viernes, 27 de febrero de 2026

TODO LO QUE PERDIMOS

 

El Torreón del barrio de san Marcos. Años 50


Recojo estos comentarios en Facebook, del 9 de octubre de 2018, sobre hechos que se produjeron en Castilléjar, en el pasado.

Marí Fresneda. Leandro, me gusta mucho leer lo que escribes, son historias que no nos preocupamos en averiguar y son muy interesantes. Tienes toda la razón respecto a los castillos y ermitas que han dejado que se deterioren al punto de que sean saqueadas, como hace unos días salió en televisión, que se habían llevado un capitel de una ermita y se dieron cuenta por casualidad.

Leandro. Cuando veo en Francia cómo se preocupan por sus monumentos, mientras que en España llevamos 50 años de atraso. Y todo lo que se ha perdido en Castilléjar, mientras que en Galera han conservado los restos arqueológicos...”.

Hay que decir que en Galera también se produjeron saqueos de tumbas y de los restos arqueológicos, aunque hoy conservan el Yacimiento del Castellón Alto, la Necrópolis Ibera de Tútugi y el Museo Arqueológico, que reciben visitas turísticas.

MF. Esto me indigna y me causa una gran impotencia por el gran daño que han causado, y del que la mayoría de los castillejanos no tenemos ni idea. Al igual que teníamos una reserva de aves rapaces tan importante, pero le han causado graves destrozos…

L. Durante el franquismo se destruyeron muchos documentos y la torre vigía en Castilléjar, después se clausuró el cementerio municipal (teniendo los familiares que exhumar los restos de los cadáveres y trasladarlos al cementerio nuevo); a los Barrancos (este es el paisaje característico de Castilléjar) los llaman hoy badlands (tierras baldías), mientras que Castilléjar debería llamarse Castilleja de los Rios, que es su verdadero topónimo, porque existía un pequeño castillejo. Y todo esto lo han visto y permitido los castillejanos.

Dori Carasa. Una de las cosas de gran valor, que destruyeron a mediados de los años cincuenta, fue La Tercia, un edificio que debían haber conservado por su gran valor histórico. Recuerdo vagamente cuando la destruyeron, cómo era el portón de entrada y algunas de sus habitaciones, que sirvieron de escuela antes de destruirla. Yo tendría muy pocos años, pero lo conservo en mi memoria. Además, recuerdo cómo los albañiles sacaban del suelo multitud de trozos de cerámica y los hacían pedazos. Supongo que serían de la época árabe”.

El nombre de Casa de la Tercia o del Tercio venía porque el viejo caserón era donde los castillejanos pagaban la renta, un tercio de las cosechas, al duque de Alba. En Zújar ocurrió también lo mismo y el antiguo edificio de la Tercia se destinó a las escuelas.

L. Al construir el tramo de la nueva carretera de Benamaurel, destruyeron la Fuente del Cuco, la única que tenía el pueblo y era una reliquia. Con que la hubieran protegido un poco... Hace unos años ha sido reconstruida más o menos. ¿Alguien sabe cuándo quitaron el antiguo el reloj de sol de la iglesia?, estaba en la fachada de la torre, que daba al Oeste. Sin embargo, en la iglesia de Castril lo puedes admirar (ambos relojes de sol eran parecidos), a pesar de que las tropas francesas la quemaron. Hay cosas que no se entienden.

D. Quiero recordar también cuando sacaron las calaveras de la iglesia, pues en el siglo XIX se enterraba al lado de la iglesia. Esos restos eran de la antigua mezquita y el cementerio estaba al lado, en lo que hoy es la Plaza de la Constitución.

L. Los cementerios estaban junto a las iglesias (en los países protestantes europeos siguen esta tradición), hasta que a finales del siglo pasado, el Gobierno ordenó que los sacaran fuera de las poblaciones por razones de salubridad e higiene. Un día fui con tu hermano Julio Carasa a un bancal, que tu padre tenía más allá del antiguo cementerio, y cavando la tierra salieron unos trozos de vasijas de barro, que datarían del asentamiento de la Balunca.

