sábado, 23 de marzo de 2013

RECORDANDO A DON JORGE GUILLÉN

Foto de la Archidiócesis de Granada










El 11 de mayo de 2010, me acerco a la Casa Sacerdotal Virgen de Gracia, en Granada. Mi idea es preguntar por don Jorge Guillén García –fue rector de la Casa Madre del Ave María, desde 1957 a 1971–, pero la monja de la portería lo llama por el teléfono y después de 39 largos años nos saludamos: “Tu cara me suena, ¿cómo dices que te llamas?”, me pregunta a modo de introducción. Le digo donde trabajo y que escribí dos artículos sobre el colegio: “Don Emilio Borrego (el rector que le sucedió) me dijo hace unos años que usted era el alma del Ave María”. Pero él va y me corrige: “¡Has dicho el arma!”, y entonces rompemos a reír por la ocurrencia. Es un hombre afable y humilde, que sabe llegar a la gente.
 
–Yo  estuve catorce años de rector y luego me vine con el arzobispo de Granada, donde estuve de vicario. Pero, por aquel tiempo, pidieron tres misioneros para Brasil y nos presentamos tres sacerdotes. A mí me destinaron a la diócesis de Río Branco, un estado que hace frontera con Bolivia y Perú. Me cogió la dictadura de los militares y éstos no permitieron que entraran en Brasil más misioneros católicos, porque el Gobierno brasileño se alió con los Estados Unidos; en cambio, llegaron muchos curas protestantes estadounidenses. En octubre de 2008, me encontraba de vacaciones en Granada y pedí que me hicieran un análisis de orina, pues nunca me lo había hecho antes. El día antes de marcharme a Brasil, me dieron el resultado del PSA: un día había marcado uno y pico, al siguiente dos y, al otro, tres y pico; pero yo dije que me marchaba. Sin embargo, el oncólogo me aconsejó que tenía que quedarme, pues el PSA estaba subiendo y me puso un tratamiento. Unos meses después me marché a Brasil, pero allí me diagnosticaron un cáncer de próstata y ahora tengo un tratamiento de quimioterapia. Tiene sus efectos secundarios, pero voy tirando. El oncólogo me ha dicho que no me moriré a causa del cáncer de próstata, pero que moriré con el cáncer. Tengo 75 años y ahora no tengo asignado ningún trabajo, sino que hago cosas puntuales, ¡con el trabajo que podría hacer en la diócesis de Río Branco! Yo me encomiendo al Señor y le digo que estoy a su disposición, para lo que él quiera de mí. Te voy a contar una anécdota: acababa de ordenarme de sacerdote y estaba paseando por los jardines de la Cartuja, cuando me entró la duda, ¿qué sería de mi vocación cuando pasaran diez o quince años? Pero aquel día había leído el Breviario, precisamente, donde venía una frase de los Salmos, artículo 37, versículo 5, de la que me acordaré siempre: ‘Encomienda a Yahvé tus caminos, / confía en Él, y Él obrará’. Y ésta es la receta que también me aplico hoy.

En las escaleras se hacían las fotos de los cursos

Le confieso a don Jorge que el Ave María me marcó –estuve durante los cursos 1970 y 71–, pues era un colegio abierto, tenía el cineforum, donde previamente nos decían las escenas de la película que habían sido censuradas y luego se abría un debate donde se criticaba abiertamente la Dictadura de Franco. A veces la memoria le falla, cuando le hablo de alumnos o de profesores de aquella época, o bien cuando le recuerdo alguna anécdota. Antes de despedirnos, me dijo: “Te voy a pedir que me tutees, pues yo me siento mejor así. El usted parece distante…”. Yo traté de tutearlo como pude, pero me costaba un trabajo enorme.


En realidad don Jorge tiene 18 años más que yo, pero en la mente de un joven, de 17 años, el rector del Ave María era algo así como la máxima autoridad. En la conversación, le conté el inmenso respeto que imponía cuando cruzaba el patio de cemento del Ave María, con su cigarrillo entre los dedos: automáticamente se paraban los juegos y las pelotas, de manera que los alumnos esperábamos a que pasara el rector. “Yo creo que eso son exageraciones”, se limitó a responderme, aunque entonces la cosa funcionaba así. “Otro día me miraste fijamente en el salón de estudio, porque yo habría hecho algo mal, en esos momentos yo quise que la tierra me tragara…”. Antes de despedirme le pedí que me concediera una entrevista, donde me hablara de aquellos años, pero se excusó amablemente. “Pero, cuando usted se vaya…”, le dije sin pensarlo y ambos nos volvimos a reír. Ahora la ocurrencia fue mía. Lo que llama la atención de don Jorge es su naturalidad y sencillez, y esto quizá se lo deba a sus años de misionero, donde tiene que hacer de todo y mezclarse con aquellas tribus de Brasil.
Equipo de baloncesto, años sesenta



Unos días después, hablé por teléfono con el director de la Casa Madre del Ave María, Antonio Casquet –él cursaba quinto de Bachiller cuando yo estaba en sexto–, le conté que había visitado a don Jorge y la enfermedad que tenía. “Deberías ir pensando en hacer un homenaje al antiguo rector y a don Emilio Borrego, para que no pase lo mismo que con don Ricardo Villa-Real… Cualquier día nos enteramos que se ha muerto alguno de ellos”. Y Antonio me contestó: “No sabía nada de la enfermedad pero llevas razón, lo que pasa es que uno vive el día a día. A ver si organizamos algo”.

