domingo, 22 de mayo de 2016

LA ACADEMIA FIDES Y DON CARLOS VILLARREAL


 
Antigua entrada de la Academia Fides
   
       




 A finales de agosto del pasado año me pasé por la calle Ángel Barrios, en la esquina con Arabial, donde al principio de los años setenta se encontraba la Academia Fides, que entonces dirigía el profesor don Carlos Villarreal. Era delgado, con gafas, siempre iba mal afeitado y tenía la cara llena de granos. Cojeaba de la pierna derecha y tenía la voz cascada, pero esto no parecía influir en su buen ánimo. Don Carlos tenía fama de ser persona liberal y culta. En la academia estuve dos meses y pico, cursando el COU (Curso de Orientación Universitaria), que en aquella época se implantó en España sustituyendo al antiguo PREU (Preuniversitario), por lo que aprobaron el curso la mayoría de los alumnos. A pesar del poco tiempo que estuve internado en la academia, tengo recuerdos imborrables. Las clases eran a base de tomar apuntes, con el fin de prepararnos para la universidad, y una de las asignaturas era Historia Contemporánea. Nos daba la clase un profesor achacoso, muy moreno y con bastantes arrugas. Fumaba en boquilla y, a veces, se entretenía contándonos su vida.

Durante varios días estuvo explicándonos la Revolución Francesa, toda una novedad porque el Régimen de Franco –la censura– abría un poco la mano y permitía el estudio de los revolucionarios franceses. Comentando el asesinato del presidente John F. Kennedy, en 1963, el profesor sostenía que los Estados Unidos no eran una verdadera democracia, pues no se había logrado averiguar toda la verdad sobre el atentado, debido a oscuros intereses. La muerte de Kennedy dio mucho que hablar entonces e hizo correr ríos de tinta, pues el joven presidente estableció una nueva forma de gobernar y llegó rodeado de profesores de la Universidad de Harvard, en comparación con el anterior presidente, el general Eisenhawer, que había ganado la II Guerra Mundial.

La Academia Fides ocupaba la planta baja y el sótano de un bloque de pisos, lindando con la calle Ángel Barrios, el callejón de atrás y el campo. En la planta baja se encontraban varias aulas y las oficinas, mientras que en el sótano estaban el comedor y los dormitorios. En los recreos los alumnos paseábamos por el descampado, lo que hoy es la calle Arabial, mientras que las huertas de la Vega se extendían al otro lado de una vieja tapia. Ésta era la línea divisoria entre la ciudad y el campo. También nos íbamos andando por el Camino de Purchil, pues entonces no pasaban los vehículos. La Huerta de San Vicente era desconocida entonces, a pesar de que la teníamos enfrente –hoy se encuentra en el Parque de García Lorca–, pues el escritor de Fuente Vaqueros estaba censurado al comienzo de los setenta y apenas se le mencionaba. Por las noches, cuando apagaban las luces en el dormitorio, decía el gracioso de turno: “¿Os acordáis del chiste número seis?”, y entonces nos reíamos a carcajadas. “¿Y del número ocho?...”. Y así estábamos de choteo hasta la una de la madrugada. Estaríamos internos unos cuarenta alumnos, más los que venían a las clases.

      Un día, a comienzos de diciembre de 1971, la comida fue más pésima de lo habitual. El caso es que no pude contenerme y, delante de mis paisanos y de las mujeres que servían la comida, hablé mal del director. El incidente llegó a oídos de don Carlos y me expulsó de la academia, aunque, más tarde rectificó y me readmitió. Sin embargo, mi padre aprovechó aquel castigo para decirme que se acabó el colegio para mí. Pasé unas vacaciones amargas, sobre todo al ver que mis paisanos regresaban a los colegios después de la Navidad, mientras yo me quedaba solo en el pueblo sin saber qué hacer. Sólo tenía una salida: marcharme a trabajar. En febrero, harto de estar en casa y de no hacer nada, cogí un autocar pequeño de un particular, que se dedicaba a hacer viajes piratas (de forma ilegal) a Barcelona y me marché a trabajar.

Entrada por la calle Arabial




Un tiempo después, cuando yo viajaba en ‘el Catalán’, el tren de Barcelona a Granada –en Cataluña creo que le dicen ‘el Andaluz’, aunque han suprimido la línea hace unos meses, por las obras del AVE en Antequera–, oí a un matrimonio francés que hablaba de don Carlos Villarreal. Les pregunté y en su idioma me dijeron que eran amigos de él y que los visitaba cuando iba a Francia. Recuerdo que don Carlos nos hablaba con admiración de los diferentes quesos que comían los franceses, de su cultura y de sus estancias en el país vecino. En la Academia Fides también dieron clases en los años setenta el poeta Antonio Carvajal y el arabista Emilio de Santiago, que falleció hace unos meses. Pero de esto me enteré hace unos años, pues me costó trabajo reconocer a aquellos jóvenes profesores de entonces. Durante bastante tiempo, perdí el contacto con Granada y no sé cuándo falleció don Carlos Villarreal ni en qué año desapareció para siempre la Academia Fides.

Buscando información, me he enterado que en las diferentes sedes que tuvo la Academia Fides se reunían a veces los ‘poetas rojillos’ de aquella época –Pepe García Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, Elena Martín Vivaldi y otros intelectuales–, ya que don Carlos Villarreal era un intelectual de izquierdas y también fue el mentor y maestro del poeta Antonio Carvajal. Pero el mejor recuerdo que conservo de don Carlos es que era comprensivo con los alumnos. En aquella ‘pollería’ –como le llamábamos a la academia– vivíamos en la gloria pero me salió cara mi rebeldía de juventud. 

Posdata: la academia tenía las entradas por la calle Ángel Barrios (donde se encuentra Granaforma) y por la calle Arabial, a la altura de los garajes, por debajo de Granaforma.



 
Manuel Estévez nació en Tablones (cerca de Órgiva), en 1947, y ha escrito durante el confinamiento las dificultades que tenían los niños de entonces para estudiar. Incluyo la parte final del relato, donde cuenta su paso por la Academia Fides.

