viernes, 24 de abril de 2026

RELEYENDO DON QUIJOTE

 

Ejemplar de la edición de 1905, propiedad de Leandro



En 1905, una tremenda sequía asolaba los campos de Andalucía y de Extremadura, mientras que media España pasaba hambre. El diario madrileño El Imparcial definía la situación de esta manera: “Un sol de justicia brilla en un cielo sin nubes. El fuerte viento de Levante azota con ráfagas de incendio los secos sembrados y desgrana las espigas. Paralizadas todas las faenas, crece el hambre en el proletariado agrícola”. A tal extremo habían llegado las cosas, que se produjeron algunos brotes de violencia entre los braceros andaluces, pero fueron sofocados con una represión indiscriminada, pues éste era el estilo de la época: “Hoy se han asaltado dos puestos de pan en Écija, y le han quitado la carga a un panadero”, apuntaba el corresponsal del diario ABC. Y los calificativos que este mismo diario le dedicaba a los jornaleros andaluces, en agosto de 1905, no podían ser peores: “Embrutecidos, supersticiosos, ignorantes y mal alimentados”.

Sin embargo, el conde de Romanones, a la sazón ministro de Agricultura, se conocía bien el oficio: “Las noticias referentes a la crisis agraria acusan tranquilidad en las provincias andaluzas”. En aquel entonces, el salario medio del español no alcanzaba las cinco pesetas diarias, mientras que un kilo de pan valía 0,40 pesetas y el kilo de carne de vaca a 2,30. A pesar de toda esta penuria, en España tenían lugar los homenajes, con motivo del tercer centenario de la publicación de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: se organizaron batallas de flores y hasta suscripciones populares, con el fin de recaudar fondos para levantar estatuas en memoria de Miguel de Cervantes, el Príncipe de los Ingenios. En mayo de aquel año del hambre, el afamado editor Saturnino Calleja –todavía se oye por ahí el viejo refrán de “tienes más cuento que Calleja”– sacaba a la calle una edición resumida de El Quijote, al interesante precio de 2,25 pesetas.

Esto le costaría a mi bisabuelo, Leandro García-Fresneda, que fue alcalde pedáneo del Cortijo del Cura (Galera). En fin, ni que decir tiene que guardo este valioso ejemplar de El Quijote como oro en paño (cuatro generaciones lo hemos conservado) y, en sus amarillentas páginas, han quedado escritas a lápiz algunas frases de mis padres  cuando andaban pelando la pava a mediados de los años cuarenta, del pasado siglo. En el prólogo del libro, el editor Calleja aconseja a los señores profesores de Primera Enseñanza: “La lectura del Quijote en las escuelas contribuirá, seguramente, a levantar en España la afición a lo clásico, y con ese propósito hacemos esta edición dedicada a los niños”. De vez en cuando me gusta aspirar ese olor rancio de sus centenarias páginas, así como contemplar las amenas ilustraciones, que vienen firmadas por Ángel.

Aquí vemos a Don Quijote, brazo en alto, rodeado de los cabreros a la luz de una fogata, donde les está largando un interminable sermón: “¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. Hoy, cuatro siglos después, podemos decir sin temor a equivocarnos que, estos tiempos de mudanza y de pérdida de valores andan tan revueltos, como el plato típico manchego de los duelos y quebrantos. Pero dejemos ahora que se desahogue el Caballero de la Triste Figura y le dice de todo en un momento dado a Sancho Panza: “Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas...”. En cambio, todo se le antoja poco cuando se trata de su amada: “Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía...”. De sobras sabe, el amigo Sancho, que la tal Dulcinea no es sino la labradora Aldonza Lorenzo, de manera que habla un punto de más: “¡Ta... ta...! Bien que la conozco, y es más forzuda que cualquier pastor del pueblo, pues a todos los ha vencido echando pulsos. Sí señor, es una moza de pelo en pecho”. Y más adelante, cuando el fiel escudero se ha desengañado de la prometida ínsula de Barataria, exclama: “¡Maldita sea la madre que me parió!”.