El 21 de octubre de 2010, me encontré con don Jorge en la calle que sube a la plaza de Gracia y le dije: “Después de cruzarme con usted, me he dado cuenta de que era mi padre rector”, la frase le hizo gracia y soltó una carcajada. Sin embargo había envejecido bastante desde la última vez, tenía la cara más inflada y ya no se acordaba de mí ni del encuentro que tuvimos en la residencia, cinco meses antes. “Me falla bastante la memoria”, me dijo. “No hace mucho me encontré con su hermano Rafael, que presentó un libro. La sencillez parece que es cosa de la familia”. Tras unos segundos de silencio, me respondió: “Sin embargo, hay quienes opinan que soy complicado”. Como no suelo pensar dos veces las cosas, le solté: “Brasil queda lejos”. Se quedó un momento pensativo y se limitó a decir: “Parece ser que sí”. Entonces me apretó la mano y se despidió con una frase amable, de esas que te llegan al corazón: “Gracias por haberte parado a saludarme”. El gesto serio y la mirada casi perdida de don Jorge eran de quien se apresta ya para el tramo final.

Alumnos del Ave María, 1963-1969



 Dos meses más tarde, el poeta Rafael Guillén me dijo que su hermano había adelgazado. El tiempo fue pasando hasta que, el 5 de mayo de 2011, me acerqué a la residencia y pregunté a la hermana de la portería: “Don Jorge ya está en el cielo, murió el 23 de marzo pasado”. No me esperaba aquel mazazo y me arrepentí de haber llegado demasiado tarde, pero me quedan los recuerdos imborrables y las alegrías compartidas con los compañeros, en aquellos años de adolescencia y, sobre todo, de haber conocido al rector que durante catorce años fue el alma del Ave María. Hace unos años, don Emilio Borrego –párroco de la iglesia de Gracia– me contó que dejaba su despacho abierto porque don Jorge tenía esa costumbre, en aquella época en que la Policía del Régimen tenía pinchado el teléfono del rector.


Posdata:  Señalar que don Andrés Manjón murió en la segunda década del siglo veinte.


http://en-clase.ideal.es/index.php/opinion/1377-leandro-garcia-casanova-lrecordando-a-don-jorge-guillenr-.html

lunes, 4 de marzo de 2013

SALVEMOS LA ABADÍA DEL SACROMONTE








Hace ocho años saludé a Jesús Roldán Calvente, el antiguo abad del Sacromonte. Iba paseando por la calle de San Juan de Dios y no lo veía desde 1970, cuando me concedió una matrícula de honor en Filosofía de 6º, en el Ave María. Entonces, no podía imaginar la lucha titánica que libraba aquel canónigo alto y afable, con gafas oscuras, y menos aún que iba escribir unas líneas sobre él. En una entrevista que le hizo Amina Nasser, en abril de 1985, Jesús, el ‘limosnero permanente’, confesaba: “La abadía posee todas las posibilidades para continuar cumpliendo sus fines culturales, sociales y religiosos. Su historia es la historia del Sacromonte, el barrio que nació a la sombra de la abadía, y si prescindimos de la historia del Sacromonte, prescindimos de buena parte de la historia de Granada… Quiero mantener el patrimonio que me han dejado, si puedo, con honor y dignidad”. Entre sus proyectos estaban la reapertura del colegio, del museo, del archivo y de la biblioteca, con 24.000 volúmenes: demasiadas cosas para este defensor incansable, que vio tantas promesas incumplidas.


Pero le faltó hasta lo más necesario para vivir con dignidad por lo que, en 1999, advirtió al Consejo de Gobierno del Arzobispado: “Vivo permanentemente en la abadía solo (desde 1977 hasta 1981), sin servidumbre, sin agua potable…; si ocurre un fuego intencionado o fortuito, se producirá una verdadera hecatombe; por consiguiente salvo toda mi responsabilidad”. El 21 de septiembre de 2000, todos los granadinos contemplamos atónitos cómo ardía el colegio San Dionisio Areopagita, y recuerdo que la columna de humo se veía desde la Vega de Granada. Aquí estudiaron el escritor y diplomático Juan Valera, el poeta Antonio Machado, Pepe Isbert, aquel actor cascarrabias, el padre Andrés Manjón y su alumno el obispo Medina Olmos, y tantos otros. En sus tiempos de esplendor, fue un Seminario donde se estudiaba Filosofía y Teología, y también fue Facultad de Derecho (Civil y Eclesiástico).



 La abadía fue declarada monumento histórico-artístico en 1979, y es un espectáculo contemplarla desde la Silla del Moro y desde los montes de El Fargue. Desde la abadía – envuelta en la niebla, con las cruces de piedra y los arcos de la entrada– se divisa el Valle de Valparaíso, y la magnífica vista que tiene de la Alhambra, con Granada al fondo. Pero desde que ocurrió el incendio, hace nueve años, el colegio se encuentra en ruinas (pues el artesonado era de madera), cual si fuera el antiguo Alcázar de Toledo. La Asociación de Antiguos Alumnos del Sacromonte se ha quejado de la falta de información del arzobispo, sobre su posible reconstrucción y el destino que se le va a dar, así como que no los recibe a pesar de que le solicitaron una entrevista en varias ocasiones. Muchos piensan que, si el cardenal Antonio Cañizares estuviera en Granada, las cosas irían de otro modo. También hay que decir que, si le ocurriera algo a la abadía de Montserrat, los catalanes no iban a permanecer indiferentes, como nos ocurre a los granadinos. Hace falta un convenio, o una mayor colaboración, entre el Arzobispado y la Delegación de Cultura. Otra solución sería ceder el colegio San Dionisio a una empresa pública o privada y, de esta manera, la abadía se podría financiar sin necesidad de estar mendigando limosnas a la Administración.

