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| Elecciones generales de 1933 |
A finales de marzo de 2026, veo el programa A fondo, de Joaquín Soler, de Televisión Española, donde entrevista
a Victoria Kent, posiblemente en 1976, cuando regresa
del exilio en Nueva York.
Copio algunas frases y momentos del programa. Mi feminismo, la igualdad de derechos, no tiene sentido que una mujer envíe
sus hijos a la guardería. El primer deber de una mujer son sus hijos. Yo me
opuse al voto femenino porque la mujer no tenía preparación ninguna en ese
momento, vamos a esperar a que se identifique con la República. Aquella noche
de la votación, Julián Besteiro, el presidente de las Cortes, me llamó y dijo:
‘Victoria, hemos hecho una tontería’. En las siguientes elecciones, perdimos
Clara Campoamor y yo. Hoy la mujer se va capacitando, pero la cultura, el
progreso…, se los debemos a los hombres. Yo siempre necesito la mano del hombre
que me acompañe y –reconoce– no he tenido que empujar ninguna puerta.
Recuerda que, cuando
ingresó en el Colegio de Abogados, de Málaga, le pagaron la cuota. Fue pionera
como abogada en el Sindicato de Ferroviarios. ‘Yo defendí a Álvaro de
Albornoz’, que más tarde fue ministro. Reconoce que ‘Me fui con el pelo negro y
he vuelto con el pelo blanco. La República la trajo la provincia, en las
elecciones municipales del 14 de abril de 1931. Antes ocurrió la sublevación de
Jaca y en el comité revolucionario estaban Alcalá Zamora, Antonio Maura, Largo
Caballero. Yo era amiga de Alcalá Zamora, era un perfecto caballero, bueno,
noble…’. Siendo presidente de la República, le ofreció ser directora general de
Prisiones: ‘Encontré miseria, celdas de castigo, algunos presos dormían con las
cadenas en los pies y en camastros inmundos. Suprimí las celdas de castigo y
recogí los hierros de los grilletes, parte de ellos fueron fundidos para hacer
una estatua a Concepción Arenal, la Visitadora de las Cárceles. Con el
presupuesto aumenté la alimentación de los presos, pero tuve noticias
desagradables de algunos que pertenecían al Cuerpo de Prisiones. Concedí
permisos de salida, de tres o cuatro días, y todos los presos volvieron.
Decreté la liberación forzosa a la calle, de los presos al cumplir los setenta
años, puse calefacción y sustituí los jergones. Mandé construir la Cárcel de Mujeres
de Las Ventas, pero Franco la destruyó años después y los terrenos se
vendieron. Puse cuartos de baño, libertad de cultos y buzones en las cárceles
para que me escribieran directamente. Encontré resistencia en algunos del
Cuerpo de Prisiones. En el Penal del Dueso (Santoña), la población reclusa
estaba armada. Visité la cárcel y les dije: ‘Necesito que se desarmen todos’.
Un preso que estaba al fondo, se sacó un hierro y lo tiró al suelo y
seguidamente todos arrojaron las armas. Al día siguiente comí con los presos y
el penal quedó desarmado. En el Cuerpo de Prisiones no había preparación
(algunos habían fracasado en la policía) y por eso fundé el Instituto de
Estudios Penales. La clave estaba en la preparación del citado cuerpo. Cerré
algunos penales, como el de Chinchilla (Albacete), porque no tenían calefacción
ni agua. Le propuse al Gobierno de retirar a los funcionarios malos y que los
sustituyeran los reclusos muy buenos, hasta que yo tuviera gente, pero el
Gobierno no me dio el visto bueno. Por eso, dimití. El ministro de Gracia y Justicia era entonces Fernando de los Ríos
y habla muy bien de él.
Años más tarde, el
Gobierno de México me propuso que creara la Escuela de Capacitación del Cuerpo
de Prisiones… Estando en el exilio, las Naciones Unidas me propuso hacer un
estudio sobre las mujeres en las cárceles de Sudamérica. Algunos gobiernos me
contestaron que la cosa no era alarmante, mientras que otros no me contestaron.
Como me faltaban datos, abandoné el encargo.
En las elecciones de 1936,
me presenté por Izquierda Republicana, de Manuel Azaña, pero a los pocos meses
llegó la Guerra Civil. Durante la guerra, el
Gobierno me encomendó la evacuación de los niños del norte de España. Finalizada
la guerra me exilié en París, al poco comenzó la II Guerra Mundial y, cuando
los alemanes entraron en París, me ocupé de los refugiados pero no pude ir a
los campos de concentración del sur de Francia. Yo vivía en una casa de una
amiga de París, pero un señor del consulado de México le aconsejó que yo no
estuviera en la casa durante varios días. Fui a la embajada de México y, a
través de Indalecio Prieto y del presidente Lázaro Cárdenas, estuve asilada
durante diez meses en un cuarto de la embajada. Y así pasé los cuatro años en
Paris, en casa de una amiga. Finalizada la II Guerra Mundial, me embarqué a México
y después a Nueva York, donde fundé la revista Ibérica –una crónica del exilio,
donde escribían intelectuales y políticos españoles– y he residido durante veintiún
años, y he regresado a España cuando Franco muere. Hoy día, las prisiones en
España están peor que entonces, pues el problema es más grave. Presenté mi
libro ‘Cuatro años en Paris’ y asistió el nuevo director general de Prisiones,
Carlos García Valdés, pero él sigue su línea para renovar las prisiones.
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