 EMPIEZAN LAS DIFICULTADES PARA PODER ESTUDIAR

                       La Academia Fides era un centro legalmente reconocido y adscrito al Instituto Padre Suarez, de hecho muchos profesores procedían de él y daban clase por las tardes en mi academia. El dueño era un tal D. Fidel Ferreiro Fernández de procedencia cubana, que vino a invertir en el negocio de la enseñanza. Se surtía de profesores interinos y algunos como he dicho anteriormente, del Instituto Padre Suarez. Esta academia ocupaba varios pisos en la planta primera y gran parte de la planta baja de un edificio muy nuevo situado en la Calle Melchor Almagro 12. En la planta baja estaba la Secretaría, el comedor, las clases e incluso una capilla, que era una clase normal que detrás de unas puertas de armario aparecía el altar, y cuando terminaba el culto se cerraban las puertas y era la clase de 6º de bachiller. La Educación Física y Formación del Espíritu Nacional la impartían profesores falangistas procedentes de la Escuela de Mandos de la OJE (Organización Juvenil Española)  eran las típicas marías que junto a la religión había que tenerlas en cuenta. Recuerdo en 6º a un profesor de Formación de Espíritu Nacional llamado D. Dionisio que se tomaba muy en serio su asignatura, y que nosotros lo sacábamos de sus casillas con preguntas impertinentes por supuesto no de política, el tema y la palabra política estaba prohibido, con amenaza de expulsarte e incluso hacerte de un expediente para que no pudieras estudiar más. Pero siguiendo con D. Dionisio un día un compañero que todavía no se me ha olvidado el nombre (Ibáñez) le preguntó: ”D. Dionisio, ¿que es el aparato urogenital?: este se puso muy cabreado y rojo y le contestó, “los huevos y lo otro”. Las habitaciones todas estaban todas llenas de literas metálicas, y en una habitación grande estábamos 10 niños, bueno no éramos niños sino algo más que adolescentes yo tenía 15 años. En la habitación mía si había un niño bastante pequeño que estaba en primero que se llamaba Montalbán, era cómo nuestra mascota. Sus padres tenían un restaurant en las afueras de Granada cerca del Pantano de Cubillas, y se ve que por su negocio no podían atenderlo debidamente y lo metieron interno, pero se le veía integrado y feliz. Para mí era la primera vez que me separaba de mis padres y aunque tuviera 15 años, era un niño de mentalidad, sin mundo, solo había estado en un pueblo pequeño. Lo que estaba claro es que yo sabía es que ya jamás volvería a mi casa y así fue, pues por estudios, mili, trabajo etc., ya solo volví a casa en temporadas cortas. Volviendo al colegio, lo más duro para mí eran las comidas. El primer día me pusieron arroz. El comedor estaba vigilado y yo en silencio mirando el plato, hasta que “el superior” (así se le llamaba a la persona que nos vigilaba, generalmente eran estudiantes universitarios de los últimos años de carrera que se ayudaban en sus estudios vigilándonos a nosotros en todos los momentos que no estábamos en clase). Cuando terminaba el tiempo de la comida daba dos palmadas y nos poníamos en pie, hubiéramos o no comido.

            Por la noche el arroz que había sobrado, le echaban agua y nos dieron lo que llamaban sopa al cuarto de hora, y después una especie de albóndiga muy dura, y unas pocas patatas fritas que si me comí. Al día siguiente, macarrones con tomate que yo no los había probado nunca. Hay que imaginarse a un adolescente con el apetito que tiene, ya tres días sin comer, y no se te ocurriese protestar por la calidad o variedad de la comida porque suponía la expulsión inmediata del Centro. Por ello cuando llegó el cuarto día ya me comía lo que fuera, y no solo lo mío, sino lo que algunos compañeros no querían. Recuerdo que algún fin de semana que no estaban los cocineros nos subíamos por un montacargas hasta la cocina para “robar” algo de comida en la cocina. Lógicamente, mi vida a pesar del internado dio un giro muy favorable, por fin sabía lo que era un profesor especialista para cada asignatura, con lo que aprobé el curso satisfactoriamente. La vida del internado no era muy dura cuando te acostumbrabas, puesto que se te pasaba el día en clase, y por la tarde noche todos en el mismo aula en estudio vigilado con un “superior”, que a la vez que estudiaba iba recorriendo la clase y cuando te veía distraído o te atrevías a hablar, se acercaba a tu lado y te ponía la mano en el hombro y te decía muy flojito “tú te quedas”, lo que significaba que el sábado y domingo no podías salir al cine o dar una vuelta. Este “superior” que recuerdo estudiaba ya quinto de medicina, era de un pueblecito de el Valle de Lecrín que se llama Restábal al lado de Pinos del Valle, era un hombre muy alto, posiblemente, y merecidamente le pusimos el mote de “El quedas” pero se llamaba D. Francisco. Tengo que mencionar que más de cuarenta años después iba yo por la Carrera del Genil, frente al La Iglesia de La Virgen de las Angustias, y de pronto lo vi a 100 metros donde estaba yo, no había cambiado casi nada, no había perdido su pinta altiva reforzada por su gran estatura. Cuando lo iba abordar me sonó el móvil y con los nervios de descolgar y colgar, se me perdió en medio del gentío que había a esas horas en esa calle. Lamenté no poder hablar con él, pues aunque me castigó varias veces no le guardo ningún rencor.

 

Edificio donde estaba ubicado El Colegio “Academia Fides” en Melchor Almagro 12 .

Todo el primer piso estaba dedicado a internado y  cocina, y la planta baja las clases, secretaria y comedor. La clase más grande se dedicaba al de estudio vigilado de los alumnos internos.

 

 La foto no he podido colgarla

 

  Siguiendo con la vida dentro del internado, no nos podíamos quejar, eso sí como los dormitorios eran pequeños, había en algunos hasta 5 literas dobles metálicas. Todos teníamos de 14 años para arriba, menos el pequeño “Montalbán” que era cómo nuestra mascota  y estaba totalmente integrado. Pero algo bueno teníamos que tener en el citado dormitorio. Teníamos un compañero llamado Manuel Morales, que era de la provincia de Jaén, el cual era un gran aficionado a la novela policiaca, y devoraba todo lo que se publicaba de Agatha Christie, y se sabía de memoria un montón de casos de Hércules Poirot,  y de Arthur Conan Doyle, con sus personajes de Sherlock Holmes y el doctor Watson. Pues bien, nosotros estábamos deseando de acostarnos para oír narrar a nuestro compañero Manuel, un capitulo distinto diariamente, de cualquiera de estos personajes. Tenía una gran capacidad de síntesis de las historia, y le imprimía suspense. El caso es que estábamos todos callados hasta las doce de la noche y el “superior” ni se acercaba por allí porque sabía que por aquella zona estábamos todos callados. La Educación Física la dábamos en un solar tapiado que había enfrente de la Academia Fides, entre Melchor Almagro y Pintor Rodríguez Acosta. Era un campo de futbol con sus porterías. Hoy son unos grandes bloques de pisos. Cómo anécdota recuerdo por entonces practicaba allí algunas veces José Martínez “*Pirri”, que vivía en una residencia cercana, pues era de Ceuta y estudiaba medicina en Granada. El curso 1964-65, volví de nuevo a la Academia Fides después de haber estado dos años en Cartagena, para estudiar 6º de Bachiller. Tenía 17 años por lo que llevaba un año de retraso.      Este año para mí fue muy satisfactorio puesto que era el segundo curso que hacía “oficial”, con profesores para cada área, todos de características muy distintas, pero con ganas de trabajar y motivándonos para que estudiásemos. Yo ya era casi un adulto y tenía que aprobar, pero el Colegio Fides no se podía considerar un coladero, había que estudiar a fondo, por lo que me quedaron dos asignaturas para septiembre, que afortunadamente aprobé tras estar todo el verano interno. Cómo éramos poquitos y ya mayores nos íbamos algunas noches a un cine de verano que había cerca del Camino de Ronda. La clase que nos asignaron para sexto era la que se empleaba cómo capilla, cuyo altar estaba camuflado detrás de unas puertas correderas al fondo, al lado de la tarima del profesor. 

