
Comitiva fúnebre. Castilléjar, años sesenta. Leandro
Cuarta. “El valor del juego sin supervisión. LaII infancia se expandía progresivamente por el barrio, sin vigilancia constante. Los conflictos se resolvían entre iguales y los riesgos formaban parte del aprendizaje. La ausencia de intervención adulta fomentó la autonomía y la capacidad de resolver problemas reales”. Como teníamos pocos deberes estábamos muchas horas en la calle, de manera que los zagales a veces abusaban de los menores y aquello era la ley del más fuerte. Uno que era mayor que yo me dio una paliza, no recuerdo por qué, lo cierto es que estuve llorando más de una hora, encima de un tablao que había en la plaza. ¿Cuántos me verían en esa penosa situación? Como no me dejaría señales en el cuerpo, mis padres no intervinieron después.
Quinta. “Crecer sin atención permanente de
los adultos. Los padres estaban presentes, pero no disponibles en todo
momento. Muchos niños regresaban solos a casa, preparaban su merienda y comenzaban
las tareas por iniciativa propia. Los psicólogos reconocen hoy que esa
independencia temprana fortaleció la autonomía y los recursos internos. Una
realidad muy distinta a la hiperorganización que caracteriza a la infancia
actual”. Hoy todo está más controlado, pero tampoco es así. Lo vemos en el
fracaso del acoso escolar, cuando salta la noticia en los medios del suicidio
de un alumno, mientras que en el colegio han mirado para otro lado. ¿Cuántos
niños están sufriendo acoso o marginación, en la escuela y en la calle, ante la
mirada impasible de unos y otros? Se puede afirmar que hoy reciben más cuidado
las mascotas que los niños de entonces. Antes las familias tenían cuatro o
cinco hijos, hoy en cambio los matrimonios y parejas españoles tienen 1,2
hijos, una de las tasas más bajas del mundo. El pasado año visité Suiza y veía
a los niños de ocho y nueve años yendo solos a la escuela, en las afueras de la
localidad, algo impensable en España por la inseguridad que hay.
Sexta. “Afrontar la vida y la muerte sin filtros.
La pérdida no se
ocultaba. Los funerales se vivían, el duelo se compartía y la muerte formaba
parte del aprendizaje vital. Aunque hoy pueda parecer duro, esta
exposición enseñó que el dolor es parte de la vida y que se puede seguir
adelante. Una lección que resultó clave para gestionar pérdidas en la
edad adulta”. Recuerdo que con siete años un amigo y yo nos colamos en la
habitación, que estaba vacía en ese momento, y contemplamos el cadáver de
nuestro primer maestro, mientras que de monaguillo asistí a muchos entierros.
Antes se velaba el cadáver en las casas y los entierros discurrían con el
féretro, llevado a hombros, por las calles del pueblo. Prácticamente acudían
casi todos los vecinos, era como una obligación (las mujeres se quedaban en la
iglesia), mientras que los niños contemplábamos aquellas comitivas fúnebres
como algo natural. El porcentaje de mortandad era mucho mayor, sobre todo en la
infancia, y por eso estábamos más familiarizados con la muerte.
Séptima. “Ingenio ante la escasez. Los recursos eran limitados y eso obligaba
a reutilizar, reparar y aprovechar. La creatividad surgía de
la necesidad. La psicología confirma que las limitaciones fomentan la
adaptabilidad y la capacidad de resolver problemas, habilidades que se
debilitan en contextos de abundancia inmediata”. Mi padre tenía un moto bultaco (el nombre de la marca le venía
de Paco Bultó), de segunda mano, y
en más de una ocasión me dijo: “Ve a Eugenio (el fragüero) y le pides una llave
inglesa”. Así solía arreglar la moto, lo mismo que los pinchazos de las ruedas…
“Hay que preguntarle al tío Mañas”, me
decía mi padre, como diciendo que hay
que ser mañoso. Antes tenían que arreglar las chapuzas de casa y de todo como
podían, pero no tenían las herramientas y los remedios caseros de hoy. Por eso
estaban más preparados en habilidades manuales.