Al comienzo de la novela, Cervantes nos hace una memorable descripción de la pitanza de Alonso Quijano: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”. Y como es sabido, utiliza el recurso de un manuscrito para moverse con total libertad en la novela, de manera que la segunda parte y algunos capítulos, comienzan diciendo: “Cuenta Cide Hamete Benengeli...”. Y sin embargo, él mismo confesaría que la idea le vino en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento”. En fin, sólo resta decir que me gusta releer El Quijote antes de dormirme –“se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”–, mientras saboreo esos hermosos giros, redundancias y sutilezas: “Me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma..., que así nos trae corridos y asendereados..., y que sólo estoy enamorado de oídas”. En el diálogo del famoso soneto, le pregunta Babieca a Rocinante: “Metafísico estáis”. Y éste responde, “Es que no como”. La muerte de Alonso Quijano la describe así: “Dio su espíritu… quiero decir que se murió”.

Ilustración del interior


Debemos señalar que la primera edición del Quijote tenía 664 páginas, de papel barato, y costaba 290,5 maravedíes, el equivalente a cuatro docenas y media de huevos de entonces; pues el alcalaíno, fuera del mundillo literario, era un escritor prácticamente desconocido. “Véndese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor”, rezaba en la portada de la novela de caballerías.

En estas fabulosas aventuras de encrucijadas, donde se cuenta lo jamás visto ni oído, Miguel de Cervantes no puede disimular su alegría y nos revela su gran secreto, al final de la novela:

“Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

(…) Tate, tate, folloncicos,

de ninguno sea tocada;

porque esta empresa, buen Rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco ...”. Y de paso explica por qué escribió la novela: “… pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna. Vale”.

Antes de fallecer, el 22 de abril de 1616, Cervantes se despedía así de este mundo: “Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo...”. Sin embargo, el genial escritor no tuvo el multitudinario entierro de Lope de Vega, sino que fue pobre, tal y como había sido su agitada vida; pero nos ha legado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-releyendo-don-quijote/


viernes, 17 de abril de 2026

JOSÉ GIBERT MERECE LA MEDALLA DE ANDALUCÍA

 



El dos de febrero de 2007 salió publicado en el periódico ya desaparecido, La Opinión de Granada, este artículo mío.

“Gibert: ‘el Tercer Hombre de Orce’

El pasado 15 de enero, el paleoantropólogo José Gibert dio una conferencia en la concurrida sala del Edificio Zaida. Poco antes de empezar a hablar, me atreví a saludar a este polémico catalán de pulcra barba blanca, con cierto aire de profeta. Le dije que era de la familia de los Casanova, de Orce, y entonces me habló de Juan Antonio y de Cleto. En esto, su acompañante le informó que Venta Micena estaba clausurada y, sin pensarlo, le dije: “Aquí, el que está clausurado por la Junta es Gibert”. Momentos después anunciaron que la conferencia iba a comenzar, y el maestro oscense Juan José Martínez me dijo: “Sería bueno que mañana saliera un resumen de esto en la prensa”. Le contesté que lo mejor era dedicarle un artículo.

A decir verdad, yo esperaba que Gibert empezara a disparar a diestro y siniestro, pues le han hecho tantas faenas... Recuerdo que el alcalde de Orce, José Ramón Martínez, me dijo estas palabras en enero de 2003: “Está claro que no quieren que Gibert excave. Pero no entiendo por qué no permiten trabajar en Venta Micena”. Y el cura e historiador Rafael Carayol, ya fallecido, me dijo: “Cuando hicieron el Congreso Mundial en Granada, lo mandaron a trabajar a Baza para que no asistiera”. Ni comían ni dejaban comer. Luego vi cómo el ‘Museo Antropológico José Gibert’, de Orce, dejaba de llamarse así, años más tarde le prohibieron excavar y hasta lo multaron con medio millón de euros. Pero, ahora, su cálida voz resonaba en la sala, como la del viejo profesor que ya no tiene nada que demostrar o reivindicar. Se levantó de la mesa y fue explicando su sempiterna teoría, mientras se apoyaba en las imágenes de las diapositivas. Aquello fue una clase magistral y, en la media hora que yo estuve en la conferencia –tuve que irme, pues había sido invitado a un acto académico–, no le oí ningún reproche contra nadie.