            De profesores no recuerdo muchos nombres, pero estaban D. Antonio Burgos que era a su vez el director académico, de Lengua uno de los más mayores que se llamaba D. Rafael Valverde, que había estado en la Guerra Civil cómo Alférez Provisional. Entonces no se podía hablar de la contienda española y menos con alumnos, pero nos repitió varias veces lo siguiente: “los italianos fueron unos cobardes, huían del combate en cuanto había la menor dificultad”. Se supone que vivió algún percance durante la guerra para hablar con ese convencimiento de un ejército extranjero que fue aliado de Franco. Otro de los profesores más duros era D. Alejandro Astruc de matemáticas, a nosotros nos imponía nada más verlo, con su bigote y su cigarrillo en la boca. Era un hombre muy joven, tenía un Seat 600 blanco nuevo que era lo más entonces, y llamaba la atención porque el coche iba ligeramente “tuneado”  poco corriente en aquella época. D. Dionisio, el cual ya he citado anteriormente, cómo profesor de Formación del Espíritu Nacional nos llevó varias veces frente a la fachada de la catedral, a presenciar actos institucionales de de la Falange Española en fechas señaladas en donde con la mano alzada y abierta, teníamos que cantar el “Cara al Sol”. El profesor de Religión no recuerdo como se llamaba. Era un sacerdote también mayor, posiblemente fuera de la parroquia de San Juan de Dios. Llevaba su sotana con un fajín en la cintura y por supuesto la tonsura. Nos organizó unos Cursillos de Cristiandad en una residencia que tenían los Jesuitas por la carretera de Sierra Nevada pasado el pueblo de Güéjar de La Sierra. Para llegar a la residencia citada lo hicimos en el Tranvía de la Sierra que iba desde el Paseo del Violón hasta cerca de la Residencia. El antiguo trazado de la vía, está aprovechado hoy cómo Vía Verde y por ella transcurren los senderistas y ciclistas disfrutando de magnificas vistas. La subida hasta la Residencia fue espectacular, la hicimos en el tranvía de la sierra, que llevaba su “jardinera” (remolque). Nosotros para no molestar a los pasajeros normales íbamos en la jardinera, haciendo imprudencias propias de jóvenes, como balancear el remolque todos a la vez, sin saber que aquello podía ser peligroso. Por ello puede decirse que pasé miedo pues se pasaban unos acantilados y puentes con la anchura justa de los raíles.

 La Residencia de los cursillos estaba situada en un paraje paradisiaco de la Sierra. Allí hacían sus retiros los seminaristas, y gente de los colegios previo importe de la estancia y comida. El Jesusita que nos dio el citado cursillo tenía unas facultades dialécticas fabulosas, y nos asustó con el horror del Infierno a la vez que nos inculco el deseo de entrar en el Seminario. Yo en mis plegarias le pedía a Dios que me quitara de la cabeza esa vocación tardía que me habían inculcado de ingresar en el Seminario. Afortunadamente una vez que salimos del “encierro” todo volvió a la normalidad. Por cierto en ese retiro vi por primera vez el papel higiénico, dándonos el cura la explicación de que era biodegradable. Desde luego el profesorado de la Academia podía decirse que era de lo mas variopinta, con profesores de muy distinta ideología, pero que nosotros no éramos capaces de identificar, por dos motivos en el año 1962 estaba perseguido el hablar de cualquier cosa que tuviera un trasfondo político, ellos no nos iban hacer ningún comentario y nosotros habíamos nacido y vivido con una única idea que era el Nacional Catolicismo. Por ello destacaba del resto el profesor D. Carlos Villarreal. Era un hombre joven, fumador con un poco de cojera en una pierna. Nos daba las asignaturas de Filosofía y de historia del arte de 6º y desde el primer momento le encontramos algo distinto a los demás y no era porque hubiera mayor acercamiento, no, sino la forma de tratarnos y de explicar la asignatura. Recuerdo el primer día de clase al presentar su asignatura, enseñándonos unos apuntes elaborados por él, que nos dijo: “¿Veis esto?”. Pues esta asignatura  no vale para nada, pero tendréis que saberla como el padre nuestro. Cualquier otro profesor hubiera ensalzado la importancia de su asignatura, pero él no. Empezó como si no fuera nada, y poco a poco nos fue enganchando. Nos inculcó la importancia de la Filosofía para saber pensar, pero de una manera discreta y sutil. Después nos hizo manejar los *Silogismos hasta tal punto que competíamos entre nosotros a ver quien encontraba la conclusión correcta. Más adelante nos resaltó la importancia de la teoría de los “empiristas ingleses” que tuvimos que estudiar con bastante profundidad. Tengo que hacer constar que mis años de estancia en la Academia Fides fueron constructivos y con balance muy positivo. Solo tuve un incidente negativo estando en 6º de bachiller con 17 años, iba yo por el pasillo que discurría entre las clases, en dirección a los aseos y me crucé con el (director-propietario) D. Fidel Ferreiro Fernández (de origen gallego-cubano), y al pasar sin mediar palabra me soltó un bofetón en la cara, el cual trascurridos 36 años del suceso no se a que fue debido ese despropósito. Llamaron a mis padres con amenaza de expulsión, por lo que tuve que llorar y pedir perdón por un hecho que se me imputaba y no sabía por qué. Hay que ponerse en contexto, yo tenia 17 años, 1.90 de estatura fibroso y atlético y podía haber cogido al citado Sr. en peso y sin embargo me lo tragué pero no lo olvidé. Don Fidel creo que murió muy joven, no guardo ningún rencor, pero si hay cielo allí no estará. Hoy cuando escribo esto 22 de agosto de 2020 y con 73 años de edad, tengo experiencia suficiente para dar explicación el porqué me ocurrió aquello.

            De compañeros de entonces guardo buen recuerdo y tengo recordar de 6º Curso:

-          Antonio Lozano Jimenez, era de Lanjarón, hizo magisterio y ejerció como maestro por la zonade Lanjarón.

-          Antonio Cabas Díaz, de Pinos del Valle, también hizo magisterio.

-          Laurentino Segura Requena, del Marchal (Guadix)

-          Fabian Belmonte Collantes, era de Nigüelas, al lado de Dúrcal, era hijo del Juez den Paz de dicho pueblo. Fuimos muchas veces de visita al pueblo, después estuvimos viviendo en una pensión en Granada de la que hablare mas adelante por lo que entablamos una gran amistad, incluso con su familia. Hizo la carrera de arquitecto técnico y después se hizo funcionario de de la Delegación de Arquitectura en Almería capital. Transcurridos cerca de cuarenta años nos localizo a casi todos y por medio de carta nos concentramos en un restaurante de Granada donde comimos, y disfrutamos todos de un magnifico encuentro. Dicen que esos encuentros no llegan a salir bien como consecuencia de que todos hemos cambiado con la edad, con el transcurso de los años, pero aquí salió todo estupendo y estuvimos todos riendo cómo si no hubiesen pasado cuarenta años.

-          Francisco Rivas Ceres, hijo del boticario de Albuñol, era el que más dinero manejaba de todos, nos invitaba a cerveza con tapa de cortezas de cerdo en un bar que había al lado de la gran via que se llamaba “El sótano H”. Paco era muy generoso, y nosotros no teníamos ni un duro. Era muy peligroso porque a veces estábamos con el bebiendo y comiendo y de pronto desaparecía y se iba sin pagar, con lo que nosotros teníamos que salir corriendo calle adelante, y el nos estaba esperando muerto de risa. Hizo farmacia cómo su padre, pero no continuó la tradición. Era el delegado de unas empresas farmacéuticas y vivía muy acomodado.

-Manuel Salas Rodríguez, primo de Rivas e hijo de médico de Albuñol. La ultima noticia es que estaba de profesor en un IES de Motril y que le dio clase a mi sobrino Carlos.

