jueves, 20 de diciembre de 2018
jueves, 13 de diciembre de 2018
ENRIQUE VILLAR YEBRA, SIEMPRE
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| Retrato de Villar Yebra |
Hace un año que murió Enrique Villar Yebra y recuerdo que, al día siguiente, cuando lo llevaron a enterrar, estaba lloviendo a cántaros. En Granada caía el agua a cántaros. Pero de su muerte callada, apenas si se enteró la ciudad a la que tanto quiso. La pianista Esperanza Gálvez me enseña, con orgullo, un dibujo a lápiz que le hizo el pintor en la terraza de su casa, con la iglesia de San Matías al fondo. Esperanza vio a Villar Yebra unos días antes de morir: “Estaba de mal humor y algo rabioso, porque tenían que llevarlo en una silla de ruedas. Me lo encontré sentado en la cama, muy derecho, y le dije: ‘¿Qué haces, Enrique?’. Le di muchos besos y a él también le dio mucha alegría. ‘Estoy perdiendo mucho con esto de estar sin el saxofón’. Y no hablaba de otra cosa que no fuera que le habían quitado el saxofón”. Pasó los últimos días de su vida en la residencia de ancianos de la Casa de los Pisa: “Allí tenía su cama y su silla”, cuenta con pesadumbre Esperanza.
El carácter generoso y altruista de Villar Yebra se resume en esta
frase de su revista “Granada siempre”: “Demasiado hago con sacar estos papeles
a mi costa; lo que conlleva con el trabajo, sacrificios y privaciones de
placeres mundanos y naturales”. A Eloísa Planells, directora de la Biblioteca
Municipal del Salón, le brillan los ojos cuando habla de Villar Yebra, con
quien tenía una gran amistad. Señala que “era austero y algo desaliñado en el
vestir”. Y cuando rememora aquellos momentos, confiesa: “Aunque ya empezaba a
fallarle la memoria, Enrique murió lúcido... ¡Aquella noche lo velamos el
conserje y yo!”. Pero al día siguiente, al sepelio del pintor romántico de
Granada, solamente fueron unas pocas personas. “No hubo personalidades, es
cierto; pero Enrique tampoco los hubiera echado de menos. Allí fueron sus
amigos de verdad, los que él apreciaba”. Y como si meditara en voz alta,
concluye Eloisa: “¡A Enrique le hubiera gustado ese entierro!”. Pero antes de
morir, donó sus libros a la Biblioteca Municipal del Salón. El pintor, que
solía decir que iba a la ‘búsqueda de temas’, tuvo un sepelio barojiano como
Fernández Almagro y Pedro Antonio de Alarcón; y como Mozart en una fría y
lluviosa mañana de diciembre.
De entre los libros que escribió, quizá “El casco antiguo de Granada” sea
el más leído. Nadie como él dibujó tanto sus calles y defendió con uñas y
dientes hasta sus últimos rincones: muchos de ellos desaparecidos por la
especulación, la connivencia y el desarrollismo. Enrique gusta por su sencillez
y porque sus dibujos destilan ternura. Están llenos de naturaleza y de figuras
humanas imprecisas que pasan de largo; o bien, son mujeres que se entretienen
encendiendo un braserillo de picón en la calle o tendiendo la ropa. Son
verdaderos “paisajes humanos”. El concejal Jesús Valenzuela y el director de
Cultura, José Antonio Martín Villena, han ofrecido una sala del Centro Cultural
Gran Capitán para montar una exposición de pinturas de Villar Yebra. Eso es lo
que me han dicho. Todo dependerá de que los particulares se animen y cedan sus
cuadros. “¡Es lo que tiene que hacer el Ayuntamiento!”, comenta José Antonio
Mesa, editor y albacea del artista. Son muchos los granadinos que esperan ver
una exposición de Enrique con motivo del aniversario de su muerte. Granada se
lo merece.
En la calle Honda del Realejo –vivía en un piso– “sólo quedaba un
camastro, un armario y una mesita de noche”, confiesa Eloísa con cierta
resignación. Toda su ambición y gloria se reducía a estos trastos, mientras uno
piensa que Villar Yebra tenía el alma de un cartujo. Cuando una mañana me pasé
por allí, las persianas del balcón estaban echadas y en la puerta nada indicaba
que allí hubiera vivido un dibujante enamorado como pocos de su tierra. En este
artículo suyo de 1990, comienza preguntándose: “¿Qué ha sido de aquel
espléndido paisaje del Albaicín, desde la Cruz de la Rauda? Se secaron las
pitas y las chumberas, cortaron los cipreses de la calle de San Martín y
desaparecieron los huertecillos encantadores (...). Al parecer no hay remedio:
el destrozo del paisaje urbano más castizo de Granada sigue adelante...”. Sin
embargo, él se consolaba diciendo: “Yo tenía que haber nacido un siglo antes”.