Pepita Carasa. Algún día tendréis que dar una conferencia sobre este tema, para ilustrarnos a los demás. ¡¡¡Es interesantísimo!!! ¿De acuerdo, Leandro, Dori....?”.

En los años noventa un amigo me enseñó una pequeña hacha de piedra, que había encontrado en la Balunca, data de la Edad del Bronce (1900-1600 a.C.) y pertenece a la Cultura del Argar, que se extendió por el sureste peninsular. Jesús María García, maestro e historiador de Galera, me dijo hace dos años que, “cerca del cortijo de Cerrea, el Centro de Profesores encontró en los años ochenta una punta de flecha de la Edad del Cobre. Allí hubo un poblado y estamos hablando de más de cinco mil años”. Y un castillejano me comentó que encontraron catorce calaveras grandes con los dientes, en un ribazo cercano, en los años cincuenta. Pero al poco tiempo, desaparecieron. Otro también encontró una vasija vacía, un candil y una pequeña orza.

Torre vigía de 'el Tarajal'. Galera. Wikiloc


En febrero de 2022, José Miguel Ortiz escribe en Facebook.

“Hace unos años, cuando andaba, hice unas rutas a todas las atalayas de la zona e investigué un poco sobre ellas. La mayoría de ellas se construyeron alrededor del siglo XlV, por época de Abderramán ll "el Rojo". Había dos tipos de torres, las de vigilancia y guarida, que son la de Fuente amarga o "el Tarajal", y la de Ozmín, que se encuentra frente al cortijo Ros y es la única de planta rectangular. Luego están las de frontera, como la del Campo de Valentín ( al lado de la cantera está la carretera de Huéscar a Castril), Sierra del Muerto, frente a las antenas de Perico Ruiz, la de Sierra Bermeja, por el camino de las Santas, la de Sierra de la Encantada; la del Botardo, en la carretera de Huéscar a La Puebla, y en Orce está la del Salar, que es la única que conserva la altura original y el dintel de la puerta, y la de Sierra de la Umbría. Estas eran de frontera, el Reino de Granada limitaba por el Norte con los Reinos de Jaén, de Murcia y de Almería. Desde cualquiera de ellas se podían ver casi todas las demás atalayas. En cada pueblo de la zona debía de haber una, pero fueron desapareciendo con el tiempo. Aquí en Castilléjar estaría en el barrio San Marcos, donde se hicieron las excavaciones. Existen fotos de principios de siglo XX, de los restos de la torre. Las torres estaban macizas, hasta una altura de unos 4 metros, donde se encontraba la puerta de entrada”.

Hay que señalar que, en Huéscar se conservan cinco atalayas o torres vigía, tres en Galera y dos en Orce. Tengo que visitar la torre vigía de el Tarajal, en Fuente Amarga (Galera): allí tienes la impresión de que los centinelas siguen oteando el horizonte del Altiplano, como si el tiempo no hubiera transcurrido.

'El Murallón', de Castilléjar. Diputación de Granada


Inventario de arquitectura militar de la provincia de Granada (siglos VIII al XVIII), de Mariano Martín García, Jesús Bleda Portero y José María Martín Civantos. Edita Diputación Provincial y creo que es de los años ochenta. Leo lo que sigue: “Los pocos restos que quedan de esta fortaleza, son conocidos por los lugareños como ‘el murallón’. Se extendía entre un pequeño barranco al Este y el lecho del río Guardal al Oeste, por cuya parte era inexpugnable, teniendo su acceso por el Norte. Lo que se conserva lo constituye únicamente unos trozos de muros de mampostería y casi todo el relleno de un torreón, situado al Noreste. Hace unos quince años que un vecino demolió otra torre situada al Sureste. Todo el solar que ocupó la antigua fortaleza se encuentra abandonado y lleno de basura y vegetación. Los bordes exteriores del cerro se encuentran ocupados por cuevas habitadas, llegando dichas viviendas hasta el pie de los restos conservados. Sería necesaria una excavación arqueológica y una consolidación de los restos antes de que acaben de perderse”. Esta excavación arqueológica es la que se está llevando a cabo desde hace dos años, precisamente dirigida por José María Martín Civantos. A un vecino del barrio de San Marcos le dijeron que en el torreón había un tesoro, el caso es que fue desmontándolo piedra a piedra, ante la pasividad de unos y de otros, porque entonces no se le daba importancia a los restos arqueológicos.

