Pascual Dengra López (1891-1976) procedía de una familia humilde, pues se padre era albañil. Se quedó huérfano de padre, con nueve años, por lo que tuvo que abandonar la escuela. En 1903 entró a trabajar como lector de su correspondencia en casa del político y escritor don Bruno Portillo, que padecía ya una ceguera avanzada. Y de esta manera pudo estudiar magisterio. Sacó la oposición de maestro nacional en 1914 y obtuvo una plaza en Villacarrillo (Jaén). Dos años más tarde le conceden el traslado a Huéscar, su ciudad natal, en la Escuela Número 1, de Niños, que se encontraba en la calle de las Francesas. Diez años más tarde, Pascual se licenciará en Derecho, en la Universidad de Murcia, y ejerció la abogacía con posterioridad. El 11 de septiembre de 1922, el Pleno del Ayuntamiento de Huéscar acordó lo siguiente (sic): “Que es un hecho cierto que el Sr. Dengra López, desde que se hizo cargo de la Escuela Unitaria de niños de esta ciudad, ha puesto una voluntad y gran talento al servicio de la educación e instrucción de los niños de su clase, cuya magna obra, de resultados ya tangibles, crearía una nueva generación culta y patriótica (…). Que el Ayuntº., en su carácter de representante del pueblo, está obligado a demostrar de alguna forma al Sr. Dengra López su gratitud y reconocimiento, unánimemente acuerda: Conceder a dicho Maestro un expresivo voto de gracias por la obra educativa que persigue y realiza. Concederle también una gratificación anual de quinientas pesetas, a partir del primero de octubre próximo…”.
Cándido Sánchez, que falleció hace dos años,
fue colaborador de la revista oscense ‘Cuadernillos de la Sagra’ (utilizaba el
seudónimo de ‘el Pelú de Marras’) y, en su artículo ‘De mis días de escuela. In
memoriam del Maestro y dedicado a mis nietos’, de septiembre de 2001, cuenta
que con seis años lo llevaron con don Pascual. Entonces, el maestro se ayudaba
de figuras geométricas de madera para enseñar: “¿Qué tengo en la mano?,
pregunta a uno. El interpelado se ponía en pie y contestaba. A los mayores les
preguntaba: ¿Qué hay que hacer para elevar al cubo el volumen del cono? Y así,
según el nivel de cada uno, la pregunta era más sencilla o complicada”. Era una
escuela a imagen y semejanza de la de don Antonio Machado, en el instituto de
Baeza: la vieja mesa del maestro, con sus cajones, y dos hileras de pupitres de
madera de haya, con sus tinteros donde los alumnos mojaban la pluma; una
desgastada pizarra negra y, encima, un cuadro con la figura de una mujer –‘la
Niña bonita’–, que era la alegoría de la República, y un crucifijo al lado. En
aquellos agitados días, un decreto del Gobierno de Manuel Azaña ordenó quitar
los crucifijos en las escuelas, y más tarde Azaña pudo proclamar aquello de “España
ha dejado de ser católica”.
Cándido recuerda que “el maestro
nos lo hizo saber con aquella voz grave, elocuente y sonora con que dictaba:
Amor a la patria, al orden y respeto a Dios y al prójimo”. Al poco, entraron en
la escuela la madre del maestro, su esposa, sus hijas..., y don Pascual dijo
con la voz entrecortada: ‘Un año más, y serán veinte, llevo en esta escuela
cumpliendo con mi deber, en ellos voy dejando parte de mi vida... Jamás pasó
por mi mente que llegaría el día donde haría lo que hoy tengo que hacer’.
Después de quitar el crucifijo, con lágrimas en los ojos, dijo a sus alumnos: ‘Pidamos
todos perdón a Dios por este sacrificio, al que nos obligan las circunstancias’”.