Su libro “Impresiones de Granada” –donde reúne las mejores ‘plumillas’,
incluidas las que publicó en IDEAL– se ha convertido en la memoria gráfica de
la ciudad: “Casa morisca del siglo XVIII. Todo desaparecido hace tiempo,
destrozado por la barbarie, la desidia y la inoperancia de los organismos
oficiales”. Es la Granada que se fue para siempre, pero que Villar Yebra supo
plasmarla con su pincel. Y acurrucado como un gato –como esos gatos negros que
solía pintar–, la contemplaba en silencio desde el lavadero de la Puerta del
Sol. Es el paisajista que va descubriendo con la mirada esos apartados rincones
callejeros; el que perfila los detalles con unos cuantos trazos
–impresionismo–, mientras capta el ambiente. Él fue quien inmortalizó las
estrechas calles del Realejo –esas ‘encrucijadas’ que veo a diario- y del
Albayzín. Era el pintor de las iglesias y espadañas, de las viejas locomotoras
de vapor, de los añorados tranvías y de las chavicas guapas. Mozart, Alarcón
–descansan en unas tumbas anónimas– y Villar Yebra –le quitaron el saxofón en vida– hicieron su último viaje en
medio de un silencio clamoroso.
Posdata: la exposición de sus cuadros y artículos se llevó a
cabo unos meses después. Fue antológica, la mejor que realizó el concejal Jesús
Valenzuela, y la comisaria no podía ser otra que Eloísa Planells. Hace poco más
de un mes me encontré con Valenzuela y me dijo que organizó la exposición porque
yo se lo indiqué. Debo señalar con tristeza que, en Granada,
se han olvidado completamente del pintor Enrique Villar Yebra, la Asociación de Vecinos del Realejo iba a poner un monolito en la Plaza del Realejo, en recuerdo del pintor (por suscripción popular), pero se olvidaron pronto del proyecto. Este artículo fue
publicado en IDEAL de Granada, el 13 de
diciembre de 2002.
lunes, 26 de noviembre de 2018
EL LABERINTO DE LA CÁRCEL
¿Qué es esto? ¡La cárcel! Aquí reposa la libertad del pensamiento.
Mariano J. de Larra
A las 10:30 de la mañana del “Día
del Apocalipsis”, llego al Centro Penitenciario de Albolote. Atrás he dejado el
pantano de Cubillas y un anodino paisaje de olivos, pero ahora llaman mi
atención las nubes de color plomizo que coronan la cima del monte cercano. En
el bar un abuelo se entretiene jugando con la nieta, mientras que un matrimonio
de jubilados apura los cafés con cierta indolencia. ¿Quién lo diría? Esto más
bien parece la “Venta de la Tía Quiteria”, aunque los días de visita aquí hay
un trajín de gente la mar de grande. ‘Acabaico’ de llegar aparece mi amigo, el
maestro Juan Chirveches, que me ha invitado para que hable a los internos sobre
mi libro “Diálogos en la Tierra de los Ríos”. Eso es. “Las cárceles han
cambiado mucho, ¿sabes?”, me dice a modo de bienvenida. Luego paso por un
detector de metales y por R-3 y R-4,
unos robots primitivos en forma de rastrillos que se cierran a mis espaldas.
Juan me van enseñando las
dependencias y entramos en el Módulo Sociocultural: “¡Te vamos a pisar!”, le
dice a un chaval que está dando bandazos con el mocho de la fregona. “¡No
importa!”. A través de los cristales contemplamos el Polideportivo, que está
completamente cubierto. “¿Cuántos pueblos quisieran tener este pabellón?”, exclama
Juan. Subimos al gimnasio y aquí tenemos de todo: desde bicicletas estáticas a
espalderas y, si a uno le gusta dar cates, tenemos unos sacos de boxeo. Al otro
lado se encuentran el salón de actos y la piscina. “En el verano se bañan dos
veces a la semana”. ¡Evidentemente –pienso–, aquí hay más personal que en los
Baños de Graena! En el estudio de pintura la monitora nos dice que van a montar
una exposición de cuadros, a finales de este mes, en el palacio de Alcázar
Genil.