Copio estos párrafos de la crónica Don Miguel y el Catastro de la Ensenada, que viene en mi libro Diálogos en la tierra de los ríos (2003).

Catastro villa de Castilléjar (1)



“Por aquel entonces, don Pedro, el cura, hizo una ‘limpieza general’ de santos y de pinturas en la iglesia, y quitó las dos columnas salomónicas que estaban junto al sagrario. Sin tener en cuenta las costumbres y las tradiciones de siglos, o el patrimonio del pueblo (…). En su pregón recuerda que, recién llegado al pueblo, encontró un libro de la época de Carlos III. Estaba en las dependencias de la antigua Hermandad de Labradores –por detrás del antiguo Ayuntamiento, “y en el que aparecía un pequeñísimo dibujo de lo que entonces era el perfil de nuestro término municipal... Tal vez se tratara del Catastro del Marqués de la Ensenada”, que data de 1752. Y añade que, un tiempo después, cuando quiso revisar el libro, “ya había desaparecido, junto con algunos papeles y legajos”. Alguien debió de tirar aquellos viejos e inservibles papeles de los archivos, que reposaban en aquel cuartucho de la Hermandad de Labradores. Y de una tacada, Castilléjar se quedó sin Historia y sin la memoria de siglos: ya no sabremos nunca de dónde vinieron ni cómo se llamaban los repobladores (…). Pero aquí saquearon el asentamiento argárico de la Balunca y las Cuevas de la Morería; luego tiraron los papeles de los archivos municipales, y luego siguieron con los santos de la iglesia...”. Eso fue todo lo que perdimos.

(1)Catastro de la Ensenada, de la villa de Castilléjar, facilitado por Jesús María García

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sábado, 21 de febrero de 2026

NUEVE LECCIONES QUE YA NO SE ENSEÑAN (2/2)

 

Comitiva fúnebre. Castilléjar, años sesenta. Leandro



Cuarta. “El valor del juego sin supervisión. LaII  infancia se expandía progresivamente por el barrio, sin vigilancia constante. Los conflictos se resolvían entre iguales y los riesgos formaban parte del aprendizaje. La ausencia de intervención adulta fomentó la autonomía y la capacidad de resolver problemas reales”. Como teníamos pocos deberes estábamos muchas horas en la calle, de manera que los zagales a veces abusaban de los menores y aquello era la ley del más fuerte. Uno que era mayor que yo me dio una paliza, no recuerdo por qué, lo cierto es que estuve llorando más de una hora, encima de un tablao que había en la plaza. ¿Cuántos me verían en esa penosa situación? Como no me dejaría señales en el cuerpo, mis padres no intervinieron después.

Quinta. “Crecer sin atención permanente de los adultos. Los padres estaban presentes, pero no disponibles en todo momento. Muchos niños regresaban solos a casa, preparaban su merienda y comenzaban las tareas por iniciativa propia. Los psicólogos reconocen hoy que esa independencia temprana fortaleció la autonomía y los recursos internos. Una realidad muy distinta a la hiperorganización que caracteriza a la infancia actual”. Hoy todo está más controlado, pero tampoco es así. Lo vemos en el fracaso del acoso escolar, cuando salta la noticia en los medios del suicidio de un alumno, mientras que en el colegio han mirado para otro lado. ¿Cuántos niños están sufriendo acoso o marginación, en la escuela y en la calle, ante la mirada impasible de unos y otros? Se puede afirmar que hoy reciben más cuidado las mascotas que los niños de entonces. Antes las familias tenían cuatro o cinco hijos, hoy en cambio los matrimonios y parejas españoles tienen 1,2 hijos, una de las tasas más bajas del mundo. El pasado año visité Suiza y veía a los niños de ocho y nueve años yendo solos a la escuela, en las afueras de la localidad, algo impensable en España por la inseguridad que hay.

