domingo, 9 de octubre de 2016

LAS CUEVAS DE GUADIX, DE CARLOS ASENJO















El escritor Carlos Asenjo Sedano publicó Las cuevas. Un insólito hábitat de Andalucía Oriental, en 1990. La obra no está dividida en capítulos, sino que al final tiene unos apéndices documentales y está centrada principalmente en Guadix. En la contraportada nos indica que “frente a un urbanismo que tiende a su estructura vertical, fálica, de poder y dominación, aparece este hábitat con una estructuración diferente, horizontal, claro símbolo de la pasividad y lo femenino, que enlaza con lo más típico de la simbología de las tierras del Sur…”. Continúa diciendo que “los moriscos esperaban el viejo protagonismo… ahí también, como en África, se guardan las llaves de las viejas heredades, de los cármenes, de las munyas, de los marchales…”.
El libro me ha encantado por diversos motivos. Hace unos años, me compré una cueva en Guadix y es cuando te das cuenta de que vives en un barrio de infraviviendas, donde falta lo esencial: el agua del grifo no tiene la potencia suficiente porque el depósito tenían que haberlo edificado en un lugar más alto, de manera que los cueveros de varios barrios tenemos que comprarnos un motor para tener agua caliente. Mi calle es de tierra, en un tramo de unos cuarenta metros, por lo que se levantan polvaredas o hay barro, dependiendo de la estación del año. Tampoco barren la calle, que es de piedras y de cemento, a pesar de que los vecinos pagamos los impuestos como los demás. ¿Para qué la vamos a barrer o asfaltar, dirán en el Ayuntamiento accitano, si siempre han vivido así? A través de un escrito de los vecinos, le pedimos al concejal de Obras que mudara unos metros el poste de luz, acercándolo a tres viviendas para que tuviéramos más iluminación durante la noche porque es escasa. La respuesta del concejal por el móvil fue: “Mover el poste de sitio unos metros cuesta dinero”. Sin embargo, un electricista nos dijo que ni siquiera tenían que añadir cable. El caso es que robaron en una cueva e intentaron robar en otra, aprovechando la oscuridad. Me contaba la presidenta de una asociación de vecinos que tuvieron que pasar varios meses y pedirlo varias veces, para que sustituyeran una bombilla fundida en la rotonda. Los solares cercanos están llenos de escombros y sin bombillas en las farolas, muchas están rotas, y así podía rellenar varios folios.
Ante tanto abandono, me acuerdo de esta frase del historiador de Freila, Gabriel M. Cano, en la introducción de su libro La comarca de Baza, editado en 1974: “La comarca de Baza sólo era un pieza tributaria donde no había qué invertir. ¿Para qué? ‘Son gentes sin remedio, descendientes de moros, que viven en cuevas y no les gusta el trabajo’. Y así se ha llegado a una situación de extremo subdesarrollo (...) y, sobre todo, por medio de la emigración, que en los últimos veinte años ha reducido a la mitad los efectivos demográficos”. A parecidas conclusiones llega el historiador Carlos Asenjo, en su investigación sobre las cuevas de Guadix, aparte de que ha ido hilvanando los hechos históricos que están a la vuelta de la esquina. Entonces te das cuenta de cuánto tenemos en común con el legado árabe de ocho siglos, y que pervive en nuestros días.
El historiador asegura que, cuando los Reyes Católicos conquistaron Guadix, en 1488, “no existían cuevas que formaran un determinado núcleo urbano”. En 1490, se ordenó que los musulmanes salieran de la ciudad amurallada y de sus arrabales, y se concentraran en una aljama o morería que se constituía ad hoc en el alejado barrio de Santa Ana. Y a continuación, se repobló  la ciudad de cristianos. Sin embargo, los moriscos simulan las prácticas del cristianismo y acaban por construirse ahí su propia habitación  de grupo, “despreciados por todos”. La época en que parece tener lugar el uso de la cueva está ligada a la guerra granadina de los moriscos, durante 1568-1571. Con la derrota, fueron expulsados del reino de Granada a otras tierras del Norte. Según el historiador, Julio Caro Baroja, debieron salir de este reino de Granada unos treinta mil vecinos, mientras que en Guadix salieron 1.720, equivalentes a unas 8.600 almas aproximadamente. Antes de la guerra, en la ciudad la mitad eran cristianos viejos y la otra eran cristianos nuevos o moriscos. En España había que conseguir la unidad política y religiosa, lo que provocó las sucesivas expulsiones de los moriscos y de los judíos, pues estamos ante una sociedad atrasada e intolerante. Carlos Asenjo apunta que “acabó por sentar unas poderosas bases de resentimiento colectivo contra los moriscos, que siendo vencidos y pobres, con el tiempo se iban alzando otra vez con el poderío económico de la tierra, al margen de la Iglesia y de los nobles”. Esto es, compraban las tierras de sus antepasados que les habían sido arrebatadas por los repobladores, pues los cristianos no sabían sacarles provecho. “Son frecuentísimos los hechos que demuestran el asalto de las casas y propiedades moriscas al solo efecto de tomarles la propiedad. Un hecho que con la expulsión y nuevo reparto, tras el año 1574, alcanzará su ratificación plena”.
González Palencia escribe que “…está probado que por 1609 los moriscos de Granada, Murcia y Jaén, ayunaban durante el Ramadán y celebraban la Pascua de los alaceres, por todo el mes de septiembre, durante el cual… dejaban transcurrir el tiempo sin oír misa, entre bailes y zambras, en los que aparecían ataviados con los más vistosos trajes y aderezos de que disponían, y a los niños que engendraban en dichos lugares les llamaban dichosos o bienaventurados”. Por otro lado, Henriquez de Jorquera y Méndez Silva, a finales del siglo XVI, anotan más de cuatrocientas cuevas en el arrabal que indudablemente, para entonces lo mismo que para hoy, constituye un número llamativo y destacable en el conjunto del elemento urbano. Con este dato, Carlos Asenjo llega a la sorprendente conclusión que “el resultado de aquella gran operación que fue la expulsión tuvo una finalidad más económica que social y religiosa aunque aparentemente estos dos aspectos fueran el gran ruido tras lo que aquella se camuflaba”. Nos topamos siempre con el trasfondo de la economía, que ha provocado sistemáticamente las revoluciones y los grandes movimientos humanos.
En el siglo XVIII, la Asamblea de los Obispos del Sureste –Granada, Jaén, Guadix, Almería…– se reunió para estudiar los muy frecuentes casos en que los moriscos casados dejaban a sus legítimas esposas para tomar otras, escándalo nunca visto y que llegó a preocupar en la Corte. Incluso Cervantes decía que “entre ellos no hay castidad ni entran en religión ellos y ellas; todos se casan; todos se multiplican; porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación…”. Otro historiador apuntaba que “casaban sus hijos de muy tierna edad, pareciéndoles que era sobrado tener la hembra once años, y el varón doce, para casarse. Su intento era crecer y multiplicarse”. Esto mismo se practica hoy día en Palestina y en muchos estados árabes, y no digamos la poligamia, tan arraigada en el islam. Es más, los cristianos siempre vieron con preocupación y temor cómo se multiplicaban las comunidades de los moriscos. Los versos de Juan Rufo son elocuentes: “ellos bien reservados destos daños / teniendo a cuatro niños en tres años”. Mientras que Asenjo recoge aquel viejo refrán: “Habiendo chocho y cueva… ¡que llueva!”.
Bastantes de aquellas mujeres moriscas, “como muchas de hoy –pero muy especialmente desde 1600 acá– tenían fama de ser hechiceras y de echar el mal de ojo”, prácticas que fueron condenadas por el Tribunal de la Inquisición. Otro tema es el rapto de la novia, “la ida o llevada de la novia, casi exclusiva del lugar, no hay más explicación que buscarle analogías con las costumbres moriscas, de arrebatamiento de la novia al lugar conyugal, posiblemente con raíces premusulmanas”, nos dice el autor. Lo normal del rapto es que acabe en matrimonio formal, aunque nunca fue reconocido por la Iglesia. Me contaba un conocido, de las cuevas de Guadix, que se llevó a su novia porque sus padres no veían con buenos ojos su relación y conozco bastantes casos como éste.
En cuanto al carácter de los moriscos, fray Alonso Fernández dice: “… que eran callados, sufridos, vengativos en viendo la suya. Su trato común era trajinería y ser ordinarios de unas ciudades a otras. No se supo siquiera emparentar con los cristianos viejos…”. Por otro lado, Caro Baroja sostiene que, según la opinión general, el morisco era un individuo inculto, incluso cerril. Un individuo con ciertas habilidades técnicas y manuales, pero indocto. Los sabios, los jueces, los santones de aquella comunidad eran despreciados por los prelados, letrados y hombres de pluma de las épocas de Carlos V y Felipe II, por todo lo cual la plebe urbana morisca, con frecuencia, fue ridiculizada y zaherida.


