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Celebrando la primera comunión (1964). Foto Javier López |
Nunca
he leído un escrito donde los jóvenes elogien a la generación anterior, o los
hijos a sus padres. Más bien ocurre al contrario, los jóvenes siempre han
tratado de diferenciarse de las generaciones anteriores, por cuestión de personalidad,
de rebeldía o de reafirmación frente a los otros. Esto se aprecia mucho en los
movimientos literarios. Por otro lado, los hijos deben de emanciparse y hasta
quitarse el yugo de los padres, para poder realizarse en la vida y desarrollar
su personalidad, como cuando el Señor dijo a Abraham, según el ‘Génesis’: “Deja
tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre y vete a la tierra que te
mostraré”. Cada época tiene su moda y sus costumbres, y también podríamos
aplicar el refrán de que se es revolucionario a los veinte años y conservador a
los cuarenta. Porque, a los veinte años no se tiene una visión de la vida como
a los cuarenta, y no digamos a los sesenta. Por eso siempre estará presente en
la relación de padres e hijos, y entre las generaciones, el problema de la eterna incomprensión. El hijo no
comprende el mundo atrasado, arcaico y conformista del padre –que ha bregado
con cincuenta batallas, procura no crear problemas y llevar una vida tranquila
y digna–, mientras piensa que, enfrentándose al sistema, rebelándose contra las
normas y protestando por todo, va a conseguir sus reivindicaciones o que va a
descubrir la pólvora. La vida ya se encargará de demostrarle que todo está ya descubierto
y que en la sociedad se producen cambios a la vez que todo sigue igual.
Hace poco he vuelto a ver ‘Canciones para
después de una guerra’, del director Basilio Martín Patino, que falleció en
2017. La película se estrenó en 1971, pero estuvo censurada hasta la muerte del
dictador Franco. Retrata las escenas de desolación, pobreza y miedo de la
posguerra, el sufrimiento, la represión y la dureza de la vida que tuvieron que
soportar nuestros padres, pues se encontraron con una España completamente
destrozada a causa de los tres años de guerra civil. Las cartillas de
racionamiento estuvieron hasta 1953, yo todavía guardo la de mis padres, lo
mismo que el estraperlo, el contrabando de los productos básicos de
alimentación. Ellos vivieron los peores años del siglo XX, trabajaban como los
chinos y en unas condiciones miserables, cobrando cuatro perras, sin
vacaciones, sin seguridad social, sin comodidades y con una paga escasa en la
jubilación. En el filme de Martín Patino, el malagueño Miguel de Molina canta ‘La
bien pagá’ y ‘La hija de don Juan Alba’. Al finalizar la guerra recibió una
paliza de los falangistas, por su condición de homosexual, de manera que tuvo
que exiliarse en Argentina donde murió completamente olvidado. Estrellita
Castro nos deleita con ‘La morena de la copla’ y ‘Suspiros de España’, mientras
que Concha Piquer te emociona con ‘Tatuaje’: “vino en un barco de nombre
extranjero”. No podían faltar ‘Ojos verdes’, ‘Francisco Alegre’ y tantas
canciones y coplas míticas en aquel tiempo del pan negro y de la miseria. Eran
canciones para sobrevivir, para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, al
miedo, a la pobreza…

En
los años sesenta, en la radio eran famosos los programas que dedicaban
canciones a la novia, al hermano, a la madre…, mientras que a veces oías cantar
a las mujeres y a los hombres en las casas. Hoy a nadie se le ocurre cantar,
porque estamos saturados de música, de televisión, de wasap, de Internet,
videojuegos… Ahora es frecuente ver a los jóvenes por la calle, con los
teléfonos inteligentes en la mano, los pinganillos en las orejas y la sonrisa
en la boca porque están viendo el video de un chucho bailando. En la película
también salen escenas de las colas de hambrientos, prematuramente envejecidos,
en el Auxilio Social, que se creó durante la guerra para los más necesitados.
El comedor del Auxilio Social en Guadix, en los años sesenta, daba un olor a
humanidad impresionante, pues allí comían los niños más pobres, la mayoría de
ellos eran gitanillos de las cuevas. Se te saltan las lágrimas viendo la
llegada del buque soviético ‘Semíramis’, al puerto de Barcelona, en 1954, donde
esperan miles de personas. Llevaba 286 presos españoles, la mayoría eran soldados
de la División Azul, que la Unión Soviética liberó en un gesto de buena
voluntad. Allí está una abuela o quizá sea una madre, con su pañuelo negro y
con el pelo blanco del sufrimiento, que espera ansiosa al hijo, y unos hermanos
que se abrazan después de diez años de cautiverio. Hay una escena graciosa, en
la película, en que un niño pelón se levanta del pupitre y le contesta al
maestro, con todo el respeto del mundo: “No he podido estudiar, don Anselmo”. Sin
embargo, todos imaginamos la reacción que debió tener don Anselmo, pues el lema
preferido de aquellos años duros era precisamente “la letra con sangre entra”. Los
hijos de la posguerra crecimos en la austeridad, pues nos decían “¡niño, come
pan!”, y nos educaron en la disciplina, como los maestros, esto es, a base de castigos
y algunas tortas. Recuerdo que en el pueblo, la luz se iba de vez en cuando y
entonces mi madre sacaba el quinqué. En fin, el trabajo, la disciplina y el
respeto fueron las consignas que nos inculcaron nuestros padres.