Sexta. “Afrontar la vida y la muerte sin filtros. La pérdida no se ocultaba. Los funerales se vivían, el duelo se compartía y la muerte formaba parte del aprendizaje vital. Aunque hoy pueda parecer duro, esta exposición enseñó que el dolor es parte de la vida y que se puede seguir adelante. Una lección que resultó clave para gestionar pérdidas en la edad adulta”. Recuerdo que con siete años un amigo y yo nos colamos en la habitación, que estaba vacía en ese momento, y contemplamos el cadáver de nuestro primer maestro, mientras que de monaguillo asistí a muchos entierros. Antes se velaba el cadáver en las casas y los entierros discurrían con el féretro, llevado a hombros, por las calles del pueblo. Prácticamente acudían casi todos los vecinos, era como una obligación (las mujeres se quedaban en la iglesia), mientras que los niños contemplábamos aquellas comitivas fúnebres como algo natural. El porcentaje de mortandad era mucho mayor, sobre todo en la infancia, y por eso estábamos más familiarizados con la muerte.

Séptima. “Ingenio ante la escasez. Los recursos eran limitados y eso obligaba a reutilizar, reparar y aprovechar. La creatividad surgía de la necesidad. La psicología confirma que las limitaciones fomentan la adaptabilidad y la capacidad de resolver problemas, habilidades que se debilitan en contextos de abundancia inmediata”. Mi padre tenía un moto bultaco (el nombre de la marca le venía de Paco Bultó), de segunda mano, y en más de una ocasión me dijo: “Ve a Eugenio (el fragüero) y le pides una llave inglesa”. Así solía arreglar la moto, lo mismo que los pinchazos de las ruedas… “Hay que preguntarle al tío Mañas”, me decía mi padre, como diciendo que hay que ser mañoso. Antes tenían que arreglar las chapuzas de casa y de todo como podían, pero no tenían las herramientas y los remedios caseros de hoy. Por eso estaban más preparados en habilidades manuales.

Octava. “Aprender observando, no escuchando discursos. Los valores se transmitían mediante el ejemplo. El trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad se aprendían observando a los adultos, no a través de explicaciones teóricas. Este proceso, conocido como modelado, sigue siendo uno de los métodos de aprendizaje más eficaces según los expertos”. En esa época los campesinos trabajaban de sol a sol, todo se hacía a base de fuerzas por lo que las personas envejecían prematuramente. En una foto de los años sesenta, se ven a decenas de hombres tirando con cuerdas para sacar un autobús, que había caído al rio. En la dictadura de Franco no perdían el tiempo dando explicaciones o en clases teóricas, tampoco había dinero para ello. Se puede decir que nos educaron con disciplina y orden (eran las consignas que más se oían), y a los hijos solo nos quedaba ayudar en casa y obedecer a los padres, maestros, autoridades... Aunque también los jóvenes de entonces nos rebelamos contra tanta rigidez. Pero es evidente que el progreso que disfrutamos hoy se lo debemos a ellos, a las generaciones de la posguerra y las siguientes, que levantaron España y tuvieron poco tiempo para vacaciones y lujos. Entonces no existía la seguridad social para muchos, ni las subvenciones, ni las pensiones no contributivas, y todo dependía del esfuerzo de cada uno.

Novena. “La comunidad como red de apoyo. El barrio funcionaba como un entorno compartido de cuidado y corrección. Todos los adultos se sentían responsables de los niños. Esa sensación de pertenencia generó vínculos sólidos y una conciencia colectiva que hoy resulta mucho más débil, pero que fue clave en el desarrollo emocional de toda una generación”. Un refrán africano dice que “para educar a un niño se necesita a toda la tribu”. Esto es, a los padres, al maestro y a la sociedad. Por este orden. Como en esas décadas había muchas carencias, los vecinos se ayudaban unos a otros –en algunos pueblos de Badajoz he visto que se ayudan en las matanzas–, porque tienen conciencia de grupo. Antes los vecinos eran más humildes, solidarios y serviciales porque se necesitaban más los unos a los otros. En cambio hoy, como tenemos cubiertas nuestras necesidades, somos más autosuficientes y orgullosos, y también vivimos más alienados.