Como vemos, los cristianos y los moriscos  eran como el aceite y el agua, dos culturas, dos religiones, dos razas, dos mentalidades, en definitiva, dos mundos diferentes. Esta apreciación mía tiene validez hoy y me acuerdo de esta anécdota que leí hace tiempo: los moriscos granadinos estaban más lustrosos porque guisaban con aceite, mientras que los cristianos lo hacían con manteca. En cuanto a los moriscos del Cenete (el Sened, la tribu de los cenitas) y de las Albuñuelas, “se decía que eran de los más pulidos en el trato, mientras que las gentes de Guadix, según Casiri, quizá por ser pobladores con alguna sangre de la tribu de los Beni Sami, tan conocida por su carácter pendenciero, siempre, hasta hoy, han sido gentes más feroces, por utilizar una expresión de los cronistas de la Reconquista”. Tierra de violencias y arrebatos, de pendencia y resentimientos, anota Carlos Asenjo. En este sentido, el obispo fray Antonio de Guevara escribió a su colega, el obispo de Tuy, entonces presidente de la Real Chancillería: “… la gente de esta tierra no es como la de la vuestra, porque son agudos, astutos, resabidos, disimulados y versutos”.
Según Aznar Cardona, los oficios de los moriscos eran sobre todo tejedores, sastres, sogueros, esparteñeros, olleros, zapateros, albéitares, colchoneros, hortelanos, recueros, revendedores de aceite… Y para Caro Baroja, los dos tipos de vida opuesta, el morisco y el cristiano viejo, muy bien podían simbolizarse en los albañiles o alarifes, el de los moriscos; y el de los canteros, los cristianos viejos. (…). “Y si investigáramos los oficios ejercidos en los últimos trescientos años por los hombres de la cueva veríamos como casi todos están incursos en la reseña de Aznar Cardona”.  
El Catastro del marqués de la Enseñada, de 1753, recoge que entonces había en Guadix 655 cuevas, de las que 546 estaban en el casco de la población y 109 fuera de él. En 1777 será tenido por un barrio, o un conjunto de barrios, que se ha ido formando y estructurando completamente al margen de la ciudadela, en lo político y en lo religioso. Los documentos de la época afirman que “son estas gentes personas o familias que sólo producen ofensas a ambas majestades, sin el menor respeto o temor a la justicia”. Aquí el escritor accitano precisa que, “no muy alejado del otro concepto que antaño se tenía de la Morería o del gueto”.
Rafael Aynat, el corregidor de Guadix y protagonista de El sombrero de tres picos, en un manifiesto a la Corona, pone el dedo en la llaga y nos deja este testimonio: “Es imponderable el perjuicio tan físico, como político, y aún moral, el que se experimenta en dicha ciudad por hallarse a la circunferencia de ella, y envueltas en un número casi infinito de pequeñas cañadas, montes terrosos de corta elevación… hasta setecientas familias encerradas en las cavernas de la tierra, con muy poca o ninguna ventilación, oscuras, mucha humedad, y de rara naturaleza, las cuales, por un concepto general, siendo de extraño domicilio, han ido sucesivamente, por causas tal vez no honestas, refugiándose en dichos parajes (…), habiendo acreditado la experiencia no pocas veces que siendo el receptáculo de malhechores de ambos sexos, y de todas partes, se hace, si no imposible, sí muy difícil su averiguación por la facilidad de ocultarse y desaparecerse… Pero sí debe expresarse que siendo el carácter natural de los habitantes, indolente, inaplicado y de poco aseo, abunda la ciudad en mucha miseria y en mayor hediondez, con especialidad casi todos los habitantes de las cuevas, los cuales (…) se revuelcan en el letargo y abundan en la embriaguez, y, como paralíticos, están incapaces de dar un paso, ni mover las manos, para otro objeto que el de recibir cuanto les dan, siendo fácil de inferir la inmoralidad y pernicie de costumbres…”.
Al hilo de esto, Asenjo escribe: “El cantonalismo secular, el individualismo, la inexistencia de normas, lo que entendemos por iberismo misterioso, tienen, pues, aquí, su expresión máxima, como fenómeno que ha prescindido del tiempo, como expresión estática de la sociedad”. A veces, cuando yo llego a Guadix, tengo la impresión de que estoy en el siglo XIX, tal es el atraso: calles estrechas y mal asfaltadas, una circulación caótica pues se conduce mal (y yo el primero), el enorme paro que se ceba en la ciudad y, sobre todo, la falta de limpieza en los barrios de las cuevas, en parte por dejadez de los cueveros y también por el secular abandono del ayuntamiento. El tiempo parece que se ha detenido en Guadix, al contemplar los edificios del centro, en un verdadero estado de ruina. Guadix se cae a cachos, pienso, los cables y las antenas de televisión se enseñorean en las almenas de la Alcazaba, en medio de la indiferencia o la aceptación de la población. Y en cuanto a la mentalidad de muchos, sirva lo que me contaba un cuevero hace unos meses: “Pasó uno de ésos y me robó la leña de la puerta, yo lo vi a lo lejos pero para qué lo iba a denunciar, si no sirve de nada”. Esta resignación y este fatalismo nos llevan al siglo XIX y, sin embargo, hoy día en las cuevas se producen los robos con total impunidad.
El historiador sostiene que  casi todas las cuevas eran un refugio de moriscos –los del éxodo–, de manera que por los años de 1727 y 1728, el Tribunal de la Inquisición hizo aquí una redada de cueveros que todavía practicaban sus ritos mahométicos. “Y ello viene ratificado por la supresión de la parroquia accitana de la Magdalena, aquella que fue templo hispano-godo, y después mozárabe, y más tarde Mezquita de los Renegados…, en la reforma de curatos que se hizo en el Obispado de Guadix, por el año 1792”. En 1770, con el rey Carlos III, las cuevas empiezan a pagar la contribución y son clasificadas por barrios, “en donde la Cañada de los Gitanos se va constituyendo como un núcleo marginal dentro de las mismas cuevas”. Asenjo Sedano señala que el arte de la alfarería es esplendoroso, pues es una herencia de los moriscos y llega a la conclusión de que la cueva era siempre una actitud de espera ahíta de reivindicar la propiedad de la casa, del terruño, de lo ancestral como posesión de los antepasados. “Las cuevas, así, se convertían palpablemente en un testimonio urbano de la reivindicación subconsciente. De hecho (…), no pocas familias moriscas, aparte de conservar las llaves más o menos simbólicas de ellas –y al efecto recuérdese a León el Africano tenían enterrados en los patios o en los cármenes de ellas no sólo tesoros más o menos valiosos, sino también los otros tesoros más añorados de los recuerdos familiares, de las gestas tribales, de los proyectos de futuro”.
Los tesoros escondidos de los moros han estado muy arraigados en el subconsciente de los españoles, tanto es así que un niño del Altiplano llegó a derribar, él solo, una atalaya morisca, de unos veinte metros de altura, en los años sesenta, porque alguien le dijo que allí había escondido un tesoro. El escritor accitano afirma que, en la época posterior a la guerra morisca, y sobre todo después de su expulsión de estas tierras, se observa una desbordante situación de auge de la esclavitud que va a coletear hasta la llegada del siglo XIX. Prácticamente, en todas las casas existían uno o varios esclavos. Pero la cosa no quedaba aquí, sino que a muchos esclavos se les marca con fuego en la carne, como a las reses. Y en cuanto a las mujeres, “a las esclavas, con frecuencia se introducen en el terreno de la relación erótica con el amo, a veces soltero, otras veces clérigo, otras casado y mal avenido con su esposa legal (…). Los moriscos que han regresado y que unos de grado y otros por fuerza, no tienen más remedio que entrar en el juego de la esclavitud legal para eludir el duro trance del exilio”. En el siglo XIX, se produce la abolición de la esclavitud con la Constitución de 1812, pero serán los cueveros los que sirvan a los señores de la ciudad, trabajando en el campo los hombres mientras que las mujeres servían en las casas de los señoricos. Salvando las distancias, las cuevas siguen proporcionando una mano de obra barata a los señoritos de hoy.