De este grupo de 6º de Bachiller el que más destacó del curso fue Enrique Rojas Montes, nacido en 1947 en Granada. Hizo medicina, ha sido catedrático de psiquiatría en Madrid. Es muy conocido por la infinidad de libros de psiquiatría y autoayuda que ha publicado. Pero quizá sea más célebre por su participación en programas de televisión. Con esto quiero demostrar, que aunque nuestra Academia Fides fuera un colegio de 2ª tenía un claustro de mente abierta y de corte liberal, cosa que sirvió para abrir nuestras mentes y para que esta cualidad la aprovechara quien pudiera.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 25 de abril de 2016

LEANDRO, VEINTE AÑOS DE FOTOGRAFÍAS



El Encuentro, el Domingo de Resurrección, 1964

        




Fue mi padre quien me transmitió el amor por la fotografía, de manera que, de vez en cuando, envío fotos al periódico ‘GranadaDigital’ y a algunas revistas de la provincia. En la oscuridad de su singular laboratorio, se pasaba las tardes y, a veces, hasta las noches enteras revelando fotos, sobre todo al comienzo de cada curso escolar. Enfocaba la imagen de la película sobre el papel blanco de Valca, durante unos segundos, y luego lo sumergía en el líquido transparente de una cubeta. Con siete años, yo me quedaba alucinado al ver cómo iban apareciendo, lentamente, las figuras de las personas. Era como si una mano invisible fuera trazando aquellas oscuras imágenes, algo parecido a lo que le ocurría al travieso ‘Toto’, en la cabina de proyección de la película ‘Cinema Paradiso’. Aquel laboratorio de fotografía –armado con tablas de madera y recubierto con sacas de Correos, y del que he conservado la ampliadora– ejercía una gran fascinación sobre mí, porque allí estaba encerrado todo el misterio de la fotografía. Luego, mi padre ponía las fotos en un cristal enmarcado y, una vez secas, yo las recortaba con la cizalla. Él guardaba siempre los carretes de los negativos en unas cajas de aluminio redondas –parece que las estoy viendo–, pero, al final, se perdieron todos.

Quedaron las fotos de época, de los años 60 y 70, como aquellas postales con los paisajes de Castilléjar y los retratos de personajes inolvidables; de bodas, entierros y bautizos, del cementerio viejo y del altar mayor, la ermita de Santo Domingo; las cuevas, los almiares, las silenciosas procesiones de Semana Santa y las solemnes del Corpus, con el cura bajo palio; comidas y bailes en el campo, niñas con sus trajes regionales y posando con la maestra, equipos de fútbol, jóvenes cantando y sonriendo, los altares del Corpus… En fin, todo aquel mundo rural de entonces, con sus miserias, pero allí fue donde nos criamos en medio de privaciones. Recuerdo que le dejé a Jesús Martínez –un amigo de mi padre– cuatro o cinco de las mejores postales, pero falleció en 1990 y ya no supe más de ellas. Pero ha quedado una colección de 59 fotos, ‘Castilléjar, en blanco y negro’, donde mi padre ha logrado reflejar el alma sencilla de las gentes de entonces, así como aquellos pintorescos paisajes rurales. En fin, toda una época.

Hace unos años, le preguntaban a Ramón Masats por el cambio que ve entre la España que retrató y la actual. Él contestó que “fotográficamente es peor. Las calles están llenas de coches aparcados, las paredes llenas de grafitis y la gente más resabiada…”. Alfonso Sánchez Portela nació en 1902 y fue uno de los padres del fotoperiodismo español: “Mis primeros juguetes fueron las cámaras viejas de mi padre. No he tenido aro ni caballo”, decía. En el ‘Heraldo de Madrid’ empezó a publicar sus fotografías de tipos populares, como el barquillero, el músico-mendigo, la castañera..., y nos recordaba que “era un Madrid donde nos conocíamos todos”. De su padre, Alfonso Sánchez García, conservo el libro ‘Alfonso, imágenes de un siglo’, con sus fabulosas fotos: “Yo soy un hombre que habla con la máquina, porque mi palabra está en la película y en el objetivo”, parecía ser su lema. El famoso fotógrafo Alberto Schomer llegaba a esta conclusión: “Detrás de ese ojo mágico... está el artista, el hombre con una extraordinaria sensibilidad para hacer confesar mensajes escondidos a todo lo que descubre”.

La escritora Susan Sontag decía que “el tiempo acaba por elevar casi todas las fotografías, aún las más torpes, al nivel del arte”. Sí, el tiempo arrasa con todos nosotros, mientras que nuestras imágenes y nuestras sombras parece que se agigantan con el paso de los años: el recuerdo del tiempo pasado y la nostalgia de los seres queridos ya se encargarán de ello. El premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal, nos dejó este testimonio imborrable: “La impresión producida en mí por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes, había yo topado con tal o cual fotógrafo ambulante de ésos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre”. Entre 1910 y 1930, los fotógrafos ambulantes se dedicaron a recorrer los pueblos y aldeas de sus comarcas, sobre todo, durante el buen tiempo y en las fiestas de agosto y septiembre. Ellos colocaban su ‘cajón mágico’ en plena calle, en las plazas de toros, en los patios y corrales, o en las posadas donde paraban. Allí donde pudieran ganarse unas pesetas.

Mi padre se dio de alta, como fotógrafo, en enero de 1963 –contaba entonces 43 años, aunque hacía fotos desde mucho antes–, como indica el impreso de ‘Licencia Fiscal del Impuesto Industrial’ que conservo. En la actividad a desarrollar, dice lo que sigue: “Fotografía al aire libre por calles y locales provisionales y barracas”, y el lugar, “donde desarrollará la actividad, en Castilléjar, calle Rosario Ambulancia”. Esta palabreja habrá que interpretarla como ‘fotógrafo ambulante’, según nos recuerda Ramón y Cajal. El ingreso que mi padre tuvo que efectuar a Hacienda, por darse de alta en 1963, fue de 171,60 pesetas. También conservo varios sellos de fotos, donde pone, en forma de círculo: “Leandro García, fotógrafo, Castilléjar (Granada)”. Tengo también su tarjeta de identidad, número 74, “del redactor corresponsal en Castilléjar del Diario Patria, de 4 de diciembre de 1953”, aunque lo suyo no fue precisamente escribir crónicas para el antiguo periódico de la Falange, con su mancheta del yugo y las flechas en la portada. Otro carné que conservo es del Cuerpo de Correos –los antiguos carteros rurales–, expedido en Madrid, en mayo de 1962, cuando el sueldo que percibía era de 19.399 pesetas al año, entonces Castilléjar contaba con 3.750 habitantes, tres veces más que hoy. El Estado tenía a los carteros rurales abandonados a su suerte, y les pagaba con el dinero que recaudaba de los sellos. Otro documento de mi padre es la ‘Tarjeta de Identidad Postal’, expedida en la oficina de Correos de Huéscar, en noviembre de 1946, cuando los años del estraperlo, de los piojos y de la pertinaz sequía.

En la introducción de mi libro ‘Diálogos en la Tierra de los Ríos’, escribí lo siguiente: “También quiero tener un recuerdo para Leandro –mi padre–, el cartero metido a fotógrafo que nos legó esa memoria gráfica, un inolvidable álbum de fotos que recoge toda una época. Son memorables las del ‘Tonto Gitano’ y de Roque ‘Pum’, y a mí se me caen las lágrimas cuando observo a estos dos mendigos al cabo de los años. También hay que destacar la foto de Pedro ‘el de las Ollas’, las mujeres lavando en el río y tantas otras. Donde hubiera una fiestecilla, una boda, un bautizo o un entierro, allí que estaba Leandro con su máquina de fotos en ristre. Aunque él nunca fue consciente de la importancia que iban a tener aquellas simples postales, que revelaba en su pintoresco laboratorio”. En fin, todavía recuerdo aquellos 'bailazos’   –esta palabra la decía Dolores Mañas ‘la Manca’– que se montaban en Los Olivos, en Los Carriones y en el Cortijo del Cura, que nada tenían que envidiar a los bailes que se formaban en Castilléjar. Pues bien, allí se tiraba mi padre casi todo el día, el tiempo que hiciera falta, aunque siempre había alguien que le decía “Leandro, vente a comer a mi casa”.

