“¡Ramón, hace tiempo que quiero preguntarte una cosa! ¿Cuál es la nación de
los gitanos? Porque todo el mundo tiene su nación y yo no sé cuál es la mía.
Sólo es interés por saberlo”. Y Ramón Jiménez, el joven bibliotecario, le
entrega un libro: “Aquí te lo explica todo”. A uno le sorprende la humildad de
Concha Heredia, y de ella podría decirse mismamente lo que cantaba Imperio
Argentina de Antonio Vargas Heredia, el gitano: que es flor de la raza calé.
Pero Concha no quiere que Ramón le haga una foto, porque dice que sale mu mal.
–En la Nochebuena, yo pongo mi potaje gitano (garbanzos con bacalao) y
luego los moniatos, ja, ja, y el
remojón, que se hace con aceitunas, cebolletas, cascos de naranjas y bacalao.
¡Y a cantar villancicos y a pasarlo bien con la familia! De la panadería me
traigo dos taburetes y dos tablas de pan, y pongo mis dos mesas en dos habitaciones.
Este año pasado nos juntamos unas cuarenta personas. Mi marido Juan Córdoba,
que en gloria esté, era tratante de animales y también iba a escardar. Aquí
donde me tienes –dice Concha con ese orgullo gitano–, me casé en el 1939 con
diecisiete años; y hoy tengo cinco hijos, quince nietos y once bisnietos.
Aunque a mi hija pequeña la tengo desepará...
–El mulo que tiene tinteros en los dientes (roales negros) es porque todavía está fresco para trabajar. Pero
con 16 años tiene los dientes planos, y ya no le para el grano en la boca –dice Felipe Sánchez el Mediaúva, que de
caballerías entiende un rato–. Y claro, al no masticarlo, lo caga entero.
Entonces el mulo ya está viejo para morirse. Antes había muchos gañanes en los
cortijos que sabían arrear bestias, pero todos aprendíamos de los gitanos para
curarles las mataúras. Yo me fui de
gañán con mi tío y, como él no tenía dinero, compró una yunta de mulos viejos;
así estuve hasta que me casé a los treinta años. Trabajaba de sol a sol y me
pagaba un duro, pero yo he tenío que
aprender de la vida porque mis padres me dejaron huérfano de chico. Y te
advierto que sé cuando la gente habla de oídas o por experencia...
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| Felipe Sánchez y Salvador Solera |
Felipe, con su gorra ladeada, le da un aire al marqués de las Marismas Luis
Escobar; aquel personaje inolvidable y dicharachero de ‘La escopeta nacional’,
de García Berlanga. Pero confiesa que lleva mucho mundo corrido y penado, y
hasta estuvo trabajando en un barco mercante.
–De la Pascua bien poco te puedo hablar, pues las he pasado solo. ¡Ésa es
la verdad! Y también porque la Navidad no ha existido para los pobres. En
cambio, los ricos han sido siempre unos engurruñíos,
porque ellos tenían el dinero y no lo gastaban –al poco cambia de tercio–. Pero
yo voy delante de la vida diez o doce años, porque estoy pensando en lo que
puede pasar... Mira que te diga, en tiempos de mis padres las personas no se
casaban por amor, sino que lo hacían por apaños. Arreglaban el ennoviao porque los suegros, a lo mejor,
tenían una burra... ¿El marrano? El marrano de San Antón iba y se metía solo en
el corral por la noche, porque aquí en Gabia había marranos que sabían más que
las criaturas...
Servicial y de confianza como Pepe Morales, ya no se encuentran hoy día:
“En llegando la Navidad y Semana Santa, la familia Villanova Ratazzi,
propietaria de la fábrica de harinas –hoy desaparecida– repartía alimentos y
mantas a los más necesitados. Entonces, el que pillaba un nabo ya tenía la
merienda apañada”. Luego cuenta la anécdota de que, cuando las mujeres
trabajaban haciendo manillas
(manojos) de hojas de tabaco, se metían debajo una lata de sardinas llena de
ascuas para calentarse: “Al braserillo de picón le decían el querío”. Risas y lágrimas. Pepe se
acuerda, como si la estuviera viendo, de cuando la Hermandad de las Ánimas iba
pidiendo por las casas: “Rigores
tocaba el acordeón de botones y llevaba siempre un cigarro liao colgando del labio, mientras que el Recotines iba todo vestido de rojo: ‘A las ánimas benditas no se
les cierra la puerta, / que diciendo que perdonen / se van ellas tan
contentas... Ánimas benditas de mi corazón, / a Dios te lo pido con mucha
razón’”.
Carmen Polo recuerda cómo en los años cincuenta las gabeñas iban hasta la cuesta del Chapiz a comprar cordeles, con los
que luego hacían sogas de cáñamo y de pita: “Para acá veníamos cargadas de
cordeles, y para Granada de sogas. Seis reales nos pagaban por un kilo de
sogas, y 20 pesetas por un velo de tul bordado a mano”. Luego recita aquellas
coplas populares que Carmen tanto oía de chica: “No te cases con ningún agramaor, / porque tienen la vista
cansada / de tanto mirar al sol. / Y sin embargo los tejeros / ¡válgame la cruz
de Dios! / porque cuando llega la semana / ya no les queda ni un botón”.