Asenjo Sedano hace una interesante reflexión sobre la reconquista castellana: se ponen otra vez de moda los cultos viriles, ahora lógicamente cristianos, que se instalarán alrededor de las devociones al Crucificado, a San Miguel, a San Sebastián, a San Pedro y a Santiago. “Hasta que la recuperación vital de la población vencida empieza a revitalizarse con la consiguiente recuperación, otra vez, de las advocaciones femeninas…”. Sigue diciendo que es la dilatada época en que surgen los cultos a las vírgenes de las Angustias en el reino de Granada, vinculadas a una población, la musulmana-morisca, que sólo experimenta angustias. O cuando surge la advocación a la Virgen de la Piedad, en Baza-Guadix, “vinculada a una población morisca ahíta de que se tenga piedad de ella. Y, en la actualidad, como ponen de relieve las romerías a los santuarios del Rocío o de Ntra. Sra. De la Cabeza, ya ha recuperado un muy alto nivel de su tradicional indigenismo, en el que las cuevas, y lo que ellas significan, tienen un papel preponderante”. El historiador llega a la conclusión de que “comienzan a surgir indicios de esa nueva concepción sincrética que, pocos años después, hallará su más escandalosa y famosa formulación en el asunto de Los plomos del Sacromonte de Granada”. En Baza, se va a manifestar en el hallazgo de una imagen enterrada, se supone que muchos años antes por los mozárabes, y que va a ser hallada al grito lastimoso de “Piedad de mí…”, en una clara alusión a la actitud del pueblo musulmán, vencido y perseguido. De manera que relaciona los Libros Plúmbeos del Sacromonte con la imagen de la Piedad, de Baza.
En cuanto al origen o antecedentes del Cascamorras, también nos da su versión personal: “Pero sí hemos podido documentar que, en los últimos años del Guadix musulmán, en el siglo XV, precisamente en el mes de septiembre, en la festividad de los alaceres, tenía lugar en esta ciudad una especie de algazara popular y multitudinaria, en la cual los muchachos se arrojaban los unos a los otros diversos objetos, especialmente frutas maduras…, amén de echarse los unos a los otros a los embalses, acequias, etc., algo que encaja muy bien como antecedente de la fiesta del Cascamorras. Una fiesta, sigue diciendo el autor, que a raíz de la citada Virgen de la Piedad –un claro intento de sincretismo por parte de la población ya morisca–, debió enlazarse con la misma para dar lugar a sus características actuales.
Añade que “con todo, y esto se ve hoy mismo, la fiesta, el rito, no es propiamente de las casas, que siempre han permanecido un poco de espaldas a ella, sino de los barrios periféricos y de las mismas cuevas, lo mismo en lo referente a su escenario geográfico que a la participación de sus protagonistas, singularmente el que encarna la figura del Cascamorras, cuyo traje de policromías enlaza perfectamente con la tradición colorista de que usó y buscó la sociedad musulmana de esta tierra”. Una tía mía estuvo viviendo en Baza durante la posguerra y me contaba que le tiraban tomates y lo que pillaban al Cascamorras, mientras que en Guadix me decía un jubilado que le arrojaban hasta membrillos.
El historiador Caro Baroja opinaba que “… se llegó a borrar de la conciencia, de los que quedaron de la misma raza, el recuerdo de casi toda tradición jurídica, religiosa y social islámica, hasta el punto de que la palabra morisco fue casi desterrada del vocabulario (…). El morisco granadino, en muchos casos, tenía un proceder parecido al de los miembros de cierta sociedad secreta, que no era fácil distinguir del cristiano viejo”. El autor accitano finaliza así: “Un drama, como se ve, muy parecido al que experimentó la comunidad morisca, como lo experimentó también la otra comunidad mozárabe. Y las otras comunidades que le precedieron frente a la agresividad devoradora de la multitud de pueblos extraños que, desde siempre y desde lejos, habitualmente se han dejado caer por estas tierras del sudeste peninsular”. Por este cruce de caminos, diría yo. Ortega y Gasset afirmaba que las razas superiores empujaron a las razas inferiores a las tierras del Sur. Sin embargo, en Guadix, la ciudad natal de Carlos Asenjo, apenas si se conoce este análisis e investigación histórica que hace en su libro. Y de esta manera desconocemos nuestra historia y nuestras raíces, y de dónde vienen muchas de nuestras costumbres, comidas, oficios y fiestas.