Los dos retratos del Citroën de dos caballos –era del maestro, don Jesús Carricondo–, uno a la altura de la casa de Pepe, el herrador, impresionan al ver aquella carretera de tierra a la entrada del pueblo, o las instantáneas de aquellas plazas de toros, montadas con palos cruzados, donde la gente se encaramaba donde podía, mientras que los niños nos metíamos entre los maderos y no pasaban más cosas porque Dios no quería. O las fotos de esos jóvenes toreros –Juanito Gimeno era el más famoso, entonces–, más bien maletillas, que iban por los pueblos jugándose el tipo con aquellos marrajos, que no eran peores que los empresarios taurinos que los explotaban, como hizo el ‘Pipo’ con ‘el Cordobés’. Titulé la foto ‘Tarde de toros’, y escribí al pie de ella: “Apretujados sobre el carromato de un tractor, sonríen un puñado de jóvenes, casi todos ellos con el pelo echado hacia atrás”. O bien, esta otra donde, los almiares y las chimeneas de las cuevas se alzan sobre el horizonte.

Un multitudinario entierro, a su paso por la antigua Plaza del Caudillo, donde no falta ningún hombre del pueblo, porque, en la pobreza, la gente siempre fue más solidaria. La foto de Roque ‘Pum’ es antológica, pues revela toda la miseria en el rostro y en el ropaje de aquel mendigo bufón: su aspecto envejecido, su cara de borrachín, la chaqueta raída y, sobre todo, la postura altiva que adopta. ¡Gracias, Roque! Como si fuera una metáfora de la vida, se ve detrás del mendigo, en las escaleras de la Cruz de los Caídos, un ramo de flores marchito. La foto de las mujeres lavando en el río –mi madre bajaba todas las semanas con un barreño de ropa– es antológica. Entonces, el río Guardal tenía tanto caudal como el que hoy lleva el río Castril.

Otra imagen, hoy desaparecida, fue el sencillo altar mayor de la iglesia de la Purísima Concepción, con las columnas salomónicas y las paredes pintadas de flores. Lo mismo ocurrió con los caños y el abrevadero, que estaban situados debajo de Plaza Nueva, y tantos otros paisajes de la infancia que ya no veremos. En el antiguo barrio de Los Evangelistas se veían algunas casas, pero la mayoría eran cuevas con su eras y almiares, como si fuera un barrio morisco. La foto de ‘El motocarro del Capagatos’ es de las que hacen época, con doña Natalia, aquella maestra simpática y amable de Los Carriones –con su pañuelo anudado en la cabeza y sentada con otras dos mujeres, en sillas de anea, dentro del remolque–; también aparece mi madre y varios niños que estábamos por allí.

No desmerecen nada, la foto de Quico Porras con su gorra de visera, sentado en el poyo de la Cruz de los Caídos, y la de los niños jugando a la pelota en las Casas Baratas. En otras imágenes vemos a los miembros de la Hermandad de Ánimas con sus instrumentos alegrándonos la Navidad, o las viejas escuelas de la calle del Agua, que entonces era el Colegio Graduado de Niños ‘Francisco Franco’; las niñas del curso de doña Carmen, posando con sus uniformes en las escaleras del antiguo Ayuntamiento; ‘el Encuentro’ del Domingo de Resurrección, donde casi todo el pueblo ha salido retratado detrás de la Virgen; la pequeña imagen de la Virgen de Lourdes, en Los Carriones, rodeada de los feligreses; la vieja ermita de Santo Domingo; las fervorosas procesiones de la Virgen del Rosario y del Nazareno; la juventud de entonces –que hoy anda por los sesenta años–, tocando el acordeón y la batería; las fotos de cuando nuestros padres pasaban la festividad del 18 de julio en La Bota, o comiendo en las alamedas; los equipos de fútbol de los sesenta y setenta; las niñas ataviadas con los trajes típicos, delante del altar en el Día del Corpus...

Recuerdo que mi padre tenía una pequeña sábana, que colocaba en la pared, y luego, alzando la mano izquierda, decía al agraciado: “Sonríe y mira hacia aquí”. Además de ser el único fotógrafo de Castilléjar, era cartero y vendía tebeos, novelas, relojes... En fin, un buscavidas que siempre estaba haciendo algo, pero el reloj de la vida se le paró demasiado pronto, porque murió en 1977, de cáncer de estómago, con cincuenta y ocho años de edad. Maricruz, una prima de mi padre, descubrió en mi libro una foto inédita de su hermano –falleció joven, entrando a Galera con la moto–, que se encontraba encaramado en los palos de la plaza de toros. Maricruz me llamó por teléfono y le envié la foto a Valencia y, agradecida, me hizo un regalo un tiempo después: “Llevo un año con la foto en la cartera, para dártela”, me dijo. En la instantánea aparezco, con dos años, al lado de mi padre y de mi hermana. Nunca me había visto tan natural y con esa cara de estar en el limbo. La foto tiene más de medio siglo y está nueva, pero ya digo que esto es un mundo de emociones, sensaciones y vibraciones. O como aquella viuda que me dijo, señalando a la pared: “Esta foto nos la hizo tu padre, cuando nos ‘casemos’”. Por eso, cuando miro estas fotos en blanco y negro, hasta en los más mínimos detalles, me traen demasiados recuerdos y me siento transportado al tiempo de mis padres y abuelos, a mi infancia y, en definitiva, a ese mundo de los años sesenta y setenta, ya desaparecido y superado, donde la miseria y las penurias se daban la mano. A diferencia de hoy, donde nadamos en la abundancia y hasta somos más orgullosos.

Sin embargo, con las fotografías antiguas que se han conservado recuperamos en parte la memoria histórica de Castilléjar. La mayoría  de los castillejaranos –la generación de nuestros padres y abuelos– ya no están para contarlo, pero no debemos olvidar que, el bienestar que disfrutamos hoy, en gran parte se lo debemos a ellos.

Recogido de mi libro ‘Artículos del Altiplano y de Granada’, 2014


Posdata: Antonio Sánchez Guijarro ejerció bastantes años de maestro en Castilléjar y, hace un año, me contó esta anécdota: “Un día les pregunté a los niños de mi clase qué querían ser de mayores y cada uno me iba diciendo una profesión, pero Evaristo, un niño que andaba con muletas, me contestó, ‘Yo quiero ser Leandro’, como diciendo que quería ser fotógrafo”.






jueves, 31 de marzo de 2016

LA PACA, RETRATO DE UNA MUJER EMIGRANTE











Antecedentes familiares: Castilléjar

Nos encontramos en los últimos años del siglo XIX cuando el matrimonio formado por Juan Zambudio Blázquez y la Maria Cánovas Sola tienen fijada su residencia, como la mayoría de los vecinos del pueblo granadino de Castilléjar, en una sencilla cueva, en este caso situada en el núcleo agregado de Los Olivos. De hecho, en aquella época la gran mayoría de los habitantes de Castilléjar vivían en cuevas y muchos de los habitantes actuales todavía hacen servir este antiguo sistema de viviendas ya remodeladas como una residencia normal.