En la planta baja se encuentran el
taller donde escriben la revista de la prisión, la biblioteca que está cerrada
“y esto es la sala de máquinas”, me explica el maestro. Son máquinas de
escribir y algunos ordenadores. Seguidamente visitamos la guardería, que aquí
la llaman “Escuela infantil”. Hay 28 niños, de seis meses a tres años,
repartidos en varias clases y dormitorios, según la edad. Pero lo curioso que
tiene es que los sofás, las mesas, sillas, retretes, lavabos, etc., son del
tamaño de los ‘peques’; y algunos de estos muebles han sido hechos en el Centro
por los mismos presos. En cambio, los 22 niños lactantes están con las madres
en el módulo de enfrente. De nuevo recorremos la ciudad, la “Gran Garita”: “En
esa torreta están los funcionarios, con circuito cerrado de televisión y toda
la pesca”, me dice Juan Chirveches y luego me señala el campo de fútbol y, un
poco más allá, los Módulos de los Hombres y la Enfermería. Hace unos pocos años
las cárceles eran oscuras y malolientes galerías; hoy son laberintos de
interminables pasillos donde al menos entra la luz del día.
Finalmente entramos en la clase,
donde saludo a los maestros de Prisiones y de paso me cuentan su problema:
resulta que dependen del Ministerio de Educación y Ciencia –‘territorio MEC–,
pero ellos quieren pasar a la Junta, porque se ve que son ‘junteros’. La clase
es acogedora, con pupitres fabricados en el Centro: “Ya quisieran muchas
Escuelas de Adultos tener este mobiliario”, apunta un maestro. Comienzan a
entrar las internas y, está visto y comprobado, que en cuestión de cultura las
mujeres nos ganan por goleada. El aula se llena y observo cierto nerviosismo en
algunos. "¿Cómo ha dicho que se llama el libro?”. Un joven gitano que está
sentado a la derecha parece algo tímido, sin embargo exhibe un mostacho mejor
que el de Iñigo en sus buenos tiempos, cuando presentaba en televisión “Hora
14:15”.
Se leen y comentan algunos
artículos del libro, entre ellos el de “Juan López”: este albañil se cayó de un
andamio en Alicante, quedándose parapléjico. Se casó pero enviudó a los dos
años, en 1977. A pesar del tiempo transcurrido, todavía sigue enamorado de su
mujer y aferrado a sus recuerdos y a la silla... “¿Qué hay que hacer para
escribir un artículo en IDEAL? ¿Puedo entregárselo a usted para que se lo dé al
director...?”, me suelta uno a bocajarro. Cuando termina el coloquio, la
interna Isabel Román me entrega un folio con esta poesía, escrita a mano y en
letras mayúsculas. Yo la he copiado tal cual, con sus faltas de ortografía, y
que juzgue cada cual: “A ustedes señores jueces / quisiera verlos en mi lugar /
para cuando me condenen / no lo hagan con maldad. / Pues mirando el libro de
las leyes y el artículo criminal / les ‘vastan’ señores jueces / para poderme
condenar. / Tiempo de mi vida pide el señor fiscal / como si no ‘tubiese’ unos
hijos, una casa, un hogar. / Sólo quiero pedirle mi libertad / para poder
abrazar a mis hijos y con ellos jugar. / Qué sentimiento más bonito cuando te
dicen, te quiero mamá”. Otro interno también me confesó que le daba por
escribir poemas.
Quiero tener un recuerdo para
Concepción Arenal (1820-1893), la Visitadora General de Prisiones de
Mujeres que escribía: “Hay que combatir esa idea de lo definitivo en la
criminalidad, ya que el delito no es un estado permanente”. Y Victoria Kent, la
directora general de Prisiones durante la II República, decía que "el presidio no
era la solución para quienes su principal delito es la inadaptación social,
sino que las causas hay que buscarlas en la familia y en la sociedad". En cambio,
el criminólogo y médico italiano, Césare Lombroso, sostenía que estábamos
predeterminados.
Posdata: este artículo lo escribí en marzo
de 2004. Durante la visita, me llamó la atención una placa en la pared de un edificio, donde
indicaba que en 1997 fue inaugurada la cárcel de Albolote, pero no decía nada
de quién la inauguró. Fue el ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, pero no
quiso que figurara su nombre, lo que da idea de la sencillez y humildad de este
hombre. Y sin embargo, hay tanto personajillo por ahí que ha ido colocando placas con el fin de pasar a la historia: “En tal fecha, reformó el mercado de abastos el Excelentísimo Sr. Alcalde de…, o el Excmo.