         He recogido estos párrafos en los Apéndices, que vienen al final:

Carta del Cabildo catedralicio, al rey Felipe II, sobre la situación de la ciudad después de la expulsión de los moriscos, año 1585: “… de cuya causa los árboles frutales y morales con que se cría la seda, que es la principal renta de este Reino, están tan perdidos que no se puede significar más de remitirnos a los que V. Mgtd. entiende y sabe por lo que toca a sus rentas reales, por lo cual cada día van creciendo más las necesidades, y la población de esta tierra está tan mal asentada que con la poca experiencia que tiene cada día va en mayor disminución”. Tras la expulsión de los moriscos, entre los años 1571 y 1609, el historiador Hurtado de Mendoza escribe en su ‘Guerra de Granada’: “Quedó la tierra despoblada y destruida, vino gente de toda España a poblarla y dábanles las haciendas de los moriscos por un pequeño tributo que pagaban cada año”. 
Promiscuidad de los cristianos viejos o relaciones entre los conquistadores castellanos y los vencidos indígenas. Año 1554. Fuente: Sínodo de las Iglesias de Guadix y Baxa: “Y porque los cristianos nuevos cuando mueren sus difuntos les lavan los cuerpos y los ponen en sus sepulturas boca abajo o de lado, y los pies hacia cierta parte… y aún llevan algunas cosas de comer o de beber a la sepultura (…). La poca fe de los cristianos nuevos se ve en los testamentos que si los dejan testar a su voluntad no mandan cosa alguna por sus almas… Mandamos que sean obligados a dejar por sus ánimas una vigilia de tres lecciones, y la Misa del día del entierro, y un novenario de misas, tres cantadas y tres rezadas”.


 en cuanto a la esclavitud, valga este escrito de 1637: “… Y otro, Dayfala, moro de nación, al cual dice que ha poco dio licencia para ir a la ciudad de Málaga y no ha venido, porque debe andar buscando para su rescate. Es un esclavo de edad de 54 a 56 años, herrado en los dos carrillos con letras que dicen Guadix, el cual, venido que sea… Lo tasó Marcos López –que lo conoce- en 40 ducados”. 




domingo, 25 de septiembre de 2016

DE LA VIDA MISMA


Puesto en el Mercadillo de Guadix
Dedicado a Andrés Burgos






A principios de agosto me paso por una franquicia de electrodomésticos, en Granada. Una dependienta  me informa sobre un lavavajillas y, al final, me dice que se encuentra en período de prácticas y que no le pagan nada; que entró a las diez de la mañana, son las trece horas y todavía no ha podido ir al lavabo, y del bocadillo de la mañana para qué hablar: “Mi jefa no me ha dicho nada”. Así andan los derechos de los trabajadores y eso que la franquicia es francesa. Hace poco venía en la prensa que, un 30% de los trabajadores suelen echar una media de ocho horas extras a la semana, pero no se las pagan. Al haber mucho paro, los empresarios se aprovechan de la mano de obra. Con la reforma laboral, los trabajadores que ganaban mil euros pasaron a ganar seiscientos y, donde había un trabajador fijo de cincuenta años, metieron a un joven de veintitantos, con un contrato temporal o a tiempo parcial, por cuatro perras. De abonar cuarenta y tantos días al año por despido, se pasó a veinte tantos… Y es que el empresario sólo invierte cuando barrunta ganancias.

Esta reforma laboral también la hicieron en Alemania, de manera que, abaratando el salario, es cómo el empresario se anima y hace el agosto. De manera que reduce el paro –el presidente socialista Hollande ha copiado la reforma laboral de Rajoy y la ha aplicado en Francia– pero produce más desigualdad en la sociedad, pues unos pocos ganan mucho mientras que muchos ganan poco. Desgraciadamente, no se han inventado otras medidas económicas mejores para aliviar el desempleo. Un conocido asesor de Pedro Sánchez reconocía que la economía funciona así y que, la única diferencia entre la política económica del PSOE y la del PP estaría en subir los impuestos a unos o a otros. “Pues, como se entere Pedro Sánchez de lo que usted está  diciendo…”, le contestaba el periodista Carlos Alsina. Cuando hay muchas viviendas o tomates en el mercado, el precio baja; si es al contrario, sube: así funciona la ley de la oferta y la demanda. Y lo mismo ocurre con los trabajadores.

Al comprar un calentador de gas butano, por 210 euros, me ocurrió esto. El empleado sólo me dio un tique, entonces le pedí la factura pero me dijo que tenía que meter mis datos en el ordenador y que le llevaría tiempo… “A este tique, al cabo de un año, se le ha borrado la tinta”, le contesté. “Pues, le sacas una fotocopia…”, fue la solución que me dio el cajero. Al día siguiente, hablé por teléfono con la oficina de la tienda y la empleada me dijo que el tique tenía el mismo valor que la factura. “Vamos a ver –le repliqué–, si yo quiero presentar una reclamación, a tu empresa o a la Administración, ¿en el tique no figuran mis datos? ¿O tengo que ir a Hacienda para denunciar que estáis vendiendo a los clientes sin entregarles una factura?”. La joven encima se reía. Entonces me acerqué a la empresa y me hizo la factura, pues de lo contrario les hubiera puesto una reclamación. Una cosa es que compres una radio por veinte euros y te den un tique, y otra que compres un calentador y no te entreguen la factura… Aquí vienen los datos del comprador y de su domicilio, el producto adquirido, la garantía…, por lo que puedes reclamar en cualquier sitio.

Un amigo me contó su aventura: alquiló el piso a una pareja de estudiantes para el curso y estaba contento con ellos, de manera que los quince días de julio no se los pensaba cobrar. Los estudiantes se iban dos meses de vacaciones, les guardaba el piso y volvían de nuevo en septiembre. Cuando se marcharon, el propietario vio que el yeso se había desprendido, alrededor del marco de la puerta de entrada a la vivienda. Y que también existía una mancha de humedad, en el techo del cuarto de baño, pero la pareja de estudiantes no le había comentado nada de esto. Entonces llamó por teléfono al chaval y este le contestó: “El yeso de la puerta ya estaba despegado, cuando entramos, y la mancha de humedad del cuarto de baño también estaba”. El dueño se quedó asombrado por el descaro del estudiante y, viendo que negaba como un bellaco lo que era evidente, le dio una rápida solución al problema: “¿No has podido avisarme de la mancha de humedad del baño, en todos estos meses, para decírselo a la vecina o a la comunidad, y lo hubiera pagado el seguro de una u otra? Ahora me van a decir que la mancha está seca…”. Como el estudiante no se bajaba del burro, le espetó: “Mira, no me gustan los malos rollos, así que como el 15 de julio termina el contrato de alquiler, cogéis vuestras cosas y os marcháis”.

El joven no era de los que se callaban, y le respondió: “Se lo diré a mi abogada y a la inmobiliaria”. Y así hizo. La abogada, después de pedirle al dueño que se acercara al piso para dialogar, le dijo que “no tiene pruebas de que los estudiantes hubieran roto el yeso con los portazos y que no tienen que pagarle nada por la limpieza del piso”. No contenta con esto, tuvo la desfachatez de echarlo de la vivienda. En el contrato venía recogido que debían de pagar los gastos de limpieza, si no lo dejaban en el mismo estado en que encontraron el piso. Sin embargo, cuando finalizó el contrato y se marcharon los estudiantes, el dueño cambió la cerradura y estuvo negociando la devolución de la fianza, por correo electrónico. “Me cuesta poco enviaros un presupuesto de una empresa, con los desperfectos que vosotros negáis haber causado, con la excusa de no pagar, así como los gastos de la limpieza”. Al final llegaron a un acuerdo, los estudiantes pagaron y le entregaron las llaves del piso.

