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Foto de la Archidiócesis de Granada |
El 11 de mayo de 2010,
me acerco a la Casa
Sacerdotal Virgen de Gracia, en Granada. Mi idea es preguntar
por don Jorge Guillén García –fue rector de la Casa
Madre del Ave
María, desde 1957 a
1971–, pero la monja de la portería lo llama por el teléfono y después de 39 largos
años nos saludamos: “Tu cara me suena, ¿cómo dices que te llamas?”, me pregunta
a modo de introducción. Le digo donde trabajo y que escribí dos artículos sobre
el colegio: “Don Emilio Borrego (el rector que le sucedió) me dijo hace unos
años que usted era el alma del Ave María”. Pero él va y me corrige: “¡Has dicho
el arma!”, y entonces rompemos a reír por la ocurrencia. Es un hombre afable y
humilde, que sabe llegar a la gente.
–Yo estuve catorce años de rector y luego me vine
con el arzobispo de Granada, donde estuve de vicario. Pero, por aquel tiempo,
pidieron tres misioneros para Brasil y nos presentamos tres sacerdotes. A mí me
destinaron a la diócesis de Río Branco,
un estado que hace frontera con Bolivia y Perú. Me cogió la dictadura de los
militares y éstos no permitieron que entraran en Brasil más misioneros
católicos, porque el Gobierno brasileño se alió con los Estados Unidos; en
cambio, llegaron muchos curas protestantes estadounidenses. En octubre de 2008,
me encontraba de vacaciones en Granada y pedí que me hicieran un análisis de
orina, pues nunca me lo había hecho antes. El día antes de marcharme a Brasil,
me dieron el resultado del PSA: un día había marcado uno y pico, al siguiente
dos y, al otro, tres y pico; pero yo dije que me marchaba. Sin embargo, el
oncólogo me aconsejó que tenía que quedarme, pues el PSA estaba subiendo y me
puso un tratamiento. Unos meses después me marché a Brasil, pero allí me
diagnosticaron un cáncer de próstata y ahora tengo un tratamiento de quimioterapia.
Tiene sus efectos secundarios, pero voy tirando. El oncólogo me ha dicho que no
me moriré a causa del cáncer de próstata, pero que moriré con el cáncer. Tengo
75 años y ahora no tengo asignado ningún trabajo, sino que hago cosas puntuales,
¡con el trabajo que podría hacer en la diócesis de Río Branco! Yo me encomiendo al Señor y le digo que estoy a su
disposición, para lo que él quiera de mí. Te voy a contar una anécdota: acababa
de ordenarme de sacerdote y estaba paseando por los jardines de la
Cartuja , cuando me entró la duda, ¿qué sería de mi vocación
cuando pasaran diez o quince años? Pero aquel día había leído el Breviario,
precisamente, donde venía una frase de los
Salmos, artículo 37, versículo 5,
de la que me acordaré siempre: ‘Encomienda a Yahvé tus caminos, / confía en Él, y Él obrará’. Y ésta es la
receta que también me aplico hoy.
En realidad don Jorge tiene 18 años más que yo, pero en la mente de un joven, de 17 años, el rector del Ave María era algo así como la máxima autoridad. En la conversación, le conté el inmenso respeto que imponía cuando cruzaba el patio de cemento del Ave María, con su cigarrillo entre los dedos: automáticamente se paraban los juegos y las pelotas, de manera que los alumnos esperábamos a que pasara el rector. “Yo creo que eso son exageraciones”, se limitó a responderme, aunque entonces la cosa funcionaba así. “Otro día me miraste fijamente en el salón de estudio, porque yo habría hecho algo mal, en esos momentos yo quise que la tierra me tragara…”. Antes de despedirme le pedí que me concediera una entrevista, donde me hablara de aquellos años, pero se excusó amablemente. “Pero, cuando usted se vaya…”, le dije sin pensarlo y ambos nos volvimos a reír. Ahora la ocurrencia fue mía. Lo que llama la atención de don Jorge es su naturalidad y sencillez, y esto quizá se lo deba a sus años de misionero, donde tiene que hacer de todo y mezclarse con aquellas tribus de Brasil.
El 21 de octubre de
2010, me encontré con don Jorge en la calle que sube a la plaza de Gracia y le
dije: “Después de cruzarme con usted, me he dado cuenta de que era mi padre
rector”, la frase le hizo gracia y soltó una carcajada. Sin embargo había
envejecido bastante desde la última vez, tenía la cara más inflada y ya no se
acordaba de mí ni del encuentro que tuvimos en la residencia, cinco meses
antes. “Me falla bastante la memoria”, me dijo. “No hace mucho me encontré con
su hermano Rafael, que presentó un libro. La sencillez parece que es cosa de la
familia”. Tras unos segundos de silencio, me respondió: “Sin embargo, hay
quienes opinan que soy complicado”. Como no suelo pensar dos veces las cosas,
le solté: “Brasil queda lejos”. Se quedó un momento pensativo y se limitó a
decir: “Parece ser que sí”. Entonces me apretó la mano y se despidió con una
frase amable, de esas que te llegan al corazón: “Gracias por haberte parado a
saludarme”. El gesto serio y la mirada casi perdida de don Jorge eran de quien
se apresta ya para el tramo final.
Dos meses más tarde, el poeta Rafael Guillén me dijo que su hermano había adelgazado. El tiempo fue pasando hasta que, el 5 de mayo de 2011, me acerqué a la residencia y pregunté a la hermana de la portería: “Don Jorge ya está en el cielo, murió el 23 de marzo pasado”. No me esperaba aquel mazazo y me arrepentí de haber llegado demasiado tarde, pero me quedan los recuerdos imborrables y las alegrías compartidas con los compañeros, en aquellos años de adolescencia y, sobre todo, de haber conocido al rector que durante catorce años fue el alma del Ave María. Hace unos años, don Emilio Borrego –párroco de la iglesia de Gracia– me contó que dejaba su despacho abierto porque don Jorge tenía esa costumbre, en aquella época en que la Policía del Régimen tenía pinchado el teléfono del rector.
Posdata: Señalar que don Andrés Manjón murió en la segunda década del siglo veinte.
http://en-clase.ideal.es/index.php/opinion/1377-leandro-garcia-casanova-lrecordando-a-don-jorge-guillenr-.html
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