José Gibert fue directamente al grano, y empezó hablando de la famosa carta que Emiliano Aguirre, el descubridor de Atapuerca, escribió el pasado mes de diciembre al paleontólogo Feijoo: “El hallazgo de LP-511 y su estudio merecen ciertamente celebrarse, y te ruego que transmitas a Gibert mi cordial felicitación por esta palpable evidencia que consagra su interpretación, la necesitaba de veras”. Sí, era el espaldarazo que Gibert estaba necesitando. Y es que, el pasado verano, un equipo de antropólogos encontró en la provincia de Tarragona el esqueleto casi completo de una niña de cinco años, que data de la época romana. En el cráneo se aprecia una cresta muy parecida a la que tiene el ‘Hombre de Orce’. Ahora, por fin, gran parte de la comunidad científica internacional reconoce que éste es el primer homínido descubierto en Europa Occidental. Y los estudios del profesor Gary Scott –que acompañó a Gibert en la conferencia–, del Berkeley G. Center, indican que la antigüedad del yacimiento de Venta Micena es de 1,3 millones de años, mientras que el de Atapuerca sólo es de 0,75 millones, y el de Ceprano (Italia) es de 0,8 (...).

Han tenido que pasar treinta largos años para que la ‘peregrina teoría’ de este catalán tozudo fuera reconocida, y ahora que Orce figura inscrito en ‘Los nueve libros de la Historia’, yo creo, José Ramón –no te olvides de que nuestros orígenes son humildes–, que tenemos una deuda pendiente con José Gibert. Él sabe que le espera el reconocimiento internacional”.

 Y sin embargo le estaba acechando la muerte, pues Gibert falleció ocho meses después, en octubre de 2007. El pasado 19 de enero saltó la noticia en los medios y el periódico Ideal publicó esta crónica de su corresponsal José Utrera:

“Piden la Medalla de Andalucía para José Gibert, el científico que situó a la región en el origen de Europa

Un notable grupo de investigadores solicita la Medalla de Andalucía a título póstumo para el descubridor de los yacimientos de Orce, considerados los más antiguos de Europa con presencia humana

Andalucía podría saldar una deuda histórica con uno de los científicos que contribuyó a proyectar su nombre en el ámbito internacional. Un grupo de destacados investigadores y académicos ha iniciado una solicitud formal para que la Junta de Andalucía conceda la Medalla de Andalucía, a título póstumo, al doctor José Gibert Clols (1941–2007), figura clave de la paleontología humana europea y descubridor de los yacimientos de Orce. La iniciativa parte de profesionales vinculados al mundo de la investigación que conocieron de primera mano la trayectoria de Gibert y su decisiva aportación al conocimiento de los orígenes humanos en Europa. El reconocimiento, de carácter simbólico pero de gran alcance institucional, busca poner en valor una labor científica que situó a Andalucía como la «cuna de la humanidad europea» (…). Pese a ello, los proponentes de la candidatura consideran que Andalucía aún no ha otorgado el reconocimiento institucional acorde a la magnitud de su aportación científica y a la proyección internacional que supuso para la comunidad.

Legado humano y científico

Más allá de sus descubrimientos, quienes trabajaron con él destacan su dimensión humana: científico honesto, perseverante, generoso con sus colaboradores y profundamente comprometido con la divulgación del conocimiento. Gibert impulsó cursos de verano, conferencias anuales y la creación de un museo de paleontología en Orce, llegando incluso a empadronarse en el municipio en los últimos años de su vida. El centro de interpretación de los primeros europeos lleva hoy su nombre, al igual que la avenida principal del pueblo. Para sus vecinos, José Gibert no solo fue un investigador, sino una figura querida y respetada.