He visto en Granada cerrar y abrir el mismo  bar, en tres o cuatro ocasiones y de forma consecutiva. Los locales del centro de la ciudad tienen mucha demanda, por lo que no es raro ver cómo echan el cierre a un negocio y vuelven a abrir con otro dueño, pocos días después, tras hacerle unas reformas. En la plaza del Doctor… hay cuatro bares: uno ha echado el cierre hace poco porque, como es natural, no hay olla para todos. Es más, si cuando había tres bares tuvo que cerrar uno (aunque lo volvieron a abrir otros, pero bajando los precios), no se explica que pongan otro bar. En Francia apenas se ven bares, más bien son restaurantes donde se puede también tomar unas copas, de manera que los franceses no tienen la costumbre de los españoles, aparte de que allí las bebidas alcohólicas son muy caras. Recuerdo que en París entré a un bar, para ver al Real Madrid, que jugaba contra el París Saint-Germain. Allí me encontré con unos estudiantes españoles de Erasmus (algunos eran del Barça), que les gustaba el fútbol, pero dos cervezas creo que me costaron seis euros.

A la hora de montar un negocio, los expertos recomiendan hacer un estudio previo de los comercios de la misma rama que hay por los alrededores. Si en la calle hay una ferretería, no es aconsejable montar otra por allí cerca. Esto tan simple muchas veces no se tiene en cuenta, por lo que están predispuestos al fracaso y al cierre del negocio, aunque lo peor son las pérdidas. Recientemente, me ocurrió esto: en el mercadillo de un pueblo grande, un frutero vendía los melocotones a 1,20 euros el kilo y te decía que eran de Guadix, aunque en la furgoneta figura un pueblo de Almería. Al lado del frutero había un matrimonio que vendía los melocotones a 1,80: eran mucho más grandes y la furgoneta ponía la dirección de un pueblo cercano a Guadix. Mientras estos melocotones desprendían un olor dulce, los otros apenas olían. Sin embargo, el frutero de Almería se hinchaba de vender melocotones y hortalizas, mientras que el matrimonio apenas tenía clientela. Entonces les dije: “El de al lado los está vendiendo como melocotones de Guadix, aunque no lo son, y más baratos. Mientras que ustedes…”. “Es que mis melocotones son mejores y más gordos…”, me respondió la mujer. “Mire –le interrumpí–, usted está compitiendo con el frutero de al lado, que vende el kilo de melocotones a 60 céntimos más barato. Le está quitando la clientela, por lo que a usted no le queda más remedio que bajar el precio si quiere vender la mercancía”. Vi que el matrimonio no se quedó conforme con mi razonamiento, pues no entendía esta regla tan simple de economía.  A la semana siguiente, pude comprobar que había bajado el precio del melocotón a 1,50 euros y ahora tenía más clientela. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

NUNCA LLUEVE EN GUADIX




Guadix







Pocos saben que, en las comarcas de Guadix, Baza y Huéscar, apenas llueve porque las cumbres de Sierra Nevada no dejan pasar las nubes. Ocurre algo parecido con la Cordillera del Himalaya: las nubes descargan la lluvia en el Everest y en las cimas del planeta, mientras que unos kilómetros más allá se encuentra el desierto de Gobi porque no recibe ni una gota de agua. Por eso, la Hoya de Guadix y Baza, así como la comarca de Huéscar son semidesérticas, con un paisaje estepario donde sólo hay vega en las márgenes de los ríos. A veces he pasado por la cuesta de Víznar, en dirección a Guadix, y estaba diluviando o bien el cielo tenía un color plomizo por la Sierra de Huétor, amenazando con una gran tormenta. Unos minutos después, en el Puerto de la Mora, la intensa lluvia o la niebla apenas dejan ver la carretera, mientras que no es raro ver a algún vehículo tirado o volcado en el arcén. Pero, una vez que dejas atrás la Venta del Molinillo, aparece recostado en la ladera el pueblo de Diezma, mientras que un sol resplandeciente e intenso te deslumbra los ojos. Y sin embargo, a lo lejos, se ven las nubes trepando por sobre las blancas cumbres de Sierra Nevada. Cuando acaban los bosques de pinos de la Sierra de Huétor, uno se topa con el árido paisaje de la tierra roja de Guadix, tan parecido a Capadocia, donde los dientes de los montes resecos parece que claman al cielo pidiendo que llueva.

Sin embargo, muchos comarcanos piensan que la falta de lluvia se debe a las misteriosas avionetas, que lanzan cloruro de plata sobre las nubes y las disuelven, para que no llueva o no caiga granizo en las cosechas y, también, para que los agricultores planten almendros, un árbol que apenas requiere agua mientras que el precio de las almendras está subiendo. Algo de cierto hay en las temidas avionetas, pues hay videos donde se ven lanzando el producto químico sobre las nubes, que desaparecen poco después. Pero, no es menos cierto que las nubes descargan la lluvia sobre Sierra Nevada, que se convierte en un enorme depósito de agua para Granada, regando su fértil vega. Sin embargo, en Guadix, el cauce del río Fardes permanece seco durante el verano (el agua se deriva a las acequias de riego), a la vez que el clima es mucho más gélido. Antiguamente, el cauce del río Fardes era el único camino que había para ir a Almería, por lo que sólo se podía hacer el recorrido durante el verano, según cuenta Pedro Antonio de Alarcón.

Foehn o Föhn es una palabra alemana que se aplica al viento del norte, de los Alpes. Éste se produce en las montañas, cuando una masa de aire cálido y húmedo tiene que ascender para salvar el obstáculo. Entonces, el vapor de agua se condensa y se produce la lluvia. Sin embargo, en el lado opuesto de la montaña, el aire seco desciende con rapidez por lo que aumenta la presión atmosférica y la temperatura. Esto es lo que se llama el Efecto Föhn. Este fenómeno se puede apreciar también en las cumbres de Sierra Nevada: obliga a ascender el aire húmedo que viene del Valle del Guadalquivir y, más tarde, descarga toda la humedad en forma de lluvia. Pero, al descender el aire por la otra vertiente, aumenta la temperatura y de esta manera se forma el desierto de Tabernas, en la provincia de Almería, y las resecas comarcas de Guadix, Baza y Huéscar, donde las precipitaciones no superan los 150 mm al año. 


Los romanos llamaron a Sierra Nevada Mons Solis (Monte del Sol), y de aquí Solaria, pues el Sol sale por la montaña, mientras que los árabes la denominaron Sulayr. El poeta de Al-Ándalus, Ibn al-Jathib, llamó a Sierra Nevada “maravilla de la tierra, de donde brotan treinta y cuatro ríos y arroyos”. Entre ellos destaca el río Genil, que significa en árabe Cien Nilos. Pero, así de caprichoso es el clima: agua abundante para la Vega de Granada mientras que para Guadix sólo deja poca lluvia y un gélido frío.