Sr. Ministro…”. Los maestros de Prisiones pasaron a depender de la Junta de Andalucía y Juan
López falleció hace dos años, de una grave enfermedad.
domingo, 11 de noviembre de 2018
EL PASO DE LOS AÑOS
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| Jesús Valenzuela en campaña. Granada Hoy |
Me paso por la Feria del Libro y saludo al
presidente de CajaGranada, Antonio María Claret y, sin más preámbulo, le digo
que el Teatro Isidoro Maíquez –un poeta de Cartagena y paisano suyo–, no es el
nombre más apropiado para el Centro Cultural Memoria de Andalucía. Antonio María
me explica los motivos que ya expuso en su artículo de opinión y me dice
convencido que el poeta vivió en Granada los últimos días. “Un nombre ideal –le
replico– hubiera sido Max Estrella”, el personaje de ‘Luces de bohemia’ de
Valle-Inclán, donde cuenta la última noche del desdichado poeta Alejandro Sawa.
Antonio María Claret tendrá sus razones, pero, ya me dirán ¿qué hace un poeta de
Cartagena en el Centro que representa la memoria de todos los andaluces? Como lo
tengo a mano saludo a Rafael Escuredo, que está sentado en la Caseta de Firmas con
su libro ‘Te estaré esperando’. Le digo a modo de entradilla: “No todos los
días puede uno saludar al que fue el primer presidente de Andalucía”. Entonces
me cuenta que ya no escribe la columna en ‘El Mundo’, “que eso de escribir
todas las semanas un artículo ata mucho”. Le informo que en la Delegación de
Gobernación, de la Junta, hay una exposición de las elecciones autonómicas
andaluzas, con fotos de los políticos y con las listas electorales de los
partidos. ¡Cómo ha cambiado el rostro de Escuredo desde los años ochenta,
cuando lo veías tan joven y con los pelos rizados! Saludo también al pintor
David Zaafra, que firma su libro ilustrado ‘Leyendas de Nueva York‘, al Defensor
del Ciudadano, Melchor Sáiz-Pardo, y al periodista Enrique Seijas.
Por la tarde llamé por teléfono a Jesús Valenzuela y
me respondió como siempre: “¡Hombre, compañero!”. Y es que ambos estudiamos el
bachiller en el Seminario de Guadix. Luego me pasé por el ‘Bar Las Tapas de
Valenzuela’ y ya me contó que está intentando localizar a los que pasamos por
el Seminario en los años sesenta, para reunirnos y celebrarlo. Me recuerda a muchos
compañeros, varias veces descuelga de la cornisa del bar una foto, donde
aparecemos los seis cursos del bachiller con los curas, y se la enseña a varios
conocidos que están tomando copas en el bar, y hasta llama por teléfono a un cullarense
que está en Melilla. Cuando hablo con éste, me recuerda que hace cuarenta y
tantos años que no nos vemos. ¡Qué barbaridad! Valenzuela está nostálgico, pero
yo no me doy cuenta en esos momentos. Hablamos de los jesuitas de Guadix,
algunos han muerto ya y otros tienen ochenta y tantos años. El internado en el
Seminario era bastante duro pero a casi todos nos sirvió para sacar una carrera,
pues entonces era el más barato al estar subvencionado por el Estado. Valenzuela
siente también nostalgia de la política y le aconsejo que no vuelva, pues no
merece la pena, pero tiene el gusanillo royéndole las tripas. La política le ha
dado más de una ‘corná’ y ya vemos cómo los va dejando tirados en las cunetas.
Le conté esta anécdota: “Un día le dije al alcalde de Granada, José Moratalla,
‘a ver si tratas bien a Valenzuela, pues estuvimos estudiando juntos…’. No
recuerdo cuál fue su respuesta, pero sí que me puso la mano en el hombro”, pues
es un hombre afectivo y cercano. Noto que nos vamos haciendo viejos a pasos
largos mientras que en la cornisa del bar tiene prendidos sus recuerdos de la
política. Me despido de este guerrillero de pelo arisco y sonrisa afable, y
quedamos en ir localizando al personal para reunirnos.