Una petición de justicia histórica

‘La labor de José Gibert transformó la paleontología humana en España’, subrayan los firmantes de la solicitud, entre los que se encuentran catedráticos, investigadores del CSIC y científicos de universidades españolas y estadounidenses. Consideran que su ejemplo de rigor, valentía intelectual y resistencia frente a la adversidad merece un reconocimiento institucional que trascienda lo académico. Los impulsores de la iniciativa están promoviendo una campaña de recogida de firmas de apoyo a la concesión de la Medalla de Andalucía, ‘que no solo supondría un acto de justicia científica, sostienen, sino también un impulso para Orce y para el reconocimiento del papel de Andalucía en la historia más antigua de Europa’.

Creo que, el Ayuntamiento de Orce y los vecinos deberían de apoyar esta petición de los investigadores, profesores y científicos, de varias universidades españolas y estadounidenses. Sería hacerle Justicia (histórica y científica) a José Gibert. La Junta tampoco le permitió trabajar a su hijo Luis, en el yacimiento de Venta Micena, ni hay excavaciones desde hace años. Orce tiene mucho que ganar. 

https://baza.ideal.es/baza/piden-medalla-andalucia-jose-gibert-cientifico-situo-20260119151109-nt.html

Publicado en Ideal en Clase

https://en-clase.ideal.es/jose-gibert-merece-la-medalla-de-andalucia/


sábado, 11 de abril de 2026

PEDRO PÁRAMO, SETENTA Y UN AÑOS DESPUÉS

 



Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Así arranca una de las obras universales de las Letras Hispanas. Se puede decir que Juan Rulfo pasó a la historia de la literatura con sólo 250 páginas, pues, desde que escribió Pedro Páramo, en 1955, y El llano en llamas ya no volvió a publicar más. Años después, confesaría con humildad: Nunca me imaginé el destino de esos libros. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad, porque para escribir se sufre en serio. El caso es que compró un cuaderno escolar y apuntó el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en su cabeza: Sentí por fin el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Fue como si alguien me lo dictara.

En marzo de 1985, Juan Rulfo escribió para la Agencia Efe un memorable artículo –que conservo desde entonces–, Pedro Páramo, 30 años después, donde aclaraba: Era difícil aceptar una novela que se presentaba como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos.

Su bella prosa me cautiva, a pesar de que la novela transmite tristeza, y hasta el mismo autor llegó a definirla como un rencor vivo. Copio este diálogo de la novela: Mire usted –me dice el arriero, deteniéndose–: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna... El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. La frase última es del personaje, Juan Preciado, que busca a su padre en un pueblo que ya no existe. La convivencia con la muerte está en el carácter mismo de los mexicanos, precisaba el escritor.

Las muertes violentas de su padre y de su abuelo, en la Rebelión Cristera, a comienzos del siglo XX, y más tarde de su madre, lo van convirtiendo en un ser solitario. En la familia Pérez Rulfo nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años, y todos eran asesinados por la espalda, decía el escritor. Con posterioridad vivió recluido en un orfanato, entre los 10 y los 14 años. Por eso, Juan Rulfo llegó a crear un mundo imaginario: Yo quería escribir cómo hablan los campesinos de mi tierra y ubicar a mis personajes en una geografía real, conocida y vivida por mí. Como el Jalisco de la Rebelión Cristera. Fue cuando regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré deshabitado… Entonces comprendí yo esa soledad de Comala. Lo cierto es que la novela está cargada de simbolismo: un comal es una chapa metálica donde calientan las tortillas, por lo que Comala parece cocerse en el páramo mexicano. En lo más íntimo –apuntaba el autor–, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal, que llamé Susana San Juan. Ella no existió nunca, fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía 3 años. Y no hemos vuelto a encontrarnos. El personaje, Pedro Páramo, una vez perdida toda esperanza, exclama: Esperé treinta años a que regresaras, Susana.