Publicado en la revista ABSOLEM, el 14 de septiembre de 2016



domingo, 4 de septiembre de 2016

EL DEFENSOR DEL MENOR ACUSA A LA JUNTA








El Defensor del Pueblo Andaluz y del Menor, Jesús Maeztu, presentó el pasado 30 de junio el “Informe del Menor de 2015”, en el Parlamento andaluz, y será debatido en el pleno en septiembre. En el informe hace una profunda crítica no sólo contra la Consejería de Educación, sino contra los colegios y las familias por no saber o no querer abordar el problema del acoso escolar. El Defensor acusa a la Junta de Andalucía y a los colegios de estar invisibilizando la violencia escolar, “igual que hace 30 años se ocultaba la violencia de género. Los profesores no quieren que el colegio tenga una tacha por haber tenido un caso de acoso escolar, porque creen que eso les va a estigmatizar y van a perder alumnos. Y debe ser justo al revés: el centro que lo denuncia públicamente y aborda el problema es el que pone la solución. Los colegios se resisten a tener una actitud frontal”.

El Defensor denuncia también que el Gobierno andaluz “silencia el problema del acoso escolar” y que la Consejería de Educación “oculta deliberadamente las cifras de un problema que está creciendo significativamente”, a causa del aumento de las quejas que recibe en su oficina. “Hay que sacar el acoso escolar del silencio. No sé si este tema vende mucho o poco, pero tiene que estar en la agenda de los medios de comunicación. Pido ayuda y sensibilidad”, ha dicho Maeztu. “La actitud es: mientras menos registro de acoso escolar tienes, eres mejor región, y no es verdad. Si no sale en prensa, los casos siguen. El escándalo dentro se soporta, y fuera no”, señala.

Según Maeztu, se han incrementado el número de quejas y consultas sobre el acoso escolar, tanto de padres de víctimas como de profesores, a la vez que desconocían el protocolo de actuación de la consejería para estos casos: 21 quejas y 51 consultas en 2013; nueve quejas y 28 consultas en 2014; 30 quejas y 38 consultas en 2015, y 21 quejas y 29 consultas en lo que va de año. Y añade: “La Junta no toma conciencia de lo que está pasando porque todavía no son cifras alarmantes, pero el acoso escolar debe atajarse ahora, porque más tarde degenerará en una actitud de dominación del macho a la hembra en la adolescencia, y luego en violencia de género en la edad adulta”. Por eso, el Defensor ha encargado un informe sobre el acoso escolar que presentará a final de año, en el Parlamento andaluz, a la vez que señala a los responsables públicos porque no ayudan a denunciarlo y a prevenirlo.

Maeztu se ha quejado también de la falta de transparencia de la Consejería de Educación, pues no conoce cómo están funcionando los protocolos y no tiene datos concluyentes del acoso, por edades, por etapas y por colegios públicos y privados, porque la Administración no le proporciona la información que requiere. En los casos que ha estudiado ha detectado “falta de coordinación y de control. He analizado protocolos concretos de colegios que han tomado medidas un mes y medio después de producirse el acoso, porque han esperado a que se resuelva de otra forma. ¿Qué clase de seguimiento se le hace a estos protocolos?”, se pregunta. El acoso escolar es más físico entre niños y más psicológico entre niñas, y tiene efectos en el rendimiento académico, pero sobre todo en la autoestima de las víctimas. Es difícil de detectar, porque a veces ni siquiera los perjudicados saben explicar qué les ocurre, piensan que están exagerando una pelea. Tampoco todos los profesores son capaces de ver y solucionar el problema, y para algunas familias, según Maeztu, es un deshonor hacerlo público y optan por ningunearlo o cambiar a su hijo de escuela. En fin, más claro y más alto no se puede decir.

Sin embargo, la consejera de Educación, Adelaida de la Calle, mostró su discrepancia con el Defensor: “Hay acoso, sí, pero, según el ‘Observatorio para la Convivencia Escolar’, sólo afecta al 0,03% entre dos millones de escolares de Andalucía, y que cuando se detecta un caso de acoso escolar se pone en marcha de manera inmediata un protocolo de actuación”. La consejera señaló que “en los últimos cuatro cursos se ha producido un descenso en los porcentajes de conductas contrarias o gravemente perjudiciales en las aulas, fruto de los planes de convivencia y de las distintas medidas puestas en marcha a partir de 2011, en las que Andalucía es pionera”. Sin embargo, según los datos del ‘Observatorio’, ofrecidos en mayo, se produjeron 358 situaciones denunciadas y confirmadas en el curso 2014-15.

Difícilmente se podrá solucionar el problema en Andalucía silenciando el acoso escolar, ocultando las cifras y diciendo que han disminuido los casos. El Defensor del Menor no se va a poner a inventar o exagerar un informe que tiene que remitirlo al Parlamento andaluz, donde va a ser debatido en el pleno. Y no sólo acusa a Educación, sino también a los colegios y a las familias. La consejera de Educación debería escuchar las recomendaciones del Defensor y tomar nota, si de verdad quiere atajar el problema para que disminuyan los casos de acoso escolar en la comunidad autónoma. Hay que tener más humildad para colaborar con la institución del Defensor, que precisamente fue elegido para esto por el Parlamento andaluz: para defender los derechos de los ciudadanos, en este caso concreto, de los más débiles. Las asociaciones de padres y los colegios deberían de apoyar el Informe del Defensor (poco puede hacer si no tiene el apoyo social y de los partidos políticos), ya que persigue la defensa de las víctimas (muchas tardan años en recuperarse del trauma y otras se suicidan), mientras que los agresores no pocas veces quedan impunes.


Hace dos años, un compañero me confesó que estaba padeciendo acoso laboral, le ofrecí la ayuda del sindicato pero él no quería que lo vieran hablando conmigo por el miedo que tenía, a pesar de estar afiliado. Un día, cuando ya estaba depresivo, le pregunté y me dijo: “La verdad es que no sé si me están haciendo acoso laboral”. Entonces, le respondí: “Esa es la prueba de que te están acosando”. Cuando se llega a una situación de confusión mental, de indefensión, de aislamiento y de soledad entonces pones en duda todo lo que ocurre a tu alrededor. Varios meses después, el compañero se marchó a otro destino, con su depresión a cuestas. Yo también he pasado por esta dramática situación de acoso laboral y, en una ocasión, un compañero se sinceró conmigo: “Me ha dicho… que no quiere verme hablando contigo”.


Trasladen este acoso a un niño o a un adolescente –tan inseguros y indefensos a esas edades, que hasta piensan que sus padres no los van a creer–, por lo que nada de extraño tienen los suicidios y las depresiones. Demasiadas muertes, demasiadas víctimas y demasiado daño en las familias ha producido ya el acoso escolar, para venir ahora a negar lo que es evidente a todas luces. En Francia tienen unos protocolos más seguros y eficientes, y el problema del acoso escolar se controla. Eso sí, gasta mucho más en Educación que en España, mientras que la Comunidad de Andalucía es de las que menos gasta por alumno. Es cuestión de mentalidad y de voluntad, esto es, de querer solucionar el problema. 




martes, 16 de agosto de 2016

LAS LECCIONES DE LA VIDA



Taller mecánico





Un vecino quiere cambiar las ventanas de madera de su vivienda por otras de aluminio. Después de visitar y hablar con varios carpinteros, queda con el que le presentó la oferta más ventajosa para medir las ventanas de su casa. El metalistero le presenta un presupuesto escrito y le dice: “Son 1.700 euros y con el IVA sale a 1.900. Pero usted solamente me tiene que abonar 1.700”. El vecino se queda sorprendido y le responde: “Con este presupuesto yo estaría obligado a pagarle 1.900 euros. Yo quiero que me haga un recibo con el total de lo que tengo que pagarle, pero sin que figure el IVA”. Entonces se pusieron ambos a discutir: que si usted no se fía de mí…, yo tampoco me fío de usted… Al final, acuerdan que el carpintero le entrega un presupuesto sin IVA, por  1.700 euros. Unos días más tarde quedan en la carpintería, para la entrega de 700 euros a cuenta, a cambio de un recibo. El vecino se presenta a la hora convenida con el dinero, pero la metalistería está cerrada. Entonces llama al móvil del carpintero y tampoco responde, de manera que no le queda otra solución que marcharse.

