dos asignaturas para septiembre, que afortunadamente aprobé tras estar todo el verano interno. Cómo éramos poquitos y ya mayores nos íbamos algunas noches a un cine de verano que había cerca del Camino de Ronda. La clase que nos asignaron para sexto era la que se empleaba cómo capilla, cuyo altar estaba camuflado detrás de unas puertas correderas al fondo, al lado de la tarima del profesor. 

            De profesores no recuerdo muchos nombres, pero estaban D. Antonio Burgos que era a su vez el director académico, de Lengua uno de los más mayores que se llamaba D. Rafael Valverde, que había estado en la Guerra Civil cómo Alférez Provisional. Entonces no se podía hablar de la contienda española y menos con alumnos, pero nos repitió varias veces lo siguiente: “los italianos fueron unos cobardes, huían del combate en cuanto había la menor dificultad”. Se supone que vivió algún percance durante la guerra para hablar con ese convencimiento de un ejército extranjero que fue aliado de Franco. Otro de los profesores más duros era D. Alejandro Astruc de matemáticas, a nosotros nos imponía nada más verlo, con su bigote y su cigarrillo en la boca. Era un hombre muy joven, tenía un Seat 600 blanco nuevo que era lo más entonces, y llamaba la atención porque el coche iba ligeramente “tuneado”  poco corriente en aquella época. D. Dionisio, el cual ya he citado anteriormente, cómo profesor de Formación del Espíritu Nacional nos llevó varias veces frente a la fachada de la catedral, a presenciar actos institucionales de de la Falange Española en fechas señaladas en donde con la mano alzada y abierta, teníamos que cantar el “Cara al Sol”. El profesor de Religión no recuerdo como se llamaba. Era un sacerdote también mayor, posiblemente fuera de la parroquia de San Juan de Dios. Llevaba su sotana con un fajín en la cintura y por supuesto la tonsura. Nos organizó unos Cursillos de Cristiandad en una residencia que tenían los Jesuitas por la carretera de Sierra Nevada pasado el pueblo de Güéjar de La Sierra. Para llegar a la residencia citada lo hicimos en el Tranvía de la Sierra que iba desde el Paseo del Violón hasta cerca de la Residencia. El antiguo trazado de la vía, está aprovechado hoy cómo Vía Verde y por ella transcurren los senderistas y ciclistas disfrutando de magnificas vistas. La subida hasta la Residencia fue espectacular, la hicimos en el tranvía de la sierra, que llevaba su “jardinera” (remolque). Nosotros para no molestar a los pasajeros normales íbamos en la jardinera, haciendo imprudencias propias de jóvenes, como balancear el remolque todos a la vez, sin saber que aquello podía ser peligroso. Por ello puede decirse que pasé miedo pues se pasaban unos acantilados y puentes con la anchura justa de los raíles.