Posdata: este artículo lo envié a ‘La Opinión de Granada’,
en abril de 2009, y por lo que fuera no salió publicado. CajaGranada, la
antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, ha sido absorbida hace
unos meses por Bankia, que es la antigua Caja de Madrid. Como sabemos, los
políticos tienen mucho que ver en estos menesteres. Rafael Escuredo fue
obligado a dimitir por su partido. El pintor David Zaafra falleció el pasado
año, mientras que el periodista de Ideal, Enrique Seijas, murió hace dos años y
con posterioridad le dedicaron una calle. A Melchor Sáiz-Pardo, el anterior
director de Ideal (desde el año 1971 al 2002), lo saludé hace unos meses en el
Ayuntamiento, con motivo de la presentación de un libro. Está tan delgado, como
el viejo Azorín –que escribía un folio diario a pluma–, en todo esto se parecen
ambos. Melchor es la memoria viva de Granada y el día que falte serán muchos quienes
lancen lamentos y elogios, pero el reconocimiento hay que hacerlo en vida.
Está visto que los españoles siempre llegamos tarde. Jesús Valenzuela dejó el
bar y se jubila pronto, colaboró con Antonio Montes y yo para conseguir reunir,
el 15 de octubre de 2016, a unos sesenta compañeros que estudiamos en el
Seminario de Guadix.
Jesús Valenzuela falleció en la madrugada de ayer, 30 de enero, de un infarto, cuando se había jubilado en octubre pasado. Descansa en paz, compañero. Esta palabra se la oí muchas veces y es que somos compañeros en la vida y en la muerte.
Jesús Valenzuela falleció en la madrugada de ayer, 30 de enero, de un infarto, cuando se había jubilado en octubre pasado. Descansa en paz, compañero. Esta palabra se la oí muchas veces y es que somos compañeros en la vida y en la muerte.
Publicado en Wadi-as, periódico de la comarca de Guadix, octubre-noviembre de 2018
domingo, 28 de octubre de 2018
EPISODIOS HOSPITALARIOS II
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| Madrugada en Hospital Virgen de las Nieves |
Unos años antes, me
hicieron una endoscopia en el Hospital Virgen de las Nieves. Unos 15 pacientes
hacíamos cola en la puerta del especialista, cuando me tocó el turno, me
introdujo la sonda por la boca sin contemplaciones y sin pausas. Aquello fue
arcada va y arcada viene, sin darme tiempo a que me repusiera. Yo pensé que me
iba a morir tumbado en la camilla y abundantes lágrimas brotaban de mis ojos, a
causa del esfuerzo tan grande que hacía, pues aquello más que una endoscopia
era una verdadera tortura para los pacientes. Al poco, salí de allí con los
ojos muy enrojecidos y en casa comprobé que las lágrimas me habían quemado la
piel alrededor de los ojos, pues la tenía morada. El médico de digestivo
trataba a los pacientes como si fueran borregos. Años antes, un especialista me
había hecho una endoscopia en otro hospital y apenas sentí daño, porque me
introdujo la sonda despacio. ¿Tanto trabajo costaba introducirla lentamente, en
vez de provocar aquel sufrimiento tan grande en los pacientes?
De casualidad, he
encontrado esta reclamación de hace treinta y cuatro años. El diagnóstico era
bastante preocupante. Habla de un bebé de dos meses, con taquiarritmia
respiratoria, abdomen meteorizado, faringe enrojecida, deposiciones verdosas,
vómitos, fiebre... Entre otras cosas, me quejo de que el 10 de septiembre de
1984, un ATS trata de administrarle un medicamento equivocado. Al día siguiente
le ofrecen un biberón, con leche que contiene lactosa, la sustancia que
precisamente le provoca diarreas, vómitos y fiebre. Y para qué hablar de la
comida deficiente, que no hay jabón en los lavabos, etcétera. El 13 de
septiembre, mi mujer y yo nos quejamos verbalmente al director del hospital, de
todas estas anomalías y deficiencias, y lo mejor que se le ocurrió fue darnos
el alta al día siguiente, “sin medicamentos, sin leche vegetal y recorriendo
farmacias por Jaén". Tres días después, el 17 de septiembre, presenté una
reclamación al director del antiguo “Hospital Princesa de España”, de Jaén, por
el trato recibido en el Pabellón de Pediatría, donde mi hijo ingresó con
urgencia. El director del hospital ni siquiera se molestó en contestar a la reclamación.