Una hora más tarde llama el carpintero diciendo que estaba trabajando en un pueblo y, sin dar más explicaciones ni excusas, le propone una cita para que le pague al día siguiente. El vecino ya no pudo aguantar: “¿Le ha costado mucho trabajo llamarme para decirme que no iba a estar en la carpintería y me habría ahorrado el viaje al pueblo? Ayer saqué 700 euros del banco y desde entonces los llevo encima, hasta el teléfono móvil lo tenía desconectado… Esto es tener poca seriedad, de manera que las ventanas ya no me interesan”. Y diciendo esto le colgó el teléfono, bastante enojado. El otro le envió dos mensajes diciendo que había hecho un trabajo pasándose por su casa y casi amenazándole. Pero ahí se quedó la cosa. El vecino se hacía cruces pensando: “Si esto me lo hace cuando he ido a pagarle un anticipo, ¿qué no me hubiera hecho después?”. En los pequeños detalles, hasta en los más simples, dan la talla las personas.

Un amigo me contó este caso insólito que le pasó, hace unos meses. Había terminado su jornada de trabajo y le faltaba poco para llegar a casa en su vehículo. Como siempre, dejó la calle principal y torció para meterse en la calle donde vive, pero se encontró de pronto con una mujer que iba andando por mitad de la calzada, en vez de por la acera. El conductor tuvo que frenar el turismo para no atropellarla y la mujer, en vez de apartarse y balbucear una excusa, se planta en la calle y se le encara diciendo “¿Qué pasa?”. Mi amigo le reprochó su actitud y le dijo, “Pero, ¿qué hace? ¿Quiere apartarse de la calle?”. Sin embargo, la susodicha no se movió de la calzada mientras hacía gestos desafiantes al conductor y, lo que es peor, trataba de llamar la atención de los viandantes que pasaban por allí, con tal de echárselos encima, haciendo ver que aquel tipo se estaba metiendo con una mujer indefensa. El conductor tuvo que salir pitando de allí con el coche, porque barruntaba que iba a tener problemas. Cuando se da con una persona así, con ganas de jaleo, no te puedes poner a su altura. Meses después, un joven se le cruzó en la calle por lo que tuvo que frenar para no atropellarlo. Le llamó la atención y el chaval le respondió: "Subnormal, tú tienes un cruce de calles y tienes que pararte". Allí no había ni ceda el paso ni para los peatones...

No hace mucho, llevé el vehículo al mecánico pues tenía poca potencia. Tras oír el sonido del motor, me dice que le fallan los inyectores. Al día siguiente, me confirma por teléfono que los cuatro inyectores y la bomba del agua (estaba rota) cuestan 840 euros. “Pero si hace un año que le reparaste dos inyectores”, le digo. Me cobró doscientos euros, diciéndome que tenía que desmontar la mitad del motor, cuando los inyectores se encuentran debajo del filtro de aire. “De eso hará más de un año”, me responde el mecánico, un tanto sorprendido, pues no se esperaba mi respuesta. Hacía exactamente un año que los reparó, según la factura. “¿Cuántos inyectores están mal en el ordenador?”, le pregunto. “Dos”, me responde. “Pues, arregla esos dos y la bomba del agua”. Al final me cobró 555 euros, pero al principio intentó cobrarme los cuatro inyectores, y eso que le he estado llevando el vehículo unos seis años.

El mecánico llevó los dos inyectores a que los limpiaran a un taller y, cuando recogí el vehículo, me dijo: “Hace unos años, estos mecánicos iban malviviendo como podían. Hoy no dan abasto y es por el gasoil de bajo coste, que estropea los inyectores… Lo mejor es que llenes dos depósitos de gasoil barato y un depósito del bueno para que los vaya limpiando”. Este fue el consejo que me dio el mecánico, y es que, como solían decir con frecuencia nuestros padres, “nadie da duros a cuatro pesetas”. A la conclusión que llegué con el mecánico es que, cada vez que le llevaba el vehículo, debía de tener preparada la cartera. Pero, cuando uno tiene un negocio, debe de procurar transmitirle confianza al cliente, porque si no al final lo pierdes. Me ha pasado con varias personas, después de llevar años siendo cliente y a veces de estarles agradecidos, te la intentan pegar o ves poca seriedad. La solución es no ir más, pues prefieren el dinero y engañar al cliente.


Publicado en el semanario Wadi-as, julio de 2016

domingo, 24 de julio de 2016

EL ENTIERRO DE LOS CAÍDOS






Entierro de los caídos, J. A. Avilés, 1941












De Guerra Civil no puede haber muertos de primera y de segunda: todos ellos fueron nuestros muertos. Leandro
Todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río. Manuel Azaña


El pasado 18 de julio se cumplieron ochenta años del comienzo de la Guerra Civil española y todavía hay quien se dedica a remover el odio y aventar los espantajos del pasado. Hasta que no pase un siglo y sólo queden los nietos y bisnietos de los contendientes de la Guerra Civil, entonces los españoles olvidarán definitivamente el odio y el rencor, porque muchos de nosotros somos los hijos de quienes se enfrentaron. Mi padre estuvo en el frente de Castellón, con el Ejército republicano, poco tiempo porque tenía 18-19 años, pero cuando yo era pequeño me contaba los bombardeos que presenció, de manera que años después leí libros sobre la Guerra del 36 y a veces tenía la impresión de haberla vivido.

Esta foto del Entierro de los caídos, Galera (Granada), 23 de marzo de1941, de Juan Antonio Avilés, ya forma parte de nuestra historia y la podíamos resumir así: en aquel crudo invierno, todo el pueblo de Galera salió a recibir a los caídos por Dios y por la Patria, la clásica leyenda que venía grabada, en letras negras sobre el mármol blanco, en las cruces de los caídos que se levantaron en los pueblos de España, en memoria de los fallecidos del bando franquista a manos de los rojos. Durante varios días una caravana fúnebre, con numerosos ataúdes que llevaban los restos de las víctimas –muchos de ellos envueltos en banderas de la Falange–, hizo el recorrido a pie desde las tierras de  Almería, donde solían fusilar a los prisioneros que habían sido capturados. La comitiva fúnebre llegó a Huéscar, donde le rindieron honores en la Plaza Mayor, mientras que unos pocos ataúdes se desviaron hacia Galera. La instantánea del Entierro de los caídos fue hecha en la calle de San Marcos y da la impresión de que las casas siguen igual que en 1939, salvo que hoy están mejor conservadas –el eterno encanto de los pueblos–, pero ya no existen las cancelas que se ven a mano izquierda. Eran del Hospital (el consultorio), que hasta no hace mucho lo llamaban así en Galera. Jesús Fernández, historiador y exalcalde de Galera, que falleció hace unos diez años, me contaba que, cuando finalizó la guerra, mi bisabuela Mercedes vino desde el Cortijo del Cura al comercio de su padre Marcelo, para cambiar los billetes y monedas que tenía de la República por los nuevos del Gobierno de Franco. Jesús también me comentó que, en los tiempos de la República, había una copla que decía: Galera ya no es Galera, es una gran capital, tiene un Puente de Hierro y una máquina de ablentar. Era una enorme máquina que compraron entre varios propietarios en Navarra.