 Mi agradecimiento a Federico Labouiss Monllor, porque me ha animado a escribir este artículo sobre la abadía. Precisamente, el 25 de enero pronunció en la abadía el tradicional ‘Pregón del Costalero’, del que entresaco este párrafo: “El próximo domingo, Granada subirá de nuevo al Sacromonte, es la ocasión del reencuentro, los granadinos gozarán de las delicias de Valparaíso, las autoridades y el pueblo se lamentarán de su abandono…, para exclamar ¡qué maravilla!, ¡qué lástima!, ¡hay que hacer algo! Cuando se van las luces de la tarde y el silencio se apodera del contorno, la abadía se queda en la región del olvido administrativo más absoluto”. Manda la tradición que, el día uno de febrero, los granadinos asoman como una riada por la cuesta del Chapiz, cruzan el barrio del Sacromonte y suben las Siete Cuestas hasta  llegar a la abadía. Van a la romería para honrar a San Cecilio, el patrón de Granada, y para comerse las habas y las ‘salaíllas’ en medio de festejos. Pero en el colegio todo es ruina, desolación y abandono, mientras estamos tirando por la borda cuatro siglos de historia. La extensa entrevista finalizaba con este mensaje de Jesús Roldán: “… ningún granadino y, por supuesto, las autoridades, debe permitir que una institución de esta categoría desaparezca lentamente por olvido o por indiferencia”. En 1999, al antiguo abad le concedieron la Medalla de Oro de la Ciudad de Granada, y en el 2006 falleció a la edad de 95 años.

 
Posdata: Este artículo fue publicado en La Opinión de Granada, el 1 de febrero de 2009. El 8 de febrero, Ideal le dedica casi una página a la Abadía, con este titular: “Resurge la idea de convertir el Colegio de la Abadía del Sacromonte en hospedería”, y describe la historia del colegio. Hoy, cuatro años después, las cosas siguen prácticamente igual.




      domingo, 17 de febrero de 2013

      ABUSOS EN LA BANCA








      El pasado 2 de abril fui, con mi hermano, a la sucursal de Caja Granada, en la calle Alhamar, de Granada. Aquí tenemos los hermanos un depósito a plazo fijo, de forma mancomunada desde 1995, y queríamos renovarlo. Cuál fue mi sorpresa cuando la interventora saca un formulario, me pide dos números de teléfono, y me pregunta por mi estado civil, régimen económico, estudios que tengo, dónde trabajo y correo electrónico. Le respondí a algunas preguntas, hasta que ya no pude aguantar más: “Nosotros hemos venido a renovar el depósito a plazo y no tengo por qué dar mis datos personales y familiares, porque forman parte de mi intimidad”. Aquello era humillante y contrario a la ley, le dije a la interventora, así como que quería quejarme al director. Este me recibió y no sé cuántas veces me dio la razón. Me prometió que me llamaría en unos días. Me respondió que se había enterado y estos son los impresos que tienen en Caja Granada para estos casos. Le avisé que pondría una reclamación en la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD).

      En la reclamación, consideraba que la sucursal  de Caja Granada pide unos datos excesivos a sus clientes (y eso que los hermanos tenemos dos cartillas), que vulneran la intimidad personal y familiar de las personas, de acuerdo con el artículo 18 de la Constitución española y de la Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal. Es más, estos datos personales y familiares los obtienen “conforme a la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Datos de Carácter Personal”, como indican los impresos que me entregaron. Y que “presto mi consentimiento expreso para que en mi nombre pueda solicitar ante la Tesorería General de la Seguridad Social dicha información”. Pero no te informan de esto porque los impresos se los quedan ellos, una vez rellenos y firmados. ¿Qué datos no pedirán a los clientes, cuando les soliciten un préstamo? La contestación de la AEPD el 27 de noviembre, siete meses después, es la siguiente: “A la vista de lo expuesto, cabe destacar que la solicitud de diversos datos personales efectuada por Caja Granada al denunciado, trae su causa en lo establecido en la mencionada Ley de Prevención del Blanqueo de Capitales y de la Financiación del Terrorismo, por lo que se desprende que dicha solicitud de datos resulta adecuada con la finalidad perseguida por dicha norma”. Uno se queda flipando y encima me tachan de denunciado. Cuando reclamaba al Banco de España, por los abusos de algunos bancos, se lavaba las manos, como sabía hacerlo su director Fernández Ordóñez. Nada de extraño tiene que, con esta complicidad de unos y otros, haya habido en España, desde 2008, más de 400.000 desahucios –la mayoría de ellos abusivos–, y que cerca de un millón de clientes hayan sido engañados con las acciones preferentes. Y sin embargo, aplican la Ley del Blanqueo de Capitales y de la Financiación del Terrorismo a los que tenemos un depósito. ¿Es obligatorio y necesario que yo dé dos números de teléfono, el correo electrónico y si estoy casado o viudo al banco, cuando no me los piden ni en el juzgado? ¿Por qué no les piden todos estos datos a quienes han estafado y engañado a miles de españoles? La banca se dedica ahora a sacar una ficha policial a sus clientes, con la connivencia de la AEPD, que debería proteger los derechos fundamentales de los españoles.