 La Residencia de los cursillos estaba situada en un paraje paradisiaco de la Sierra. Allí hacían sus retiros los seminaristas, y gente de los colegios previo importe de la estancia y comida. El Jesusita que nos dio el citado cursillo tenía unas facultades dialécticas fabulosas, y nos asustó con el horror del Infierno a la vez que nos inculco el deseo de entrar en el Seminario. Yo en mis plegarias le pedía a Dios que me quitara de la cabeza esa vocación tardía que me habían inculcado de ingresar en el Seminario. Afortunadamente una vez que salimos del “encierro” todo volvió a la normalidad. Por cierto en ese retiro vi por primera vez el papel higiénico, dándonos el cura la explicación de que era biodegradable. Desde luego el profesorado de la Academia podía decirse que era de lo mas variopinta, con profesores de muy distinta ideología, pero que nosotros no éramos capaces de identificar, por dos motivos en el año 1962 estaba perseguido el hablar de cualquier cosa que tuviera un trasfondo político, ellos no nos iban hacer ningún comentario y nosotros habíamos nacido y vivido con una única idea que era el Nacional Catolicismo. Por ello destacaba del resto el profesor D. Carlos Villarreal. Era un hombre joven, fumador con un poco de cojera en una pierna. Nos daba las asignaturas de Filosofía y de historia del arte de 6º y desde el primer momento le encontramos algo distinto a los demás y no era porque hubiera mayor acercamiento, no, sino la forma de tratarnos y de explicar la asignatura. Recuerdo el primer día de clase al presentar su asignatura, enseñándonos unos apuntes elaborados por él, que nos dijo: “¿Veis esto?”. Pues esta asignatura  no vale para nada, pero tendréis que saberla como el padre nuestro. Cualquier otro profesor hubiera ensalzado la importancia de su asignatura, pero él no. Empezó como si no fuera nada, y poco a poco nos fue enganchando. Nos inculcó la importancia de la Filosofía para saber pensar, pero de una manera discreta y sutil. Después nos hizo manejar los *Silogismos hasta tal punto que competíamos entre nosotros a ver quien encontraba la conclusión correcta. Más adelante nos resaltó la importancia de la teoría de los “empiristas ingleses” que tuvimos que estudiar con bastante profundidad. Tengo que hacer constar que mis años de estancia en la Academia Fides fueron constructivos y con balance muy positivo. Solo tuve un incidente negativo estando en 6º de bachiller con 17 años, iba yo por el pasillo que discurría entre las clases, en dirección a los aseos y me crucé con el (director-propietario) D. Fidel Ferreiro Fernández (de origen gallego-cubano), y al pasar sin mediar palabra me soltó un bofetón en la cara, el cual trascurridos 36 años del suceso no se a que fue debido ese despropósito. Llamaron a mis padres con amenaza de expulsión, por lo que tuve que llorar y pedir perdón por un hecho que se me imputaba y no sabía por qué. Hay que ponerse en contexto, yo tenia 17 años, 1.90 de estatura fibroso y atlético y podía haber cogido al citado Sr. en peso y sin embargo me lo tragué pero no lo olvidé. Don Fidel creo que murió muy joven, no guardo ningún rencor, pero si hay cielo allí no estará. Hoy cuando escribo esto 22 de agosto de 2020 y con 73 años de edad, tengo experiencia suficiente para dar explicación el porqué me ocurrió aquello.

            De compañeros de entonces guardo buen recuerdo y tengo recordar de 6º Curso:

-          Antonio Lozano Jimenez, era de Lanjarón, hizo magisterio y ejerció como maestro por la zonade Lanjarón.

-          Antonio Cabas Díaz, de Pinos del Valle, también hizo magisterio.

-          Laurentino Segura Requena, del Marchal (Guadix)

-          Fabian Belmonte Collantes, era de Nigüelas, al lado de Dúrcal, era hijo del Juez den Paz de dicho pueblo. Fuimos muchas veces de visita al pueblo, después estuvimos viviendo en una pensión en Granada de la que hablare mas adelante por lo que entablamos una gran amistad, incluso con su familia. Hizo la carrera de arquitecto técnico y después se hizo funcionario de de la Delegación de Arquitectura en Almería capital. Transcurridos cerca de cuarenta años nos localizo a casi todos y por medio de carta nos concentramos en un restaurante de Granada donde comimos, y disfrutamos todos de un magnifico encuentro. Dicen que esos encuentros no llegan a salir bien como consecuencia de que todos hemos cambiado con la edad, con el transcurso de los años, pero aquí salió todo estupendo y estuvimos todos riendo cómo si no hubiesen pasado cuarenta años.

-          Francisco Rivas Ceres, hijo del boticario de Albuñol, era el que más dinero manejaba de todos, nos invitaba a cerveza con tapa de cortezas de cerdo en un bar que había al lado de la gran via que se llamaba “El sótano H”. Paco era muy generoso, y nosotros no teníamos ni un duro. Era muy peligroso porque a veces estábamos con el bebiendo y comiendo y de pronto desaparecía y se iba sin pagar, con lo que nosotros teníamos que salir corriendo calle adelante, y el nos estaba esperando muerto de risa. Hizo farmacia cómo su padre, pero no continuó la tradición. Era el delegado de unas empresas farmacéuticas y vivía muy acomodado.