Entonces no había
libros de reclamaciones pero había gente sin alma, que ponía en peligro la
salud de los pacientes. Por aquellos años había un pediatra en Jaén, don
Eufrasio Martínez Galiana, que era un ejemplo para la profesión médica, lo
mismo que otros médicos. Tengo guardada esta reclamación como un recuerdo de mi hijo, para enseñársela algún
día, pero había olvidado por completo los malos ratos que pasamos en el
hospital. Hace varios años, me hicieron una radiografía de cadera pues me dolía
cuando estaba acostado. El médico observó la radiografía al trasluz y me dijo
que no encontraba nada anormal, que estaba bien. Al cabo del tiempo, se me
ocurrió mirar la radiografía en casa y resulta que la cadera afectada por el
dolor no salía en la placa, pues el radiólogo había enfocado mal. Digo yo que, por eso mismo, el doctor no observó nada anormal. Copio este titular del diario ‘Público’,
del 3 de agosto de 2009: “Tribunales. Las denuncias de pacientes a doctores y
hospitales por supuestas malas praxis suponen cada año 100.000 nuevas
contiendas a dirimir en los juzgados. 274 demandas al día por errores
médicos…”.
Posdata: Hoy ponen anestesia en la colonoscopia y el
paciente no se entera, pero las listas de espera han aumentado. Hace unos días, me escribió esto una amiga: "A mí me han hecho dos colonoscopias, una sin anestesia, horrible, y otra con anestesía en que no me enteré de nada. Ahora estoy pendiente de que me hagan otra, pero desde marzo que la pedí todavía no me han dado fecha". El Servicio Andaluz de Salud ha mejorado pero es de los
que menos invierte por paciente en España, pues Susana casi lo ha desmantelado
desde que gobierna, tanto en medios como en personal, como han venido denunciando
los sindicatos y los medios de comunicación. En los últimos días, los médicos
de Atención Primaria de algunas provincias de Andalucía han llevado a cabo
protestas y huelgas por la falta de medios y de personal, pero el problema se ha
agravado por el decreto del Gobierno de Pedro Sánchez que establece la Sanidad
Universal.
domingo, 21 de octubre de 2018
EPISODIOS HOSPITALARIOS I
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| Madrugada en Hospital Virgen de las Nieves |
El 8 de junio de 2009, a las 17:40 horas, estoy citado en el Hospital Clínico de Granada, para que me hagan una colonoscopia. Un joven, de unos veintitantos años, también está esperando, acompañado de su mujer, para que le hagan una endoscopia. Lo llaman pero sale en un par de minutos. “Cuando me meten el tubo por la boca, me entran ganas de devolver y les he dicho que no quiero hacerme la endoscopia”. Entre unos y otros intentamos convencerlo, pero el joven no cede y al final se marcha. Seguidamente, entro en una habitación pequeña –como una sala de curas– para que me hagan la colonoscopia. Siguiendo las instrucciones de la enfermera, me desnudo, me pongo una bata abierta por atrás y me tumbo de lado en una camilla. La enfermera me pincha varias veces en el dedo pulgar para ponerme el suero y, acto seguido, el facultativo me introduce el endoscopio por el ano. El aparato consta de una pequeña cámara y al mismo tiempo va soltando aire en la tripa para que se vaya abriendo, aunque de todo esto me enteré después. Conforme avanza el endoscopio en el intestino, los dolores son atroces y en mi vida he gritado tanto como esa tarde. Me armé de valor y le dije al médico de digestivo que aquello parecía un matadero, pues ni siquiera me habían anestesiado, y que prefería dejar la exploración para más adelante. El facultativo me explicó que el Servicio Andaluz de Salud no tenía dinero para pagar a un anestesista y ni siquiera para la anestesia. “Pero, sí tienen dinero para costear operaciones de cambio de sexo”, le respondí secamente. Entonces, intervino la enfermera diciendo que ya no se hacen estas operaciones (siguen haciéndolas). “No te preocupes, que te ponernos la sedación”, me dijo el médico tratando de tranquilizarme. La enfermera me puso en la muñeca una inyección, pero al poco sentí un dolor fuerte. “La sedación duele un poco al principio, pues la vena de la muñeca es estrecha…”, me advirtió. Sin embargo, el dolor era cada vez más insoportable, peor aún que el de la colonoscopia, hasta que le dije: “Pero, no se da cuenta que tengo la muñeca hinchada”. Y es que me había inyectado él sedante fuera de la vena.
Pero mis penalidades
no acabaron aquí. Al poco, tuve que avisarle de nuevo a la enfermera de que la
goma del suero estaba llena de sangre, pues, al agarrarme con fuerza a la cama,
a causa de los dolores que me provocaba la sonda en el intestino, la sangre
había inundado la goma. Al final soporté la colonoscopia, sin sedación y sin
suero, pero mayor torpeza y brutalidad no se puede pedir. El médico de
digestivo se excusaba diciendo que mi intestino tenía muchas curvas y que por
eso me hacía daño. ¿Y qué intestino no tiene curvas? Creo que la exploración
duró unos 15 minutos –aquello era
peor que los dolores del parto–, hasta que el médico me dijo que todo había
salido bien, que no tenía nada y hasta dentro de cinco años… Vamos, que salí de
aquel matadero pensando que había vuelto a nacer.