Este pueblo, conocido durante mucho tiempo por Castilléjar de los Ríos, se encuentra situado a unos 28 km de la población de Baza, y en medio de los términos de Huéscar, Benamaurel, Galera y Castril, todos ellos formando parte de la provincia de Granada y cercanos tanto al norte de la provincia de Almería como del sur de Jaén. Como en muchos otros pueblos granadinos, donde los moros estuvieron establecidos unos 800 años, a finales del siglo XVI la mayoría de los habitantes de Castilléjar eran moriscos, con costumbres que perdurarían durante muchos años. Durante los siglos XVII-XVIII diversas migraciones españolas procedentes de tierras del norte llegarían a esta zona i así todavía podemos encontrar apellidos como Iriarte, Vergara, Usaola, Zambudio i otros.

Por debajo del conocido Puente de las Juntas, cercano al centro de la población, se unen dos ríos, el Guardal y el Galera, los cuales ofrecen agua y un paisaje diferente a la zona esteparia que envuelve el pueblo, donde en otras épocas el esparto era el producto local más apreciado. Aparte del núcleo principal, Castilléjar tiene anexionados diversos pequeños núcleos poblacionales i algunos de ellos, como Los Olivos y Los Carriones, con su propia identidad. Otros como la Dehesa, La Dolosa, Los Isidros, Cerro del Cubo, La Sacristía, Los Evangelistas, El Barrio Nuevo, Las Anegas, La Balunca, Los Chorrillos, Santa Catalina, etc, conforman el término de Castilléjar, el  cual durante la década de los años trenta del pasado siglo, tenía una población cercana a los 3000 habitantes y durante el año 2010 mantenía un censo de poco más de 1600 habitantes.

El apellido Zambudio parece ser que procede del pueblo vasco conocido por Zamudio, una población cercana a la ciudad de Bilbao y que una parte de sus habitantes desde mucho tiempo atrás llegaron a las tierras de Murcia y Granada. Consultados diversos archivos y antigua documentación, he podido comprobar que en diferentes pueblos de la zona, como Orce, Huéscar y el propio Castilléjar, el apellido Zambudio aparece en muchos documentos del censo poblacional de los últimos doscientos años.

No obstante, me ha resultado muy difícil conocer la linea familiar de Juan Zambudio Blázquez, por la inexistencia de documentación, tanto de caràcter civil como religiosa, en el pueblo de Castilléjar. De hecho, uno de los efectos de la guerra civil española fue la quema y destrucción de documentos de diversa clase, hecho que también ponen de manifiesto algunos escritores locales como Leandro García Casanova, en su libro “Diálogos en la tierra de los Rios”, publicado el año 2003. Tampoco  José Zambudio Martínez hace  referencia alguna a la procedencia del apellido Zambudio en las dos obras de memorias que ha escrito, quizás por falta de documentación escrita existente en los archivos locales. Sólo por la memoria familiar, sabemos que el padre de Juan Zambudio Blázquez se llamaba Roso Zambudio y que sería conocido con el mote de “el tío culón”.

La Paca y su hijo Miquel. 2010



Parece ser que Juan Zambudio (mi bisabuelo) cuando se casó con la María Cánovas, ya tenía una hija de su primera esposa o pareja. La hija era conocida por Bernardina Zambudio y por tanto sería hermana de padre de la única hija que después tendría el matrimonio y a la que pondrían el nombre de Hermenegilda. Pero por razones que desconocemos, esta última sería conocida siempre, incluso documentalmente, con el nombre de Encarnación y ya después de más mayor, como la “tía Encarna la culona” o la “madre Encarnación”. Tanto es así que los hijos que más adelante tendría Hermenegilda (a partir de ahora la nombraré como Encarnación) Zambudio, todos los que tendrán hijas, les pondrán el nombre de Encarnación a cada una de ellas, con un total de tres: Encarnación Bautista, Encarnación Zambudio y Encarnación Segura, y todas ellas conocidas familiarmente con el nombre abreviado de Encarna, como la misma abuela. Ésta sería tratada por la familia más cercana con el nombre de “madre Encarnación” o simplemente “la madre”, cuando ya sería más mayor y de forma especial durante los últimos años de su vida.

A finales del siglo XIX, las mujeres se casan muy jóvenes, y al poco tiempo de unirse en matrimonio Juan Zambudio y María Cánovas, la hija del primero, Bernardina, se casa y formará también su propia familia. Este segundo matrimonio que tendrá un gran número de hijos (11), pasará fuertes dificultades económicas (hecho bastante generalizado en aquella época y lugar) y ayudados por alguna persona cercana venden todos sus bienes y dejarán Castilléjar haciendo ruta hacia el Brasil. Parece ser que pasado algún tiempo y debido a las dificultades para sobrevivir en aquella tierra bien distinta en lengua y cultura, deciden viajar de nuevo, ahora a Argentina, donde ya habían recabado también algunos habitantes de Castilléjar y donde todavía hoy siguen residiendo muchos descendientes de diversas familias de Castilléjar.

Todas estas informaciones las iba ofreciendo el matrimonio emigrante a tierras americanas en las cartas que enviaban a los padres y que se irían reduciendo con el paso del tiempo, perdiéndose el contacto con la familia que se iría creando en las tierras argentinas. La guerra civil sería un nuevo motivo para perderse  totalmente la relación epistolar y ya la nueva familia española descendiente de Juan Zambudio no tendrá información alguna sobre la familia argentina, como ha ocurrido con tantas familias emigradas a tierras americanas. La bisabuela María Cánovas, conocida con el nombre de la “tia Maria la culona”, enviudaría en los primeros años del nuevo siglo XX y siguió viviendo en la “cueva de los culones”, una cueva existente en el núcleo de Los Olivos y que actualmente tienen en propiedad unos descendientes de la familia conocida por “los Matas”y que ha sido remodelada con los nuevos y modernos sistemas de habitabilidad.

Por nuestra biografiada (datos que expondremos más adelante) sabemos que ella recuerda todavía diversos nombres de algunas familias que vivían en aquella época, como son: Antonia la Mariabuela (tienda única entonces en Los Olivos), Josefa la Cantarera, la Franciscona, los Cepas (el viejo Cepa tenía bueyes para labrar en lugar de mulas como era corriente entonces), el tio Navarrete, Juana la Triste, los Pelaios, Encarnación la Chirivilera, el tio Chete (los Chetes), los Nofres, Angel Navarrete, la María del tio Tomás, el Norberto, el Juan Damián, José el Feliciano, Josefa la Manca, el tio Franciscón, etc...


Este es el primer capítulo del libro “La Paca-Retrat d’una dona emigrant” (“La Paca - Retrato de una mujer emigrante”), escrito en catalán por Miquel Zambudio i Díaz y publicado el año 2012. El capítulo ha sido traducido por el autor.