      Posdata: Esta carta al director salió publicada en el Mundo de Andalucía, el 7 de enero de 2013. Como es natural, no ha tenido respuesta. España es un país entre África y Europa, donde los derechos de los ciudadanos son pisoteados cada día, mientras las administraciones miran para otro lado. De otra caja tuve que emigrar, porque empezaron a pedirme datos que consideraba insultantes y que afectaban a mi intimidad personal y familiar. La crisis del sistema financiero español ha sido de las cajas de ahorro -los políticos mangonearon todo lo que pudieron y las arruinaron, junto a sindicatos y patronal, que estaban en el consejo de administración-, porque los bancos, de carácter privado, están saneados.


      viernes, 8 de febrero de 2013

      MÁLAGA: LA CARRETERA DE LA MUERTE

      Por la carretera de Málaga a Almería



      La carretera parecía una verdadera carnicería. Los lamentos de los niños heridos, los chillidos de las madres agonizantes, las maldiciones de los hombres, iban elevándose en un solo grito masivo, alcanzando un tono de intolerable intensidad, escribió el cirujano canadiense, Norman Bethune, afiliado al Partido Comunista, que vino a combatir en la Guerra Civil española como voluntario de las Brigadas internacionales. Con su ambulancia de transfusiones de sangre, ayudó a miles de fugitivos malagueños, y añadía: Era una corriente silenciosa de hombres y animales; los animales gimiendo como hombres, y los hombres impasibles como animales. Estas metáforas del camarada Bethune –como le gustaba que lo llamaran–, me recuerdan precisamente al Guernica del malagueño Pablo Picasso, incluso hay quien sostiene que se inspiró en este éxodo para pintar su cuadro más famoso.

       

      El 6 de febrero de 1937 –se cumplen ahora setenta años–, una marea humana inundó la carretera de Málaga a Almería. Ni que decir tiene que llevaban sólo lo puesto. La ciudad sitiada está a punto de caer en manos de las tropas nacionales y sólo queda emprender la juía, nombre con el que será recordada esta odisea. Bethune, en su obra El crimen de la carretera Málaga-Almería (Publicaciones Iberia, 1937), describe horrorizado: Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada cerca de doscientos kilómetros de distancia. No hay más que un camino. No hay más vía de escape (...) Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos.

       

      En el largo éxodo de la caravana de la muerte, los milicianos –unos 40.000 huyen en dirección a Nerja y Motril– y la población civil fueron bombardeados y ametrallados día y noche por la Marina y la Aviación franquistas. El trayecto, de 219 kilómetros, duró cuatro días y se calcula que murieron entre 3.000 y 10.000 personas. El joven José Ginés sobrevivió a la tragedia: En la recta de Adra, no se veía la carretera: era tanta la gente que caminaba hacia Almería, que todo el camino era una mancha de gente (...) Cuando volví al camino me encontré con el espectáculo más horrible que he visto en mi vida: niños, mujeres, borricos por el suelo; unos muertos, otros heridos; quejidos: ¡Socorro! ¡Amparadme! Natalia era entonces una niña de 14 años: Cada cual llevaba lo que más apreciaba (...) Yo cogí los zapatos blancos (habían costado 13 pesetas) y el vestido celestito de escobón que había estrenado ese día.

       

      En el verano del 2004, el Centro Andaluz de Fotografía (CAF) organizó en Almería una exposición a Norman Bethune. Esta foto podríamos titularla: Mujeres al borde del camino: una lleva puesto un chal negro y la otra, agachada, está orinando. En esta otra imagen se ve a una desolada niña mirando hacia el cañaveral, mientras su muñeco desnudo está tirado en el suelo. Hay grandes destrozos en el cañaveral de Motril, pues los fugitivos se alimentaron chupando la caña de azúcar. Estas fotografías las hizo el arquitecto canadiense Hazen Size, el acompañante de Bethune. Y de nuevo, el cirujano nos describe el sufrimiento de la población civil: Contamos unos 5.000 niños de menos de 10 años y, al menos, 1.000 iban descalzos y muchos de ellos cubiertos con una sola prenda (...) Nuestro camión era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros a sus hijos... ¿Cuántas veces habremos visto imágenes como éstas, en la tele y en el cine? Recordar que el poeta granadino José G. Ladrón de Guevara tenía ocho años, cuando su familia tuvo que salir huyendo por la carretera de Málaga a Almería, haciendo parte del recorrido.

      A las 7:30, del día 8 de febrero, las tropas nacionales entraron en Málaga. He escrito este artículo porque parte del camino de la muerte discurrió por la costa de Granada, y para que no nos olvidemos de nuestra reciente y trágica historia. Los españoles somos muy exaltados y no quiero pensar que, por sus ideas políticas, miles de ellos tuvieran que salir con lo puesto de cualquier nación de España: debido a la política lingüística, miles de profesores tuvieron que salir forzados de Cataluña. España es una herida en mi corazón. Una herida que nunca cicatrizará, decía el buen camarada Bethune. El pasado domingo (8 de febrero de 2008), un centenar de participantes marcharon desde Almuñécar a Nerja para conmemorar el 70 aniversario de la desbandá.

