El pasado 21 de octubre cinco amigos de Castilléjar hicimos el
sendero por Los Barrancos, en el panel informativo viene como Sendero Badland de Castilléjar, PR-A-388.
El río Guardal venía crecido pues los días anteriores
había llovido. Fuimos por el Barranco
Hondo y al fondo se veía el Pico de la Loma Alta.

Unos centenares de metros más abajo está el Puente de las Juntas, donde se unen los rios Galera y Guardal.
A lo lejos se ve la antigua carretera de Benamaurel que asciende por el monte y, un poco
más arriba, se encuentra la Fuente del Cuco, que fue restaurada hace varios
años. Se encuentra abandonada
La Presa del Cura estaba cubierta por la
vegetación. En la curva del rio había un remanso con el agua transparente,
aquí solíamos bañarnos. Más abajo hay un salto de agua. Seguimos caminando
entre los álamos de la ribera.
Más
adelante, en la margen izquierda del río, hay campos de pimientos de un empresario
murciano que se destinan para hacer pimentón. En los años sesenta, se vendía la marca El Aeroplano, de Novelda. Con los años le cambiaron el nombre
por El
Avión pero conservando el
mismo dibujo, y hoy se le conoce como colorante alimentario. Conforme
ascendíamos por la pista de Los
Barrancos, se veía el esparto en flor así como los yesos lacustres,
alargados o en forma de flecha. Yo me traje uno de recuerdo.
La
famosa Cueva de los Amos pertenecía
al oscense Pedro López Carbonero,
que era el propietario de muchas tierras, de la fábrica de la luz, que estaba por debajo del molino, y de la almazara.
Detrás del panel informativo hay un pequeño horno de yeso. Más adelante se
encuentra el Mirador.
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En el centro destaca el caserío de
Castilléjar y, a la izquierda, la aldea de Los Olivos. Más acá se aprecia
el contraste de las cárcavas sombreadas por el cielo cubierto de nubes. Es un
paisaje desértico y a la vez inhóspito, que impresiona al caminante. Parece un cuadro
pintado a grandes pinceladas.
Llaman la atención los cerros moteados en forma de pirámides, entre el sol y la sombra. Los Barrancos son una zona árida y esteparia, como el norte de Marruecos o el desierto de Arizona; sólo se ven antiguos caminos de herradura y abundantes matas de esparto en la cara norte de los montes.
Al descender de los Barrancos se observan la vega y Castilléjar. Y en el horizonte sobresalen las Sierras de Castril y de Cazorla, Marmolance y la Sagra, que domina el Altiplano. En el sendero, los cinco amigos comentamos que de niños solíamos ir a la Ciudad de las Zorras, con Luis el Latas, teníamos que cruzar varias ramblas, en dirección al Este. Allí había algunas madrigueras pero nunca vimos las zorras.
Aspecto
de la vega desde la Presa del Cura, mientras que Castilléjar parece un pueblo
blanco elevándose sobre el cerro. En las primeras horas de la mañana el
cielo estaba nublado pero se despejó sobre el mediodía.
El agua del rio Galera baja así de sucia, por los vertidos.
Después de hacer unos doce kilómetros, regresamos entre los álamos de la ribera y los campos de la vega.
Quiero
hacer unas precisiones. En el panel informativo viene Sendero Badland (es badlands) de
Castilléjar, pero omiten el topónimo los Barrancos a pesar de que discurre
íntegramente por ellos. En Google viene:
Mapas Geoparque de Granada/ Ruta Badland
de Castilléjar, pero lo sorprendente es que Los Barrancos ni siquiera figuran en
el Geoparque de Granada. Han desaparecido oficialmente y los han sustituido
por un anglicismo que significa tierras baldías o yermas. Copio lo que me decía
Manuel el Chato, del barrio de Los Evangelistas, en 2024. Entonces, en Castilléjar ‘tos’ se dedicaban
al esparto, menos los cuatro señoritos. Lo pagaban a dos pesetas la arroba y
tenías que coger unas siete arrobas para poder vivir. Se refiere a los años
cincuenta. El esparto ayudó a sobrevivir
a miles de familias, pues fue la
principal actividad de Castilléjar. Después lo llevaban en carros a las
fábricas de transformación en Calasparra
(Murcia) y a Cabra del Santo Cristo (Jaén). En los años sesenta los
plásticos provocaron el declive del esparto, por lo que los esparteros se
vieron obligados a emigrar a Cataluña y
a Europa, muchos de ellos han fallecido. Cuando yo era niño, en los
atardeceres veía desde la calle del
Rosario a las reatas de burros de los esparteros, regresando al pueblo, por
las veredas de los Barrancos. No estarían de más unos renglones dedicados
a los cientos de esparteros, en los paneles informativos del sendero, y sería
de justicia dedicarles una estatua en su memoria.











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