-Manuel Salas Rodríguez, primo de Rivas e hijo de médico de Albuñol. La ultima noticia es que estaba de profesor en un IES de Motril y que le dio clase a mi sobrino Carlos.

De este grupo de 6º de Bachiller el que más destacó del curso fue Enrique Rojas Montes, nacido en 1947 en Granada. Hizo medicina, ha sido catedrático de psiquiatría en Madrid. Es muy conocido por la infinidad de libros de psiquiatría y autoayuda que ha publicado. Pero quizá sea más célebre por su participación en programas de televisión. Con esto quiero demostrar, que aunque nuestra Academia Fides fuera un colegio de 2ª tenía un claustro de mente abierta y de corte liberal, cosa que sirvió para abrir nuestras mentes y para que esta cualidad la aprovechara quien pudiera.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 25 de abril de 2016

LEANDRO, VEINTE AÑOS DE FOTOGRAFÍAS



El Encuentro, el Domingo de Resurrección, 1964

        




Fue mi padre quien me transmitió el amor por la fotografía, de manera que, de vez en cuando, envío fotos al periódico ‘GranadaDigital’ y a algunas revistas de la provincia. En la oscuridad de su singular laboratorio, se pasaba las tardes y, a veces, hasta las noches enteras revelando fotos, sobre todo al comienzo de cada curso escolar. Enfocaba la imagen de la película sobre el papel blanco de Valca, durante unos segundos, y luego lo sumergía en el líquido transparente de una cubeta. Con siete años, yo me quedaba alucinado al ver cómo iban apareciendo, lentamente, las figuras de las personas. Era como si una mano invisible fuera trazando aquellas oscuras imágenes, algo parecido a lo que le ocurría al travieso ‘Toto’, en la cabina de proyección de la película ‘Cinema Paradiso’. Aquel laboratorio de fotografía –armado con tablas de madera y recubierto con sacas de Correos, y del que he conservado la ampliadora– ejercía una gran fascinación sobre mí, porque allí estaba encerrado todo el misterio de la fotografía. Luego, mi padre ponía las fotos en un cristal enmarcado y, una vez secas, yo las recortaba con la cizalla. Él guardaba siempre los carretes de los negativos en unas cajas de aluminio redondas –parece que las estoy viendo–, pero, al final, se perdieron todos.

Quedaron las fotos de época, de los años 60 y 70, como aquellas postales con los paisajes de Castilléjar y los retratos de personajes inolvidables; de bodas, entierros y bautizos, del cementerio viejo y del altar mayor, la ermita de Santo Domingo; las cuevas, los almiares, las silenciosas procesiones de Semana Santa y las solemnes del Corpus, con el cura bajo palio; comidas y bailes en el campo, niñas con sus trajes regionales y posando con la maestra, equipos de fútbol, jóvenes cantando y sonriendo, los altares del Corpus… En fin, todo aquel mundo rural de entonces, con sus miserias, pero allí fue donde nos criamos en medio de privaciones. Recuerdo que le dejé a Jesús Martínez –un amigo de mi padre– cuatro o cinco de las mejores postales, pero falleció en 1990 y ya no supe más de ellas. Pero ha quedado una colección de 59 fotos, ‘Castilléjar, en blanco y negro’, donde mi padre ha logrado reflejar el alma sencilla de las gentes de entonces, así como aquellos pintorescos paisajes rurales. En fin, toda una época.