       

      Posdata: este artículo salió publicado en La Opinión de Granada, el 6 de febrero de 2007. Si alguien está interesado en una exposición de fotos sobre este éxodo, el Centro Andaluz de la Fotografía, en Almería, se las proporciona, sólo tendrá que pagar el traslado de los marcos. Norman Bethune tiene un paseo dedicado en un pueblo de Málaga y, junto al fotógrafo Hazen Size, les debemos la crónica de la huída de Málaga a Almería, en 1937. Este verano conseguí un DVD, donde vienen imágenes de los supervivientes de La carretera de la muerte, presentado por el escritor Juan Madrid. Hace varios años, hablé para que se montara en Granada una exposición y el silencio fue la contestación. Cientos de españoles y senderistas están haciendo el recorrido estos días, de Málaga a Almería, entre ellos los compañeros Antonio Olmos, de Lanteira, y Alberto Burgos, de Benamaurel. El día 16 de febrero le hicieron un homenaje a José G. Ladrón de Guevara, en la Biblioteca de Andalucía. Tiene ya 88 años. En el enlace de abajo  hay un video del éxodo de los malagueños. Lo sorprendente de todo esto es que la mayoría de los granadinos desconocen este triste episodio de la Guerra Civil, en Guadix hay montada una exposición sobre la huída.

       



      miércoles, 30 de enero de 2013

      LA BIBLIOTECA UNIVERSITARIA Y PROVINCIAL

      
      Biblioteca del Hospital Real





      La ‘Gaceta del Sur’ fue un diario católico granadino, que se editó entre 1908 y 1931. El 20 de febrero de 1910, salió publicado el artículo ‘Las Bibliotecas de Granada. La Biblioteca Universitaria y Provincial’, firmado por ‘S.’, donde explica los orígenes y avatares de esta Biblioteca. El enigmático autor destaca “la utilidad de las bibliotecas para la cultura del pueblo y de la importancia intrínseca de estos depósitos del saber”, da una somera idea de lo que es y debe ser un bibliotecario y las condiciones que ha de reunir, e indica algunas de las principales reglas que deben observarse en la organización, conservación y servicio de una biblioteca: “en una palabra, un resumen de Biblioteconomía”. Asegura que la Biblioteca Universitaria es la más importante de Granada y ocupa uno de los departamentos del colegio, del antiguo convento de PP. Jesuitas, “suprimido en virtud de la injustificada y por tanto arbitraria pragmática de Carlos III, dada a 2 de abril de 1767 y llevada a cabo de un modo tan neroniano, pecado del que nunca le absolverá la Historia, a pesar de lo mucho que hizo este Rey a favor de la ilustración”. El colegio fue ocupado por la Universidad en 1758 y después se estableció la Biblioteca, de manera que los libros de los jesuitas fueron el primer núcleo. Según el articulista, “la Universidad no miró en un principio con gran interés estos libros, lo que dio lugar a innumerables extravíos”.

      Dos hermanos, los jesuitas Mohedano, formaron el primer índice o catálogo: constaba de 10.555 obras, en 29.483 volúmenes. Sin embargo, en el posterior catálogo del padre Echevarría –el autor de ‘Paseos por Granada’–, quedaban 4.979 obras, en 7.924 volúmenes. Aquello fue un verdadero expolio, pues desaparecieron más de dos tercios de los volúmenes. Lamentándose, el autor escribe: “A pesar de tan lamentables e inapreciables pérdidas se ve aún hoy que el fondo más antiguo de la Biblioteca Provincial lo constituyen las obras del Convento de los PP. Jesuitas. Después de la exclaustración y de la constitución de esta nueva Biblioteca, fue su primer bibliotecario don Juan Gil Palomino y luego el citado y célebre P. Echevarría”. Pero las disminuciones siguieron, pues el tercer índice, hecho después de 1811 por don Antonio Pineda, ya sólo reflejaba 478 obras en 7.260 volúmenes. Estos datos están sacados del anuario del cuerpo facultativo de archiveros bibliotecarios y anticuarios de 1881. Tras la guerra de la Independencia –numerosas librerías y archivos de conventos fueron saqueados y quemados–, ‘S.’ reconoce que la Biblioteca Provincial “era frecuentada por personas de todas las clases ilustradas de la sociedad granadina…, concurriendo los lunes, miércoles y viernes que eran los días de lectura”.

      En 1837, aumentaron los libros de la Biblioteca con las aportaciones del extinguido Colegio Real Mayor de Santa Cruz y el de Santa Catalina. En 1841 ingresaron 3.131 obras, en 5.583 volúmenes, procedentes de la Biblioteca del Museo. Dos años antes, aumentó el personal y abrió al público diariamente. En 1858 se creó el cuerpo de archiveros y bibliotecarios “y ya desde entonces entra la Biblioteca en un periodo de prosperidad y bienandanza, pues el personal técnico que ha venido sucediéndose ha trabajado constantemente por colocarla a la altura de las circunstancias. Éste se rige hoy por el reglamento de 1901 y por las instrucciones de 1902 para el catálogo alfabético de impresos”. El articulista añade que la Biblioteca siguió aumentando sus fondos con los envíos de Madrid, con libros adquiridos y con varias donaciones de particulares, entre las que cabe destacar la de Riaño, que tuvo lugar en 1903, y que se compone de impresos y manuscritos antiguos y modernos, “más la verdadera valía de la donación se halla en lo referente a Granada que constituye más de las dos terceras partes. Para memoria de esto se colocó al frente del salón de lectores… el busto del señor Riaño a cuyo pie una elegante inscripción latina recuerda dicha donación”.