Octava. “Aprender observando, no
escuchando discursos. Los valores se transmitían mediante el ejemplo. El trabajo, el
esfuerzo y la responsabilidad se aprendían observando a los adultos, no a
través de explicaciones teóricas. Este proceso, conocido como modelado,
sigue siendo uno de los métodos de aprendizaje más eficaces según los expertos”.
En esa época los campesinos trabajaban de sol a sol, todo se hacía a base de
fuerzas por lo que las personas envejecían prematuramente. En una foto de los
años sesenta, se ven a decenas de hombres tirando con cuerdas para sacar un
autobús, que había caído al rio. En la dictadura de Franco no perdían el tiempo
dando explicaciones o en clases teóricas, tampoco había dinero para ello. Se puede decir que nos educaron con
disciplina y orden (eran las consignas que más se oían), y a los hijos solo nos
quedaba ayudar en casa y obedecer a los padres, maestros, autoridades... Aunque
también los jóvenes de entonces nos rebelamos contra tanta rigidez. Pero es evidente que el progreso que
disfrutamos hoy se lo debemos a ellos, a las generaciones de la posguerra y las
siguientes, que levantaron España y tuvieron poco tiempo para vacaciones y
lujos. Entonces no existía la seguridad social para muchos, ni las subvenciones,
ni las pensiones no contributivas, y todo dependía del esfuerzo de cada uno.
Novena. “La comunidad como red de apoyo. El
barrio funcionaba como un entorno compartido de cuidado y corrección. Todos los adultos se sentían responsables
de los niños. Esa sensación de pertenencia generó vínculos sólidos y una
conciencia colectiva que hoy resulta mucho más débil, pero que fue clave en el
desarrollo emocional de toda una generación”. Un refrán africano dice que “para educar a un niño se necesita a toda
la tribu”. Esto es, a los padres, al maestro y a la sociedad. Por este
orden. Como en esas décadas había muchas carencias, los vecinos se ayudaban
unos a otros –en algunos pueblos de Badajoz he visto que se ayudan en las
matanzas–, porque tienen conciencia de
grupo. Antes los vecinos eran más humildes, solidarios y serviciales porque
se necesitaban más los unos a los otros. En cambio hoy, como tenemos cubiertas
nuestras necesidades, somos más autosuficientes y orgullosos, y también vivimos
más alienados.
El reportaje finaliza tratando de
equilibrar la balanza entre las décadas pasadas y hoy: “No se trata de
idealizar el pasado ni de ignorar los avances logrados en bienestar infantil.
Muchas prácticas de entonces eran mejorables y hoy existen herramientas más
adecuadas para proteger a los niños”. Cada
época tiene sus luces y sombras, antes había más autoritarismo mientras que
hoy vivimos en democracia y hay más permisividad; antes los más desfavorecidos vivían
de la caridad de los vecinos, en cambio hoy muchas asociaciones e instituciones
los ayudan. Lo cierto es que nada de nuestra época
sirve a los niños de hoy y otro tanto ocurre con la infancia de nuestros padres,
y no digamos la de nuestros abuelos, con la de las generaciones posteriores,
porque vivieron la posguerra con las cartillas de racionamientos de alimentos. Sin
embargo, cada generación se cree única porque quiere diferenciarse de la
anterior y así quitarse la tutela.
Publicado en Ideal en Clase
https://en-clase.ideal.es/leandro-garcia-casanova-nueve-lecciones-que-ya-no-se-ensenan-2-2/
Roberto B. Querido amigo Leandro: Nos guste o no la vida ha cambiado, y bastante, y no nos queda más remedio que adaptarnos a los tiempos y situaciones que nos rodean. Ni todo lo pasado fue mejor, ni todo lo presente lo es, por tanto no nos queda otra más que adaptarnos y tratar de vivir y actuar de la mejor manera posible.