Hace unos años, le preguntaban a Ramón Masats por el cambio que ve entre la España que retrató y la actual. Él contestó que “fotográficamente es peor. Las calles están llenas de coches aparcados, las paredes llenas de grafitis y la gente más resabiada…”. Alfonso Sánchez Portela nació en 1902 y fue uno de los padres del fotoperiodismo español: “Mis primeros juguetes fueron las cámaras viejas de mi padre. No he tenido aro ni caballo”, decía. En el ‘Heraldo de Madrid’ empezó a publicar sus fotografías de tipos populares, como el barquillero, el músico-mendigo, la castañera..., y nos recordaba que “era un Madrid donde nos conocíamos todos”. De su padre, Alfonso Sánchez García, conservo el libro ‘Alfonso, imágenes de un siglo’, con sus fabulosas fotos: “Yo soy un hombre que habla con la máquina, porque mi palabra está en la película y en el objetivo”, parecía ser su lema. El famoso fotógrafo Alberto Schomer llegaba a esta conclusión: “Detrás de ese ojo mágico... está el artista, el hombre con una extraordinaria sensibilidad para hacer confesar mensajes escondidos a todo lo que descubre”.

La escritora Susan Sontag decía que “el tiempo acaba por elevar casi todas las fotografías, aún las más torpes, al nivel del arte”. Sí, el tiempo arrasa con todos nosotros, mientras que nuestras imágenes y nuestras sombras parece que se agigantan con el paso de los años: el recuerdo del tiempo pasado y la nostalgia de los seres queridos ya se encargarán de ello. El premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, nos dejó este testimonio imborrable: “La impresión producida en mí por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes, había yo topado con tal o cual fotógrafo ambulante de ésos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre”. Entre 1910 y 1930, los fotógrafos ambulantes se dedicaron a recorrer los pueblos y aldeas de sus comarcas, sobre todo, durante el buen tiempo y en las fiestas de agosto y septiembre. Ellos colocaban su ‘cajón mágico’ en plena calle, en las plazas de toros, en los patios y corrales, o en las posadas donde paraban. Allí donde pudieran ganarse unas pesetas.

Mi padre se dio de alta, como fotógrafo, en enero de 1963 –contaba entonces 43 años, aunque hacía fotos desde mucho antes–, como indica el impreso de ‘Licencia Fiscal del Impuesto Industrial’ que conservo. En la actividad a desarrollar, dice lo que sigue: “Fotografía al aire libre por calles y locales provisionales y barracas”, y el lugar, “donde desarrollará la actividad, en Castilléjar, calle Rosario Ambulancia”. Esta palabreja habrá que interpretarla como ‘fotógrafo ambulante’, según nos recuerda Ramón y Cajal. El ingreso que mi padre tuvo que efectuar a Hacienda, por darse de alta en 1963, fue de 171,60 pesetas. También conservo varios sellos de fotos, donde pone, en forma de círculo: “Leandro García, fotógrafo, Castilléjar (Granada)”. Tengo también su tarjeta de identidad, número 74, “del redactor corresponsal en Castilléjar del Diario Patria, de 4 de diciembre de 1953”, aunque lo suyo no fue precisamente escribir crónicas para el antiguo periódico de la Falange, con su mancheta del yugo y las flechas en la portada. Otro carné que conservo es del Cuerpo de Correos –los antiguos carteros rurales–, expedido en Madrid, en mayo de 1962, cuando el sueldo que percibía era de 19.399 pesetas al año, entonces Castilléjar contaba con 3.750 habitantes, tres veces más que hoy. El Estado tenía a los carteros rurales abandonados a su suerte, y les pagaba con el dinero que recaudaba de los sellos. Otro documento de mi padre es la ‘Tarjeta de Identidad Postal’, expedida en la oficina de Correos de Huéscar, en noviembre de 1946, cuando los años del estraperlo, de los piojos y de la pertinaz sequía.