El reportaje finaliza tratando de equilibrar la balanza entre las décadas pasadas y hoy: “No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar los avances logrados en bienestar infantil. Muchas prácticas de entonces eran mejorables y hoy existen herramientas más adecuadas para proteger a los niños”. Cada época tiene sus luces y sombras, antes había más autoritarismo mientras que hoy vivimos en democracia y hay más permisividad; antes los más desfavorecidos vivían de la caridad de los vecinos, en cambio hoy muchas asociaciones e instituciones los ayudan. Lo cierto es que nada de nuestra época sirve a los niños de hoy y otro tanto ocurre con la infancia de nuestros padres, y no digamos la de nuestros abuelos, con la de las generaciones posteriores, porque vivieron la posguerra con las cartillas de racionamientos de alimentos. Sin embargo, cada generación se cree única porque quiere diferenciarse de la anterior y así quitarse la tutela.

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viernes, 13 de febrero de 2026

NUEVE LECCIONES QUE YA NO SE ENSEÑAN (1/2)

 

Niños jugando en la calle, años sesenta. Castilléjar


Copio este párrafo del reportaje de Laura Mesonero Ortiz, en La Razón, del pasado 26 de enero: “La psicología dice que las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 aprendieron nueve lecciones de vida que ya no se enseñan. Aunque no todo fue mejor entonces, algunas de aquellas lecciones merecen ser revisadas por su impacto duradero en la forma de afrontar la frustración, la incertidumbre y la adversidad. Las fortalezas mentales de las personas de esa época  son muy raras según la psicología. La infancia de aquellos que nacieron en la década de 1960 y 1970 no tiene nada que ver a la de los niños de hoy en día y probablemente nada que envidiar tampoco”.

Entonces jugábamos al Churro, media manga, manga entera (en Castilléjar se decía mangotero), la comba, el escondite o el  dopi (el potro), como pasatiempo en los barrios, bebíamos agua de los caños, pasábamos los inviernos alrededor de una mesa camilla o íbamos a la tienda. Mi madre me mandaba al tendero y yo le decía: “Póngame usted un kilo de azúcar de terrones”. La tenía suelta en un cajón y la echaba en un cucurucho de papel de estraza, y en casa me gustaba comer a escondidas aquellos dulces terrones de azúcar. Y para merendar, pan con aceite y azúcar, pan untado con manteca de cerdo o con una “jícara” de chocolate Lloret, de Villajoyosa (Alicante), que traía cromos del mariscal y héroe alemán, Erwin Rommel. Pero fue aparecer la televisión a finales de los cincuenta y se acabaron los corros y las tertulias. Mi madre solía sentarse a la puerta de la casa, con varias vecinas, en las cálidas noches de verano a ‘cascar’, como ellas decían. Recuerdo que un vecino colocaba la televisión en la ventana y allí nos juntábamos ocho o diez entre chicos y grandes, sentados en sillas de anea, para ver aquellas series americanas que tanto nos gustaban: El túnel del tiempo, Los intocables, Ironside, El fugitivo y otras.

La citada periodista asegura en el reportaje que, “Acudir a un psicólogo era de locos, no había actividades pensadas para que los niños pudieran desarrollar sus habilidades y apenas había margen de mejora. En los colegios no utilizaban unidades didácticas y en la mayoría de familias ‘la letra con sangre entra’ era el mantra de estudio. Ni horarios, ni filtros. Sin embargo, pese a ser generaciones supervivientes, adquirían fortalezas mentales que son ahora cada vez más escasas”.