Durante la Guerra Civil, unos jóvenes armados de fusiles entraron en la
escuela. Uno de ellos, que había sido discípulo de don Pascual, se cuadró y le
dijo que cumplía órdenes. Dejó que se despidiera de su familia –al joven
entonces se le saltaron las lágrimas–, pero pasadas unas horas lo dejaron en
libertad. Más tarde, fue cesado como maestro, pasando por las cárceles de
Vélez-Rubio, Baza y Huéscar hasta el final de la guerra. Cándido recuerda que
“muchos días de invierno nosotros teníamos que hacer gimnasia para no quedarnos
arrecíos”. Y más adelante, añade: “En esto la campana de Santa María la Mayor
dio las nueve campanadas, hora de entrar en la escuela. Todos asomando la
cabeza por las esquinas. El maestro se asomó a la puerta, miró a los lados, dio
unas palmadas, y cual manada de potrillos desbocados enfilamos retozones hacia
la escuela, ocupando cada cual su sitio”.
En otra ocasión, don Pascual
recordó estas palabras a sus alumnos: “Niños hoy, hombres mañana, procurad
llegar a ser hombres de provecho, luchar si es preciso porque acaben las
injusticias sociales, porque la miseria y el hambre no exista en los hogares
humildes”. En la posguerra Don Pascual puso, además, una academia de bachillerato ya que los alumnos tenían que examinarse como libres en el
Instituto Padre Suárez de Granada. También fue director de la Escuela de Artes
Aplicadas y Oficios Artísticos, donde los niños de los pueblos de la comarca
veníamos a Huéscar con el pánico y la angustia en el cuerpo a enfrentarnos al
temible examen de Ingreso.
Sin embargo, fue al jubilarse
cuando el maestro cosechó lo que había sembrado, pues, en el dintel de la
puerta de su Escuela Unitaria, pusieron una placa de mármol con esta leyenda:
“Aquí vivió y tuvo su escuela don Pascual Dengra López, al que le fue concedida
la Cruz de Alfonso X el Sabio por su
relevante labor educativa. 2-4-1961. Sus alumnos”. La medalla fue adquirida por
sus antiguos alumnos. Baste recordar que enseñó a más de cinco mil alumnos, de
los que 400 iniciaron estudios universitarios, y que el Ayuntamiento de Huéscar
le concedió el título de ‘Hijo Predilecto’. Don Pascual falleció el 24 de
agosto de 1976, pero la antigua escuela ya ni siquiera existe: la derribaron
hace más de quince años para construir una urbanización. Lo de siempre. Hace
unos años colocaron la antigua placa de mármol donde estuvo ubicada la escuela
unitaria y ahí sigue.
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Dibujo de la escuela de don Pascual Dengra |
Quiero expresar mi agradecimiento
a Juan de Dios Portillo García, director del Colegio Público ‘Natalio Rivas’,
de Huéscar, por su interés y por la información que me ha proporcionado. El
artículo de Cándido Sánchez me ha servido para recordar aquellas tardes pardas
y frías en la escuela, aunque este se consideraba “el peor discípulo de don
Pascual”. En cambio, el dibujante Francisco García de la Serrana, que falleció
en noviembre de 2006, fue el alumno preferido del maestro. Las casualidades de
la vida hicieron que, pasado un tiempo, yo conociera a Pascual, hijo del
maestro, hicimos amistad y nos vemos de vez en cuando. Me proporcionó
información sobre algunos personajes de Huéscar, lo mismo que su hermano Jaime, ya fallecido, que me sirvieron para escribir algunos artículos. Debo aclarar que una escuela unitaria
es aquella donde un solo maestro da clases a alumnos de diversas edades y
grados, como la que tenía don Pascual.
De él se puede decir que fue un
maestro que dejó huella y no estaría de más recordar esta frase, entre otras, que
le dedicó a los niños de su escuela: “Seguid siempre así, apartad,
cuidadosamente, sin hacerle mal, la piedra que os intercepte el paso, y con la
vista puesta en Dios, recorred la senda de la vida. Vuestro Maestro P. Dengra.
Huéscar, 10 de mayo de 1927”.
Publicado en mi libro 'Artículos del
Altiplano y de Granada', 2014