      También figuran en este salón los retratos de los poetas Martínez Durán, Enriqueta Lozano y don Julián Sáenz de Torres, “como testimonio de gratitud por sus respectivas donaciones”. El “señor Rector y el señor secretario” envían con frecuencia obras a la Biblioteca y, asimismo, la Diputación Provincial ha donado obras referentes a San Juan de Dios y su orden. Una de las donaciones de más importancia es la de don Manuel Torres Campos, quien en diferentes ocasiones ha regalado multitud de libros y revistas españoles, franceses, ingleses, americanos…, “por cuyas donaciones se le dieron las gracias por Real orden publicada en la Gaceta de Madrid. Últimamente se ha engrosado esta hermosa Biblioteca con la particular de la Facultad de Medicina, ejemplo que debieran imitar las demás facultades, cuyas bibliotecas en vez de estar en locales distintos era más lógico pasaran a formar parte de la Universitaria, para beneficio y mayor comodidad de los lectores”. Es de notar que el articulista unas veces la denomina Universitaria y otras, Provincial.
      
      Los signos de los tiempos parece que han cambiado y, en 1910, ya contiene 45.000 volúmenes, con varios incunables y gran número de manuscritos, algunos de ellos árabes. Además, la colección de documentos referentes al Padre Suárez es de lo más notable. Para ‘S’, la Biblioteca Universitaria “se encuentra hoy en su verdadero periodo de esplendor y apogeo tanto por lo que respecta al gran número de obras de que consta, como por lo que atañe a la ilustración y laboriosidad del personal que está al frente de ella, y por las reformas que se vienen haciendo en los últimos años por su celosísimo jefe don Francisco Guillén Robles…”. Destaca también el gran número de lectores “que concurren diariamente”, de manera que a menudo resulta insuficiente el salón de lectores y tienen que ocupar otros departamentos interiores. Finaliza el artículo, con este consejo: “Es conveniente difundir al amor a la lectura y que el pueblo se acostumbre a aprovechar los beneficios que reportan estos centros de cultura”. El autor tuvo que ser una persona culta, ilustrada, humilde y conocida en el mundillo literario granadino –se documentó bastante–, sin embargo, prefería firmar sus artículos con una simple ‘S.’ Gracias a él, conocemos un poco más de nuestra historia.


      Posdata: La Biblioteca Universitaria es la del Hospital Real, y la Provincial es la Biblioteca Pública. El autor de este artículo fue el sacerdote de Churriana, Antonio Sierra Leyva, que fue párroco de Los Ogíjares. Nombrado bibliotecario, en la Biblioteca del Seminario de San Cecilio, se encargó de la inmensa labor de ordenar sus 40.000 volúmenes mediante el índice alfabético y material. En septiembre de 1936, el presbítero Sierra fue asesinado por los milicianos en Venta Pavón, Alicún (Almería). Tanto el artículo como esta información me los proporcionó un profesor, que ha querido permanecer en el anonimato.

      

      domingo, 27 de enero de 2013

      YA NO HAY ROSAS PARA POE

      Tumba de Poe, en Baltimore









      ¡Oh, Poe!, si te dijera que la Humanidad admira precisamente a los miserables como tú, Kafka o Van Gogh, no me creerías. ¡Pero así de caprichosos somos los humanos! Con su cara aniñada –pues era inseguro, melancólico e inestable, debido quizá a su orfandad–, nos recuerda nuestros recuerdos: “... pero nuestros pensamientos eran lentos y marchitos, / nuestros recuerdos eran traidores y marchitos”, escribe en esa maravilla, surgida del fondo de la noche, como es ‘Ulalume’. Él estaba sin dinero, como casi siempre, mientras que su esposa Virginia –se casó con apenas trece años– se iba consumiendo poco a poco y, en la única carta que se conserva, Poe le confiesa: “Mi corazón, mi querida Virginia... hubiera perdido yo todo coraje si no fuera por ti. Eres mi mayor y mi único estímulo para batallar contra esta vida inconciliable, insatisfactoria e ingrata”. En 1845 publicó su poema ‘El cuervo’, que le abrió las puertas de la fama y, con el tiempo, se convirtió en uno de los más memorables de la poesía de todos los tiempos: “... dile a esta pobre alma cargada de angustia, si en el lejano Edén podrá abrazar a una joven santificada a quien los ángeles llaman Leonor, abrazar a una preciosa y radiante doncella a quien los ángeles llaman Leonor”. El cuervo dijo: “Nevermore” (nunca más).

      En sus cuentos entremezcla los ambientes de misterio y de terror, y los personajes más sombríos junto a sus alucinaciones y obsesiones personales. Los amigos del escritor recordarían cómo iba en el cortejo fúnebre –Virginia murió en 1847–: envuelto en su vieja capa de cadete, con la que abrigaba la cama de ella durante los últimos meses de su enfermedad. En 1849, Poe publica ‘Annabel Lee’, una visión poética de su vida junto a su esposa y prima carnal: “Yo era un niño y ella una niña, en un reino a orillas del mar”, escribe transido de dolor. Ese halo de misterio y de leyenda, que despedía el cuervo de Poe, ejercía cierta atracción sobre las mujeres, y así lo definía Mary Devereaux, una joven vecina que estaba enamorada de él: “... cabello oscuro, casi negro, que usaba muy largo y peinado hacia atrás como los estudiantes. Los ojos, grandes y luminosos, grises y penetrantes. Miraba de manera triste y melancólica. Era sumamente delgado...”. 