Pero,
bueno, era lo que había entonces y la Dictadura de Franco ya se encargaba de la
censura, de la represión y de encarcelar a los sospechosos. En los años sesenta
fue la época del “Desarrollo” y la construcción, los turistas comenzaron a
venir en masa a España, buscando el sol y los precios bajos, y el Seat 600 se
convirtió en el coche de moda. Por eso, la generación de nuestros padres fue la
que levantó España y las comodidades que tenemos hoy se las debemos al esfuerzo
y al sufrimiento de ellos. Al llegar a cierto nivel de vida y al Estado de Bienestar,
aquella burguesía y el movimiento obrero hicieron que fuera posible la llegada de
la democracia a España, en 1977. Ya no se podía sostener, como antes, un
Régimen caduco basado en la fuerza, en la opresión y el miedo. El pueblo pedía
libertad, participación y democracia. Hoy, los derechos y libertades que
gozamos los españoles vienen reconocidos en la Constitución, pero no sabemos
apreciarlos ni el trabajo que costó conseguirlos. Mis padres fallecieron en
1977 (con 58 años) y en 1995, respectivamente, y por eso los echo de menos, me recuerdan
la infancia y la juventud, de los años cincuenta y sesenta, y aquella España en
blanco y negro de la Dictadura. Pero, como digo, no sabemos reconocer ni el
bienestar ni la democracia que gozamos en España y, menos aún, que se los
debemos a nuestros padres y abuelos.
Posdata. Señalar que el libro no
se ha vendido como yo esperaba, pero ha sido la mejor inversión que he hecho en
mi vida, pues reuní, con ayuda de bastantes castillejanos,
las mejores fotos de Castilleja que
realizó mi padre. También tenía que reivindicar su memoria, pues las
fotografías circulaban por las redes y por exposiciones y su nombre apenas
aparecía. Los ayuntamientos financian libros y promueven la cultura (con los
impuestos de los vecinos), pero otros prefieren las macrogranjas (dejan buenas
ganancias al ayuntamiento y salarios muy bajos a los trabajadores), o bien
montan un teatrillo donde la mayoría son de su cuerda y a esto le llaman
cultura. Pero la cultura les pesa más que les abriga, como decía el poeta
Antonio Machado. El ayuntamiento no me ayudó, más bien me cerró la puerta. El
día de la presentación del libro el alcalde suspendió el acto por el
confinamiento del Covid, sin embargo permitió que se celebrara el mercadillo
del sábado, porque allí se ve que no había riesgo de contagio, cuando la mayoría de los vendedores venían de otros pueblos. He editado tres libros sobre Castilleja y los tres los he financiado
de mi bolsillo y, cuando sale algún tema, escribo sobre hechos y personas de mi
pueblo. Obras son amores.
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Certificado del vicecónsul de España |
Copio este párrafo del libro Leandro:
Castilleja de los Ríos en blanco y negro: “Entre los años veinte y cuarenta
del siglo pasado cambiaron el topónimo Castilleja por Castilléjar, luego
suprimieron el apellido De los Ríos y ya desgraciaron el pueblo. Néstor Sosa,
un argentino de Mendoza, me envió hace varios años un certificado del vicecónsul
de España en San Rafael (Mendoza). Dice así: “Certifica que don Antonio Pérez y
Martínez es español, natural de Castilleja de los Ríos…, de 28 años de edad, de
profesión peluquero (…), 14 de noviembre de 1922” (…). Néstor Sosa estuvo
buscando a su abuelo en el padrón de Castilléjar y no lo encontró, porque
quemaron los archivos durante la Guerra Civil”. Néstor falleció hace unos meses,
tendría menos de cincuenta años. En fin, en vez de cambiar el topónimo Los Barrancos por el anglicismo badlands (que nadie entiende ni
aprovecha a nadie, como no sea a los ingleses), el ayuntamiento debía levantar un monumento al espartero,
pues cientos de castillejanos cogieron
esparto en Los Barrancos durante
décadas y sirvió de sustento a sus familias. Sería hacerles justicia, pues
muchos de ellos viven todavía. También podía reclamar a la Junta de Andalucía que se reponga el topónimo original de Castilleja
de los Ríos, pues “es
la mejor definición del pueblo y para mí es de los más bonitos de la provincia
de Granada…”, escribo en el citado libro.
Los cuatrocientos ejemplares del
libro Diálogos en la tierra de los ríos (2003) los
vendí en seis meses y, si hubiera hecho otra edición, también se hubiera
vendido, a pesar de que contenía menos fotos que mi último libro. Mi editor
hizo una edición sin mi autorización y vendió los ejemplares a más del doble del
precio que yo los vendía. En fin, quiero dar las gracias de nuevo a los veintiún
paisanos y forasteros que me prestaron fotografías, a quienes han comprado mis
libros y a los que me escribieron agradecidos, yo he tratado de hacerlo lo
mejor que he podido aunque siempre habrá algún fallo. La fotografía de arriba
es entrañable y se me saltan las lágrimas al contemplarla. De izquierda a
derecha aparecen mis padres, Dora y Leandro, Isidora, Nati, la vecina, doña
Natalia, la maestra de Los Carriones (venía montada en el remolque
del motocarro del Capagatos y solía hacer una visita
a mis padres), que está jugando con el maestro don Emilio, y mis hermanos
Carmelo y Carlos, vestido con el que fue mi traje de primera comunión.