En la introducción de mi libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, escribí lo siguiente: “También quiero tener un recuerdo para Leandro –mi padre–, el cartero metido a fotógrafo que nos legó esa memoria gráfica, un inolvidable álbum de fotos que recoge toda una época. Son memorables las del ‘Tonto Gitano’ y de Roque ‘Pum’, y a mí se me caen las lágrimas cuando observo a estos dos mendigos al cabo de los años. También hay que destacar la foto de Pedro ‘el de las Ollas’, las mujeres lavando en el río y tantas otras. Donde hubiera una fiestecilla, una boda, un bautizo o un entierro, allí que estaba Leandro con su máquina de fotos en ristre. Aunque él nunca fue consciente de la importancia que iban a tener aquellas simples postales, que revelaba en su pintoresco laboratorio”. En fin, todavía recuerdo aquellos 'bailazos’   –esta palabra la decía Dolores Mañas ‘la Manca’– que se montaban en Los Olivos, en Los Carriones y en el Cortijo del Cura, que nada tenían que envidiar a los bailes que se formaban en Castilléjar. Pues bien, allí se tiraba mi padre casi todo el día, el tiempo que hiciera falta, aunque siempre había alguien que le decía “Leandro, vente a comer a mi casa”.

Los dos retratos del Citroën de dos caballos –era del maestro, don Jesús Carricondo–, uno a la altura de la casa de Pepe, el herrador, impresionan al ver aquella carretera de tierra a la entrada del pueblo, o las instantáneas de aquellas plazas de toros, montadas con palos cruzados, donde la gente se encaramaba donde podía, mientras que los niños nos metíamos entre los maderos y no pasaban más cosas porque Dios no quería. O las fotos de esos jóvenes toreros –Juanito Gimeno era el más famoso, entonces–, más bien maletillas, que iban por los pueblos jugándose el tipo con aquellos marrajos, que no eran peores que los empresarios taurinos que los explotaban, como hizo el ‘Pipo’ con ‘el Cordobés’. Titulé la foto ‘Tarde de toros’, y escribí al pie de ella: “Apretujados sobre el carromato de un tractor, sonríen un puñado de jóvenes, casi todos ellos con el pelo echado hacia atrás”. O bien, esta otra donde, los almiares y las chimeneas de las cuevas se alzan sobre el horizonte.

Un multitudinario entierro, a su paso por la antigua Plaza del Caudillo, donde no falta ningún hombre del pueblo, porque, en la pobreza, la gente siempre fue más solidaria. La foto de Roque ‘Pum’ es antológica, pues revela toda la miseria en el rostro y en el ropaje de aquel mendigo bufón: su aspecto envejecido, su cara de borrachín, la chaqueta raída y, sobre todo, la postura altiva que adopta. ¡Gracias, Roque! Como si fuera una metáfora de la vida, se ve detrás del mendigo, en las escaleras de la Cruz de los Caídos, un ramo de flores marchito. La foto de las mujeres lavando en el río –mi madre bajaba todas las semanas con un barreño de ropa– es antológica. Entonces, el río Guardal tenía tanto caudal como el que hoy lleva el río Castril.

Otra imagen, hoy desaparecida, fue el sencillo altar mayor de la iglesia de la Purísima Concepción, con las columnas salomónicas y las paredes pintadas de flores. Lo mismo ocurrió con los caños y el abrevadero, que estaban situados debajo de Plaza Nueva, y tantos otros paisajes de la infancia que ya no veremos. En el antiguo barrio de Los Evangelistas se veían algunas casas, pero la mayoría eran cuevas con su eras y almiares, como si fuera un barrio morisco. La foto de ‘El motocarro del Capagatos’ es de las que hacen época, con doña Natalia, aquella maestra simpática y amable de Los Carriones –con su pañuelo anudado en la cabeza y sentada con otras dos mujeres, en sillas de anea, dentro del remolque–; también aparece mi madre y varios niños que estábamos por allí.