       En los años noventa, tuve conocimiento de que un extraño fenómeno ocurría en el cementerio de Baltimore: cada 19 de enero, aprovechando la oscuridad de la noche, una sombra se deslizaba hasta llegar a la tumba donde reposan los restos de Allan Poe, su mujer Virginia Clemm y su tía María. Y a la mañana siguiente, sobre la fría piedra, aparecían como por ensalmo tres rosas y media botella de coñac. Esto ha venido sucediendo puntualmente desde 1949, en que una misteriosa silueta rendía homenaje al más triste y maldito de los poetas norteamericanos. Logré encontrar fotos de la tumba de Poe: un monolito rematado con una hornacina, donde se aprecia un cuervo en relieve. También pude ver al misterioso personaje, que fue sorprendido de espaldas, mientras depositaba rosas en la tumba del poeta, durante la noche. Esta foto salió publicada en la revista ‘Life’, en julio de 1990. En el 2008, más de 150 personas se congregaron fuera del cementerio, pero el desconocido se escabulló una vez más. Sin embargo, el 19 de enero de 2010, en el 201 aniversario del nacimiento del poeta, no tuvo lugar la acostumbrada ofrenda ante su tumba

      Los admiradores del poeta bautizaron a este personaje como ‘el brindador de Poe’ (The Poe toaster), y ahora se encuentran sorprendidos de que, por primera vez en sesenta años, ha faltado a su puntual cita. Según el diario británico ‘The Guardian’, unas treinta personas estuvieron esperando durante la noche, junto a la sepultura, a que hiciera acto de presencia el brindador.  El periódico ‘The Baltimore Sun’ opina que el admirador de Poe no ha acudido a la cita porque posiblemente haya muerto, mientras que los seguidores del poeta hacen cábalas con la fecha del bicentenario de su nacimiento, que tuvo lugar el pasado año. El nombre que más está sonando en Baltimore es el de David Franks, de 61 años, un conocido poeta de la zona que se había ganado la fama de bromista y que murió una semana antes del aniversario.

      Jeff Jerone, el responsable de la casa-museo de Poe en Baltimore, ha vigilado el lugar cada año durante esta fecha y asegura haber visto a un individuo con abrigo negro, bufanda blanca y un sombrero de ala ancha que llegaba de madrugada, pero hace ya tres años que no lo ha visto, manteniendo así el misterio. Esto dijo en enero del pasado año. Edgar Allan Poe murió el 7 de octubre de 1849, en Baltimore, cuando contaba apenas cuarenta años de edad, después de estar tres días desaparecido y vistiendo una ropa que no era suya. Aunque nunca se aclaró la causa, ya que él decía no recordar nada de lo que le había sucedido durante ese tiempo, Poe padecía diversos síntomas asociados con su alcoholismo y depresión, además de una frágil salud. En 2006 le dediqué un artículo en La Opinión  de Granada y, en 2010, le dediqué otro en Granada Sostenible. El 16 de enero de 2009, falleció mi tía y el 18 de enero de este año murió la madre de mi mujer. No sé si serán coincidencias o casualidades, pero yo estaba pendiente de esta fecha para dedicarle el artículo al olvidado y querido Poe. He leído algunos comentarios sobre los turistas que visitan el cementerio de Baltimore y ninguno menciona la tumba del escritor, mientras comentan a algunos famosos del lugar enterrados allí.
       
      Maestro, la fama te fue esquiva, enorme el sufrimiento, tardía e injusta la gloria, que cabe en la pequeña figura del cuervo que preside tu tumba. En 1849, E. Hennequin lo describió así, unos meses antes de morir: “Sonreía poco y no reía nunca. Su mirada era clara y triste. Su voz, tan baja, que parecía resonar desde muy lejos”. Y cuando estaba ya moribundo en la cama, Poe, en su desgracia, preguntó: “Quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo”. Pero, como le dijeran que estaba muy grave, se despidió del mundo con estas palabras: “Que Dios ayude a mi pobre alma”. Lo triste es que ya no está el poeta que depositaba en la tumba de Poe tres rosas y media botella de coñac.

      domingo, 13 de enero de 2013

      LA CASITA PEQUEÑA (PEDRO CABEZAS)


      Al lado de la ventana, con mi madre








      El domingo, 23 de junio de 2002, me pasé por Galera y fui a ver, como otras veces, la casa-cueva donde nací. Creo que ahora vive allí Luis, el gitano..., que está con la familia echando la temporada en Murcia. La puerta de entrada a la casa es muy antigua, de doble hoja, y un aire rancio como de cueva se filtraba por las rendijas. Ni que decir tiene que aquel espeso olor me resultaba agradable, pues no en vano debió de ser el primero que yo aspiré en este retorcido mundo. Recuerdo que era un airecillo envolvente, que venía del fondo de la cueva, y nunca antes me había ocurrido algo parecido. Al lado de la vieja puerta marrón, hay una pequeña ventana enrejada, la misma que aparece en la foto donde mi madre me sostiene en brazos, mientras yo agarro un lápiz con mi mano derecha. Los dos salimos sonriendo en la foto –¡qué feliz la mirada!, como diría Carlos Gardel–, mientras mi madre parece que me mira con cierto orgullo, y puede que hasta dijera como otras veces: ¡Mira qué colores tiene el zagal!