Gracias, paisano Miquel, por este "sencillo libro biográfico" que es un pequeño homenaje a la persona de tu madre, Paca Zambudio, y donde cuentas las andanzas de tu familia y las tuyas. Como miles de familias andaluzas, tus padres tuvieron que emigrar a Cataluña, recorriendo o peregrinando por Balaguer, Sabadell, Castellar del Vallés y Gerb. La vida del emigrante es dura y por aquellos pagos hay centenares de 'castillejanos'. Lo que he leído me ha encantado y tu madre -hay una foto de ella, de 2010- estará orgullosa de ti. Gracias por haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar. La escritura nos redime un poco de la cruda realidad de la vida. 
Un abrazo
Leandro











domingo, 27 de marzo de 2016

DELITOS CONTRA LA PROPIEDAD II


Robo en una vivienda


La sociedad tiene los delincuentes que se merece, Alexandre Lacassagne






Leo en Ideal, del 16 de marzo pasado, que en Granada se ha dado esta sentencia novedosa: los miembros de una banda que se dedicaba al hurto en los comercios, del centro de la capital, había sido condenada mediante 244 sentencias firmes. La investigación de dos años ha sido llevada por la Unidad de Policía Judicial, de la Policía Local. Ésta descubrió que la banda la componían 56 personas, pero tres de ellas (dos mujeres y un hombre, nada se dice de su nacionalidad) habían sido condenadas en el 78% de las sentencias. Los comerciantes del centro se quejaban de que “siempre eran los mismos” y, tras analizar las imágenes de las cámaras, la policía descubrió que los delincuentes vivían en el mismo barrio, tenían edades similares y empleaban la misma forma de actuar. El juez del Juzgado de lo Penal, Número 1, de Granada, acusó a estos tres reincidentes de pertenencia a "grupo criminal dedicado al hurto en comercios”, con las agravantes de reiteración de delitos leves, por los numerosos miembros de la banda  y por el uso de medios tecnológicos y transporte, de manera que la condena ha sido de un año de cárcel, algo mayor de lo habitual. Hay que felicitar a la Unidad de Policía Judicial y al juez, por la sentencia.

Pero uno se pregunta: ¿han  sido necesarias 244 sentencias firmes para que sólo tres ladrones cumplan un año en el talego y que, seguramente, se quedarán en poco más de seis meses? ¿Y las horas que han tenido que dedicar la Policía y los funcionarios del juzgado para esto? Pero, ¿y las veces que habrán robado a las víctimas en un comercio y no los han detenido, ni se ha podido probar nada a esta tropa de 56 elementos?... Recuerdo que, hace dos años, me llamó un familiar diciendo que le habían robado la cartera, cuando se encontraba haciendo cola en la caja de un comercio, de la calle Puentezuelas. Como en la cartera llevaba el carné, la tarjeta sanitaria y varias tarjetas, tuve que ir corriendo al banco para anularlas. Luego hablé con el guarda jurado del comercio, y me dijo: “A veces se llevan el dinero y tiran la cartera en una papelera”. Comiéndome la vergüenza, miré en todas las papeleras de la calle Recogidas, en ambas aceras. Seguidamente, hurgué en las papeleras de las calles cercanas, hasta que encontré una cartera en la calle de la iglesia de la Magdalena, pero sólo tenía la documentación de una mujer. Me fui a la Policía Local a entregarla y aquí me encontré al familiar denunciando el hurto de su cartera.

Con el paso de los meses, me pasé varias veces por ‘Objetos Perdidos’ del Ayuntamiento, pero nunca apareció la documentación. En fin, hay que perder varios días para que te hagan de nuevo el carné, la tarjeta sanitaria, las del banco… El daño tan grande que hacen estos delincuentes a las víctimas y la ridícula condena que les cae. En los comercios tienen muchas cámaras, donde queda grabado el hurto, por lo que sería fácil trincar a los delincuentes. Y tendría que trabajar menos la Policía y el juez, pero no quieren saber nada (fuera del robo de sus prendas) para que no los acusen de delatores y no tener que ir al juzgado. Lo cierto es que los comercios serían los más beneficiados, pues los delincuentes ya no volverían más por allí. Un juez de Madrid prohibió a las famosas ‘bosnias’ que entraran en el Metro, cuando sus numerosos robos eran ya un escándalo. Poco tiempo después, un joven atrevido logró grabarlas mientras le robaban a un turista, en el centro de Granada, de manera que las imágenes de las delincuentes se vieron en toda España y fueron detenidas. 


Hace varios años, vi a un tipo intentando cortar con una cizalla de casi un metro la pitón de una bicicleta, al lado de un centro público. Le llamé la atención, pero el tipo me respondió con toda naturalidad que la bici era suya. Como yo hablaba alto, la gente se congregó por allí y entonces emprendió la retirada. Llamamos a la policía y fue fácil atraparlo por la calle de San Juan de Dios: era un tipo bastante alto, con una gabardina oscura y la cizalla escondida. Tuve que identificarlo desde lejos, ir a Comisaría por la tarde y, dos días después, asistir al juicio para declarar. Fue condenado a pagar unos doscientos euros, que era el valor que le dieron a la bici –había robado varias en otras ocasiones–, pero ya no volvió más por el lugar. La bici era de un joven, casi paisano mío, que vino a darme las gracias, aunque la gente no está por la labor de ayudar y menos para ir al juzgado.

El pasado día 16 venía la noticia en Ideal de que la Guardia Civil había detenido a tres rumanos, a los que acusan de haber robado en doce cortijos, en el término de La Peza, aunque los agentes sospechan que pueden ser también los autores de los robos ocurridos últimamente en Prado Negro. Su modo de proceder: revientan una ventana de la vivienda, con la palanqueta, roban toda clase de electrodomésticos y usan guantes para no dejar huellas. El 18 de marzo detuvieron a tres ciudadanos marroquíes: vivían en Murcia pero se desplazaban a Puebla de don Fadrique, donde robaron en tres cortijos. El dueño de una metalistería me dijo, hace una semana, que están robando mucho por la zona de Guadix por lo que está colocando ventanas a mogollón. Hace unos días robaron en una casa de la Urbanización el Cristo de los Favores (los propietarios vieron a los delincuentes pero lograron huir), también robaron en una vivienda que se encuentra cerca de la calle de San Miguel y en otra, por el barrio de la ermita de San Antón.

Una vecina de Guadix escribe esto en la Red: “A mi padre han intentado robarle, los ha visto porque estaba dentro de la casa y salieron corriendo. Menos mal que puse una alarma, hasta le sacaron una navaja. Eran dos niños, entre 8 y 14 años, si les das una hostia, como son menores, te buscas la ruina”. Como a los menores los robos les salen casi gratis, pues los mandan a hacer las prácticas. Otro internauta avisa: “Pues en Monteverde ya van 3 casas. El mismo sistema. Revientan rejas y entran por la ventana. En Darro y en Fiñana también. En dos semanas (una compañía de seguridad) ha instalado en la zona 39 alarmas, entre ellos yo”. Un vecino se queja: “Yo vivo en la barriada de Fátima, y también lo intentaron hace dos semanas. Y esta es la cuarta vez”. También robaron en el bar del paseo, comenta otro. En la Estación de Guadix se produjo un intento de robo, a primeros de marzo pero, lo peor de todo, es que no ha trascendido nada de esta oleada de asaltos. Del 7 al 12 de febrero, la policía estableció controles por el barrio de Fátima y otros barrios de las cuevas. El 9 de febrero, los vecinos de Beas de Granada se manifestaron delante del ayuntamiento por los numerosos robos en las viviendas que estaban padeciendo. Hace unos días fueron detenidos unos jóvenes, acusados de estos robos. En cambio, en Guadix nadie se manifiesta ni se mueve por lo que, como es natural, los delitos aumentan.


Sin embargo, los datos que ha ofrecido el Ministerio del Interior, en febrero pasado, sobre la provincia de Granada, son bastante optimistas pues “arrojan la mejor tasa de delitos y faltas desde 2004”, a pesar de que los sindicatos policiales y asociaciones de la Guardia Civil vienen denunciando que se encuentran bajo mínimos y que hay un déficit importante de personal. Los datos de la provincia son: el pasado año fueron registrados 32.320 faltas y delitos, con una media de 88,5 denuncias por día (sobre todo en las localidades más pobladas y en el cinturón metropolitano), por lo que las infracciones penales bajan un 5,2% respecto a 2014. El informe dice que el pasado año se denunciaron 1.986 robos en viviendas, con una media de 5,4 por día, lo que supone un 7% menos que en 2014. Los atracos y el resto de robos con violencia también han bajado un 20% en la provincia. Hay que decir que las cifras del Ministerio del Interior no siempre coinciden con la Memoria de la Fiscalía General del Estado, que son más fiables. España se ha convertido en un paraíso abierto para muchos delincuentes y, al mismo tiempo, un paraíso cerrado para miles de jóvenes españoles que tienen que ganarse la vida fuera del país. Los delincuentes saben que hasta cierta cantidad sustraída es falta, y la condena es mínima, aunque las faltas se van acumulando hasta el juicio. Y la Policía está aburrida de detenerlos, un agente decía que un conocido delincuente en Guadix había sido detenido más de doscientas veces. Por esta serie de circunstancias favorables, se les costea robar en España.  