No desmerecen nada, la foto de Quico Porras con su gorra de visera, sentado en el poyo de la Cruz de los Caídos, y la de los niños jugando a la pelota en las Casas Baratas. En otras imágenes vemos a los miembros de la Hermandad de Ánimas con sus instrumentos alegrándonos la Navidad, o las viejas escuelas de la calle del Agua, que entonces era el Colegio Graduado de Niños ‘Francisco Franco’; las niñas del curso de doña Carmen, posando con sus uniformes en las escaleras del antiguo Ayuntamiento; ‘el Encuentro’ del Domingo de Resurrección, donde casi todo el pueblo ha salido retratado detrás de la Virgen; la pequeña imagen de la Virgen de Lourdes, en Los Carriones, rodeada de los feligreses; la vieja ermita de Santo Domingo; las fervorosas procesiones de la Virgen del Rosario y del Nazareno; la juventud de entonces –que hoy anda por los sesenta años–, tocando el acordeón y la batería; las fotos de cuando nuestros padres pasaban la festividad del 18 de julio en La Bota, o comiendo en las alamedas; los equipos de fútbol de los sesenta y setenta; las niñas ataviadas con los trajes típicos, delante del altar en el Día del Corpus...

Recuerdo que mi padre tenía una pequeña sábana, que colocaba en la pared, y luego, alzando la mano izquierda, decía al agraciado: “Sonríe y mira hacia aquí”. Además de ser el único fotógrafo de Castilléjar, era cartero y vendía tebeos, novelas, relojes... En fin, un buscavidas que siempre estaba haciendo algo, pero el reloj de la vida se le paró demasiado pronto, porque murió en 1977, de cáncer de estómago, con cincuenta y ocho años de edad. Maricruz, una prima de mi padre, descubrió en mi libro una foto inédita de su hermano –falleció joven, entrando a Galera con la moto–, que se encontraba encaramado en los palos de la plaza de toros. Maricruz me llamó por teléfono y le envié la foto a Valencia y, agradecida, me hizo un regalo un tiempo después: “Llevo un año con la foto en la cartera, para dártela”, me dijo. En la instantánea aparezco, con dos años, al lado de mi padre y de mi hermana. Nunca me había visto tan natural y con esa cara de estar en el limbo. La foto tiene más de medio siglo y está nueva, pero ya digo que esto es un mundo de emociones, sensaciones y vibraciones. O como aquella viuda que me dijo, señalando a la pared: “Esta foto nos la hizo tu padre, cuando nos ‘casemos’”. Por eso, cuando miro estas fotos en blanco y negro, hasta en los más mínimos detalles, me traen demasiados recuerdos y me siento transportado al tiempo de mis padres y abuelos, a mi infancia y, en definitiva, a ese mundo de los años sesenta y setenta, ya desaparecido y superado, donde la miseria y las penurias se daban la mano. A diferencia de hoy, donde nadamos en la abundancia y hasta somos más orgullosos.

Sin embargo, con las fotografías antiguas que se han conservado recuperamos en parte la memoria histórica de Castilléjar. La mayoría  de los castillejaranos –la generación de nuestros padres y abuelos– ya no están para contarlo, pero no debemos olvidar que, el bienestar que disfrutamos hoy, en gran parte se lo debemos a ellos.

Recogido de mi libro ‘Artículos del Altiplano y de Granada’, 2014


Posdata: Antonio Sánchez Guijarro ejerció bastantes años de maestro en Castilléjar y, hace un año, me contó esta anécdota: “Un día les pregunté a los niños de mi clase qué querían ser de mayores y cada uno me iba diciendo una profesión, pero Evaristo, un niño que andaba con muletas, me contestó, ‘Yo quiero ser Leandro’, como diciendo que quería ser fotógrafo”.






jueves, 31 de marzo de 2016

LA PACA, RETRATO DE UNA MUJER EMIGRANTE











Antecedentes familiares: Castilléjar

Nos encontramos en los últimos años del siglo XIX cuando el matrimonio formado por Juan Zambudio Blázquez y la Maria Cánovas Sola tienen fijada su residencia, como la mayoría de los vecinos del pueblo granadino de Castilléjar, en una sencilla cueva, en este caso situada en el núcleo agregado de Los Olivos. De hecho, en aquella época la gran mayoría de los habitantes de Castilléjar vivían en cuevas y muchos de los habitantes actuales todavía hacen servir este antiguo sistema de viviendas ya remodeladas como una residencia normal.