Encabezando el entierro destacan un falangista, abrazado a la bandera, y el monaguillo con la cruz de guía. Al lado están otros falangistas, con sus camisas azules (entre ellos se llamaban camisas viejas o camisas nuevas, dependiendo de la antigüedad en el partido de Falange) y boinas rojas; los guardias civiles, con sus trajes de gala y los mosquetones al hombro, y detrás aparecen el párroco con el monaguillo y el sacristán. Finalmente, una muchedumbre acompaña a los féretros, cubiertos con la bandera rojigualda, que entonces la llamaban así, mientras que una riada de galerinos asoma por la empinada calle de la derecha. ¡Ay de aquél que no acudiera a recibir a los caídos y no alzara la mano derecha al frente, porque sería tenido por rojo! Éste era el saludo fascista (de fascio), que puso de moda el dictador Mussolini, en Italia, y que venía de cuando el Imperio Romano dominaba en el Mediterráneo.


En la parte inferior de la imagen destaca un grupo de niñas, con el brazo en alto y las miradas entre curiosas y huidizas, aunque una zagala se ha atrevido a salir de la formación y mira a la cámara de cajón, de Juan Antonio Avilés, que está con su trípode un par de metros más arriba para inmortalizar aquel solemne e histórico acto. La niña morena es la única que rompe la monotonía: sonríe mientras levanta el brazo con desparpajo, como si aquella ceremonia fúnebre fuera un juego para ella. Si se observa la foto, no se ven nada más que caras serias y rígidas, incluso en los rostros de los niños se percibe el miedo de aquellos días trágicos, donde no había nada más que controles, delaciones, registros, informes, detenciones masivas, requisas, propaganda, falsas noticias, venganzas, el trasiego de camionetas con presos, campos de concentración y rumores de fusilamientos. A toda esta represión había que añadir el pan negro, el hambre, la miseria, el estraperlo, las cartillas de racionamiento… ¡Qué otra cara podían tener los galerinos esa mañana!

Gran parte de la población vivía entonces atemorizada, pendiente del parte de Radio Nacional de España o de que por la noche llamaran a la puerta, o quizá esperando noticias del hijo que combatió en el frente y no aparece en los listados de los fallecidos, pues la guerra había terminado el 1 de abril. Eran días de terror, de exilio y de muerte. El ejército vencedor de Franco, Queipo de Llano y otros generales necesitaban demostrar todo su poderío y toda su crueldad con los desgraciados que habían perdido la guerra. Otro detalle que llama la atención es que todos los galerinos miran de frente y, salvo las autoridades, saludan con el brazo en alto, lo que indica que al lado del fotógrafo estaba la máxima autoridad, aunque no aparece en la imagen: sería algún jerifalte de Falange, que vino de Granada para presidir el recibimiento a los caídos de Huéscar y de Galera, y allí mismo echaría una larga y sonora arenga: ¡Camaradas y vecinos, hoy es un día glorioso e histórico para el pueblo de Galera…! ¡Viva España, viva Franco! Y terminaría la ceremonia cantando el Cara al sol. Hará unos diez años que le enseñé esta foto a un galerino y me dijo los nombres de algunos que aparecen. Lo que no cabe duda es que el Entierro de los caídos es una de las imágenes de la posguerra que sobrecogen, porque todo el pueblo de Galera se echó a la calle para recibir a los caídos, pues el régimen promovía estos actos multitudinarios para fortalecer la unidad y la cohesión.

La familia me contaba que venían los rojos al cortijo de San José y le ponían una pistola, apuntándole a la cabeza, a mi bisabuelo, Leandro García-Fresneda, mientras les gritaban: O nos dais ahora mismo una cabra, o lo matamos. O bien hacían subir al anciano, a la cámara (la troje), cargado con un costal de trigo para divertirse. Los milicianos llegaban a caballo, con escopetones y pañuelos rojos anudados al cuello, y requisaban alimentos o detenían a algún vecino. En diciembre de 1937 murió mi bisabuelo, a los 75 años, a consecuencia de parálisis, según el certificado de defunción (se le paró el corazón). Al día siguiente, que era domingo, llevaron al difunto en un ataúd a Galera, montado en un carro tirado por mulas. Sin embargo, los milicianos no dejaron entrar en el cementerio a los familiares y amigos, que tuvieron que quedarse en el pueblo. Mi bisabuelo (sin filiación política) fue enterrado en una fosa común, al lado del único pino que hay en el camposanto. Más tarde, llenaron la fosa con varias víctimas de la guerra y allí siguen enterrados, sin una triste cruz o una lápida que recuerde sus nombres. En el dintel de la puerta de la iglesia, de Nuestra Señora de la Anunciación, de Galera, hay una placa de mármol donde figuran los nombres de los galerinos caídos, en el bando franquista. El pilar de tres caños, que hay en el Camino de Castilléjar (data de 1928), tiene grabados un dibujo con el yugo y las flechas, y esta inscripción: Caídos por Dios y por España. ¡¡Presentes!!


Antigua Cruz de los Caídos. Galera, 1953









Cuentan que el 18 de julio de 1936 había en el cielo un intenso resplandor –como si anunciara una tragedia– y, después de casi tres años de Guerra Civil, el régimen de Franco estuvo cerca de cuatro décadas en el poder. La reconciliación entre los españoles llegó con la Transición, aunque algunos se empeñan en negarla mientras avivan viejas heridas. Sin embargo, hay que recordarles que todos los muertos de la guerra fueron españoles y España no se merecía que unos ambiciosos y sedientos de poder los llevaran al matadero. A mi padre, que era fotógrafo, le hubiera encantado ver esta imagen de Avilés que, con manchas de tinta y descolorida por el tiempo y el olvido, refleja como pocas el sufrimiento de nuestro pasado reciente en el Altiplano granadino o en cualquier pueblo de España: toda la angustia, toda la represión y toda la miseria que les tocó vivir a nuestros padres y abuelos. Por eso, no debemos olvidar nuestra historia para no cometer los mismos errores que ellos y, antes de hurgar en las heridas del pasado, algunos políticos deberían decir con humildad aquellas palabras que pronunció el presidente de la República, Manuel Azaña, en un mitin de Barcelona, en 1938: Paz, piedad y perdón. Éste es el camino.

Una de mis primeras fotos, en Galera, fue precisamente en la Cruz de los Caídos. Estoy en las escaleras (que entonces eran de mármol blanco) en medio de mis padres, que me sostienen, y de mi hermana. Al lado están una amiga de mis padres, con un niño, y otra mujer que posiblemente sea la aya. Yo no tenía un año y todavía no andaba. La Cruz de los Caídos sigue allí –sin las escaleras de mármol, mientras que las letras negras fueron borradas–, pero sobre un montículo de piedras y cemento. Hace unos cuantos años volví a hacerme una foto aquí con mis tíos, que ya fallecieron, recordando aquellos días de mi infancia.