Unos días después,
llamé por teléfono al paciente de 65 años que entró después que yo, pero su
hija me informó que le perforaron el intestino y tenía que estar hospitalizado
una semana. La semana anterior, el hombre había adelgazado ocho kilos, pues
cuando uno lee la información que te dan sobre la colonoscopia (con o sin
polipectomía o sedación), te entra pánico: “La administración de la misma es
realizada por médicos no anestesistas”. El día anterior tienes que beberte, en
siete horas, 16 sobres en cuatro litros de agua; y el día de la exploración hay
que meterse un enema de un cuarto de litro, por detrás. En las instrucciones, te
informan de una serie de complicaciones y riesgos (perforación, hemorragia
interna, trastornos y complicaciones cardio-pulmonares…), y piden el
consentimiento firmado del paciente. Al final, te entra el miedo en el cuerpo y
se te quitan hasta las ganas de comer. Yo lo pasé fatal, pues sólo dispones de
la información escrita, mientras que los médicos no te dan información.
De casualidad me
enteré que, en la 5ª planta del Hospital Clínico, tienen un quirófano para realizar
la colonoscopia, con anestesistas y facultativos, que trabajan por las tardes y
se las pagan como horas extras. “Eso de que el SAS no tiene dinero para pagar a
un anestesista por las tardes, ni siquiera para anestesiar a los pacientes en
una colonoscopia, es un cuento”, me dijo un profesional que conoce el tema.
Llama la atención que, en el Hospital Virgen de las Nieves, hay una lista de
espera de unos tres meses para que les hagan una colonoscopia a los pacientes,
mientras que en el Clínico no tardaron ni veinte días en atenderme. Aquí se
apunta cualquiera a hacer horas extras por la tarde, aunque no tengan los
medios más elementales para ello (sin anestesia), a la vez que ponen en riesgo la
salud o la vida del paciente. Una sala pequeña, con una camilla, una enfermera que
no sabe ni poner una inyección y un médico de digestivo, que te mete el
endoscopio por el ano como si fuera una manguera (si lo hace lentamente, apenas
te causa dolor), y no se conmueve ante los alaridos del paciente, mientras se
excusa diciendo que no tienen anestesia. Nada de extraño tiene que más de uno
termine con el intestino perforado y los demás estemos dando gracias a Dios.
domingo, 7 de octubre de 2018
LA VIEJA ENCINA DE MONTEVIVE
Recuerdo que una fría mañana de enero de 1996 llegué con mi familia a Las Gabias. Pero, antes de tomar posesión de la nueva casa, entre tanto follín del traslado y antes de que llegara el tío del camión con los muebles, nos dio por comernos unos churros en el quiosco que había en la plaza de Armilla. En medio de tanta bulla, siempre es bueno hacer un alto en el camino para echar un bocado. El caso es que los churros, a las siete de la mañana, nos sentaron bastante bien y hay gente que tiene arte con los palillos en la sartén de aceite. Hace unos meses repetímos la misma operación pero el lugar y el precio ya no eran los mismos, pues el quiosco ha cambiado de lugar: “¿A cómo son?”, pregunté. El del mandil no supo decirme a ciencia cierta a cuánto salía el kilo de churros, aunque los churreros tienen salida para todo: “¡Hombre, nosotros siempre aconsejamos una rosca para cuatro personas!”. “Bueno”, le dije, con resignación. El caso es que me vine para Las Gabias con mi rosca de churros y con dos euros y medio menos en el bolsillo. En algunos sitios –como en una churrería que había por el Gran Eje de Jaén- te servían las roscas de churros atadas con un junco, si eran para llevar. Y la verdad es que quedaban la mar de bien.
El caso es que, al poco
de llegar nosotros al pueblo, llegó el camioncillo con los muebles y los
trastos. Era la película de siempre –maletas para arriba y maletas para abajo–
y el viaje a ninguna parte, aunque ya llevaba unos pocos en el cuerpo. Quizá
quedaba flotando en el aire la pregunta de cuánto tiempo íbamos a durar aquí.