Este pueblo, conocido durante mucho tiempo por Castilléjar de los Ríos, se encuentra situado a unos 28 km de la población de Baza, y en medio de los términos de Huéscar, Benamaurel, Galera y Castril, todos ellos formando parte de la provincia de Granada y cercanos tanto al norte de la provincia de Almería como del sur de Jaén. Como en muchos otros pueblos granadinos, donde los moros estuvieron establecidos unos 800 años, a finales del siglo XVI la mayoría de los habitantes de Castilléjar eran moriscos, con costumbres que perdurarían durante muchos años. Durante los siglos XVII-XVIII diversas migraciones españolas procedentes de tierras del norte llegarían a esta zona i así todavía podemos encontrar apellidos como Iriarte, Vergara, Usaola, Zambudio i otros.

Por debajo del conocido Puente de las Juntas, cercano al centro de la población, se unen dos ríos, el Guardal y el Galera, los cuales ofrecen agua y un paisaje diferente a la zona esteparia que envuelve el pueblo, donde en otras épocas el esparto era el producto local más apreciado. Aparte del núcleo principal, Castilléjar tiene anexionados diversos pequeños núcleos poblacionales i algunos de ellos, como Los Olivos y Los Carriones, con su propia identidad. Otros como la Dehesa, La Dolosa, Los Isidros, Cerro del Cubo, La Sacristía, Los Evangelistas, El Barrio Nuevo, Las Anegas, La Balunca, Los Chorrillos, Santa Catalina, etc, conforman el término de Castilléjar, el  cual durante la década de los años trenta del pasado siglo, tenía una población cercana a los 3000 habitantes y durante el año 2010 mantenía un censo de poco más de 1600 habitantes.

El apellido Zambudio parece ser que procede del pueblo vasco conocido por Zamudio, una población cercana a la ciudad de Bilbao y que una parte de sus habitantes desde mucho tiempo atrás llegaron a las tierras de Murcia y Granada. Consultados diversos archivos y antigua documentación, he podido comprobar que en diferentes pueblos de la zona, como Orce, Huéscar y el propio Castilléjar, el apellido Zambudio aparece en muchos documentos del censo poblacional de los últimos doscientos años.

No obstante, me ha resultado muy difícil conocer la linea familiar de Juan Zambudio Blázquez, por la inexistencia de documentación, tanto de caràcter civil como religiosa, en el pueblo de Castilléjar. De hecho, uno de los efectos de la guerra civil española fue la quema y destrucción de documentos de diversa clase, hecho que también ponen de manifiesto algunos escritores locales como Leandro García Casanova, en su libro “Diálogos en la tierra de los Rios”, publicado el año 2003. Tampoco  José Zambudio Martínez hace  referencia alguna a la procedencia del apellido Zambudio en las dos obras de memorias que ha escrito, quizás por falta de documentación escrita existente en los archivos locales. Sólo por la memoria familiar, sabemos que el padre de Juan Zambudio Blázquez se llamaba Roso Zambudio y que sería conocido con el mote de “el tío culón”.

La Paca y su hijo Miquel. 2010



Parece ser que Juan Zambudio (mi bisabuelo) cuando se casó con la María Cánovas, ya tenía una hija de su primera esposa o pareja. La hija era conocida por Bernardina Zambudio y por tanto sería hermana de padre de la única hija que después tendría el matrimonio y a la que pondrían el nombre de Hermenegilda. Pero por razones que desconocemos, esta última sería conocida siempre, incluso documentalmente, con el nombre de Encarnación y ya después de más mayor, como la “tía Encarna la culona” o la “madre Encarnación”. Tanto es así que los hijos que más adelante tendría Hermenegilda (a partir de ahora la nombraré como Encarnación) Zambudio, todos los que tendrán hijas, les pondrán el nombre de Encarnación a cada una de ellas, con un total de tres: Encarnación Bautista, Encarnación Zambudio y Encarnación Segura, y todas ellas conocidas familiarmente con el nombre abreviado de Encarna, como la misma abuela. Ésta sería tratada por la familia más cercana con el nombre de “madre Encarnación” o simplemente “la madre”, cuando ya sería más mayor y de forma especial durante los últimos años de su vida.