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| Pepe Morales. Foto Ruiz Junco |
Encarna González nació en Gabia Chica, que tiene su encanto: es como esas
alquerías decimonónicas que entonces se hallaban diseminadas por la extensa
Vega de Granada: “De niñas íbamos a casa de los abuelos a que nos dieran una
perra gorda, y te ponían tu plato de dulces. En mi casa hacíamos vigilia el 23
de diciembre, y el 24 mi padre siempre mataba un choto”. En aquellos años todo
el mundo hacía matanza y, cuando iban a hacer la morcilla, era costumbre
invitar a los vecinos: “Mis padres mataban dos marranos y una cabra para hacer
chorizo –y añade Encarna–. Es que con la carne de la cabra, el chorizo sale más
bueno. Al mes lo metían en una orza, cubierto de aceite; en cambio, las
salchichas se enterraban en la paja. Así la matanza te duraba un año”.El primer juguete de Nieves Capilla fue una aguja, un ovillo y un trapo:
“Con eso me hice mi primera muñeca, que luego rellené con serrín. La Nochebuena
nos daba mucha alegría, porque mi padre trabajaba de panadero en la Tahona, y era la única noche del año
que cenábamos juntos”. Nieves recuerda aquellas Navidades de su niñez con mucho
frío: “A las seis de la mañana, decían en la Ermita de la Virgen de las Nieves la misa del aguilando, para que la gente
pudiera luego irse al campo”. Y confiesa con añoranza que, “durante la misa, un
coro de mujeres cantaba villancicos...”. ¡Pero aquellos eran otros tiempos,
compañero!
Cuando Sebastián Beltrán el Ramales está bien, se acuerda hasta de los años veinte.
–Parece mentira, pero antes celebraban las fiestas del Corpus en el Salón.
Recuerdo que estábamos todos embobados viendo la montaña rusa, cuando me
birlaron diez pesetas del bolsillo. ¡Vaya! El primer jornal que eché me dieron
tres pesetas. Y cuando ya escardaba como un hombre, dijo el capataz, amos a
darle el peón (la peonada). Entonces los chaveas no teníamos adonde ir y,
cuando Marianico Pertíñez daba la
voz, nos íbamos a escardar y te pagaba un duro –y añade, como quejoso–. “Tóos se han muerto y yo soy el más viejo
de Gabia, quitando a la tía... Mi hermano estaba comiéndose el bocadillo y ¡pom! se cayó al suelo”.
Sebastián asegura que entonces era costumbre ver a la novia a través de las
rejas de la ventana, pero “a mí me dieron la entrá” -aunque ya el abuelo no está para muchos trotes-. “¡Estoy
hecho una mierda y ya no valgo para nada! Con noventa y seis años que tengo se
me ha pasao tóo por la historia, me
dice al despedirse, mientras se pasa la mano por la frente como dando a
entender que no se acuerda de nada. Sebastián es el único sobreviviente de la
fallida experiencia del colectivismo
agrario, en la Gabia republicana de 1933.
De lejos, la torre de la iglesia de la Encarnación es como el minarete de
una mezquita, alzándose orgulloso por encima de los tejados rojizos. Mientras
que el suave y dulce tañido de las campanas se desparrama por los verdes campos
de la Vega, y trepa hasta la montaña mutilada de Montevive; donde un guarda
jurado me prohíbe el paso. Han destruido el paisaje sagrado de Gabia, la
montaña de color cobre al sur de Granada: “Montevive era como los pechos de una
mujer”, me decía una gabiense. Pero ya casi nadie se acuerda de esto.
Este artículo fue publicado
en Ideal, el 24 de diciembre de 2002; y recibió el tercer premio de los Relatos
de Navidad. En 2004 publiqué la novela Gabia, la memoria perdida, donde los gabirros entrevistados van contando la historia de su vida, "personajes sencillos, sufridos y curtidos en la tierra", como escribió Francisco Gil Craviotto en el prólogo. No quedan ejemplares de la novela.
Felipe Sánchez ‘el Mediaúva’ falleció
en octubre del 2006 y José Lechuga también murió ese año. Carmen Bertos, la
abuela de Gabia, murió a finales de febrero de 2004. Sebastián murió pocos
meses después, en el 2003. También nos dejaron José Franco, Salvador Solera y Manuel López ‘el
Chupa’, en diciembre de 2004, a los pocos días de fotografiarlo. Ellos ya
forman parte de la intrahistoria de Gabia y la mayoría de ellos han fallecido.
Añado ahora estos apuntes que no
salieron entonces:
Concha Heredia:
“¿Quieres que te diga un villancico? ¡Amos
a ver!: La Virgen va caminando por una montaña arriba / y, al vuelo de la
perdiz, / se le ha espantao la mula.
/ Agacha la rama y coge limones, / y dale a la Virgen de los más mejores”.
Felipe Sánchez:
Yo aprendí el caló en una casa de putas, en el bar de los Tres Hermanos, y toda
la esa de Granada se juntaba allí, ¿me entiendes? Allí iban de todas las clases
a buscarse la vida y yo estaba de encargao
en el bar, donde transitaban los amolaores
(los que hacían el amor).
Sebastián Beltrán:
¿El cortijo? “Del cortijo de La Jara apenas me acuerdo; sé que íbamos por
la mañana y veníamos por la noche, unos diez kilómetros entre ida y vuelta”.
Luego recuerda aquellos años de miseria en que la gente andaba con una mano
delante y otra detrás. Hace unos cinco años que le dio una trombosis cerebral:
no andaba, ni hablaba, ni siquiera podía comer. “Me quedé hecho un penco”,
confiesa. Pero se recuperó en un año y pico con un andador. La hija dice que ha
enterrado a todos los hermanos y primos. Cuando termino, Sebastián se apoya en
mí tratando de salir a la calle; y en un gesto amistoso, me despidió en la
puerta de su casa.
Carmen Polo asegura que en Gabia había una mujer que hacía unos roscos muy
grandes, y la hija le decía: “Mama, con otros dos roscos como ésos, nos
quedamos sin masa...”.