Decía este escritor ensimismado y de pocas palabras: De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules... y me salió así. Gabriel García Márquez aún no había escrito Cien años de soledad, cuando un amigo le entregó la novela de Juan Rulfo: Aquella noche –dijo– no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. En 1983, el mexicano recibió el Premio Príncipe de Asturias, cuando en realidad tenían que haberle concedido el Premio Cervantes. Rulfo sólo tardó unos meses en escribir aquel librito, pero es posible que fuera devorado por su propia criatura. En sus últimos años, cuando le preguntaban si iba a escribir otra novela, respondía con sorna: Es que se murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias. El escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, al enterarse de la muerte de Juan Rulfo en enero de 1986, escribió: Sabía que su obligación literaria había concluido. Era un hombre honrado y respetó su decadencia.

En marzo de 2005, con motivo del cincuentenario de la publicación de la novela Pedro Páramo, le hicieron un homenaje a Juan Rulfo en la ciudad de México. Pero setenta y un años después de publicar Pedro Páramo, las ánimas en pena siguen deambulando en el pueblo fantasma de Comala, mientras nos susurran sus desesperanzas y frustraciones.

A mediados de marzo pasado, vi en RTVE PLAY el programa ‘A fondo’, de Joaquín Soler Serrano, donde entrevistó a Juan Rulfo, a mediados de los años setenta del pasado siglo. Copio lo que va diciendo:

“Imagino a los personajes, los ubico, les doy una realidad aparente y el modo de expresarse. En ese páramo, con la luminosidad del paisaje, los personajes no tienen rostro. La novela Pedro Páramo la escribí en tres o cuatro meses, la tenía en mi cabeza, pero se necesita leerla tres veces para entenderla. Es de técnica complicada, la novela va de delante hacía atrás y de costado. Están rotos el tiempo y el espacio, pues se trabajó con muertos, que cobran vida y la vuelven a perder, no se pueden ubicar. Es una novela fantasma y aparentemente no tiene estructura. En 1953 publiqué El llano en llamas y se vendieron cuatrocientos mil ejemplares, hasta 1995. Mientras que de Pedro Páramo se vendieron medio millón de ejemplares al principio”.

Juan Rulfo es un novelista enraizado en la tierra, sus personajes son irracionales con contradicciones constantes, la realidad no es tal como es. Hay que dejar al escritor en el mundo de los sueños. Tras las muertes de su padre, de su abuelo y más tarde de su madre, el niño vivió con su abuela, pero lo metió en un orfanato: “Era un correccional donde nos reprimían. Es la primera vez que hablo en público y el aspecto depresivo me viene del orfanato”, confiesa el escritor mexicano. Es un hombre tímido, de pocas palabras, y era de ascendencia española. Habría que preguntar, ¿cómo se le ocurrió a la abuela meter a aquel niño, traumatizado por las muertes de sus padres y de su abuelo, en un orfanato? Y sin embargo, aquellas penurias contribuyeron a que, años más tarde, Juan Rulfo plasmara sobre el papel aquella gran ansiedad…, como si alguien me lo dictara. Precisamente por eso, volveré a releer su novela Pedro Páramo para entenderla. 

 Publicado en Ideal en Clase
 https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-pedro-paramo-71-anos-despues/

Entrevista a Juan Rulfo, Programa  A fondo

https://www.youtube.com/watch?v=lpmDc1aNWRg


miércoles, 8 de abril de 2026

YA SALEN LOS COSTALEROS

 


Ya salen de la iglesia los jóvenes costaleros con el paso de la Virgen, ya se han jubilado los veteranos, Pepe el de la Caja y Sebastián el Carpintero.  Quedan Pepe y Pepe el de Eugenio, fragüeros ambos en su juventud. 





Tradición y renovación. La juventud lleva con orgullo a la Virgen, mientras que los mayores portan en volandas al Resucitado. 








En los años sesenta la plaza se llenaba de 'castillejanos', durante el Encuentro del Domingo de Resurrección, mientras que ahora está medio llena. 













Los pueblos se están quedando vacíos y sin niños, es el signo de los tiempos.