A finales del siglo XIX, las mujeres se casan muy jóvenes, y al poco tiempo de unirse en matrimonio Juan Zambudio y María Cánovas, la hija del primero, Bernardina, se casa y formará también su propia familia. Este segundo matrimonio que tendrá un gran número de hijos (11), pasará fuertes dificultades económicas (hecho bastante generalizado en aquella época y lugar) y ayudados por alguna persona cercana venden todos sus bienes y dejarán Castilléjar haciendo ruta hacia el Brasil. Parece ser que pasado algún tiempo y debido a las dificultades para sobrevivir en aquella tierra bien distinta en lengua y cultura, deciden viajar de nuevo, ahora a Argentina, donde ya habían recabado también algunos habitantes de Castilléjar y donde todavía hoy siguen residiendo muchos descendientes de diversas familias de Castilléjar.

Todas estas informaciones las iba ofreciendo el matrimonio emigrante a tierras americanas en las cartas que enviaban a los padres y que se irían reduciendo con el paso del tiempo, perdiéndose el contacto con la familia que se iría creando en las tierras argentinas. La guerra civil sería un nuevo motivo para perderse  totalmente la relación epistolar y ya la nueva familia española descendiente de Juan Zambudio no tendrá información alguna sobre la familia argentina, como ha ocurrido con tantas familias emigradas a tierras americanas. La bisabuela María Cánovas, conocida con el nombre de la “tia Maria la culona”, enviudaría en los primeros años del nuevo siglo XX y siguió viviendo en la “cueva de los culones”, una cueva existente en el núcleo de Los Olivos y que actualmente tienen en propiedad unos descendientes de la familia conocida por “los Matas”y que ha sido remodelada con los nuevos y modernos sistemas de habitabilidad.

Por nuestra biografiada (datos que expondremos más adelante) sabemos que ella recuerda todavía diversos nombres de algunas familias que vivían en aquella época, como son: Antonia la Mariabuela (tienda única entonces en Los Olivos), Josefa la Cantarera, la Franciscona, los Cepas (el viejo Cepa tenía bueyes para labrar en lugar de mulas como era corriente entonces), el tio Navarrete, Juana la Triste, los Pelaios, Encarnación la Chirivilera, el tio Chete (los Chetes), los Nofres, Angel Navarrete, la María del tio Tomás, el Norberto, el Juan Damián, José el Feliciano, Josefa la Manca, el tio Franciscón, etc...


Este es el primer capítulo del libro “La Paca-Retrat d’una dona emigrant” (“La Paca - Retrato de una mujer emigrante”), escrito en catalán por Miquel Zambudio i Díaz y publicado el año 2012. El capítulo ha sido traducido por el autor.


Gracias, paisano Miquel, por este "sencillo libro biográfico" que es un pequeño homenaje a la persona de tu madre, Paca Zambudio, y donde cuentas las andanzas de tu familia y las tuyas. Como miles de familias andaluzas, tus padres tuvieron que emigrar a Cataluña, recorriendo o peregrinando por Balaguer, Sabadell, Castellar del Vallés y Gerb. La vida del emigrante es dura y por aquellos pagos hay centenares de 'castillejanos'. Lo que he leído me ha encantado y tu madre -hay una foto de ella, de 2010- estará orgullosa de ti. Gracias por haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar. La escritura nos redime un poco de la cruda realidad de la vida. 
Un abrazo
Leandro