Luego nos pasamos un mes ordenando la casa, con el estrés que conlleva un
traslado, pues todo te resulta nuevo y tienes que empezar prácticamente desde
cero. Pero yo no tenía tiempo ni ganas de hacerme demasiadas preguntas: sólo
sabía que llegaba a mi tierra y eso ya era suficiente. Había salido de Granada
veinte años antes, aunque Carlos Gardel aseguraba que “veinte años no es nada”,
y yo estoy por darle la razón pues la vida se pasa volando. El mísero mundo se
volvió un poco más triste sin sus trinos de pájaro cantor. El caso es que,
durante los años de ausencia, mis padres y algunos de mis mejores amigos se fueron
quedando en el camino, calladamente, pero dejando un vacío en mi alma que nunca
he podido rellenar. Ahora tenía que empezar de nuevo con la brega, pero esta
vez sin los seres queridos y recordados.
Al principio,
recuerdo que un pastor tenía la costumbre de pasar con su rebaño de ovejas y
cabras por delante de mi casa. En cuanto oían los cencerros, mi mujer y una
vecina salían a gritarle al pastor: “¡Oye, chaval! ¿Pero no te das cuenta que
aquí vivimos personas? ¡Por Diooos!...”. Pero el pastor se hacía el sordo y yo
mismo tenía que meterme entre los borregos para alcanzarlo, pues iba siempre
delante del rebaño, acompañado de sus dos perros: “¡Pero, hombreee! ¿Es que no
puedes echar por la parte de atrás?”. El resultado era que las cabras
hispánicas y los borregos ibéricos dejaban en la calle un reguero de cagarrutas
y una peste flotando en el ambiente de muy señor mío, pues es notorio que estos
animales atufan demasiado. Así tuvimos varias escaramuzas, hasta que una tarde amenacé
al rabadán: “Mañana te voy a poner una denuncia en el Ayuntamiento”. Aquello
fue mano de santo, se convenció entonces que la cañada de atrás, llamada de
Contreras, era más segura. El pastor encerraba el ganado en un corral que había
dos calles más arriba y una vecina me decía que no podía abrir las ventanas en
el verano. Por aquellos días, en la tapia de mi patio, solía encaramarse un
lagarto verde, como haciéndote ver que aquel terreno era propiedad de sus antepasados;
pero al poco tiempo desapareció. Y, enfrente de mi casa, en la chimenea del
vecino, se posaba por las mañanas un búho pequeño pero también emigró.
En los días de
verano apenas si se distingue Las Gabias desde el
mirador de San Cristóbal; pero la imagen mutilada, convertida en varios trozos
y triste de Montevive –otrora un monte altivo y orgulloso, de color leonado–
aparece entre cansina y agostada sobre el horizonte azul. El doctor Manuel
Rodríguez Carreño describió así el paisaje que veía, desde la cumbre de
Montevive, a mediados del siglo XIX: “(...) las apiñadas y pintorescas
alquerías y casas de campo que cercan Granada, las cuales aparecen recostadas
sobre la alfombra de sus deliciosas vegas y recrean el alma elevándola a
meditaciones sublimes”. Llegando a Las Gabias por la carretera, llama la
atención la diminuta silueta de la vieja encina, que se alza majestuosa y altiva
en mitad de la cima del cerro, como si fuera la conciencia de los atropellos
que allí se han cometido. Un gabirro centenario me contó un día que Montevive
había sido testigo fiel de las viejas historias y leyendas de Alhendín, La
Malahá y Las Gabias. Y en otra ocasión, una gabirra me dijo: “Antes de que lo
destrozaran, Montevive se asemejaba a los pechos de una mujer”. Hasta hace
pocos años, en la festividad de San Marcos, grupos de jóvenes subían al monte a
pasar el día y se comían allí el hornazo, pero esta tradición se ha perdido
pues el ayuntamiento reparte ahora los hornazos en el parque periurbano. La mina
de estroncio está abandonada desde hace tiempo y la imagen de la vieja encina
nos indica que aquellos parajes deformados han sobrevivido a la devastación
(hay zorros, cuervos y otros muchos animales), que también afectó a los restos
arqueológicos de una cueva. Montevive está vallado por los propietarios de la
mina y un guarda me echó de los alrededores hace unos años, ni eso permiten. No llamé a la Guardia Civil porque no llevaba el móvil. Por eso se ha convertido en un símbolo,
como las Montañas Negras de los pieles rojas donde anidaban sus espíritus. Es
de justicia que los Ayuntamientos de Las Gabias, La Malahá y Alhendín recuperen
Montevive, para que pueda ser visitado y repoblado.
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