Entonces no sabíamos lo que eran los sicólogos ni las unidades didácticas, las familias eran pobres, también había más niños en la calle y menos control de los padres y maestros. Apenas teníamos juguetes y por eso éramos más creativos. A mí me echaron el Día de Reyes una pistola del oeste, con su funda, aquello fue lo más grande para mí, mientras que los niños de hoy tienen muchos juguetes, que les regalan en diferentes épocas del año. Al tener más donde elegir pierden pronto el interés por ellos y les reduce la creatividad. Entre los años cincuenta y setenta había cuatro o cinco niños en las casas, jugábamos al fútbol en la calle, incluso rompimos algún cristal de la ventana de algún vecino. También jugábamos con varas a los espadachines, a tirotearnos con las pistolas, o bien al escondite, con latas redondas de sardinas grandes hacíamos braseros para calentarnos en la escuela.

La primera lección del reportaje: “El aburrimiento como motor de la creatividad. Las largas tardes sin planes ni estímulos fueron una constante. No había campamentos, ni actividades organizadas, ni entretenimiento inmediato. Ante el aburrimiento, la respuesta era simple: buscar algo que hacer. Crear juegos, inventar historias o construir mundos imaginarios desarrolló habilidades mentales que la estimulación constante dificulta”. Al principio me aficioné a no ir por las tardes a la escuela y con un amigo íbamos a bañarnos al río. El maestro se quejó y recuerdo que un día mi padre me llevó con la correa en la mano, por las calles, hasta que me dejó en la puerta de la escuela. Ya no hice más novillos, como decíamos entonces cuando nos saltábamos las clases. Salvo las horas de escuela, la mayor parte del día la pasábamos en la calle jugando o haciendo travesuras. Años después me aficioné a la lectura con los tebeos de El Capitán Trueno, leyendo los escasos periódicos que mi padre recibía en la cartería o algunos libros que tenía.

La segunda lección: “Aprender a convivir con el fracaso. Fracasar no se maquillaba ni se amortiguaba. No había premios de consolación ni discursos motivacionales. El mensaje era claro: perder forma parte de la vida. Esa preparación emocional se tradujo en una mayor capacidad para recomponerse ante reveses en la vida adulta”. Digamos que en nuestra infancia se hacía la santa voluntad de nuestros padres, lo demuestra la alta tasa de niños que abandonaban la escuela porque preferían enviarlos a trabajar al campo, de manera que se convirtieron en mano de obra barata. Los más pobres tuvieron que ir a coger esparto a los cerros y en los años sesenta se produjo una fuerte emigración en Andalucía hacia Cataluña y Europa. Lo poco que había en casa tenías que compartirlo con tus hermanos y no había la sobreprotección que vemos hoy con los hijos, entonces la vida era más dura, había menos oportunidades de progresar, por lo que teníamos más capacidad de sufrimiento y de resignación ante las frustraciones y adversidades. Nuestros padres vivieron la posguerra y en las casas había muchas carencias.

La tercera. “La paciencia como parte del día a día. Esperar era inevitable. Para comprar algo había que ahorrar, para ver un programa había que aguardar una semana y para encontrar información era necesario acudir a la biblioteca. Aquella espera constante fortaleció funciones ejecutivas clave como el autocontrol y la perseverancia”.

Hoy parece que la publicidad lo pone todo al alcance de la mano, vemos que muchos padres les dan todo a sus hijos… Niños de tres y cuatro años jugando con el teléfono móvil de sus padres, para que se entretengan y no molesten. En 2018, recuerdo que una madre le compró un móvil de 600 euros a su hijo de catorce años. Los créditos al consumo y los embargos por impagos de hipotecas se disparan, porque muchos no se privan de nada y son unos irresponsables. Por no hablar de los okupas. Antes, si querían comprar una televisión, una moto o un frigorífico tenían que pagarlos al contado o firmar doce, veinticuatro o más letras. Y uno piensa, ¿qué va a ser de esta sociedad, de estos jóvenes cuando venga una época de escasez o de de crisis…? Aunque me sorprendió la solidaridad y el esfuerzo desinteresado de los miles de jóvenes con los afectados por la Dana de Valencia. Digamos que antes había más formalidad y las leyes eran más severas.

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