Posdata: está relacionado con el artículo 'Delitos contra la propiedad', publicado el 16 de febrero de 2016



sábado, 12 de marzo de 2016

HISTORIA DE UNA PINTURA



Pintura del Centro Salud Gran Capitán








Hablo con Juan, el celador, y me dice que el Centro de Salud ‘Gran Capitán’ (con anterioridad fue un ambulatorio) tendrá unos cincuenta años. Entonces le explico que yo vivía en el barrio de Fígares, en los años setenta, y venía a este ambulatorio hasta que construyeron el del Zaídín. Juan me dice que la pintura que hay, en la entrada del Centro de Salud, es un lienzo que está pegado a la pared aunque da la impresión de que es un mural. No se ve la firma del autor pero creo que se ha perdido a causa de apoyar la cabeza en el lienzo, pues los asientos están pegados a la pared. Con el paso de los años y la falta de cuidado, el mural se ha deteriorado bastante y en algunos puntos la pintura se ha desprendido. Tendrá unos dos metros de largo por uno de alto pero ahí está en la pared, como un testigo mudo, aunque nadie se fija en él a pesar de que aparecen dibujadas unas gitanas con los niños y las cuevas detrás. Son tipos del Sacromonte, de los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado: tres mujeres con faldas largas hasta los pies y con el clásico chal. Una lleva un cesto colgado del brazo, mientras que las otras dos sostienen a sendos niños en los brazos.

En los extremos del cuadro aparecen dos niños, uno está descalzo y el otro sosteniendo una cesta, mientras que en el centro hay una niña con un vistoso vestido amarillo y una rosa cogida en el pelo, calza unas zapatillas blancas y tiene los brazos en jarra. La gitanilla parece que mira a los pacientes y les dice, “¡Ea, que aquí estoy yo, señores!”. Ni por esas. A la derecha de la niña hay un botijo en el suelo y, medio escondida entre dos mujeres se observa una canasta, quizá en recuerdo de los “gitanos canasteros”. En un segundo plano destacan las típicas chumberas del Sacromonte y, más allá, las cuevas aparecen con sus chimeneas. El pintor anónimo las ha dibujado blancas y de forma simétrica e infantil, en contraste con el color ocre del monte sagrado. Sierra Nevada aparece al fondo caprichosamente, sus crestas blancas asoman detrás de las cuevas del Sacromonte, cuando en realidad se encuentra enfrente de ellas –esto me indujo a pensar que eran las cuevas de Guadix, pero allí no existen chumberas–. Se puede decir que el mural es un homenaje al barrio del Sacromonte y está dibujado con un cierto aire infantil.

Juan, el celador,  afirma que hay otro lienzo, de tema árabe, que se encontraba en la pared donde hoy se encuentra su mesa de trabajo (la derribaron hace años para que los pacientes tuvieran mejor acceso), pero que está guardado y en buen estado. “Lo miraré y le echaré una foto para ver si viene el nombre del autor”, me dice. El razonamiento que hacemos es que, en ningún centro de salud de Granada existen estos murales, pues los de Cartuja y del Zaidín son posteriores al del ‘Gran Capitán’, aparte de que tienen un estilo de construcción más moderno. En cuanto al pintor, debió de ser conocido en Granada pues el cuadro es original y algo le pagarían, aunque es de suponer que poca cosa ya que en los años setenta la cultura apenas se valoraba en España. Ahora van a hacer obra en la entrada del centro de salud, pero Juan asegura que al mural no lo tocarán y que seguirá en su sitio.


Había mucha pobreza en el Sacromonte hacia la mitad del siglo XX pero en el cuadro no se aprecia, mientras da la impresión que los personajes están posando a la vez que miran con dignidad y con cierta resignación al espectador. Tampoco transmiten tristeza o cansancio, ni se refleja en sus rostros o en sus vestidos la dureza de la vida diaria del campesino, en medio del paisaje árido de Jaén, como le gustaba retratar a sus personajes el pintor Rafael Zabaleta. Ciertamente, los cuadros del pintor de Quesada tienen más colorido y los personajes son más expresivos.
        
 Esperanza Sandoval, presidenta del Circulo Literario Artístico ‘El Semillero Azul’, de San Juan Despí (Barcelona), lo define ve así: “Una imagen muy representativa de las costumbres gitanas, vestimenta, canastos y esos trajes, Destaca el enrejado de la cesta que lleva la del traje rosa, donde se aprecia muy bien las tiras de caña empleada y el brillo sedoso de la falda. Un tanto pobre y falto de técnica es la imagen de las cuevas que se ven muy repetitivas, pero no deja de tener su encanto. Me gusta la postura agresiva y provocativa de la niña que viste de amarillo”. Otra mujer conoce bien la pintura: “Preciosa, pero está deteriorada. Cuando yo trabajaba ahí traía la guerra declarada a compañeras que le daban unos fregados que ni te cuento”. Y un conocido  dice lo siguiente: “De un tiempo que viví en Granada, visité al practicante en este ambulatorio, hace años el cuadro estaba en muy buenas condiciones y es realmente bonito”.


 Hay quien opina que es una pintura muy básica, y puede que lleve razón, mientras que otra mujer la encuentra atractiva: “Me gusta la imagen de la madre sentada con su bebé y el detalle de las chumberas”. Y sin embargo, lo que más sorprende de toda esta historia es que se ha ido deteriorando ante la indiferencia de todos y, lo que es peor, nadie sabe el nombre del autor. El mural está desde que construyeron el Centro de Salud ‘Gran Capitán’, ante él han desfilado y desfilan miles de personas pero nadie sabe decir una palabra de la pintura. Como si fuera un trasto viejo.  


http://en-clase.ideal.es/opinion-200/2971-


A veces, la sombra viva
de una estampa dibujada
pueden despertar los duendes
de un romance hacía una casta.

En una pared colgado
por donde los años pasan,
        hay un tapiz de colores
en la pared encalada

        en el Centro de Salud
Gran Capitán de Granada.
Luciendo arte y paisaje
esta pintura descansa.

No se sabe a ciencia cierta
quién dibujo  gesto y alma
de esta instantánea calé,
ni se sabe por qué causa.
  
Por ella pasan los ojos,
        lo mismo que pasa el agua
resbalando por los años
mirando sin mirar nada.

Nadie sabe de su autor,
ni se sabe porque causa
es un reflejo olvidado
        en el arte de Granada.

Pasan los tiempos por ella
sin honor al valorarla  
en el reloj infinito
de la indiferencia calma.

Quizá mis versos ayuden
a dar un soplo de alas
a esta estampa colorista
del embrujo de la Alhambra.

Estampa del Sacro Monte,
de pura sangre gitana,
que da ternura y orgullo
en la imagen de una raza.

                       Granada Sandoval.

Gracias, Esperanza Sandoval por la poesía