ResponderEliminarLo que más echo en falta de aquellos nuestros juveniles años es el “RESPETO” que nos inculcaron hacia todo y hacia todos; cualquiera en aquellos le replicaba a un maestro… o a un padre… o a una persona mayor. Y con ello no quiero decir, ni mucho menos, que siempre llevaran razón, pero nuestro respeto hacia ellos creo que era una forma de agradecimiento por todo cuanto nos acompañaban en muchos aspectos; no tengo que recordaros que no fueron años fáciles, que no siempre podíamos disponer de todo, y no me refiero a lujos, sino a cosas básicas. En fin, que hay que tratar de vivir de la mejor manera posible y con el máximo respeto hacia nuestros convecinos, y aunque para nuestra generación haya cosas que hemos perdido y que hoy en día vemos que eran cuasi entrañables, no queda otra que lidiar el toro que aparece por la puerta de toriles.
Un abrazo como yo de grande.
Querido amigo, Roberto. Recuerdo que en la Casa Madre del Ave María, cuando entraba en clase el profesor, los alumnos nos levantábamos, finales de los sesenta. Un día, le preguntaron a don Andrés Manjón si iba a aprobar a Medina Olmos, sería de derecho canónico (años después este fue obispo de la diócesis de Guadix), pues había opiniones para todos los gustos, y don Andrés respondió: “Es que la asignatura es mía”, lo que llamaban el derecho de cátedra, esto es, a poner la nota que estimaban sin discusión alguna. También recuerdo los abusos de un profesor de la Universidad de Jaén, pero yo pude hacer el examen de recuperación de derecho civil con un tribunal imparcial, en 1994, y aprobé. Antes era impensable. A comienzos del siglo XX, cuando empezaron a circular los vehículos y motos, Pío Baroja decía: “Lo que el progreso te da con una mano, te lo quita con la otra”. Tenemos que verlo así, porque nuestro tiempo ha pasado. Un abrazo
José Pinteño Gea. Buen artículo, aunque está claro que es continuación de otro anterior ya que empieza por el apartado cuatro. Coincido con las cosas que comentas, algunas de ella me han hecho volver a aquellos años que, a pesar de tanta precariedad, recuerdo con añoranza y cariño. Hemos avanzado en tantas cosas, pero no tengo claro que lo hayamos hecho en humanidad, no sé si la sociedad actual es mejor que la de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Explicas y relatas muy bien cómo era la vida de nuestra infancia y juventud. Sobre la foto, sólo una palabra, genial. Nos enseña tantas cosas que se podría hacer un amplio estudio sobre ella. Una verdadera joya. Realmente, Leandro, tu padre, dejó una estela sobresaliente con sus fotos. Estela que seguramente no ha sido suficientemente valorada aún.
Leandro. Las cosas tienen su doble vertiente, por un lado piensas en el encanto de los pueblos y por otro, está el dicho de “pueblo chico, infierno grande”. La definición exacta la da don Pío Baroja, “lo que el progreso te da con una mano, te lo quita con la otra”. Calificas la foto de mi padre de “genial y de una verdadera joya” mientras que para mí es impresionante, pues parece sacada de una película de García Berlanga. Mi padre se subió a la primera planta de la Tercia (las antiguas escuelas) y enfocó la escena de la comitiva por la plaza del Caudillo: desde la cruz de guía con el párroco y el sacristán hasta la tienda del telero, el quiosco de María la Campoa, el burro con los cántaros, los niños contemplando aquel espectáculo. Y el fallecido tuvo que ser alguien importante o querido por mi padre. Un abrazo, Pepe
Mariquilla: El pasado puro y duro,cada cosa que cuentas,algunas las recuerdo vamos como si las hubiera soñado,pero otras me los clavas,esa es nuestra infancia,que diferente de la la de los niños de ahora
ResponderEliminarJesús María García. Ni todos los tiempos actuales son mejores, ni todos los tiempos pasados son peores. Pero a nosotros, pasados ya los 70 años, nos queda la nostalgia -quizá justificadamente- de aquellos años que tan bien retratas.