       Pero ahora la ventana no está cerrada del todo, sino que por dentro las hojas están sujetas con una cuerda. Me asomo y, en la penumbra de la sala de estar, veo que en la cornisa de la chimenea hay unos portarretratos, donde se distinguen unos niños. Por un momento, me da por pensar que mis padres han colocado los portarretratos ahí, y que ellos están dentro de la casa. ¡Pero no puede ser!, me digo. Todo esto es un engaño de mis sentidos, o quizá la casa esté encantada. Han pasado 49 años y, a pesar de que no recuerdo nada de los dos o tres que estuve en Galera, hoy todo me resulta tan extraño y tan familiar al mismo tiempo... Las ventanas de la cámara –la troje, como la llaman aquí– son pequeñas y están cerradas, y en medio se encuentra un discreto balcón. Pero la casa en conjunto, a pesar de su aspecto abandonado y ruinoso, no deja de ser pequeña y bonita. Por la tapia de atrás, compruebo el lamentable estado del tejado, con algunas tejas rotas y otras levantadas, y la  chimenea, con grietas, amenaza con caerse de un momento a otro.

      
      La casa en Pedro Cabezas. 2007
      

      En una esquina de la casa, hay un pequeño corral con parte de la tapia derribada. Dentro se ve una marranera y, al otro lado, en el suelo, un antiguo tiesto de agua –de  un cántaro roto– para las gallinas. En el piso de arriba hay un pequeño palomar –al que le falta un trozo de tabique–, donde todavía están los agujeros por donde entraban las palomas. Pero ya no hay palomas. Y, en un rincón, hay un inservible cuartillo para medir el grano; me pregunto si mis padres no lo dejarían allí abandonado. Noto en el ambiente un cierto magnetismo y, quizá, entre aquellas viejas tapias, andan revoloteando los recuerdos de mi infancia, a los que nunca pude atrapar. Creo que tengo una nube en la cabeza que me impide recordar cualquier detalle, como si alguien, caprichosamente, me hubiera prohibido el regreso a la casa donde nací. Sin embargo, al mismo tiempo, tengo la sensación de que todo aquello que estoy viendo me resulta extrañamente conocido, aunque, por lo que fuera, no me está permitido llegar más allá.


      Ya que no es posible vivir con el alma aferrada al dulce recuerdo de la primera infancia, me quedaba el consuelo de pensar que en aquella casa había algo que me pertenecía y que se quedó allí –flotando en el ambiente, como una pulcra mota de polvo, o quizá grabado en el yeso de las paredes–, pero que ni siquiera el implacable paso de los años había sido capaz de borrar... En aquellas oscuras y frescas habitaciones se quedaron para siempre los recuerdos inalcanzables, la memoria olvidada, los pasos perdidos, las voces apagadas, los suaves murmullos, el llanto en la madrugada... En aquellas paredes silenciosas, sentí las primeras sensaciones, olores y sabores de mi vida, mientras veía y oía por primera vez la imagen y la voz de mis padres; y luego aprendí a llamarlos en las frías noches de invierno. Y en aquellas estrechas y retorcidas callejuelas, con empinadas cuestas, al lado de la vieja carretera y de la casa azul, di mis primeros pasos, con las consiguientes caídas: eran ya un aviso de lo que me esperaba en la vida.  
      
      Aquí estaba el corral. 2009

      

      Allí, en fin, puede que por primera vez me sintiera feliz al lado de mis padres, cuando a mi hermana y a mí nos llevaban a pasear al Puente de Hierro y a la Cruz de los Caídos, o bien me dejaban suelto por las polvorientas y concurridas calles de Galera. Pero, al asomarme ahora al otro lado de la vieja calle, me di cuenta de que ya no estaba el corral donde mi padre encerraba el burro con el que bajaba a repartir las cartas a Castilléjar; y tampoco estaba el pasadizo subterráneo, por el que se subía a la casa. En los últimos años las tapias estaban derruidas y el corral lleno de escombros. Las tiraron abajo, y el Ayuntamiento lo ha convertido en una placeta, me dice una vecina del barrio. Entonces me doy cuenta de que unos hemos ido envejeciendo, mientras que los seres queridos fueron yéndose para siempre, callada y discretamente, como el que no quiere la cosa: ¡es el tributo que tenemos que pagarle al tiempo por el alquiler de la vida! Pero, como le tengo dicho, me crie en el barrio del Remendado, por debajo del Cerro de la Virgen.

       
      Sin embargo, toda aquella época de los años cincuenta quedó atrás, en el polvo del camino, y ya sólo quedan unas viejas fotos para el recuerdo, guardadas en un cajón del armario. Y una casita pequeña que, como el cerro, ya no puede tirar de su alma.

      Posdata: este artículo fue publicado en la revista de la Feria de Galera, del Cristo de la Expiración, el 2 de agosto de 2002; con el título Pedro Cabezas, en recuerdo de la calle donde nací. Lo incluí también en mi libro Artículos del Altiplano y de Granada (2014), con el título La casita pequeña. Copio la carta que me entregó entonces el alcalde de Galera, Manuel Serral: Tengo el gusto de remitirle unos ejemplares del programa oficial de fiestas en agradecimiento de su colaboración al participar con la redacción de su escrito y recordarnos una parte de nuestra historia reciente de la vida diaria en un peculiar barrio de nuestro municipio como es El Remendado. Mi agradecimiento al maestro Jesús María García, que hizo la gestión para que saliera publicado el artículo.